Capítulo 24 #2
—¿Qué? —pregunto, desconcertado. En cuanto veo que le va a restar importancia con un gesto de la mano, añado—: ¿Qué quieres decir con lo de su padre?
—Oh, joder, mierda. —Se ruboriza, muchísimo.
Tanto que me gustaría tocarle la mejilla y comprobar si también está caliente; algo me dice que sí.
También frunce el ceño, lo que hace que se le remarque la cicatriz que tiene un poco por debajo de la ceja izquierda—.
Ay, madre. Sí que he metido la pata. Ryder me mata, de verdad que me mata —insiste con todo ese drama que parece llevar encima.
Y sigue repitiéndolo como un mantra mientras se dirige a la casa verde pistacho.
Lo sigo. Necesito que hable. Estoy desesperado por que lo haga.
Y se lo hago saber. Me apresuro a salvar la distancia que nos separa a la carrera y me pongo delante, cortándole el paso.
Alzo ambas manos y le ruego con la mirada que me escuche, que me cuente.
—Estoy enamorado de Ryder —le explico. Cuando se lo confiese a él voy a estar tan familiarizado con la expresión que me va a salir solo—.
Pero él no lo sabe. Necesito hablar con él.
Necesito saber que está bien. Necesito… saber dónde está.
No sé qué pasa en su casa, solo sé que quiere muchísimo a sus hermanos y que tiene una especie de restricción para quedarse aquí.
Pero es Ryder, es hiperabierto para lo que quiere, pero cerrado para todo lo demás.
De hecho, me cuesta creer que haya hablado de esto contigo cuando no lo ha hecho con nadie.
—Es que no lo ha hablado conmigo. Pero todo lo que él no me dice, me lo cuenta su cuerpo.
—Ante mi mirada de horror, matiza—: Su lenguaje corporal, quiero decir.
La gente se me da regular, pero sé leer a las personas; y a los animales.
Es un don. Como siempre me ha costado comunicarme, presto atención a otras cosas.
En el caso de los Jones, también están los gritos. No es todo cosa de mi «habilidad».
—Tu habilidad —repito sin comprender nada de nada.
—Sí, el lenguaje no verbal es mi fuerte. Menos cuando me gusta alguien. Ahí suelo enmudecer y condenar cualquier posible relación desde el inicio.
—Enmudecer… Entiendo entonces que no te gusto, ¿no? —La broma quizá está un poco fuera de lugar, pero quiero caerle bien, quiero que me diga más de Ryder, que me cuente qué sucede en esa casa.
—Eres guapísimo. Pero eres de Ryder —comenta como si fuese algo que pudiera poseerse—. Y Ryder es mi único amigo en Eeriewood.
Pues Owen dirá lo que quiera, pero este chico creo que me va a caer bien. Y entiendo que a Ryder también. Vale, es raro de narices, pero es buena persona; se le nota a la legua.
—Por favor, cuéntame qué pasa.
Y lo hace; tras un suspiro, lo hace. Me dice que el padre es un desgraciado que va de hombre de negocios intachable pero que es un intransigente de mierda.
Que su madre también. Que va de mujer perfecta pero que está sometida al yugo de su marido —lo dice tal cual, «el yugo»— y no lo contradice jamás.
Que el padre echó a Ryder de casa hace años y que su madre, en vez de plantar cara y defender a su hijo, se limita a dejarlo entrar en casa cuando el pater familias viaja por negocios —sí, también usa pater familias como si tal cosa—.
Me cuenta detalles feos y tristes que ve cada día desde su jardín.
Me dice lo que nota en la mirada de Ryder cada vez que viene y ve a su hermano pequeño, la tristeza cuando tiene que irse.
Me cuenta todo lo que sabe, ahí, sentados en el pequeño escalón de su entrada, entre susurros, para que los Jones o cualquier otro vecino cotilla no sepa de qué hablamos.
—Gracias. Por todo. —Me levanto para irme—. Tenemos suerte de que se te dé tan bien leer el cuerpo de la gente —murmuro con una sonrisa.
Se ruboriza.
—Ya te lo he dicho. Es un don. Pero hay gente a la que no pillo, no te creas; a las personas a las que les gusta el apio, por ejemplo; o a los niños, en general, desde que nacen hasta que empiezan a tener pelos.
Y a los bisexuales —añade como si se olvidara de algo importantísimo—; no, a esos tampoco logro entenderlos.
—Soy bisexual.
Parpadea con esos ojos azulísimos que te incitan a no despegar los ojos de ellos.
—Me voy a mi casa. —Se da la vuelta y llega al pomo de su puerta a una velocidad récord. Es lo que tiene la vergüenza, te hace cambiar de marcha y apretar el acelerador para poner distancia del resto del mundo.
Me río, no puedo evitarlo. Cuando hable con Ryder y sea un tío medio sensato de nuevo, me pasaré por aquí y le ayudaré con el tema de la bifobia que se le ha metido en el ojo.
Pero, ahora mismo, lo que estoy es agradecido por todo lo que me ha contado.
También estoy tremendamente triste por la situación, además de contento porque este chico sea el vecino de Ryder y lo haya podido acompañar, aunque sea a ratitos robados.
¿Dónde estará?
Espero poder localizarlo pronto. Ahora que sé lo mucho que lo quiero, no entiendo cómo no me di cuenta muchísimo antes. Y tampoco sé cómo podría vivir sin él en caso de que no me quisiera.