Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

CAPÍTULO

VEINTICUATRO

JAMES

Ryder tarda en volver; mucho. Muchísimo.

Y empiezo a temer que no está en el baño como creíamos.

Ni pidiendo algo en la barra. Por si acaso, voy a buscarlo, recorro un par de veces el Galaxy poniéndome cada vez más nervioso y de peor humor.

Cuando he llegado hasta donde estaban y he visto cómo Owen y él se encaraban, he intercedido de la única manera que se me ha ocurrido, quitándole a mi amigo de encima.

Pero ahora me arrepiento; debería haberle preguntado a él.

No debería haber dejado que desapareciera de mi campo de visión.

La cosa es que, en los dos segundos que tuve para pensar antes de actuar, decidí que mejor no lo apartaba a él, para que no se ofendiera; con el tema Owen, Ryder es muy sensible.

Por un lado, porque Levi siempre le está poniendo normas absurdas sobre qué puede o no decir en su presencia y, por otro, porque él y yo…

Porque lo que sentía por Owen… Porque ahora con él…

No tengo tiempo de ordenar mis pensamientos; tengo que encontrarlo.

La cara con la que me ha mirado al pasar…

Nunca le había visto esa expresión, como derrotado.

Ryder es de presentar batalla, aunque se desangre; no es de los que levantan la bandera blanca y huyen en retirada.

Es resiliente como Batman. Una de las primeras charlas que tuvimos en Soul Finder fue sobre Knightfall, sobre cómo Bruce Wayne se recupera y vuelve a luchar tras lo de Bane.

Y, desde entonces, lo he pensado muchas veces: Ryder es ese Bruce que inmortaliza la frase de «puedes romperme el cuerpo, pero nunca romperás mi voluntad».

Solo que en un alter ego un poco demasiado tocapelotas.

Pero esa cara que ha puesto al pasar por mi lado… Me llevo una mano a la nariz para comprobar si me está sangrando; no, falsa alarma. Manda huevos, doce años sin una hemorragia nasal y aparece Ryder Jones en mi vida y tengo casi una por mes. El estrés. Me tiene nervioso todo el día.

Cuando estoy seguro de que no está en el bar, salgo a la calle.

Hay bastante cola esperando para entrar.

El Galaxy es grande y, aunque Owen y yo hemos venido solo un par de veces en toda nuestra vida, dicen que es de lo más decente de la zona.

Vaya dos. Saliendo con chicas y huyendo de los hombres por motivos erróneos que en su día nos parecieron superválidos y la hostia de legítimos.

Pero no quiero pensar en Owen ahora mismo, él es el causante de todo esto, aunque diga que no ha pasado nada taaan grave . Quiero encontrar a Ryder, llevármelo a casa y comerle la polla bien comida. Eso es lo que quiero.

Me muevo entre las parejas que toman algo en las mesas del exterior y sorteo a los grupos que hablan y se ríen en la acera. Hace muy buena noche, calurosa para ser Eeriewood, donde incluso en verano un halo gris parece cubrirlo todo con su frescor. Pero no está por ningún lado.

Vuelvo a entrar al bar y lo hago con el móvil en la oreja. Es la segunda vez que lo llamo en esta ridícula búsqueda; no me creo que de verdad se haya largado.

Nada; apagado o fuera de cobertura. Mierda.

Lo intento una y otra vez mientras camino entre cuerpos sudorosos que bailan al ritmo de Mockingbird , de Eminem, hacia la mesa apartada en la que siguen Owen y Levi.

Yo lo único que quiero es oír su voz ronca y sexi como el demonio al otro lado de la línea.

Que me coja y me suelte alguna de sus impertinencias.

Cuando llego donde están las superestrellas de las almas gemelas, Levi también tiene el móvil en la oreja, pero me dice que no con un ligero movimiento de cabeza; no tiene que explicarme que él también lo estaba llamando.

—Me voy a buscarlo —digo.

—¿A dónde? —me pregunta Owen.

—Se habrá ido a casa —dice Levi.

—¿A qué casa? —pregunto, de repente un poco perdido con todo, porque lo cierto es que no sé dónde buscarlo.

—A la de Levi —contesta Owen antes de darle un trago a la cerveza.

Me jode que esté ahí tan tranquilo cuando la culpa de que Ryder se haya ido es suya.

—Esa no es su casa, no vive allí —le digo, porque me estoy dando cuenta de algo muy feo que no me gusta nada.

—A ver, trabaja, come y, hasta que apareciste tú, dormía casi cada noche en casa —secunda Levi—, pero no te preocupes por él. En cuanto se le pase el mosqueo volverá a estar bien. Eso sí, a estos dos los tenemos que encerrar en un cuarto y no dejarlos salir hasta que arreglen sus temas, porque…

—Pero es tu casa —le corto; ahora mismo no me interesa que se lleve bien con Owen.

Quiero encontrarlo y comprobar que le ha cambiado la cara, que ya no emana el dolor que pude ver antes—.

El propio Owen lo acaba de decir. No es suya.

Que tenga llave no la convierte en su hogar.

De hecho, de mi casa no tiene llave, pero el tío la ha ido haciendo suya desde la primera vez que se coló por la ventana.

Ni yo mismo sé lo que estoy reconociendo en voz alta y tampoco me importa, porque esa sensación fea y empalagosa, como cuando comes algo muy dulce y luego no hay manera de quitarse ese regusto excesivo de la boca, se me ha instalado en la lengua y me está dando hasta náuseas.

—No sé a dónde quieres llegar —asevera mi amigo, desconcertado.

—Pues que no vive con Levi ni parece que viva con sus padres y en mi casa se cuela, pero… No sé, dejadlo, da igual. Voy a ver si lo encuentro. Si lo veis, me decís.

Empiezo a irme, pero Levi me agarra del brazo.

—Se habrá ido a un bar a ahogar el cabreo. James, no te preocupes. —Intenta tranquilizarme, pero hay algo en su voz… No sé, quizá se está dando cuenta de lo mismo que yo.

—¿Dónde coño vive, tío? —le pregunto, preocupado, sin alzar la voz.

Por el rabillo del ojo veo cómo Owen se queda con la cerveza en alto muy cerca de los labios, paralizado, y Levi me mira con el ceño fruncido.

—Pues, no sé, últimamente está… donde tú estés —explica Levi—. Siempre está hablando de ti, de tu padre…

«Donde tú estés» se repite en mi cabeza como un eco.

—Necesito irme.

—James. —Levi vuelve a agarrarme del brazo—. ¿Por qué te preocupa tanto? Quiero decir, por qué hoy más que cualquier otro día.

—Pues porque está enamorado de él —contesta Owen.

—¿Sí? ¿Estás enamorado de él? —El tono de Levi está entre la sorpresa y la alegría.

—Cómo no va a estarlo, es su alma gemela —vuelve a contestar mi amigo por mí.

—Tú te callas —le advierto a Owen con un dedo amenazador—, que hoy me tienes hasta los huevos; y sí, Wright, estoy enamorado de Ryder, así que, si no os importa, me voy a buscar a mi puta alma gemela.

Son las doce de la noche y llevo más de quince minutos mirando la prístina fachada de los Jones; en todo ese rato no he notado ni un movimiento y ninguna de las ventanas parece reflejar más que oscuridad y negrura.

Como la ausencia de calor que noté la vez que vine con Owen, cuando aún no tenía su teléfono y me comporté como un acosador adolescente llamando al timbre de su casa; no, de la de sus padres.

Él no tiene un hogar fijo, es una especie de nómada silencioso. Me duele el alma de pensarlo.

«Donde tú estés». La frase se vuelve a repetir en mi cabeza con una fuerza arrolladora. Con esperanza.

Pero Ryder no está en esta casa, es una corazonada, un sexto sentido; bueno, eso, y que su coche tampoco está y en el Galaxy dijo que lo había dejado en casa de sus padres.

Tampoco hemos llegado a ese nivel de almas gemelas.

Levi y Owen están a puntito, ya acaban las frases que empieza el otro. Putos siameses.

—Ya se han acostado —me dice una voz a mi espalda.

Me giro para ver a un chico rubio guapísimo de ojos superclaros.

—Tú eres el paseaperros.

—Es denigrante que me llaméis así. ¿Quién me puso ese mote?

Me callo, porque mucho me temo que Owen es el único que lo llama así y estoy cabreado con él, pero no hasta el punto de delatarlo.

—No deberías saber a qué hora se acuestan los vecinos. Es de acosador.

—Ni tú mirar casas ajenas fijamente durante tanto tiempo. Es de más acosador aún.

Y pensar que hace unos meses acusé a Levi de ser un stalker … Luego fue Ryder quien me empezó a acosar a mí, ahora yo hago lo mismo con él…; bueno, y luego está este chico, que tampoco se queda corto. No, si al final resulta que somos todos una panda de acosadores en potencia… Vaya ciudad.

—¿Sabes si Ryder está en casa?

Me mira de arriba abajo.

—¿Quién eres?

—Me llamo James Wilson, soy…

—El alma gemela de Ryder.

—¿Lo sabes?

—Ryder habla de ti.

Lo miro anonadado, esperanzado; ilusionado.

—Él no es consciente de que lo hace. Pero me ayudó a crearme una cuenta en Soul Finder y los ejemplos que me ponía, las conversaciones que leía en voz alta…

Bueno, digamos que tu nombre salió a relucir muchas muchas veces.

Nivel «que me deje de hablar de él ya, por favor, que el amor de otros duele».

Lo hace a menudo. Siempre hay algo que le recuerda…

—Se interrumpe, un poco ruborizado—. Perdona, no debería contarte estas cosas, pero como has venido a buscarlo, pues he pensado que tú también lo querías.

Claro que…, ¿por qué ibas a venir aquí sabiendo que está su padre en casa?

Ay, madre, a lo mejor estoy hablando más de la cuenta. Ay, madre; Ryder me mata.

—No te va a matar —le digo, queriendo que siga con esa verborrea tan magnífica. Yo ya me agarro a lo que sea, pero necesito saber—. Sí, somos almas gemelas; y sí, lo quiero.

«Mírenme, señoras y señores de Eeriewood, diciéndoselo a todo el mundo menos a él».

El rubio suspira, aliviado, pero me sigue mirando con el ceño fruncido. Desconfiando. Tiene una mirada muy intensa y con esos ojos azules tan parecidos al más despejado de los cielos azules da la sensación de que me quiere ver por dentro, que me quiere leer el alma.

—Entonces, ¿por qué estás aquí a estas horas y sabiendo que está su padre?

—Ryder ha discutido con Owen y…

—Ay, Owen, mi amor de las Navidades pasadas… —me interrumpe de manera muy dramática. Definitivamente, no entiendo bien a este chico.