Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

CAPÍTULO

VEINTITRÉS

RYDER

Nunca creí que una no-mirada dolería tanto. Ni siquiera sabía que las no-miradas existían. No hasta que James no-mirando a Owen ha convertido cada minuto de esta quedada en un infierno.

La noche había empezado bien; yo venía tranquilo y…

Bueno, a ver, no con ganas de agradar, porque soy yo y mi intención era tocarle los huevos a Owen de forma figurada para luego tocárselos a James en plan literal, pero sí con la mente abierta.

Porque la cosa es que sé que Owen podría llegar a caerme muy bien.

Si James no estuviera enamorado de él, si no pasara tanto tiempo en casa de Levi haciéndome sentir que no pertenezco a ningún lugar, si no tuviera una familia perfecta que caga unicornios de colores que huelen a tarta de fresa…

No, eso no es justo; no lo odio por eso, por eso solo le tengo envidia.

Y son cosas muy distintas. Lo que odio, lo que duele como un puñal retorciéndose en mi interior, es ver que James mira a todas partes menos a Owen.

Porque antes lo miraba y dolía. Que no lo mire, que ni siquiera sus ojos vaguen de refilón a su alrededor, escuece. Porque, o es por deferencia hacia mí —y el gesto roza la humillación y me hace dar mucha pena—, o porque tiene miedo de sus reacciones. En cualquier caso: mal. Muy mal.

He tardado en darme cuenta de lo mucho que esta situación me estaba haciendo sangrar.

Llevo un tiempo con este puñal clavado bien profundo en el pecho, pero sin ser consciente del dolor.

Lo contrario a lo que dicen que te pasa cuando te amputan un miembro, que se supone que sigues sintiéndolo aunque no esté.

Pues lo mío es al revés: tengo un boquete en el pectoral izquierdo y no lo he sentido hasta ahora.

Era… una heridita. O eso creía yo. Una pequeña, algo en lo que ya pensaría.

Algo que me hacía darle mil vueltas a las cosas, pero con lo que lograba lidiar a lo Escarlata O’Hara y su «ya lo pensaré mañana».

Bueno, creo que no era así. La fan de Lo que el viento se llevó es mi madre, no yo.

Yo solo fui pequeño a su alrededor mientras ella veía la película una y otra vez.

Pero la esencia es esa: no quería dedicarle demasiado rato a pensar en lo que pasaba, en lo que quizá estaba sintiendo…

Y por eso no fui consciente de la profundidad que había adquirido la herida, del pus que se había empezado a formar en los bordes, hasta que fue demasiado tarde.

Soy bueno programando, diseñando videojuegos y usando el humor como escudo, pero, al parecer, no soy de los que sabe reconocer sentimientos.

Siempre tuve tan claro que no podía enamorarme de James que simplemente confié en que eso nunca ocurriría.

¿Cómo iba a pasar si ambos sabíamos lo que había?

Pero, por lo visto, las cosas del corazón no se controlan. Una puta mierda todo.

Un noventa y seis por ciento de compatibilidad, el sexo espectacular, las ganas de verlo, molestarlo, poseerlo…

no han sido suficientes señales para mí.

Ni la necesidad de pasar tiempo en su casa, de caerle bien a su padre, de esas noches viendo combates de boxeo antiguos, leyendo cómics o hablando de Batman hasta caer rendidos con una sonrisa en los labios.

No, no soy muy listo. Y ha llegado el momento de aceptarlo.

Y no sé por qué he dejado que Levi me convenciera de que saliéramos los cuatro.

Ver a Owen y James juntos nunca es buena idea.

Pero hasta ahora lo que escocía eran esas miradas cargadas de anhelo que mi supuesta alma gemela le dedicaba al alma gemela de mi mejor amigo.

Parece un trabalenguas, pero uno bastante claro en la idea básica: estoy enamorado de James Wilson.

De todo él. Todo en mí ama cada fibra suya.

Y él está enamorado de la media naranja de otro.

Y en eso estoy pensando, en que el zumo que harían dos mitades de distintas naranjas sería ácido y estaría malo y…

No puedo.

Levanto la vista y me quedo mirando una de las muchas pantallas de la pared del Galaxy, el mejor bar gay de Eeriewood.

Y no funciona, no logra calmar mi torbellino interno; porque es un vídeo musical que no se corresponde con la canción que está sonando en el local, lo que me vuela un poco la cabeza y no ayuda a mi sosiego.

James ha ido al baño y yo comparto una mesa alta con los dos tortolitos, que, por suerte, me están dejando mi espacio para lamentarme en silencio.

O eso hacen hasta que mi móvil, que he dejado sobre la mesa cuando hemos llegado, se ilumina con la cara de Mason.

¿Qué querrá a estas horas? Espero un momento, porque a veces se confunde y me llama sin querer.

No sé qué le dicta a su móvil que este lo interpreta como «llamar a Ryder».

Efectivamente, al tercer tono, deja de sonar.

—Te está llamando mi paseador de perros —me dice Owen con la vista fija en la pantalla de mi móvil donde hasta hace un segundo estaba la sonrisa de Mason Broderick.

En teoría me lo dice en tono conciliador, pero yo quiero matarlo, porque llevo rato odiándolo en mi cabeza; días, meses. Y culpándolo de todos mis males.

—¿ Tu paseador de perros? No es paseador de perros, para empezar. Y no es tuyo, ¿sabes? No todo en esta vida es tuyo.

—¿Perdona?

No es un «perdona» de lo siento; es un «perdona» ultrajado y sarcástico, y le quiero meter el tonito por el culo y sin lubricante.

—No sé qué cojones ha visto Levi en ti —digo en voz baja, pero con una rabia que no reconozco como mía.

—Ryder, te estás pasando —dice mi mejor amigo.

—No, no, déjalo que siga. Dime, ¿qué tengo de malo?

¿Qué es eso que tanto desprecias de mí? ¿Te parece que soy poco interesante, poco inteligente?

¿Lo que te molesta es que me gusten las chicas?

Ah, no, quizá lo que te molesta es que te haya quitado a tu amiguito del alma.

Pobre Ryder, que ya no tiene a Levi para él solito —esto último lo dice con un tono de mofa hiriente que hace que rodee la mesa y me acerque más a él.

—Eh, para tú también —le pide Levi a su novio mientras nos mira a ambos como si fuésemos monstruos.

Y puede que ahora mismo lo seamos; monstruos verdes a punto de explotar.

No sé muy bien por qué los celos se asocian con el verde.

Una vez me dijo Levi — ese mismo al que estamos destrozando en este momento— que era cosa de Shakespeare, de algo que se decía en Otelo ; pero, en aquel entonces, los celos eran puramente conceptuales, hablábamos de situaciones hipotéticas, no de un caso tan real como el que ahora mismo estoy viviendo.

Nunca creí que me sentiría así. De rabioso, de voluble, de… solo.

—O quizá no tiene nada que ver con Levi —continúa Owen, dirigiendo la mirada hacia un punto a mi espalda y sacando pecho—.

Quizá el problema es otro, ¿no? A lo mejor me he equivocado en el motivo de tus celos.

¿Por qué no nos iluminas? Venga, cuéntanos, tú que siempre tienes una réplica afilada más que lista para cortar.

¿Es por Levi? —Hace una pausa dramática y luego añade—: ¿O es por James?

Decídete, no me puedes odiar por los dos.

Oh, sí que puedo. Ya lo creo que puedo.

«Puedo odiarte por cien mil motivos y todos me parecerán fundados».

Pero no es por Levi. Soy feliz por mi amigo. Aunque no lo parezca. Me gusta que haya encontrado lo que buscaba. Aunque la persona en cuestión sea gilipollas.

Y yo tengo muchas cosas que decirle a ese gilipollas, pero no me sale la voz. Esto es como cuando veo mucha sangre; sin la sangre en sí. De hecho, soy yo quien sigue sangrando y con el puñal clavado hasta el fondo. Me desangro despacio. Muy despacio. Estoy paralizado.

—¿Alguna vez te has parado a ver la compatibilidad que tenemos él y yo? Hazlo. Estoy seguro de que te sorprendería —me dice Owen en un tono menos beligerante.

Supongo que pretende ser conciliador otra vez, pero a mí me hunde. Hasta el fondo .

—Me da igual, no me importa. Me importas una mierda tú, él y vuestras almas.

Entonces, Levi da un golpe en la mesa y ambos nos sobresaltamos.

Tiene la cara roja de furia, un contraste espantoso con nuestro «verde celos»; colores que se matan en estos momentos.

Pero su rabia y su decepción tienen el mismo tono de rojo que el de la camiseta de James cuando se detiene delante de nosotros con un par de cervezas.

—¿Qué pasa? —dice, dejando las dos botellas en la mesa y agarrando a Owen por el hombro.

A Owen, claro, no a mí. A su talismán, a su alma gemela.

Es humillante, pero, sobre todo, es doloroso.

Tengo ganas de gritar, de llorar, de pelearme con los dos a puñetazo limpio.

Por despertar esto en mí; y por obligarme a ponerlo a dormir después.

James es como Laurie y Owen es su Doctor Manhattan.

Poderoso, omnipresente e inaccesible. No lo puede tocar, no es suyo.

Y por eso me toca a mí, su Búho Nocturno, su premio de consolación, su segundo plato.

«Nada», quiero decirle. «No pasa nada en absoluto».

Pero, en lugar de eso, paso por su lado dándole un empujón y me dirijo a la salida.

Lejos de la rabia de Levi, de lo que me ha dicho su mirada; lejos de su alma gemela y de ese chico del que resulta que me he enamorado sin casi darme cuenta, pero con una potencia tal que resulta casi paradójico pensar en lo fuerte que es el sentimiento y lo a hurtadillas que se ha ido colando entre horas de gimnasio, conversaciones de chat y maratones sexuales.

Pero es que el chico en cuestión jamás me podrá corresponder.

Porque él ya entregó su corazón a Owen Langston hace mucho tiempo y a mí solo me corresponde lo que queda de ese talismán roto, los trocitos de cristales preciosos que me toca recoger del suelo.

Y no. Basta ya de mendigar cariño, de pedir que se me quiera.

Hace mucho aprendí a marcharme de los sitios donde no me querían. Así que eso es lo que toca ahora: irme. Y lo hago con la garganta agarrotada y el corazón arrugado, esta vez con la seguridad de que no habrá vuelta atrás.

Se acabó todo. Se acabó.

Miro hacia ellos una vez más, solo un vistazo rápido, una última imagen que guardar en mi memoria bajo el título «recuerdo de un adiós»; porque ahora mismo soy puro drama. Hasta que asuma todo y pase a otra cosa con esa practicidad que es mi mayor virtud, solo soy puto drama y tristeza.

Me arrepiento de volver la vista atrás al instante.

Levi tiene los codos apoyados en la mesa y la cabeza baja.

James tiene a Owen contra la pared, calmándolo, supongo, diciéndole que no merece la pena llevarse un mal rato por un cantamañanas como yo que lo único que hace es picar de flor en flor sin un jardín en el que establecerse.

Pero es que resulta que yo sí quiero un jardín permanente.

Cualquiera me vale; cuidado como el de Mason o lleno de yerbajos, como mi corazón en este momento.

De hecho, hace unos días lo pensé. Lo importante era estar donde estuviera él; ahí estaría bien.

Fuera donde fuera: en su casa, cocinando con su padre, con el aroma a cebolla y a hierbabuena flotando en el aire; en el gimnasio, con el olor a ejercicio y feromonas golpeando a lo bestia por todas partes hasta dejarte KO…

Donde fuera. De verdad. Su pequeño jardín era más que de sobra. Si estaba él, me valía.

Pero no ha podido ser.