Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

CAPÍTULO

VEINTIDÓS

RYDER

Dos semanas. Ese es el tiempo que ha pasado desde que James y yo hemos establecido una especie de rutina.

Estoy nervioso. Más que eso, noto mi cuerpo bullir por dentro.

Apenas toco el café porque el subidón me acompaña día y noche.

Estoy… No tengo ni idea de cómo estoy. Según Levi, necesito un buen polvo para relajarme.

Como si James y yo no lo hiciéramos casi todas las noches.

No se trata de sexo. Por primera vez en mi vida el sexo es lo último en lo que pienso, aunque lo busque cada día.

Soy adicto a James y creo que él es un poco adicto a mí.

Me gusta pensar que lo es, que solo somos nosotros y la pequeña burbuja en la que vivimos.

Me gusta pensar en que me ve. Solo a mí.

Pero entonces me fijo en Owen cuando quedamos los cuatro o cuando estoy trabajando en casa de Levi y ya no estoy tan seguro.

—Dime una cosa —le pregunto a Levi un día cualquiera mientras trabajamos.

—Hum.

—Dime qué tiene Owen que no tenga yo. —Mi amigo casi escupe el café de la taza que se había llevado a los labios—. Vale, no es una buena pregunta. Dime entonces si hay algo que cambiarías de mí. No sé, cualquier cosa que se te ocurra.

—¿Lo bocazas que eres?

—Hablo en serio.

—Yo también. —Levi deja la taza junto a su ordenador. De pronto se pone serio—. ¿A qué viene eso?

—No sé. Es una tontería.

—A James le gustas como eres. No necesitas parecerte a Owen.

—Nunca seré como Owen. Tan perfecto en todo —agrego al ver su expresión—. Me gusta llevar la contraria, ser impulsivo, enfadarme de vez en cuando, decir cosas estúpidas. Ser… un poco bruto cuando me da la gana.

—Ryder, nunca serás como nadie. Solo eres tú.

—Dicho así suena fatal.

—¿Qué es lo que suena fatal?

—Eso de que «solo» soy yo. Parece algo hueco, incompleto.

—No me jodas, Ryder. Eres la persona menos hueca e incompleta que conozco. Piensa en algo hueco e incompleto, venga.

Me da mi tiempo para pensar, pero yo solo enarco las cejas y me lo quedo mirando con curiosidad.

—Bueno, pues tú eres todo lo contrario —termina diciendo él cuando no contesto.

—Lo dices porque me quieres.

—Y que yo nunca me haya enamorado de ti no significa que no seas increíble. Solo es… —Suspira hondo.

—¿Compatibilidad? ¿Almas gemelas ?

—Sí, algo así. Ya sabes lo que pienso. —Apoya los brazos en la mesa y se inclina hacia mí—. ¿Tienes dudas? ¿De James?

—No. Sí. Bueno… —Me aparto el flequillo de la cara—.

Es que estamos bien. Y, no sé, me gusta.

No quiero que se acabe, ¿sabes? No quiero ser como una de esas novias con las que ha salido y a las que termina por darles puerta un par de meses después.

Solo llevamos dos semanas en las que apenas discutimos.

Bueno, vale, sí discutimos. Discutir es bien, me gusta.

Los polvos después de discutir son increíbles.

Pero, no sé, me da miedo que un día se levante y se dé cuenta de que… —Me muerdo el labio inferior.

—¿De que nunca serás Owen? —termina él por mí. La comprensión en su rostro me rompe un poquito el corazón—. Qué tonto eres a veces.

—Lo dices porque estás saliendo con tu alma gemela y no con el chico que quiere a su mejor amigo. Sé que tú no podrías.

—Dudo que James sienta algo por Owen a estas alturas. Es difícil mirar a alguien más cuando tú estás en su campo de visión.

—Estaba en tu campo de visión y no me mirabas —le recuerdo.

—Vale, te lo diré de otra forma. Es difícil mirar a alguien más cuando estás en su campo de visión y tiene toda tu atención.

—Me señala con un dedo acusador—. Tú estabas en mi campo de visión, pero no me mirabas.

No con demasiada atención, solo lo justo para no chocar conmigo.

—Sonríe—. No servía de nada mirarte cuando nunca me devolverías la mirada.

—¿Estás insinuando que te gustaba ?

—Me llegaste a gustar. Mucho. ¿Por qué cojones crees que follaba contigo?

Sabes que no se me dan tan bien como a ti los rollos de una noche.

Hubo un tiempo en el que creí que podría haber algo entre nosotros, sobre todo cuando descubrí la compatibilidad que teníamos, pero lo descarté enseguida.

Vamos, Ryder, quita esa cara. Eres visceral.

Cuando quieres algo, lo quieres con todo, y a mí solo me querías con una parte de tu anatomía.

—Esboza una media sonrisa—. El caso es que enamorarse de ti era un error, y siempre he sido de pensarme las cosas muy bien antes de hacerlas.

Me aparto el flequillo de la cara y compongo un mohín de los peliculeros.

—Con tu alma gemela no tuviste tanto reparo.

—Porque él me vio desde el principio. —La seguridad de su voz me da cierta envidia. Qué claro lo tiene. Qué fácil es para algunos y qué complicado para otros.

—Tiene gracia que digas eso cuando os conocisteis en una aplicación.

—Hay mil formas de ver a una persona, los ojos son solo una de ellas.

Nunca todo. Pero eso no necesitas que te lo diga.

Dudo que miraras demasiado a James la primera vez que lo viste.

Más allá de su cuerpo y su culo, me refiero.

Seguro que tuvo que poner toda la carne en el asador para que le prestaras atención.

—Ahora su sonrisa es más amplia—. Apostaría cualquier cosa a que siente más de lo que crees.

—Pero no lo mismo que yo —digo en un susurro—. Es…

—¿Tu alma gemela? —El gesto se le suaviza.

«Alma gemela». Sonrío. Qué bien suena, joder. Ahora me siento fatal por reírme tanto de ellos con el temita cuando fui yo quien creó la web a su lado.

Me encojo de hombros con indiferencia. Estoy pensando en cómo cambiar de tema cuando él me dice:

—Tal vez si se lo cuentas, dejas de darle tantas vueltas. ¿Desde cuándo tienes miedo de decir lo que piensas?

«Desde que tengo algo que perder», pienso, pero no se lo digo.

Esa noche me quedo en casa de James. Después de una semana en mi estupendo y armonioso hogar familiar, mi padre ha vuelto y tengo que irme; así que, en cuanto termino de trabajar, me dirijo al gimnasio, le doy un rato al saco con el señor Wilson y me acoplo a ellos cuando se van a casa.

Ninguno de los dos me dice nada. Incluso cuentan conmigo para elegir qué hacer de cena.

Nos encargamos James y yo y, una vez terminamos y el señor Wilson se retira a hacer una videollamada con su mujer, subimos a su habitación a ver una película de la que no vemos nada porque estamos muy concentrados en quitarnos la ropa y darnos el lote.

Por más veces que lo hagamos, creo que nunca me cansaré de esto.

Tanto reírme de Levi y al final soy como él.

Bueno, dudo que ellos follen tan bien, la verdad.

Tienen pinta de aburridos que te mueres.

De los que se susurran «te quiero» a medianoche y lo hacen lento y con velitas.

Se me pone la piel de gallina de solo pensarlo.

Yo lo quiero así, fuerte, rápido e intenso.

Quiero sentirlo, que me arda todo cuando me toque, quiero…

—¿Te quedas unos días? —me pregunta cuando se corre en mi mano. Apenas lo he tocado un poco y ha estallado como si lleváramos media vida sin hacerlo.

—Vaya, vaya. Tenías ganas, ¿eh?

—¿Te quedas o no? —gruñe.

—¿Quieres que me quede?

—Sí.

Sonrío y lo beso. Luego lo coloco de lado para ponerme detrás de él y frotarme contra su culo.

—¿Qué haces, tonto?

—Quiero correrme así —murmuro con voz ronca.

Le coloco una pierna entre las suyas, abriéndolo, y noto cómo se estremece cuando mi rodilla empuja sus testículos y arrastro mi erección entre sus nalgas.

Aún no se ha recuperado, pero enseguida empieza a suspirar y acompañar mis movimientos con suaves empujes de cadera.

Estamos desnudos, excitados, y los dos queremos lo mismo.

—Ryder —gime cuando arrastro mi lengua por la curva de su cuello y le torturo el pezón con suaves pellizcos.

—Mmm. —Lo sigo acariciando y empujando.

Estoy encendido, al borde del orgasmo. Cierro los ojos y disfruto de la sensación de mi polla frotando su entrada. Joder, qué bien me siento. Sé que me sentiría mejor si hiciera algo más que frotarme, pero estoy demasiado a gusto y no voy a tardar nada en correrme.

Bajo la mano por su abdomen hasta llegar a su entrepierna. Vuelve a estar dura y lista. Se me hace la boca agua y le muerdo la nuca con más fuerza de la necesaria. Quiero marcarlo, quiero que me sienta tanto como yo lo siento a él, quiero estar dentro de su piel, quiero…

Me agarra de la mano para detenerme.

—Para, Ry .

—¿Ry? —Me separo un poco de él. Nunca me había llamado así.

El pecho se me llena de mil sensaciones que intento obviar, porque si me dejo ir, si me dejo llevar, terminará por darse cuenta, y no sé si estoy preparado para decírselo por mucho que Levi me inste a que lo haga.

No todavía. Necesito un poco más de tiempo con él.

Necesito que me vea, que no quiera que me vaya. Necesito que me quiera.

—No te corras aún.

—No me pidas eso —gruño. Lo tengo tan bien agarrado que apenas consigue girarse un poco para mirarme.

—Quiero chupártela.

Me quedo inmóvil. El pulso se me acelera y la polla me crece de manera dolorosa. Nunca hemos hecho eso. Es decir, yo a él muchas veces. Me encanta comerle la polla y hacer que se corra en mi boca, pero desde aquella vez no había vuelto a insinuarle que me lo hiciera.

—¿Por qué? —pregunto de forma estúpida.

—¿Necesito un motivo? —Se aparta un poco más—. ¿No te apetece?

—Sí, pero no. Es decir, que no tienes que hacerlo. Quedamos en que no lo harías. No me voy a enfadar porque no me lo hagas. —Veo cómo arruga la frente cada vez más—. Dijiste que era un acto íntimo.

—¿Vas a recordarme todo lo que digo?

—¿Qué ha cambiado? —me intereso. El corazón me va a tantas pulsaciones que estoy convencido de que puede notarlo con lo pegados que estamos—. Para que ahora quieras hacérmelo, digo.

James se ruboriza. No sabe qué decir.

—Da igual, termina. —Se vuelve a girar para esconder la cara y veo que tiene las orejas rojas .

Mierda, la estoy fastidiando. Si pudiera darme un puñetazo, lo más probable es que me lo diera. En toda la nariz, con sangre y todo. Dios. «No pienses en sangre ahora, Ryder».

—Eh. —Lo beso en el cuello y me incorporo para colocarlo de espaldas.

Me coloco encima de él con las piernas abiertas.

Su mirada llena de un deseo verde libertad hace que me duela un poquito más el pecho.

Lo beso para que no me vea la cara y se dé cuenta de todo.

Yo, que siempre he sido como un lienzo pintado de negro, me siento como una hoja de papel de cebolla.

Sé que, si se acerca lo suficiente, podrá ver a través de mí.

Podrá verlo todo. Todo lo que siento, todo lo que soy.

—No pienses que no quiero que me lo hagas.

Me encantaría que me comieras la polla y todo lo que quisieras, a todas horas a ser posible.

Es solo que no quiero que hagas algo que no te apetece.

No soy ese tipo de personas por quien tienes que hacer concesiones.

Me gusta el sexo contigo, ¿sabes? Puedo prescindir de las mamadas si tengo todo lo demás.

James me sujeta de la nuca y hace que me tumbe sobre él, nuestros cuerpos encajados, mi erección empujando a la suya. Dios. Une nuestras frentes.

—No te lo diría si no quisiera. Es solo que… me da un poco de vergüenza, ¿vale? Por eso he tardado tanto en pedírtelo. Nunca lo he hecho antes, a lo mejor se me da fatal.

—Eso no es posible. No hay nada que se te dé mal. En el sexo, digo. En lo personal… Bueno, eres un poco borde y todo eso.

Doy un respingo cuando me clava los dedos en las costillas.

—¿Me dejas que te coma la polla y prometes no decir ni mu?

—Eres un mandón.

Se ríe, y yo me derrito. Lo vuelvo a besar con urgencia, deseando atravesar todas sus barreras.

—No sé si voy a aguantar —le susurro contra los labios—.

Creo que en cuanto tenga tu lengua ahí me voy a volver loco.

Qué digo, en cuanto tenga tu cabeza a un centímetro de mi polla, estallaré a lo bestia seguro y te mancharé toda la cara.

Luego no querrás volver a hacérmelo. Batiré el récord a la corrida más rápida de la historia.

Las carcajadas de James ahora resuenan por toda la habitación.

El pecho se me inunda de felicidad y lo abrazo con fuerza.

Hundo la cara en su cuello y respiro, respiro, respiro.

Dios, qué bien se está así, piel contra piel.

James me acaricia la espalda y el pelo. El movimiento consigue que nuestras erecciones se empujen y ambos gemimos casi al unísono.

—Te cuento una cosa si no te ríes.

—¿Ya no quieres hacerme una mamada? Más que reír, eso me haría llorar.

La risa de James consigue que me hormiguee la polla. Dios.

—Prométemelo —insiste.

— Vaaale .

James tarda unos pocos segundos en empezar a hablar.

—De niño pensaba en ese rollo de las almas gemelas. Imaginaba el alma gemela como una especie de talismán, y que tenerlo hacía que te sintieras en casa sin importar donde estuvieras.

—Un talismán —susurro. Podría hacer algún chiste al respecto, tengo muchos. Pero sé en quién está pensando. Lo sé por su silencio, por cómo respira y por las ganas que tengo de salir de la habitación, lejos de la verdad—. Suena bien. —Suena tan bien que tengo ganas de vomitar.

—Se te está bajando. —Mueve las caderas y suspiro cuando siento la fricción de nuestras erecciones. ¿Cómo quiere que no se me baje? Dios. Aun así, necesito preguntarle. Tengo que saberlo.

—¿Llegaste a encontrarlo? Tu talismán.

—Sí, creo que sí.

—¿Crees? —Soy incapaz de relajarme, y de callarme la boca—. ¿Eso es que no estás seguro? ¿Significa que quizá puede ser otra persona? ¿Puede haber más de un talismán? Cuando un amuleto deja de funcionar, ¿puedes encontrar otro o cómo va?

—Sí lo encontré. —James toma mi rostro entre las manos y a mí me cuesta la vida mirarlo—. Ry, ¿estás bien?

«Ry», mierda. No. No estoy nada bien. Pero sonrío, sonrío, sonrío.

—¿Me la vas a chupar ya?