Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—No te follé. —Me besa la comisura del labio, la mandíbula, la barbilla—.

Quería hacerlo, y pensé que estaba más pedo que tú.

Había bebido más, eso está claro, pero en cuanto empezaste a pedírmelo supe que no podía hacerlo.

Me dejaste claro que era tu primera vez y, joder, no podía hacértelo así, sin más.

—Menea la cabeza y se aparta el mechón, que enseguida se vuelve a deslizar por su cara—.

Ni siquiera teníamos lubricante. Me gustabas y de solo pensar en hacerte daño…

—Te gustaba —repito, un poco asombrado por todo.

—Muchísimo —admite.

Me quedo tan quieto que termina por apartarse de mí.

—¿No vas a decir nada?

—¿Me estás diciendo que todo este tiempo solo te has estado burlando de mí? ¿Que en realidad no follamos ?

—Sí follamos. Tú me lo hiciste, pero duró muy poco. Luego te dormiste y se acabó la fiesta. —Se encoge de hombros, un poco ruborizado.

—Así que sigo siendo…

—¿Virgen y casto? Bueno, jugué un poco con tu culo esa noche. Pero no pasó de ahí.

—Di por hecho que pasó. Me dolía.

—Ya te lo dije, no había lubricante. —Me clava sus preciosos ojos verdes y sé que está nervioso por la forma en que retuerce las manos—. ¿Estás enfadado?

—¿Por qué iba a enfadarme? ¿Porque no te hayas aprovechado de mi momento de debilidad?

—Nada más decirlo, salvo la poca distancia que nos separa y lo beso.

Coloco las manos en su culo y me restriego contra él.

Jadeamos. Me muerde el labio inferior y me lo lame en un gesto juguetón—.

Ahora mismo te follaría si no tuviera tantas ganas de que me hicieras de nuevo eso que me hiciste en la ducha.

—No es exactamente lo mismo —me susurra en la boca—. Esta vez lo que te meteré será la polla. Es un pelín distinto. Todavía te puedes echar atrás.

Le aparto el mechón de la frente y él aprovecha para besarme la cara interna de la muñeca.

No sé por qué, el gesto me pone aún más cachondo.

Vuelvo a estar como una piedra y a temblar por la anticipación.

Lo empujo hacia atrás sin controlar la fuerza y en nada estamos tumbados sobre la cama, él encima de mí.

Me besa la zona sensible por detrás de la oreja, el cuello y más abajo.

Cuando su boca me lame y succiona el pezón, suelto un gemido.

Baja la mano para acariciarme la erección mientras se entretiene en mordisquear y succionar el otro.

Noto su polla golpeándome el muslo en todo momento.

Sé lo que necesita, de la misma forma en que sé que lo necesita ya.

—Ryder, fóllame.

Él suspira al llegar a mi entrepierna. Su aliento me hace elevar las caderas en busca de su boca, pero él me vuelve a bajar y me da un lametón, largo y húmedo.

—Joder —gruño—. No hagas eso.

Bajo la mirada y veo que está al límite. Trago saliva y me doy la vuelta, colocándome la erección para que no me moleste.

Él se coloca sobre mí. Escucho el sonido del condón al abrirse, seguido de un líquido frío entre las nalgas que me hace tensarme.

Llevo meses intentando recordar cómo fue mi primera vez con él, si me gustó, si fue tan desastroso como me quiso hacer creer.

Meses de pura incertidumbre y todo para putearme.

Debería estar enfadado, pero lo cierto es que solo estoy… agradecido. Y ansioso.

Me masajea el hombro con suavidad y se me acerca por detrás para susurrarme al oído:

—Relájate y disfruta. —Nada más decirlo, me mete dos dedos lubricados de golpe.

Mi cuerpo reacciona tensándose, pero enseguida los dobla y comienza a moverse dentro de mí.

Me estimula, me abre y baja la mano a mi muslo para acariciarme la polla.

No sé hacia dónde moverme. Su cuerpo me presiona desde atrás, sus dedos entran y salen de mí y su otra mano me acaricia como si quisiera terminar de volverme loco.

—Ryder.

Lanzo un sonoro gemido cuando me roza la próstata con el dedo corazón.

El placer es tan intenso que cierro los ojos y veo destellos, diminutas estrellas por todas partes.

Me recuerda a las veces en las que mi padre me llevaba con el telescopio al tejado de casa y mirábamos el cielo.

Una estrella aquí, otra allá. Tanto brillo. Tanto Ryder.

Besa y me muerde la nuca desde atrás al tiempo que me mete un tercer dedo para terminar de estirarme. Siento una ligera quemazón, parecida a la que experimenté en la ducha, pero es agradable y me froto contra el colchón en busca de alivio.

—Tramposo —me susurra a la vez que saca los dedos y se aparta de mí para sentarse contra el cabecero de la cama, lubricante en mano—. Ven aquí —me pide. Abre el bote y se embadurna la polla. El acto de verlo acariciarse me provoca un subidón de puro éxtasis.

Me acerco a él, un poco cohibido, un poco demasiado ansioso, y me coloco sobre él con las piernas abiertas.

Sus ojos cristalinos se clavan en los míos.

Parece nuestra primera vez, aunque no lo es.

Tengo una montaña rusa dentro de mí y no quiero bajarme de ella.

Me apoyo sobre las rodillas, agarrado a sus hombros, y me estremezco al sentir el roce de su erección en mis testículos.

—Shhh, tranquilo —susurra. Tira de mi muslo para acercarme más y se sujeta la erección para que pueda hundirme en él—. Iremos a tu ritmo, ¿vale?

—¿Me va a doler? —pregunto con un gemido entrecortado cuando noto la punta en mi entrada.

—Lo justo para que te corras bien fuerte. —Lo dice con un tono sexi y juguetón que me pone a mil y disminuye un poco mis nervios.

Me lame el pezón mientras me dejo caer poco a poco sobre él.

Arqueo la espalda de manera instintiva y mis músculos se tensan al sentir la intrusión.

Es mucho más intenso que sus dedos; más potente, más vivo, más todo.

Enseguida siento una ligera quemazón que se potencia conforme me empalo en él.

Ryder me pellizca el otro pezón. Su respiración se acelera en mi pecho.

No se mueve, permite que sea yo quien decida si dejarlo o no entrar más y más hacia el fondo.

Gimo, me retuerzo y me aferro a sus hombros hasta que por fin se hunde por completo.

El dolor se mezcla con el placer y, cuando me quiero dar cuenta, me siento lleno, caliente.

Nos quedamos muy quietos, con el sonido de nuestras respiraciones jadeantes.

Él levanta la vista y yo la bajo. El ardor es electrizante, casi una tortura cuando la punta choca con un punto que me hace retorcerme y enredar los dedos en su pelo.

Ryder me toma de la cara para besarme, lento, con ligeros mordiscos en mi labio inferior.

No me doy cuenta de a dónde dirige su mano hasta que lo siento rodeándome la polla para acariciarme.

—¿Estás bien? —pregunta con la voz ronca y la cara sonrojada. Noto cómo su polla crece dentro de mí con cada ligero movimiento. Necesita que siga, casi tanto como yo necesito seguir—. ¿Quieres parar?

Lo beso en respuesta y no sé quién de los dos gime cuando empiezo a moverme, arriba y abajo.

La sensación es extraña. Estoy lleno y él está demasiado duro y caliente.

Las manos de Ryder en mi culo dirigen mis movimientos para descubrirme puntos que me hacen jadear y casi explotar de necesidad.

El placer me invade, casi tanto como los gemidos de Ryder y la manera en que se contiene para dejarme a mí llevar el ritmo.

—Ryder —gimo. Lo sujeto del pelo.

—¿Lo notas? —me susurra—. Muévete y siénteme .

—Te siento —le aseguro al ritmo de mis movimientos acelerados—. Joder, te siento demasiado.

Mis músculos se contraen. Ryder echa la cabeza hacia atrás y clava los dedos en mi cintura.

Con la otra mano me rodea la polla. Se lleva el líquido acumulado y yo me muevo sin saber bien a dónde.

Lo cabalgo rápido, con esa mezcla de incomodidad y placer que me hace jadear y contraer los músculos en torno a él.

Lo siento crecer, tensarse y gemir con fuerza.

No deja de tocarme; tampoco de besar y lamerme el cuello.

Estoy al borde de la locura. Ya no me molesta nada, solo siento que el fuego se expande dentro de mí y está a punto de abrasarlo todo.

Cierro los ojos. El mundo gira y nosotros giramos con él.

Recuerdo las veces en que Ryder ha asegurado vivir en un parque de atracciones.

Así me siento cuando estoy con él, en una montaña rusa, en un loop gigante y continuo.

No pienso, solo siento, siento, siento. Me abandono al placer, a la sensación de tenerlo ahí; su olor avainillado, el roce de su pelo en mi pecho, su mano dándome placer.

Somos él y yo y esta necesidad visceral de tenerlo más adentro.

El placer me ciega cuando sus caricias se intensifican y me clava los dientes en el hombro.

Lo siguiente que percibo es que me estoy corriendo a lo bestia en su mano y que ahora es él quien me embiste desde abajo para buscar su propia liberación.

—Ryder —gimo en su boca, aferrado a sus hombros para mantener a raya los temblores. Él empuja un par de veces más antes de quedarse quieto del todo; el cuerpo tenso.

Nos miramos sin aliento. Él me acaricia la erección sensible y yo me muevo porque necesito sentirlo un poquito más antes de dejar de hacerlo. Aquí estoy yo, tembloroso y con un nudo de nervios dentro del pecho. Y aquí está él, guapísimo y sonriente.

Aún sin aliento, nos besamos, nos limpiamos y nos metemos entre las sábanas.

—Espero que esta vez no lo olvides, alma gemela —me susurra con un tono socarrón que me hace reír y aligerar los nervios.

Le aparto el mechón de la cara. Ryder emite un suspiro de alivio que me pone la piel de gallina.

—Ya veremos. —Y mientras caigo en un sueño delicioso, soy incapaz de apartar de mi mente la sensación de que sigo en un parque de atracciones. Es de noche, ha cerrado al público y sigue siendo tan emocionante que solo puedo pensar en quedarme allí para siempre. Con él.