Donde tú estés (Soul Finder 2) Epílogo
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Epílogo

JAMES

DOS AÑOS DESPUÉS

—Calla, joder, que nos pillan.

—No sé gemir en silencio, lo siento —le digo con tonito sacándome su polla de la boca y acariciándolo.

—Pero uno diría que con la boca tan llena no harías tanto ruido. Es sexi que te mueres, no me malinterpretes, pero como nos pille tu padre…

—¿Te vas a callar tú ya?

—Me voy a callar, me voy a callar, dale.

Me vuelvo a meter su erección en la boca.

Solo la punta, como sé que le gusta. Le rodeo el glande con la lengua y miro hacia arriba para ver cómo se cubre la boca con la toalla del gimnasio que lleva al cuello.

Se la chupo con calma, con deleite; yo me acabo de correr en su boca hace apenas cinco minutos, así que estoy relajado, no tengo la acuciante necesidad de frotarme contra su pierna como un perro en celo, cosa que suelo hacer cuando compartimos mamadas rápidas en el coche, baños públicos y parques oscuros en general.

La niebla de Eeriewood es nuestra aliada.

Eeriewood,1; calurosa y soleada Florida, 0.

Es que estamos planeando llevar a Billy a Disneyworld; y no hacemos más que mirar guías de viaje de Orlando y alrededores.

Y montañas rusas. Tenemos una lista de todas las que tenemos que visitar.

Levanto la vista y veo cómo Ryder coge la toalla entre los dientes para evitar gritar o decirme cualquier cerdada.

Lleva ambas manos a mi cabeza y me mete la polla en estoques cortos pero rápidos.

Luego, en un movimiento tan lento que roza la desesperación me acaricia el paladar con el glande y sigue bajando; se desliza por mi garganta hasta que no puede bajar más y es entonces cuando trago, volviéndolo loco de placer.

Él vuelve a repetir el movimiento. Una, dos, tres veces.

Joder. Me encanta. Sabe lo mucho que me pone que haga eso, y ya no importa si hace escasos minutos que se lo he dado todo, noto cómo se me endurecen los testículos en cuestión de segundos.

Y porque sé que no hay tiempo; de lo contrario, pediría un bis. O un polvo. Él, yo… Como sea, da igual; pero mi necesidad de él en cualquier forma posible es la constante que conduce mi vida. Lo tengo asumido. Soy adicto a él.

Tras unos segundos de tenerme inmovilizado, me libera, solo para volver a metérmela otra vez.

Entierro la cara en su entrepierna, su vello púbico acariciándome la nariz, y relajo la garganta dejando que me la meta lo más profundo posible.

Mantiene esa posición durante unos segundos y me la saca de nuevo.

Me lloran los ojos, una sensación que he llegado a asociar con el más absoluto placer.

Comerle la polla a Ryder es mi actividad favorita en el mundo.

Antes que el boxeo. Antes que cualquier cosa; salvo, quizá, despertarme por la mañana y ver sus ojos verdes y esa sonrisa pícara que dice alto y claro: «A ver cómo te la lío hoy, cariño».

Y me la lía; vaya que sí. Pero ya no me ha vuelto a sangrar la nariz, señal inequívoca de que vivo en un ambiente de cero estrés.

Las emociones que me provoca son muy intensas, pero cero turbulentas.

Con la cara enterrada en su ingle ya no puedo ver su expresión, pero su respiración acelerada me dice que está a punto, por lo que, una vez que libera la presión que ejerce sobre mi cabeza, empiezo a chupársela rápido y con mucha hambre, alternando succiones largas y hasta la raíz, con otras más cortas.

Entonces lleva una mano a mi pelo y tira de mí, colocándome como quiere, con la cabeza un poco hacia atrás y el cuello estirado.

Y me folla la boca durante tres, cinco, siete segundos, hasta que su sabor salado me acaricia la lengua antes de bajar directo y con fuerza por mi garganta. Dios, qué bien sabe.

Cuando acaba de correrse, lleva una mano a mi mandíbula y me acaricia con delicadeza.

Sin decir nada. Alzo la vista y me encuentro con su expresión de adoración.

No quiero decirle la de veces que le veo esa cara últimamente, porque trataría de hacerse el duro.

Y lo quiero blandito. Lo quiero mirándome con el amor con el que me mira ahora mismo.

Me llena. Del todo. En todos los sentidos.

Me pongo de pie y lo beso. Despacio, sin apurarlo.

Cuando queremos somos rápidos; sin embargo, si no tenemos prisa, podemos pasarnos horas disfrutando del cuerpo del otro.

También dedicamos noches casi enteras a leer cómics o a ver combates de boxeo con un cubo de cervezas bien frías y palomitas.

O a hacer maratones de pelis con Billy mientras lo educamos en las maravillas de DC.

Para nuestro horror, es más de Marvel. Y ni eso.

Le gustan las películas de acción y los westerns .

Es como pasar tiempo con un hombre de cincuenta años.

Pero para mí es como un hermano, lo adoro.

Y le echo broncas y todo. Y, lo que es más raro aún, me hace caso.

Es muy buen niño, el más normal de los Jones, por mucho que les cabree a los otros dos hermanos que lo diga.

Tras un último beso y la sonrisa más preciosa que he visto jamás, le subo el bóxer y el pantalón corto de deporte y le recoloco la cinta de pelo.

Está precioso. El Ryder posorgásmico es una puta belleza.

Con esa sonrisa que siempre hace que me tiemblen las piernas.

Es una mezcla de dulzura y perversión que necesito ver al menos tres veces al día. Soy un yonqui, lo reconozco.

Cada día lo quiero más; y creo que él a mí también.

No lo creo, lo sé. Seguimos siendo nosotros, picándonos, enfadándonos y reconciliándonos al cabo de un rato.

Tenemos un acuerdo: nunca acostarnos cabreados.

A veces lo solucionamos hablando. Otras nos devoramos a lo bestia antes de hablar, y otras nos vamos al gimnasio y nos lo quitamos de encima en el ring .

Me encantan esas peleas a medianoche. El subidón es tremendo.

Es como si bailáramos. Y bailamos muy bien juntos.

De verdad que nos tomamos muy en serio nuestro trato de «ni una noche a la cama cabreados»; lo cumplimos como si lo hubiéramos firmado con nuestra sangre.

Yo firmaría con sangre cualquier contrato que me vinculara a él de alguna manera, por mínima que fuera.

Me comprometería con los ojos cerrados y sin dudas. A fuego. En piedra. Lo que sea.

Mis padres lo quieren como a un hijo. Aunque vivimos en la planta baja de la casa de Levi —lo hemos reformado todo para que, si quisiéramos, no tuviéramos que vernos con las almas gemelas de luz—, pasamos bastante tiempo con mi padre.

Mi madre sigue trabajando a destajo y a él le encanta cocinar con Ryder.

Creo que James Wilson padre tiene un favoritismo enorme por mi chico, le hace reír como nadie en la vida y lo cierto es que a Ryder le viene de maravilla que así sea.

Tener una figura paterna que lo quiere y lo respeta por quien es era lo que necesitaba para hacer del todo las paces con su historia familiar.

Él es resiliente como pocos y nunca ha hecho un drama del hecho de que su padre sea un mamón de mierda y su madre no se plante y diga «basta ya».

Ella lo llama casi todos los días y, de vez en cuando, salen a comer o a tomar un café.

Pero Ryder no ha querido volver a esa casa.

Recogemos a Billy en la puerta cuando toca, pero, como suele venir en autobús o con Archer, tampoco nos tenemos que pasar ese mal trago a menudo.

Una vez adecentados, salimos del baño y nos damos de bruces con Owen, que nos mira con una toalla al cuello, una ceja alzada y una sonrisita cómplice:

—¿No eras tú el que le prohibió la entrada al gimnasio por hacer guarradas en el baño?

—Pero ahora las hace con el dueño y la diferencia es enorme —le digo a mi mejor amigo, echando un vistazo alrededor del vestuario para comprobar que nadie nos ha visto salir juntos del cubículo.

—Cállate, Doctor Manhattan, y vete a leer Tan poca vida , que dicen que es una fiesta —le contesta mi alma gemela mientras se dirige hacia las duchas.

Cuando descubre que Owen lo persigue en un intento por darle con la toalla en el culo, se echa a correr y los dos terminan en una persecución entre bancos, taquillas y carcajadas. Quién los ha visto y quién los ve.

Mi alma gemela es feliz. Y eso me hace tan feliz a mí que estoy a punto de vomitar corazones.

FIN