Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

CAPÍTULO

VEINTE

JAMES

No está conmigo en la cama cuando me levanto. La habitación está oscura como boca de lobo, tal y como me gusta.

—¿Ryder? —lo llamo por si está en el baño, pero no.

Estoy solo. Eso me molesta, quizá un poco demasiado.

Esperaba encontrarlo a mi lado, que cumpliera la promesa que me hizo anoche cuando nos subimos al coche para venir a mi casa.

Quería poder gritar sin miedo a que nadie nos escuchara.

No todos los días me quedo solo en casa.

Pienso en lo que sentí en la fiesta, cuando me di cuenta de que se había marchado sin despedirse.

Como si fuese un tío cualquiera, como si no nos conociéramos de nada.

Sentí muchas cosas entonces. Sobre todo sentí rabia e impotencia.

Justo lo mismo que siento ahora al comprender que ha sucedido lo mismo, y que esta vez no puedo ir detrás de él.

Salgo de la cama y bajo a la cocina. Necesito un café bien cargado.

Estoy cruzando el pasillo cuando lo veo dar vueltas por el salón, ya vestido con la ropa que llevaba en la fiesta.

Me detengo para mirarlo como si de una aparición se tratara.

Él me clava esos ojos cristalinos y esboza una sonrisa diminuta que no oculta su gesto preocupado.

Sea quien sea quien está al otro lado del teléfono, la conversación es seria.

Me hace un gesto y me da la espalda para seguir su ir y venir por la estancia.

—Sí. Vale. Ahora mismo me pongo. Sí, iré a tu casa. Tengo el portátil en el coche, de todas formas. Si corre prisa puedo… Vale, vale. Sí. Ahora mismo voy. Venga.

Me acerco a él. El mechón se desliza por su rostro y me contengo para no apartárselo.

—¿Va todo bien?

—Era Levi —explica—. Tengo que irme. Temas de trabajo, ya sabes.

—Ah, vale. —No se me ocurre nada más que decir. Tampoco soy capaz de ocultar mi decepción y creo que él lo nota, porque eleva una ceja y se mete las manos en los bolsillos—. ¿Qué?

—Me estás mirando con cara de pena. —Compone una sonrisa que quiero besarle con mucha lentitud para aprendérmela de memoria. No sé qué cojones me pasa y por qué no dejo de pensar en sexo—. Jamás creí que te vería esa cara.

—No tengo cara de pena.

—Claro, y menos por mí, ¿no?

—Es solo que…

—Quieres follar, lo entiendo. —Ryder menea la cabeza en un gesto de asentimiento—. Vendré esta noche, si quieres.

—No es solo eso. No importa si follamos o no. —Y es la verdad. Vale que me apetezca tener sexo con él, pero quiero algo más que eso—. Es que, por una vez que no hay nadie más en casa…, pensé que podrías estar a tus anchas. Sin esconderte, ya sabes .

—No es que me esconda mucho de tu padre. Se las sabe todas.

—Le gustas.

—A mí también me gusta.

Nos miramos.

—Tengo el portátil en el coche. Me puedo quedar a trabajar aquí, si no te importa que te ignore. Tengo curro para unas horas.

—¿Problemas con Soul Finder?

—Es con el juego Apocalipsis . Hay un fallo del sistema en uno de los escenarios y tenemos que solucionarlo ya. —Me evalúa con la mirada—. ¿Te parece bien que me quede entonces?

—Claro. Yo iré un rato al gimnasio a supervisarlo todo.

—Pero hoy no trabajas, ¿no?

—No, pero mi padre no está y quiero asegurarme de que todo está controlado. Así que iré un rato y luego traeré algo de comer, ¿te parece?

En lugar de contestar, sonríe. Luego se saca las manos de los bolsillos y se señala la boca.

—¿Me vas a dar un besito de despedida?

Resoplo y me largo para vestirme.

—Que te den, Ryder.

—Cuando quieras.

Mi supervisión me cuesta tres horas de mi día libre y un par de cabreos. Cuando termino, cumplo mi promesa de comprar comida antes de regresar a casa.

Me lo encuentro en la mesa de la cocina, con cinco tazas vacías a su alrededor y un gesto de concentración.

—¿Te has tomado cinco cafés? ¿Tú?

—Solo uno es café de verdad —contesta sin levantar la vista del portátil—.

El resto son descafeinados. Tengo un poco prohibido tomar café.

Por si no te has dado cuenta, me paso el día un poco atacado de los nervios; pero me encanta el sabor.

Y el acto de tomarlo me relaja en cierto modo, muy paradójico todo, lo sé.

Así que me tomo uno, me da el subidón, y luego me limito a imaginar que es lo mismo, aunque no lo sea.

Es como echar el polvo de tu vida sabiendo que una vez acabes te va a destrozar y que ninguno será como ese.

Que los demás serán una copia de lo que nunca podrás volver a tener. ¿Qué? ¿Por qué me miras así?

—¿Has sentido eso alguna vez? Porque no te imagino enamorándote así.

—No lo he hecho, pero espero sentirlo. Te lo he dicho, no tengo nada en contra del amor. Solo que no me ha llegado ni tengo prisa. —Quizá sea por el olor, pero se gira y desvía la vista hacia la bolsa que aún tengo en la mano—. ¿Qué traes ahí?

—Ah, he pasado por la cafetería Langston y los padres de Owen nos han preparado algo de comer.

—Me caen bien. —Me arranca la bolsa de un tirón y la coloca entre sus piernas para observar su contenido—. Su relación es tan idílica que parece de mentira. Me pregunto cómo será crecer con unos padres como ellos. Me da un poco de envidia.

—¿Cómo es la relación de tus padres?

—No hay mucho de lo que hablar. La relación se basa en que mi padre ordena, mi madre obedece. No se llevan mal ni nada de eso; peor, son ese tipo de pareja a la antigua. —Se encoge de hombros—. Mi madre es una servicial ama de casa.

—No tiene nada de malo ser ama de casa. Creo que es un trabajo muy poco valorado. Yo siempre he envidiado a las madres así. La mía apenas pasa tiempo con nosotros.

—Ya. —Compone una mueca y se levanta para colocar los sándwiches y la ensalada en dos bandejas. También añade cubiertos y dos vasos de agua.

—Te has puesto serio.

—Tengo hambre. —Me tiende una de las bandejas—. ¿Comemos?

—Estás cambiando de tema —le digo mientras lo sigo hasta el salón y tomamos asiento.

—No tengo ganas de hablar sobre mi familia. —Pincha el tenedor en el táper de plástico de la ensalada y se lo lleva a la boca.

Vale. No me hace gracia que no sea capaz de abrirse conmigo, pero decido respetar su decisión.

—¿Has terminado de trabajar? —pregunto antes de darle un buen mordisco a mi sándwich.

—Aún me queda un poco.

—Comemos y cuando termines podemos hacer algo.

—Sí que te quedaste con ganas anoche… —Parece un hámster cuando esboza una sonrisa con la boca llena.

—No hablo de eso, idiota. —Me río—. Estaba pensando en hacer un poco de ejercicio.

Traga antes de preguntar, ahora sí, con su sonrisa maliciosa:

—¿Qué tipo de ejercicio?

Dos horas después, una vez acaba lo que sea que estuviera haciendo con Apocalipsis , estamos en la habitación anexa al garaje de mi casa, donde mi padre y yo solemos practicar boxeo y hacer ejercicio cuando no vamos al gimnasio.

Los dos llevamos pantalones cortos ajustados, camisetas de tirantes, y las vendas y guantes de boxeo bien enfundados.

—No tengo nada que hacer contra ti y los dos lo sabemos.

—¿Y desde cuándo te frena eso? Además, la última vez no se te dio tan mal —murmuro y al momento me ruborizo al recordar cómo acabó aquella vez.

Él se da cuenta e instintivamente los ojos se le desvían a mi entrepierna.

—Si mal no recuerdo, fuiste tú quien se llevó la recompensa.

La sonrisa que se le forma en los labios me hace perder un poco la cabeza.

Lo suficiente para borrársela como siempre quiero hacer y nunca hago.

Salvo los pocos centímetros que nos separan y se la borro muy pero que muy despacio y profundo mientras le demuestro que cualquiera de los dos puede ganar su recompensa si le pone un poquito de empeño.