Capítulo 19
CAPÍTULO
DIECINUEVE
JAMES
No me folla a lo bestia, tampoco se lo pido.
Le dejo algo de ropa para que se duche en el baño de mi habitación y yo hago lo mismo en el del pasillo.
Cuando entro en mi cuarto lo encuentro ya en la cama, vestido solo con mi bóxer.
Incluso se ha tomado la molestia de prepararme el colchón en el suelo.
Menudo morro tiene. Aun así, me tengo que morder los carrillos para no reír cuando veo su expresión entre adormilada y divertida al verme fulminar con la mirada mi rinconcito del suelo.
—No voy a dormir ahí —le advierto, de pie frente a la cama.
—Esperaba que no lo hicieras, pero como eres tan…
—¿Tan qué?
—Tan tú.
—¿Y eso qué significa?
—Que te cuesta admitir que estás más cómodo aquí conmigo.
Me acuesto junto a él bajo las sábanas. Enseguida siento su calor invadiendo mi cuerpo.
Ese es el motivo por el que no duermo con él, para evitar quitarle la escasa ropa que suele llevar y hacer algo más que acurrucarme contra él en el colchón.
Me tapo con las sábanas para que no se me note lo mucho que me pone su cercanía.
—La cama no es lo bastante grande para los dos. —Cosa que es verdad. La de mis padres es más grande que esta, que no se hizo para compartir con nadie—. Me muevo mucho y odio pasar calor.
—¿Qué más odias?
—Que no me digan las cosas cuando hay que decirlas. —Sí, me refiero a él y sé que comprende de qué le hablo. Se coloca de espaldas sobre la cama y comienza a acariciarse la zona alrededor del ombligo—. Si te molesta algo de lo que digo, deberías decírmelo.
—Para empezar, no debería molestarme, así que no te preocupes.
—¿Desde cuándo te sientes así? ¿Es por eso que vienes a mi casa? ¿Y qué quieres decir con que no debería molestarte?
—A que no somos amigos —contesta con sinceridad.
Eso me molesta. Mucho. Y no tengo ni idea de por qué—.
La casa de Levi es enorme, la has visto, lo sabes.
Y no solo es su casa, es nuestra oficina.
Trabajamos ahí. Los dos. Funcionamos bien de esa forma.
Siempre me he sentido cómodo con nuestro acuerdo.
Curramos a deshoras, me quedo a dormir, cocino para los dos…
Es algo que he hecho muchas veces para mis hermanos.
Lo de cocinar, digo. Les gusta mucho que lo haga.
Lo miro con curiosidad. Es raro que hable de su familia.
Por todo lo que me dice desde la aplicación, lo poco que intuyo a través de sus comentarios y el hecho de haber conocido a su madre, está claro que su relación no es buena, pero tampoco se explaya contando nada.
Es como si quisiera mantener bien en su sitio su fachada de ligón despreocupado cuyo único fin es tocarme los huevos, a mí y al resto de la población masculina.
—Casi nunca hablas de tu familia.
—No hay mucho que decir. —Desliza los dedos por su torso, arriba y abajo, arriba y abajo. También esboza una sonrisa diminuta.
—Tienes… veintisiete años, ¿no?
Me ruborizo un poco al darme cuenta de la pregunta. Es tan genérica, tan de primera cita y, a la vez, parece tan íntima... Sé la edad que tiene, lo pone en su bio de Soul Finder; de modo que no tengo claro por qué le estoy preguntando semejante gilipollez.
—Sí, como Levi. —Me mira a los ojos. El mechón de pelo se le desliza por la cara—. Y tú… veintitrés, ¿no? Como Owen.
—Los cumplí en febrero, sí.
—No me dijiste nada. —De repente, como si se sintiera ultrajado, añade—: ¡No me invitaste!
—Lo celebré con mis padres en una pizzería de Winter Falls. Planazo, lo sé.
—Pues sí que me parece un planazo —asiente con la voz cargada de algo que no puedo identificar, pero que suena a anhelo.
Me coloco de lado para estar más cómodo y poder apartarle el mechón de la cara; soy incapaz de no hacerlo. Intento darle vueltas a lo que quiero preguntarle, pero al final decido que lo mejor es soltarlo tal y como es:
—¿Saliste del armario y tus padres no lo aceptaron? ¿Por eso te quedas en casa de Levi?
—No quiero hablar de eso.
—¿Porque no somos amigos? —pruebo con cierta acritud.
—¿Cuándo te diste cuenta de que eras bisexual? —pregunta para cambiar de tema.
—Tenía quince años.
No explico nada más y él no deja de mirarme. Odio lo obvio que soy y que él se dé cuenta enseguida.
—No me lo digas, fue con tu amorcito.
—No lo llames así.
—Cuéntame, venga. ¿Lo viste desnudo y te lo quisiste tirar? ¿O cómo fue la cosa?
Me planteo escurrir el bulto, tal y como ha hecho él con su familia en más de una ocasión.
Pero, al mismo tiempo, creo que Ryder se ha abierto —o ha intentado abrirse— a su manera, aunque lo haya hecho sin responder preguntas directas.
Me ha contado cosas en monólogos incansables que no sé si he sabido apreciar.
Sé quién es por sus superhéroes, por cómo se comporta cuando cree que no lo veo, por la forma en la que habla de sus hermanos o de Levi; y también sé quién es por cómo habla con mi padre y con mi madre las veces en las que han coincidido. Creo que se lo debo.
—Pues no —contesto, y él me mira sorprendido, como si no se esperara que le fuera a responder—.
Ni siquiera tuve que verlo desnudo, solo tuve que verlo.
Un día era solo mi amigo y al día siguiente me moría de ganas por acercarme a él.
Su contacto me la ponía dura y empecé a hacerme pajas pensando en él.
Lo daba por perdido, claro —explico—, Owen era hetero. Hasta que me dijo que no lo era .
—¿Qué hiciste?
—Nada. No tardé en darme cuenta de que nunca sería más de lo que soy para él.
—Pero él sabía que eras bisexual, ¿no?
—Sí. Nunca lo oculté, ni de él ni de mi familia.
—¿Tu primera vez? —quiere saber.
—Con una chica a los dieciséis. Fui un poco precoz. —Me encojo de hombros—. Con un chico el día de mi dieciocho cumpleaños, en la primera fiesta universitaria. ¿Y tú?
—A los dieciséis también, pero no salí del armario hasta que terminé Informática en la universidad.
Para aquel entonces ya trabajaba con Levi.
Llevo trabajando con Levi desde los diecisiete —me explica—.
Fue en esa época cuando empezamos con todo eso del Soul Finder.
Él creía que necesitaba algún tipo de conexión para follar y yo solo quería darle un poco por el culo.
Sí, de manera literal también. Respeté su decisión hasta que salió un par de veces con un chico con una compatibilidad bastante decente y le fue fatal.
Puedes tener una compatibilidad tremenda y que no salga bien, ¿sabes?
Levi y yo tenemos una compatibilidad altísima, de un ochenta y nueve por ciento, y no queremos ser pareja.
—¿Entonces nunca has probado a salir con nadie de la aplicación?
—Claro que sí. Pero no espero a tener más horas de conversaciones de las obligatorias. Si la otra persona no quiere, normalmente le doy puerta. Y si quedamos y va mal, pues también. Creo en la aplicación, pero no la considero el summun ni mucho menos.
Nos miramos. A él se le vuelve a caer el mechón y yo vuelvo a ser incapaz de no apartárselo. Le recorro la mandíbula con el pulgar y bajo por su cuello. Noto su respiración un poco acelerada cuando le acaricio la clavícula.
—Necesito que me lo digas si te hago daño. No lo hago de manera consciente.
—Ya te dije que me da igual —repite y yo le paso los dedos por el hombro y deslizo las yemas por su brazo.
—Porque no somos amigos.
—Sí, eso.
No le digo que si eso es verdad no debería quedarse en mi casa ni hacer la comida con mi padre.
Y no se lo digo porque sé que eso también le haría daño y no sé cómo controlar su dolor cuando no tengo ni idea de cuál es su carga ni dónde están sus límites.
Lo único que sé de Ryder es el modo en que siente las cosas y cómo las oculta tras sus mil sonrisas e indiferencia.
Se estremece cuando le rodeo el pezón con los dedos un momento antes de pasarlos por encima en una caricia tímida que enseguida se convierte en un suave arañazo.
Me encanta cómo reacciona su cuerpo, me encanta cómo lo hace el mío.
Es como un bucle de deseo que viene y va y del que no quiero salir.
Él respira hondo y me mira un instante antes de bajar la vista a su entrepierna.
—Deja de hacer eso.
—¿Por qué? —pregunto—. Si te gusta.
—Precisamente porque me gusta y ahora mismo no voy a follarte. Estoy demasiado cansado. —Debe verme el gesto interrogante, porque agrega—: No me mires así, ha sido un día duro.
Me río.
—Tranquilo, lo entiendo. No es como si fuera a mirarte diferente por no querer follar.
—Me la puedes chupar, si quieres.
Me río con más ganas.
—Dios, eres lo peor.
—Nunca me has hecho ninguna. —Su tono de voz suena a niño rencoroso.
—No lo suelo hacer. Es… un acto íntimo —admito. Me ruborizo al instante.
—¿Más íntimo que follar?
—¿Quieres correrte? —lo corto. No me apetece hablar de eso. Porque implicaría que ese tipo de intimidad solo la llevaría a cabo con un alma gemela de verdad. No puedo decirle que me he pasado media vida pensando en cómo sería hacerlo con Owen y ahora es… extraño. Me da mucha vergüenza.
—No te preocupes, no tienes por qué hacer ningún acto íntimo conmigo.
—Acaríciate.
Él me mira, un poco sorprendido. Enseguida eleva las comisuras de los labios y se muerde el inferior en ese gesto de encantador de serpientes que tanto me pone.
Baja la mano a su entrepierna, despacio, y se baja los calzoncillos.
Se me acelera la respiración cuando se agarra la polla y veo cómo curva los dedos alrededor de la base, lo que me provoca pequeñas descargas en los testículos.
No me quita la vista de encima. Sé que me está mirando la entrepierna, así como yo me deleito en el movimiento de su mano.
Asciende y desciende cada vez más deprisa, hasta que comienza a mover las caderas hacia arriba y se empieza a follar su propia mano.
El pulso se me acelera, la polla me crece en los calzoncillos apretados y lucho contra la necesidad de quitársela de la mano y realizar ese acto íntimo que le he negado .
—¿Te pone esto? —pregunta con la voz entrecortada, sacudiéndose el extremo de la polla.
—Es lo que más me pone del mundo.
—Solo es una paja. —Vuelve a acariciarse despacio mientras me observa y suelta pequeños gemidos. Me fijo en cómo le tiembla el cuerpo y sé que, por mucho que intente hacerse el duro, le pone tanto como a mí que lo vea.
—Es algo más que eso. Es ver cómo te abandonas al deseo. No hay vergüenza ni nada más que tú y la libertad que supone entregarte al placer que te das a ti mismo. La intimidad del acto me parece lo más sexi del mundo.
—¿Más íntimo que una mamada?
—No tanto, pero sí —admito y me arde un poco la cara.
—Y aun así me lo has pedido.
—Y me lo estás dando —le sigo el juego.
Detiene la mano en la punta y pasa un dedo alrededor del líquido acumulado, extendiéndolo y deleitándose con la manera en que lo miro.
—¿Quieres que me corra? —dice entre jadeos cuando desliza la mano de nuevo a lo largo de su erección.
—Por favor.
—Deseo concedido, alma gemela. —El tono es de burla, pero la polla se me pone aún más dura mientras veo cómo sube el ritmo.
Se lo hace rápido, elevando las caderas en busca de cada movimiento.
El sonido de las sacudidas es pura fantasía obscena y, en cuanto lo veo echar la cabeza hacia atrás y soltar un gemido grave, me saco los calzoncillos y me empiezo a masturbar.
Soy rápido. Estoy demasiado cachondo después de verlo.
No exagero cuando digo que me parece el acto más sexi del mundo, así que disfruto de la sensación de ver cómo aún se arranca los últimos espasmos de su polla y el semen le salpica el abdomen.
Me corro viéndolo ahí, saciado, sexi, con el cuerpo todavía rojo por el orgasmo y el deseo impreso en sus ojos claros.