Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

CAPÍTULO

DIECISÉIS

JAMES

—¿Se puede saber qué te pasa? —Owen se saca los guantes y los lanza al suelo para sujetarse la cara. Tiene la mirada vidriosa y el gesto cabreado—. Joder, que es mi puñetera cara.

Se me pasa por la cabeza lo que diría Ryder sobre su cara y tengo que reprimir las ganas de reír, y de propinarle otro puñetazo, de paso. Por alguna extraña razón, mi cerebro no deja de señalarlo como culpable, culpable, culpable.

—¿James? —me llama al ver que me he quedado paralizado, mirándolo.

Mierda—. Vale, olvidemos mi cara. Necesitamos sentarnos a tomar un café, o dos, y quizá un brownie de los que hace papá Logan con una bola de helado, o dos.

—Se me acerca y me coloca las manos en los hombros.

No puedo dejar de mirarle la marca de la mandíbula. Mierda—. Eh, no pasa nada.

—Te va a quedar un buen moratón.

—Estaré más sexi —dice con una sonrisa socarrona que en otro momento me hubiera hecho temblar y ahora solo me hace sentir un extraño pellizco en el pecho—. Eh, en serio. Quita esa cara. Estoy bien.

—Vale —digo bajito.

—¿Nos damos una ducha y vamos a la cafetería?

Me quito los guantes y rehúyo su mirada. No mucho, solo lo suficiente para reunir el valor de enfrentarme de nuevo a él y preguntarle lo que lleva días rondándome la cabeza.

—¿Sabes dónde vive?

—Sí. Una vez fui con Levi a recogerlo. Vive cerca de mi casa. Es vecino de mi paseador de perros. ¿Sabes quién te digo? El rubio buenorro al que mis padres pagaron para que se liara conmigo por Navidad.

—Lo he visto un par de veces. —Hago una pausa—. ¿Cómo sabías que te preguntaba por Ryder?

—¿Tienes otra alma gemela que no conozca?

—No lo llames así.

—Tenéis un noventa y seis por ciento de compatibilidad.

Después de Levi y yo, que somos el cien por cien —dice con ese tonito que usa siempre que quiere remarcar lo espectacular que es tener la máxima puntuación, cosa inigualable en Soul Finder.

Me contengo para no resoplar. Cómo se pega la mala hostia de Ryder, joder—, sois los que tenéis mayor afinidad.

Puedes evitarlo, pero no puedes negarlo.

—No hay nada entre nosotros.

—Tenéis compatibilidad, habláis por el foro, folláis. No sé, llámame loco, pero se parece mucho a una relación.

—¿Alguna vez has estado con alguien muchas veces sin pretender ir más allá de eso? Porque eso es lo que tenemos. Ni siquiera lo planeamos. Nos liamos y ya está .

Bueno… y duerme en mi casa y hace la cena con mi padre y me manda monólogos eternos por Soul Finder a los que nunca contesto, pero siempre leo porque a veces me cuenta batallitas que lo hacen parecer menos pasota, más real, más accesible.

Mi amigo me mira como si le estuviera ocultando algo. Parece mentira que hasta hace unos meses se le dieran fatal las relaciones y se negara a aceptar todo lo relacionado con eso de las almas gemelas, y eso que se había pasado más de cuatrocientas horas de conversaciones con dicha alma gemela.

—Pero algo os hace llegar a ese punto. Llámalo conexión, cariño, amistad.

Me río. Meneo la cabeza, recojo mis cosas y me dirijo a las duchas. Ya me he cansado de escuchar bobadas.

—James —me sujeta del brazo para llevarme hacia un rincón más apartado, entre las taquillas y la máquina de café.

—Atracción sexual pura y dura, eso es lo que hay entre nosotros. Me conoces, sabes cómo soy. ¿Alguna vez me has visto salir en serio con alguien? Lo intento, pero no se me da bien.

—No lo intentas en absoluto. Siempre saboteas tus relaciones con las chicas con las que sales. ¿Cuál fue la última? Ni siquiera me dejaste conocerla, y te quejabas de que ella quería presentarte a su familia. No te implicas para nada.

Asiento, pero no digo nada. Me apoyo contra las taquillas y aguanto el chaparrón. Owen Langston, mi mejor amigo, dándome lecciones de amor.

—Ni siquiera sales con chicos. ¿Crees que no me he fijado? Por Dios, James. Pensé que tenías algún tipo de problema con tu sexualidad. Después… pensé que eras frío, o qu e no creías en el amor, o que simplemente eras un capullo. Y entonces…

—¿Entonces qué? Dilo, venga. —Chasqueo la lengua—. Resulta que el capullo de hielo estaba enamorado de ti, su mejor amigo. ¿Eso te hace pupa?

Se le enciende el rostro, los ojos comienzan a brillarle y yo me siento como un cabrón insensible.

Por esto no quería que se enterara nunca.

Sabía que haría algo, cualquier cosa, incluso intentar quererme.

De no haber estado Levi, estoy convencido de que lo habría hecho solo para que no me sintiera mal, por probar o vete a saber qué.

—Ni se te ocurra llorar. Lo he superado, ¿vale?

—Ah, ¿sí? Entonces si me acerco y te beso, ¿no sentirías nada? —Lo dice mientras se coloca delante de mí y apoya su manaza a la altura de mi cara. Al seguir apoyado en las taquillas parece que quiera hacer algo más que besarme.

—¿Por qué ibas a besarme?

—Para que te dieras cuenta de que no sientes nada por mí. En las películas funciona, también en los libros.

—¿En serio, Owen? Además, tú no lees libros que acaban bien.

—Ahora sí. —Se encoge de hombros—. Cosa de almas gemelas.

—¿Y qué pensaría tu alma gemela de que quieras besarme?

—Lo entendería, claro —dice con un asentimiento, pero veo el miedo en sus ojos, así como lo veo en su cuerpo cuando se acerca un poco más y baja la mirada a mis labios. Es un poco más alto que yo, apenas unos centímetros, y su calor corporal debido al ejercicio lo inunda todo.

Me fijo en sus labios y en el miedo presente en sus ojos azules. No quiere estar ahí, de la misma forma en que yo no quiero que lo esté. Pero por mis huevos que no pienso moverme. Si quiere jugar, lo haremos con mis putas reglas.

—Por supuesto. Me encantaría ver cómo se lo dices. Dudo que la compatibilidad sea lo bastante alta como para que Levi Wright te perdone una infidelidad.

—Solo es un beso, no es infidelidad. No hay intencionalidad. Es… un experimento.

—Un experimento, ya; pues puedes empezar cuando quieras. —Lo sujeto de la camiseta con brusquedad y en nada tengo su boca muy pegada a la mía—. A lo mejor te convenzo para que se convierta en algo más.

Siento su pulso en mi mano. El mío no está mejor. Un dolor como una piedra pesada me golpea en el centro del pecho y apenas me deja respirar.

—Bésame —le susurro, pero no me muevo.

Él asiente, pero tampoco hace nada.

El dolor se intensifica, seguido de algo más.

Una sensación pegajosa, alarmante, que me advierte que todo está mal.

No quiero estar ahí, no quiero a mi mejor amigo a centímetros de darme un beso que ninguno de los dos va a disfrutar.

Una lágrima solitaria se desliza por la mejilla de Owen y yo suelto el aire como si hubiese estado en el fondo del lago cerca del lugar donde mi padre solía llevarme para practicar boxeo y, de repente, hubiese salido a la superficie. Dios. ¿Qué he estado a punto de hacer?

—Idiota, estás llorando.

Owen se sorbe la nariz. Apoyo la frente en su pecho y respiro, respiro, respiro.

Los hombros me tiemblan, el cuerpo me tiembla, el alma me tiembla.

Es… como si me hubieran arrancado algo muy doloroso y ahora sintiera el hueco, su presencia, pero ya no estuviera ahí.

No hay dolor, solo un vacío tremendo. Mi amigo me acaricia la cabeza y traza círculos alrededor de mi hombro.

—Te has dado cuenta, ¿eh?

—Te dije que lo había superado —murmuro para restarle importancia.

—Tu cabeza lo pensaba, al resto le costaba. Para mí estaba claro.

—¿Qué estaba claro? —Sigo con el rostro escondido en su pecho y él continúa acariciándome como si no estuviéramos en un gimnasio lleno de gente.

Se aparta para mirarme.

—Llevas toda la mañana con la cabeza en otra parte. Mírame la cara. —Se señala la barbilla—. Estás, pero no estás. Estás en cuerpo, pero no en alma .

—No empieces otra vez con lo de las almas gemelas, en serio.

No puedo pensar en él en esos términos. Ni siquiera he terminado de asimilar que ya no siento nada por Owen. Todo es demasiado reciente y estoy demasiado confuso. ¿Alma gemela? Joder. Da vértigo. Prefiero seguir pensando en compatibilidades, porcentajes y mensajes de espectros omniscientes.

—Te gusta. A mí no puedes engañarme. Y si estás pensando en ir a su casa es porque te importa. ¿Has intentado llamarlo?

—No tengo su teléfono.

Ahora sí me mira como si me hubieran crecido tres cabezas. Me dirijo al baño y él me sigue, despotricando un poco sobre lo tontos que llegamos a ser algunos. Y yo me río, de manera absurda e inevitable.

—Vale, vas a entrar ahí y lo primero que vas a hacer es pedirle su teléfono —me dice cuando llegamos a la entrada de la casa blanca de dos pisos donde vive Ryder.

El cielo está encapotado y la amenaza de lluvia es inminente, pero yo sigo ahí parado, sin poder dejar de mirar la fachada un poco pasmado.

Jamás imaginé a alguien como Ryder viviendo ahí.

Es… demasiado normal; como de película. Muy parecida a la de Owen, pero en un blanco prístino e inmaculado.

La de los padres de Owen, al menos, tiene la personalidad de sus dueños, encanto, elegancia.

Esta es… como las demás, sin nada que la diferencie del resto.

La casa de al lado, la verde pistacho de una sola planta, en la que se supone que vive el paseador de perros de Owen, es otra cosa. Ahí sí podría imaginarme a Ryder. Tiene carisma, carácter.

—¿Te acompaño? ¿Quieres que llame yo? —me propone mi amigo al ver que no me muevo.

—No, joder.

—Vale, pues venga, vamos.

Me hace una señal para que me adelante, pero me sigue costando media vida.

Y entonces recuerdo la última vez que nos vimos, su insinuación de liarse con uno de los desconocidos del gimnasio, así como el hecho de que no haya hablado conmigo en el Soul Finder, y sé que estoy donde tengo que estar en el momento en el que quiero estar.

Me sitúo delante de la puerta y llamo al timbre, pero no es él quien me abre. Lo hace un chaval que parece recién levantado. Enseguida se estira para dedicarle una mirada de reconocimiento a mi amigo.

—Owen —lo saluda con alegría.

—¿Qué hay? —contesta mi amigo.

¿Lo conoce?

—Billy, cielo, ¿quién es? —Escuchamos unos pasos que se acercan y enseguida aparece una mujer alta con un recogido y un vestido elegante color bermellón.

—Hola —saludamos Owen y yo, un poco tensos. Es como si la mujer hubiese absorbido todo el aire a nuestro alrededor.

—Es el hijo de los Langston —le explica el crío a la madre—. Los de la cafetería de la tarta de queso riquísima.

Vale, de eso lo conoce. Owen es muy conocido en Eeriewood, ser el hijo de una pareja abiertamente gay con un negocio abiertamente gay en una ciudad pequeña hace que llames la atención. Para bien y para mal.

—Lo sé, cielo. —Le da una suave palmadita en el hombro—. ¿Puedes entrar a vestirte? Hemos quedado en media hora y tienes el pelo hecho un desastre.

El crío se pasa la mano por la cabeza. Tiene el pelo negro un poco más largo que su hermano, la forma de su sonrisa muy parecida y los ojos del marrón de la madera rústica de mi habitación.

—Lo tengo como siempre —se queja.

—Ve a vestirte, venga —insiste y, una vez el hijo obedece, se dirige a nosotros—. Soy Abby Jones. ¿Qué puedo hacer por vosotros?

—Me llamo Owen y este de aquí es James —se presenta mi amigo al ver que me quedo pasmado mirándola—. Hemos venido a ver a su hijo.

Intento buscar parecidos con el chico con el que llevo más de un año de idas y venidas, pero no veo ninguno. En los ojos sí se parecen, aunque los de ella son más oscuros que los de Ryder.

—Imagino que os referís a Ryder.

—Sí. Es que llevamos unos días sin verlo —continúa Owen con un tono muy parecido al que ponía en clase cuando le hacían alguna pregunta y no tenía ni idea de qué contestar.

—Se marchó esta mañana. —Por la manera en que sujeta el marco de la puerta, es evidente que se siente incómoda. Aun así, pregunta—: ¿Queréis pasar?

Owen menea un poco la cabeza y yo decido que ya me he mantenido al margen lo suficiente.

—Solo queríamos asegurarnos de que Ryder estuviera bien.

—¿Por qué iba a estar mal? —pregunta con una sonrisa que le quita varios años y que se parece mucho a la de su hijo—. Imagino que ahora estará en casa de ese chico.

—¿Ese chico? ¿Se refiere a Levi? —pregunta mi amigo un poco a la defensiva.

—Sí, ese.

—Pero «ese chico» es su mejor amigo, ¿no? —continúa Owen, más ruborizado si cabe—. O eso tenía entendido.

—Solo amigos, sí. Solo eso —recalca Abby. Se pasa una mano por el pelo, nerviosa—. Ryder se queda en casa de ese chico de vez en cuando.

—De Levi —insiste Owen.

—Gracias. —Le doy un toque en el brazo a mi amigo para instarlo a seguirme—. Iremos a buscarlo ahí. Ha sido un placer.

—Sí, claro. —La tensión desaparece, quizá por el alivio de ver que nos marchamos—. Decidle que me llame luego, ¿vale?

Asiento y me doy media vuelta. No me quedo a mirar si sonríe o no. Giro en dirección a la casa de Owen con este pisándome los talones.

—¿«Ese chico»? —inquiere, un poco demasiado alto.

—Tiene un nombre difícil —me burlo.

—No me ha gustado nada. ¿Qué me dices de la forma en la que ha recalcado que Ryder y Levi son solo amigos? Como si mi chico tuviera la peste o algo. ¿Cómo puede alguien como Ryder ser hijo de esta señora? No le pega nada.

No le contesto. Pienso en las veces que Ryder ha hablado de su familia en el tiempo en que nos conocemos.

Casi siempre cuenta anécdotas de su niñez y todas tienen que ver con sus hermanos, Archer y Billy.

Más allá de eso, sé que tiene restringidas las visitas, porque una vez hizo un comentario que ya no sé si era broma o no; sé que Billy tuvo un accidente hace cuatro años y que Archer está en la universidad y vive en un piso compartido desde hace dos años. Más allá de eso, nada.

—¿«Ese chico»? ¿En serio? —continúa Owen como un disco rallado.

Lo miro de soslayo y me río. ¿Cómo no hacerlo?

Ojalá todo el mundo viviera las cosas como Owen Langston, con sinceridad, expulsando hacia afuera el dolor.

Pero algunos llevamos el dolor dentro, nos cuesta sacarlo, reconocerlo; pero tras ver a la madre de Ryder…

, no sé. ¿Él también oculta su dolor bajo capas y capas de sarcasmo, rabia y so carronería?

Esa ternura y vulnerabilidad que a veces se le escapan son tan parte de él como puede serlo el dolor.

Me pregunto cuánto dolor guarda dentro. Me pregunto por qué lo esconde y si algún día confiará en mí lo suficiente como para dejarse ver.