Capítulo 13 #2
Él se sitúa a mi lado. Los ojos le brillan llenos de terror.
—¿Estás bien? Te has puesto pálido. Si vas a sangrar otra vez…
—Me ha dado un tirón. Ayúdame a llegar al banco.
Nada más pedírselo, me sujeta de la cintura para sostener parte de mi peso.
El dolor hace que me tiemblen las extremidades.
Es… como si una vara de acero me atravesara la pierna y la inutilizara.
No es la primera vez que me sucede. Pero recuerdo que la última no tuve a nadie que me ayudara y estuve una semana cojeando, ya ni hablar de hacer ejercicio .
Ryder me ayuda a tumbarme en el banco. Me coloco de espaldas; el dolor no me deja pensar.
—¿Sabes hacer masajes? —musito con voz temblorosa y desesperada.
—Sé hacer los mejores masajes. ¿Dónde lo quieres?
Sé que su comentario no tiene nada de sexual, de modo que ignoro la réplica.
Le señalo la pierna. Apenas logro moverla, pero él sí sabe lo que se hace.
El dolor es indescriptible a medida que me masajea con dedos hábiles y una precisión que me hace querer llorar de alivio.
Me llevo las manos a la cabeza y me aferro al metal del banco mientras él me masajea despacio, atendiendo a las demandas de mi cuerpo hasta que el calambre se va disipando.
Aun así, dejo que continúe con el masaje durante varios minutos; desde el pie hasta la cadera.
Al final, me queda un dolor tenue que me recuerda que no debo fiarme, que puede regresar en cualquier momento.
Sigo respirando con dificultad, ya no por el masaje, sino por lo cerca que están sus manos de mi entrepierna.
Ryder se queda muy quieto cuando el dorso de su mano me roza la erección y se me escapa un hondo suspiro.
Lo sujeto del brazo. Tengo una pierna en el suelo y la otra aún suspendida en el aire, entre sus manos, y no deja de tocarme.
Quiero más, quiero que esté más cerca, quiero que baje la mano a mi entrepierna y alivie esa necesidad que crece cada noche que se queda en mi casa y hace que lo escuche mientras se corre con ganas.
Quiero follármelo tan duro como lo he hecho las otras veces, que me folle como no recuerdo que haya hecho antes. Quiero sentirlo.
Miro su boca, la manera en que respira y le cae el mechón en la cara mientras sus ojos se desvían a mi entrepierna. Estiro más los brazos para sujetarme mejor al metal. Necesito sentir la seguridad de estar anclado a algo sólido.
Ryder me observa con cautela. Tengo los brazos sobre la cabeza y el cuerpo expuesto, y no tarda en comprender lo que significa. Me estoy ofreciendo. Quiero que haga conmigo lo que le dé la gana.
Enarca las cejas.
—¿Puedo? ¿En tu gimnasio? —Lo dice mientras me cuela la mano con la que no me sujeta la pierna temblorosa por debajo de la camiseta.
El tacto de sus dedos sobre mi piel caliente me pone la piel de gallina.
Me estiro un poco más para sentirlo. En nada me está bajando el pantalón de chándal y los calzoncillos para dejar al descubierto mi erección.
Se pasa la lengua por el labio inferior antes de mordérselo.
Con cuidado de no hacerme daño, me baja la pierna y me desnuda de cintura para abajo.
Eso también lo hace con cuidado para que el tirón no reaparezca.
Suspiro cuando escucho el sonido de la ropa al caer al suelo.
Estamos solos, el gimnasio parece un mausoleo silencioso y yo necesito que lo llenemos de gemidos, de súplicas y sonidos obscenos.
Ryder me abre un poco más las piernas para colocar una rodilla entre las mías.
Sentir el roce entre mis huevos es como un chute de energía que exige una liberación rápida.
Me agarra la polla en un puño y comienza a acariciarla.
Me cuesta un mundo mantener las piernas laxas, pero me contengo para evitar otro tirón.
Mientras me acaricia despacio, observo las señales de su cuerpo.
El modo en que se mueve, el bulto en sus pantalones elásticos, lo ansioso que está por hacer algo más .
—¿Te gusta? —me pregunta mientras me pasa el pulgar por la punta, trazando círculos alrededor de la hendidura.
No tengo tiempo de asentir. Me ruborizo, me sujeto fuerte al metal y elevo las caderas para animarlo a seguir.
Estoy tan cachondo que podría partirme en dos por la necesidad de sentirlo, cerca, más y más cerca.
Él no se hace de rogar. En cuanto se agacha y el mechón de pelo me roza la pierna, me estremezco y empiezo a respirar con dificultad.
La sonrisa socarrona se le borra en cuanto me da un lametón en la punta.
El gemido que se me escapa retumba en las paredes del gimnasio y da de lleno en el deseo de Ryder.
Tiene la mirada verde llena de lujuria, los labios húmedos y entreabiertos; su respiración me hace cosquillas en la polla.
—Ryder…
Me encojo cuando me sujeta por la base. Se la mete en la boca hasta la mitad y succiona tan fuerte que me hace temblar.
Me tenso y los testículos se me endurecen ante el asalto.
Es como si quisiera tragarme entero. Visualizo la montaña rusa en la que estamos subidos; todo da vueltas y la mente se me queda en blanco mientras él se la mete hasta el fondo, acompañando la succión con caricias de la mano, arriba y abajo, arriba y abajo.
—Dios, joder…
Cierro los ojos. Los sonidos que hace su boca mientras me come la polla me ponen a mil.
Empujo con la pierna buena con rapidez mientras bajo una de las manos para sujetarlo del pelo.
La vibración de su gemido hace que todo gire aún más deprisa.
Empujo un poco más. Cada vez que la punta le golpea la garganta siento pequeños destellos, como si todo fuese a estallar en cualquier momento y no pudiera hacer nada por evitarlo.
Soy un títere y él es quien maneja mis hilos.
Ryder me rodea los testículos con una mano y aprieta, haciéndome jadear cuando se la saca para tomar aire y levanta la vista.
—¿Quieres que siga? —Me da un besito en la punta y traza círculos con la lengua a su alrededor. Lo siento arrastrar los dientes en esa zona sensible, tentándome como nadie lo ha hecho nunca.
—Sí, sí —gimo cuando me acaricia con la mano a la vez que me la chupa con más fuerza.
Entierro los dedos en su pelo y empujo. Siento ardor en el cuerpo y en las mejillas. Quiero estar más adentro. Más, más, más. El pulso se me acelera. Tengo la frente perlada de sudor y el corazón se me va a salir del pecho.
—Ryder. —El placer se concentra en algún lugar dentro de mí, me tira de la espina dorsal y hace que retuerza los dedos.
Se la saca un momento, sin soltarla, y me mira con los ojos empañados por el deseo.
Sonríe con lascivia y me da un lametón, seguido de una succión profunda.
Dios, qué guapo es y qué bien le queda mi polla en la boca.
Siento que estoy a nada de correrme solo con verlo, sensación que no hace sino incrementarse cuando vuelve a metérsela hasta el fondo y, esta vez sí, su boca entera se convierte en una montaña rusa de lametones, succiones y caricias firmes.
Se me va la cabeza por completo mientras empujo hacia arriba y él lo hace hacia abajo.
Entro y salgo de él con la certeza de que quiero quedarme ahí, en ese lugar donde no existe nadie más que nosotros y todos los caminos que aún nos quedan por recorrer.
En ello pienso cuando me tiemblan los huevos y noto que me empiezo a correr .
—Ryder. —Hago ademán de apartarme, pero él me sujeta del muslo y mueve la boca aún más deprisa mientras yo doy vueltas por una montaña rusa interminable. No hay cuerdas ni asideros, solo nosotros y esta necesidad de estar más enterrado en él.
Me sujeta para que no me mueva del banco mientras él continúa succionando, acariciando y llevándome al mismo infierno.
No se detiene mientras se saca la polla de los pantalones y se masturba con rapidez.
Todavía me sigue acariciando cuando le llega el turno de correrse.
Apenas tarda unos segundos en hacerlo. Cuando empieza, me libera del calor de su boca, se inclina un poco más y une nuestras pollas.
Entonces aprieta, fricciona y se lleva nuestros últimos temblores, espasmos y suspiros.
¿Almas gemelas? No tengo ni idea, solo sé que no quiero —ni puedo— negarme a esto. Ya no.