Capítulo 12
CAPÍTULO
DOCE
JAMES
—¿Qué haces aquí? Tienes prohibida la entrada —le suelto a Ryder en cuanto me sitúo por delante del ring y coloco la mano en una de las cuerdas elásticas.
Estaba boxeando con mi padre. ¡Con mi padre!
Hay todo un corrillo alrededor del cuadrilátero, los musculitos con los que suele relacionarse, sobre todo; como parece que todo el colectivo viene a este gimnasio…
Seguro que han estado desolados todo este tiempo sin Ryder dándolo todo en pantalón corto y camiseta de tirantes.
Me ha extrañado no verlo en la entrada. Contaba con que estuviera esperándome en su mesa habitual con esos aires de stalker hasta arriba de café.
Ryder parece vivir en un subidón constante.
Alguna vez —antes de esta última semana, sobre todo— me he llegado a preguntar si era así de forma natural o si era una especie de pose, su cara más…
pública. Pero habiéndolo visto en la intimidad (en una intimidad más allá de la sexual), sin los focos de la vida iluminándolo, creo que es real; si hay algo que sé de Ryder es que es natural hasta la médula.
Pero aún no lo tengo cl aro, la verdad. Lo que sí tengo claro es que no debería estar aquí.
Me da igual que me siga a mi casa, que haga de cocinillas con mi padre o que se acueste en mi cama.
No lo quiero en el gimnasio ligando y enrollándose con quien le dé la gana en los baños.
Me niego, joder.
Y no es porque esté celoso. Para nada. Me importa una mierda lo que haga Ryder.
Pero este es mi lugar de trabajo y él solo es alguien con el que me he enrollado y que ahora se ha empeñado en ser mi sombra.
Tendría que haberlo echado de mi vida, como he hecho con los pocos tíos a los que me he tirado, pero es como si Ryder me hubiese rodeado con el Lazo de la Verdad de Wonder Woman y, de alguna forma, hubiese establecido una conexión emocional con él, entendiéndolo incluso cuando no lo hago del todo.
No importa lo que quiera, que Ryder se las ingenia para estar más y más adentro.
¿Y por qué? Todavía no soy capaz de responder a esa pregunta, solo sé que no puedo echarlo sin más.
Me gusta su presencia, me gusta cómo se lleva con mi padre y me gusta que no se contenga conmigo.
Ryder no es de guardar silencio ni esconder lo que siente y eso es algo que me desconcierta y, a la vez, me pone muchísimo.
Es como esas pastillas efervescentes; lo sientes bullir, hormiguearte en la tráquea, treparte por la piel.
Quizá soy masoquista o quizá es porque ahora me creo sabio y capaz de ver que, detrás de ese chico hiperactivo, contestón, malhablado y un poco —muy— acosador, hay vulnerabilidad.
Algo tierno que me atrae hasta el punto de que no me importaría presenciarlo todo el día; sin parar; todos los días, tal vez.
Es un chute de energía. Aunque lo cierto es que te reaviva y te agota a partes iguales. Tocapelotas de los cojones.
—¿Algún problema? —me pregunta mi padre, que ya está sacándose los guantes y limpiándose el sudor con la toalla.
—Pues sí. —Señalo a Ryder con el dedo—. No puede estar aquí.
—¿Por qué?
—Pues porque no.
Mi padre enarca las cejas, esperando una explicación. Ryder, en cambio, me mira con cara de suficiencia. Como si le hiciera gracia, como si no me tuviera en cuenta.
Miro a mi alrededor. Demasiados testigos, no puedo hablar aquí.
Mi padre capta el mensaje y nos hace seguirlo a su despacho.
Ahí se apoya contra la mesa y se cruza de brazos.
Ryder, en cambio, se entretiene en curiosear las fotos del corcho y de las paredes: mías, de mi padre y su entrenador, de las nuevas promesas del gimnasio.
—Nos reservamos el derecho de admisión, ¿recuerdas? —le recuerdo a mi padre.
—Antes tendrás que decirme por qué exactamente. No lo tengo claro.
Ryder se coloca delante de mí, con los brazos cruzados, el cuerpo aún sudoroso y enrojecido.
Se ha quitado la cinta de pelo y el flequillo le cae por la frente y se le desliza por la cara hasta cubrirle uno de sus preciosos ojos; tiene el labio superior con ligeras marcas de dientes y, aunque intento no fijarme en él, es difícil. Muy difícil.
—Eso, eso. Dile a tu padre por qué no quieres que entre. Si he hecho algo malo, tiene derecho a saberlo.
Lo fulmino con la mirada. A continuación, me dirijo a mi padre.
Tengo que decírselo, ser sincero es la mejor opción.
Me ha preguntado varias veces qué hay entre nosotros y por qué estamos en esta lucha aparente.
Mi padre es consciente de que Ryder no está viniendo al gimnasio.
Pero la vergüenza es un gusano pegajoso que me deja paralizado.
¿Cómo decirle que este chico al que adora y que duerme en nuestra casa estaba dejando que le hicieran una señora mamada en los baños del gimnasio?
La sola idea de verbalizarlo consigue que me ruborice.
—¿Y bien? —insiste Ryder con sus aires de suficiencia.
Mi padre se sitúa delante de mí y me toma por los hombros.
—Hijo, no puedes echar a alguien solo porque te caiga mal o porque te lleve la contraria.
—No es solo por eso, joder.
—Esa boca —me regaña—. Está bien. A partir de hoy os llevaréis bien. No quiero que tu madre se entere de que os lleváis mal solo porque aún no hayáis resuelto esta tensión sexual bastante incómoda. No me mires así, jovencito. No tienes que avergonzarte. Todos hemos pasado por ahí, y soy tu padre.
—No hay tensión sexual —decimos Ryder y yo a la vez.
Mi padre se ríe.
—Lo que sea. Que tu madre no se entere. Y, por favor, usad protección y sed discretos en casa.
A continuación, se larga. Y nosotros nos quedamos ahí, con el desafío en los ojos y esa tensión sexual que está lejos de resolverse.
Resulta que mi padre tiene razón. Porque ese es el problema.
Mi problema. Por primera vez en mi vida, siento que podría caer en alguien y no querer salir de ahí.
Que ese alguien sea Ryder Jones… Eso es más jodido de aceptar.
Quizá sea verdad eso que Owen lleva insinuándome desde que descubrió que nos liábamos.
Noventa y seis por ciento de compatibilidad no es algo que se vea mucho en Soul Finder.
Quizá la compatibilidad te nga mucho que ver en cómo se balancea nuestra relación, de un lado a otro, arriba y abajo; el equilibrio una mera utopía.
Quizá Ryder Jones tiene madera de alma gemela, aunque la idea me resulte confusa y me produzca un rechazo y un cabreo constantes. Quizá.
Ryder me sigue a casa y dejo que lo haga mientras sigo pensando en almas gemelas, en cómo son las relaciones.
La de mis padres es sosegada, feliz, tranquila.
Dos personas independientes que se entienden y hacen vida en común.
No es el summun de las almas gemelas. Probablemente no llegarían ni a un sesenta por ciento en la escala de Soul Finder, pero se quieren y se respetan.
Se llevan bien. Y luego están los padres de Owen, cuya relación es…
perfecta. ¿Cien por cien de compatibilidad?
Desde luego, de tal palo tal astilla, y Owen ha encontrado a su otra mitad.
Sigo pensando en ello mientras permito que Ryder me ayude a hacer la cena.
Toca pizza casera. En casa intentamos cocinar todo desde cero y, en la medida de lo posible, con ingredientes naturales.
Mi madre es una obsesa de la comida sana, y me hace gracia pensar en lo mucho que se parece a Ryder en ese aspecto.
Lo he oído decir más de una vez que su cuerpo es un templo; la última fue antes de ayer, mientras se tocaba de una forma que pretendía ser burlesca pero que era la hostia de seductora.
Como todo él, aunque me pese. Y de solo pensar que he profanado ese templo del que tanto se enorgullece …
«No, no, para; deja de pensar en guarradas».
Cenamos mientras hacemos un listado sobre las mejores y peores películas de DC y luego le cedo mi cama, otra vez. Pero, al cabo de un rato, ninguno de los dos logra dormir. Es como si hubiera electricidad en el aire. Lo escucho dar vueltas en la cama, taparse y destaparse.
Me coloco de lado. La visión de su pierna desnuda sobre las sábanas consigue que la sangre se me vaya directamente a la polla.
Sé que, si se lo pidiera, lo tendría a mi lado en cuestión de segundos, calmando toda esta necesidad que me hace temblar y querer gritar de pura frustración.
Sería un hipócrita si no aceptara que me muero por que lo haga.
Y es extraño. Jamás me había sentido así, tan a la deriva; arrastrado por mis emociones, por ese deseo que me lleva nublando el juicio desde el mismo momento en que lo conocí y dejé que todo se descontrolara.
Jamás había pensado que alguien como Ryder pudiera colarse, ya no solo en mi casa, sino también en mi piel y en mi puñetera cabeza.
—¿Te apetece hacer algo?
—¿Dormir?
—Podríamos darnos el lote —me propone—. No puedo dormir, y tú tampoco.
Tengo la vista en el techo, en las sombras de las ramas que entran desde la ventana que no he recordado cerrar.
Mal. Sé que tengo que levantarme, de lo contrario no lograré dormir, así como también sé que no dormiré ni aunque tapie la habitación con hormigón.
No con la respiración de Ryder llenándolo todo, no con esta necesidad que me hace hervir la piel.
¿Almas gemelas? Lo dudo. Es más bien ardor.
Un ardor que me lame la piel y lanza llamaradas directas a mis testículos.
Tengo la piel sensible y muchas ganas de que salga de la cama y se acueste a mi lado.
Dudo que esta vez pueda contenerme o limitarme a verlo darse placer a sí mismo.
—¿James?
Tal vez sea la cadencia de su voz, el calor que me transmite escucharla, pero se me ocurre que no puedo quedarme ahí, no si quiero mantener la mente fría. Es una locura, pero necesito esa locura.
Me levanto. Enciendo la luz y empiezo a cambiarme de ropa. Él se incorpora para mirarme. Le paso unos pantalones de chándal cortos, camiseta, sudadera y calcetines.
—Ponte todo eso —le pido— y sígueme.
—¿A dónde vamos?
—Calla y ven.
Salimos de casa y nos subimos a mi coche. Podríamos ir andando, pero hace frío y es muy tarde.
Hacemos los pocos minutos de trayecto en silencio, acompañados por la voz de Robert Smith cantando Just Like Heaven .
—¿Has estado alguna vez en el gimnasio por la noche? —le pregunto al ver su cara de alucinado cuando aparco justo en frente.
—¿Me has traído a hacer ejercicio? ¿A las doce de la noche?
—Son las doce y media y vamos a boxear. Quiero ver de qué pasta estás hecho.