Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—No tiene gracia, tienes razón. Por fin algo que te tomas en serio. Una pena que se trate de un aparato electrónico insignificante.

—No es insignificante. Mi vida está ahí, ¿sabes? Y resulta que estoy esperando una llamada importante. Así que dámelo ya.

—¿De tu novio? Porque me encantaría ser yo quien le coja el teléfono y le diga unas cuantas cositas. No es lo mismo que en vivo, como has hecho tú con Sarah mientras ella podía ver la risa en tus ojos verdes, pero me vale. No puede ser que seas el único que se mete en la vida de los demás.

—No tengo novio. No me estaba riendo de ella. Ni siquiera sabía que se llamaba Sarah ¡porque no has hablado jamás de ella!

—Sí que te estabas riendo. Se te notaba en los ojos; y en el flequillito; y en la sonrisa de comemierda.

—No sé cómo se me puede notar la risa en el flequillo, la verdad.

Sigo forcejeando con él para que no se me acerque.

—Espero una llamada de mi familia, ¿vale? —me reconoce con un tono distinto, uno que no conozco—. Y ahora dame el móvil. ¡Que me lo des, joder! —añade, cabreado.

Su gesto, normalmente despreocupado hasta niveles extremos, lo hace parecer…

vulnerable. Como cuando alguna vez lo he mirado sin que él supiera que lo hacía; esos momentos en los que cree que nadie le presta atención y se quita la nariz de payaso.

Y, al verle la cara ahora, comprendo que he tocado algo intocable y que no tengo ningún derecho.

Mierda. Con todo lo que se mete él en mi vida y yo me siento mal por quitarle el móvil durante tres minutos.

Me lo saco del bolsillo y se lo entrego.

—Lo siento.

No hace ni dice nada. Se da la vuelta y echa a andar. Yo voy tras él, pero está tan en su mundo que no se da cuenta de que lo sigo hasta que llevamos un rato caminando.

—¿Por qué me sigues? —inquiere.

—No te sigo, idiota. Mi casa está en esa dirección.

De pronto oigo cómo le vibra el móvil y se detiene en seco. Me sorprende tanto que me choco contra él y tengo que sujetarlo de los hombros para que no se caiga. Está… ¿temblando?

—¿Estás bien? —pregunto sin soltarlo.

Me mira. Lo veo dudar. Tragar saliva. Sus preciosos ojos claros están nublados por algo que no comprendo.

Ya no hay risa en ellos. Pienso en cómo sería pasarle la mano y quitarle ese velo triste, recuperar al chico cristalino que conozco bien.

El chico despreocupado que me toca los huevos de manera exagerada.

Entonces lo llaman; sigue con el teléfono en la mano y el momento se rompe. Se suelta de mí y me adelanta para coger la llamada.

—Eh. Sí. Ah, vale. Sí, no; nada, nada. No, claro. Puedes usarlo todo, seguro que te sale una comida buenísima con eso. Podrías dejarme un táper. Sí, mejor. Pasaré a buscarlo a casa de Mason, sí. Vale, gracias. No, no hace falta. Tengo ropa en casa de Levi, no te preocupes.

Y cuelga. Luego se detiene en medio de la acera. Observa el lugar, como si no se hubiera fijado y acabara de comprender que no tiene ni idea de dónde está ni a dónde va.

Me detengo a su lado, sorprendido por el tono que ha usado con quien quiera que le haya llamado; apagado y tan poco él que me ha dejado descolocado. Creo que lo prefiero con el tonito tocapelotas. No, no lo creo, estoy segurísimo de que lo prefiero cuando va de graciosillo.

—En serio, ¿estás bien? —insisto.

—Como si te importara.

—Lo pregunto porque me importa.

Se ríe. Entonces vuelve a su ser y me sonríe con picardía. Y la cosa es que no creo que lo finja, creo que es así, que se ha olvidado de lo que sea que ha pasado.

—¿Me invitas a cenar? Parece que me he quedado sin plan.

Debería decirle que no, mandarlo a la mierda, poner distancia.

Pero resulta que no puedo. No sé por qué, no quiero nada con él; me toca los huevos a diario y está en un plan acosador que ni el de la película de Following , pero hay algo en él, una especie de raro desamparo, que me produce una ternura tremenda; lo cual es muy extraño porque, desde la primera vez que lo vi —en una fiesta, antes de saber quién era en Soul Finder— me ha provocado muchas emociones, pero nunca ternura.

Deseo, cabreo, lujuria, risa, animadversión, celos, rabia, más deseo.

Pero lo de la ternura es nuevo, de los últimos días.

Y no sé de dónde viene. Es… una sensación.

—Bueno —cedo—, pero te tocará cortar cebollas. Hoy me toca a mí hacer la cena.

—Cortar cebollas es mi especialidad. Prometo no llorar.

—Te llevo a casa —le digo cuando terminamos de cenar y mis padres nos dan una paliza al nuevo scape room que se han comprado, de esos que tiene posibilidad de volver a usarse por primera vez cambiando el escenario y las reglas.

—Cogeré un taxi.

—No te estaba preguntando.

Me adelanto para dirigirme a mi coche y espero con paciencia a que se suba. Qué fácil es para tocarte los huevos y qué difícil para aceptar favores. Toco el claxon aún a riesgo de que el vecino de enfrente salga a ladrarme .

—No hagas eso, joder —se queja Ryder, un poco colorado, cuando toma asiento a mi lado.

—Dime tu dirección.

—Iré a casa de Levi. Puedes llevarme allí —dice, y no puedo evitar dedicarle una mirada cargada de irritación—. ¿Qué? Vivo con él, cuando no estoy en casa de mis padres, claro.

—Ah, ¿sí? ¿Sois compañeros de piso? ¿Desde cuándo?

—Pues desde que terminé la universidad y salí del armario, más o menos. A Levi no le gusta vivir solo y puede que no quiera que le pague el alquiler, pero resulta que se me da genial la cocina. Tenemos un acuerdo no escrito. Además, no es tu puto problema.

—Pero es que Owen está ahí.

—No pensaba montar una fiesta con ellos. No les va ese tema.

—¿No has pensado que quizá prefieran tener un poco de intimidad?

No me mira. Tampoco me contesta. Da toquecitos en el cristal con nerviosismo. Lo tomo de la barbilla.

—Ryder.

Y entonces me besa. Cuando me quiero dar cuenta lo tengo sobre mí y nuestras lenguas están enredadas.

Me empuja hacia atrás en el asiento y, no sé cómo, apoya la rodilla en el filo de mi asiento y me come la boca a placer.

Dos segundos, eso es lo que tarda en reaccionar mi cuerpo.

Lo sujeto de la cintura para acercarlo y enseguida tengo la rodilla entre mis piernas, apretándome la polla.

Joder. Gimo en su boca y noto su sonrisa traviesa.

Me lame despacio los labios, tira del inferior y yo lo vuelvo a besar cuando siento sus manos buscando la piel desnuda de mi espalda y más abajo.

Estoy ardiendo. La polla me aprieta en los pantalones y siento que estamos demasiado alejados.

Lo sujeto de la nuca y le beso la mandíbula.

Lamo y mordisqueo la zona sensible por detrás de la oreja y continúo bajando por la curva de su cuello.

Ryder jadea y busca mi culo. Introduce la mano entre mis nalgas y yo me tenso y a la vez me elevo para darle un mejor acceso.

Necesito sentirlo ahí, sentirlo dentro, necesito...

No sé quién de los dos gime. Es un sonido sexi que me pone la piel de gallina y la polla aún más dura.

—James. —Esa voz. Esa puta voz.

Es como si los recuerdos cayeran sobre mí como una ola inesperada.

Una ola que arde y se retuerce por todos los rincones de mi cuerpo.

Recuerdo lo que es tenerlo entregado a mí, el cuerpo expuesto, su polla expuesta, su culo todo expuesto a mí.

Y ese es el motivo por el que me prometí, desde la primera vez que lo toqué, que no se repetiría, y el motivo por el que caí, y caí, y volví a caer.

Joder. Ryder no es el tipo de chico por el que quiera engancharme de ningún modo.

—Vamos a algún sitio —me dice en el mismo tono ronco que podría ser mi perdición.

—No. —Me aparto sin aliento. Si seguimos, si me vuelve a tocar. Dios… No podré resistirlo.

Ryder busca mis labios. Apenas me roza, lo vuelvo a apartar enseguida.

—Para.

—Tú también quieres. —Me aprieta la polla con la rodilla—. No puedes ocultarlo.

—No pretendo ocultarlo, pero no quiero seguir.

—¿Por qué? ¿Es por la chica esa a la que acabas de dejar? ¿ Sentías algo?

—Pues a lo mejor. ¿Qué más da? No quiero seguir y punto.

Se aparta de mí como si le hubiese dado un puñetazo. Luego sale del coche y echa a andar. Mierda.

Salgo corriendo detrás de él justo cuando se mete por una calle perpendicular a la mía.

—¡Ryder!

No se detiene, todo lo contrario. Lo pierdo de vista. ¿Desde cuándo está tan en forma?

—¡Ryder, para!

Cuando voy a cruzar la calle, un coche hace que me detenga; pierdo unos segundos valiosos, ya no lo veo y, tras un rato de dar vueltas, decido regresar a casa. Lo hago con el regusto amargo de haber hecho algo de lo que me arrepentiré tarde o temprano. Mierda.