Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 8
30%

Capítulo 8

CAPÍTULO

OCHO

RYDER

Me detengo en medio de la acera, la voz de James muy metida en mi cabeza.

No puedo ir a casa, pero tampoco a la de Levi, porque resulta que está follándose a su alma gemela o vete a saber qué.

No es que me haya importado estar ahí cuando están en la casa.

El sitio es enorme. Podríamos no cruzarnos en todo el día si no quisiéramos, pero la insinuación de James me hace pensar que, quizá, les molesta mi presencia cuando están juntos.

Levi no me ha dicho nada, pero Owen no me soporta.

Es cierto que la culpa es mía, que lo pico con lo de que, en el pasado, me liaba con su novio, pero aun así…

La cuestión es que ahora me sabe fatal irrumpir en la casa.

James ha plantado la duda y ya no podré arrancarla con facilidad.

Es por eso que doy media vuelta. Podría ir a casa de Mason.

No sería la primera vez, pero no me apetece.

Quiero tocarle los huevos a James, y quizá otras cosas, así que le va a tocar aguantarme.

Me encantará ver durante cuánto tiempo se resiste.

Vuelvo a su casa y me cuelo en su habitación cual adolescente trepando por la ventana del chico que le gusta para robarle un beso.

Me río. La luz está apagada. Me quito los zapatos, el pantalón y lo espero en la cama, móvil en mano, con las piernas cruzadas.

Tarda exactamente dieciséis minutos en aparecer.

Recién duchado y con solo una toalla alrededor de la cintura, que deja caer al suelo en cuanto enciende la luz.

—Bonito culo.

—Pero ¿qué?

Está tan flipado de verme ahí, en su habitación, en su cama, que no se da cuenta de que está desnudo y de las maravillosas vistas que me está regalando. Madre mía.

—No pongas esa cara. Han pasado…, hum —compruebo el reloj—, unos veinticinco minutos desde que nos despedimos.

Más o menos. Es difícil contabilizarlo. Y sí, vale, puede que no me despidiera, pero es que fuiste un poco borde.

Y yo tiendo a ofenderme un poco deprisa, tengo que admitirlo.

Luego pensé en lo rápido que te crece la polla cuando te toco y se me fue el cabreo. Te crees duro, pero no lo eres.

—¿Se puede saber qué cojones estás haciendo en mi habitación?

—He venido a quedarme.

—No lo dices en serio.

—Lo digo super en serio.

Nos miramos. Él con cara de cabreo y yo con cara de «esto es lo que hay, te jodes».

—Tengo restringidas las visitas a casa. Y me has jodido la posibilidad de ir a la de Levi, así que me he tomado la libertad de ocupar tu cama.

Bueno, vale, solo la mitad. —Sigue mirándome con cara de alarma o algo peor—.

Bueno, vale, ocuparé un cuarenta por ciento.

Eres más fuertote, así que te mereces un sesenta.

No me mires así, es mi última oferta. No me gusta dormir apretujado, y tampoco las muestras excesivas de cariño, así que más te vale no abrazarme por la noche ni sobarme a menos que sea para follar.

Que me despierten para follar sí me gusta.

Pero lo demás… —Señalo al suelo—. Siempre puedes dormir ahí.

El suelo no lo tendrás que compartir con nadie.

—Estás de coña.

—Para nada.

—No vas a quedarte aquí.

No sé cuándo se ha acercado, pero apenas nos separan unos pocos centímetros y tengo una panorámica directa de su polla.

—Incluso dormida impone un poco —comento. Se me hace la boca agua al imaginar cómo sería gatear hacia él y hacerle desaparecer la cara de cabreo a base de lametones.

De pronto se da cuenta de que le estoy mirando la polla, y de que está desnudo, ya puestos.

Se mira la entrepierna y también a mí. Me hace un estupendo repaso que no me puede gustar más.

Sonrío, pero él me dedica una mirada de absoluto cabreo.

Dios, cómo me pone cuando está así, cuando sé que un roce lo haría ronronear como un gato deseoso de que lo siguiera tocando.

—Deja de mirarme.

Se dirige al cajón de la mesita y comienza a rebuscar.

—¿Duermes desnudo? Por mí no te cortes. Ya he visto y tocado todo lo que tenía que ver y tocar.

Prometo no meterte mano a menos que te pongas juguetón.

Ya sabes que me cuesta resistirme. Vaya, se te está levantando —murmuro de manera apreciativa—.

No me digas que tienes ganas. Porque yo tengo muchas —aseguro y abro las piernas para mostrarle la erección que crece a pasos agigantados con cada movimiento de su cuerpo.

—Joder, Ryder. Córtate un poco.

—No es culpa mía que estés tan bueno ni que te hayas quedado como Dios te trajo al mundo nada más entrar en la habitación. Pensé que me lo pondrías un poco más difícil.

Gruñe, o algo así, mientras se pone unos calzoncillos que dejan muy claro que está tan receptivo como yo.

—Deja de mirarme ahí.

—No puedo. Es… hipnótico. Nunca me había detenido a mirar fijamente el proceso de crecimiento de otro órgano reproductor que no fuese el mío.

Siempre me ha parecido cosa de parejas. Ya sabes, cuando me pongo al tema el otro suele estar bien empalmado ya.

Ahora entiendo la popularidad del Soul Finder.

Todo eso de las almas gemelas seguro que tiene su punto.

—No creo que busquen un alma gemela solo para ver cómo les crece la polla a sus parejas.

—¿Tú te habías fijado?

—¿Podemos dejar de hablar de pollas y hacerlo sobre por qué se te ha ocurrido que mi cama es una buena opción para pasar la noche?

—No quisiste llevarme a casa de Levi.

—Te dije por qué no era buena idea que fueras, no que no fuera a llevarte. Fuiste tú quién salió despavorido del coche.

—No me gusta que me rechacen. Tengo mi orgullo.

—Por supuesto. Por eso estás aquí.

El golpe me atraviesa. Mierda. Se me olvida lo imbécil que puede ser.

—Te jodes y me aguantas. Es lo que hay.

—¿Y si no quiero?

Nos miramos. Y puede que esté un poquito desesperado, pero sí que tengo orgullo. Muchísimo. No voy a dejar que me lo vuelva a repetir. Me levanto sin mirarlo y empiezo a ponerme el pantalón cuando me empuja contra la cama y me caigo en el colchón.

—Eres insufrible.

Lo miro enterito. Desnudo salvo por los calzoncillos apretados está para darse un festín con él. Y yo estaría más que dispuesto a hacerlo.

—Joder, qué bueno estás —se me escapa. Me ruborizo un poco, pero se me va enseguida en cuanto veo que él también lo hace.

—Deja de mirarme así.

—Puedo hacer algo más que mirarte, si quieres. —Levanto el pie y le toco la erección con mucha mucha delicadeza y cariño. Enseguida suelta un suspiro profundo y me agarra el pie, pero no lo aparta. Permite que le dé un masaje que lo hace echar la cabeza hacia atrás y gemir con fuerza.

Dios, que cosa más sexi. Estoy a nada de sacarme la polla y cascármela mientras hago que se corra con ese simple movimiento ascendente y descendente cuando se retira.

—Deja de provocarme, joder.

—A tu cuerpo le gusta.

—Tú lo has dicho, a mi cuerpo. Estás vetado para todo lo demás.

Se pone una camiseta y la toalla alrededor de la cintura, supongo que para que nadie note la erección, y vuelve con un colchón fino que deja caer al suelo junto a unas mantas.

—¿Piensas dormir ahí?

Su respuesta es pasar de mí, acostarse en el suelo y apagar la luz.

—Soy sensible a la luz, así que no abras la ventana hasta que me despierte. Y, por favor, no dejes que mis padres te vean.

—Hum, ¿gracias?

No contesta. Qué borde es, y qué bueno está. Dios. Esa manera de gemir…

—¿Te molesta que me haga una paja?

—¿Perdona?

—No puedo dormir así. La tengo durísima. Puedes hacerte una también. No estás mejor que yo.

—No, no y no.

—¿El baño está muy lejos?

De pronto escucho un ruido y algo me cae sobre la cara. Una caja de pañuelos. Sonrío.

—Hazlo rápido.

—Vaaale.

Me quito los calzoncillos y se los lanzo.

Él suelta un insulto, o dos. Me da lo mismo.

Enseguida me agarro la polla y comienzo a acariciarme desde la base, arriba y abajo.

Cierro los ojos mientras me pellizco el pezón con la mano libre.

Lo imagino a él, su lengua en mi polla, sus labios succionando, sus dedos apretándome el pezón hasta hacerme sisear.

Jadeo fuerte. Sé que me escucha porque se revuelve en su colchón.

Me acaricio con más ganas. Extiendo el líquido de mi punta por el glande y lo acaricio con el pulgar mientras muevo las caderas con rapidez.

Quiero follar, quiero que él me folle, que me la meta a pelo, sentir cómo se corre en mi interior.

Nunca lo he hecho sin condón, pero llevo toda la vida imaginando cómo sería sentir el calor estallar dentro de mí, escurrirse, marcarme de alguna forma.

Quizá porque no me imagino teniendo esa clase de intimidad con nadie.

Se me acelera la respiración cuando siento el hormigueo que me avisa de que estoy a punto de correrme, seguido de un latigazo en mis testículos.

Quiero que me escuche, que me desee tanto como yo deseo que sean sus dedos los que me hagan alcanzar el orgasmo.

Me humedezco los labios con la lengua y lo siento.

Llega como lo hace todo, como algo grande que se precipita contra ti y eres demasiado insignificante para ponerle freno.

Me impulso con los tobillos y muevo las caderas mientras me corro, me corro, me corro.

Gimo y me retuerzo durante un buen rato. Cuando consigo recuperarme, él sigue ahí y yo sigo aquí. Me limpio el desastre del torso y presto atención a los sonidos de la habitación; todo está en silencio, pero no me creo que se haya dormido.

Me levanto con cuidado y me dirijo al colchón. Enseguida me acurruco contra él.

—No te hagas el dormido.

—Vete a la cama, anda.

Mi respuesta es quitarle un poco del edredón y empujarlo con el culo cuando me giro hacia el otro lado.

—Ya estoy en la cama.