Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

CAPÍTULO

CUATRO

JAMES

Son más de las diez de la mañana cuando me avisan de que está fuera. Llega temprano. Lo normal es verlo por ahí a partir de las once, que es cuando viene su grupito de musculitos guapos. Es como si quedaran en manada para lucirse entre ellos.

Suelto el presupuesto de las nuevas máquinas que vamos a renovar a final de mes y me levanto.

Respiro hondo mientras salgo del despacho y me dirijo a la salida.

Le he desconectado la ficha para entrar al gimnasio, lo que significa que no puede pasar, a menos que alguno le abra desde dentro o que salte el torno, cosa que lo veo muy capaz de hacer.

En cuanto me ve, se le ilumina la mirada.

Lleva una de sus camisetas de tirantes del color de las motitas verdes de sus ojos y un pantalón corto ajustado.

También lleva una diadema elástica para recogerse el flequillo.

Una pena, porque a una parte de mi anatomía le encanta cómo le cae ese flequillo y el modo en que flexiona el brazo cuando se lo echa hacia atrás.

Mierda. ¿Por qué no dejo de mirarlo? Parezco un puto adolescente cuando se trata de él.

Ryder levanta la tarjeta.

—Creo que me la tienes que cambiar, no abre.

—No abre porque no quiero que abra. —Le entrego unos documentos—. Ya no eres miembro del gimnasio. No debería, porque estamos a mitad de mes y porque tu comportamiento no lo merece, pero te he hecho una transferencia con el importe del mes completo.

La confusión de su gesto me haría reír si no se tratara de un momento superincómodo.

No me gusta tener que hacer este tipo de cosas, pero después de pasarme la noche en vela pensando en todo lo que habrá hecho antes de que yo lo pillara montándoselo con un tío cualquiera en los baños, ya he tomado una decisión y no pienso retractarme.

—No lo entiendo.

Salgo por la puerta adyacente del personal para poder hablar cara a cara sin el obstáculo de la valla y me planto delante de él.

—Es fácil. Ya no eres miembro de este gimnasio. Te puedo hacer una lista de los que tienes alrededor; o puedes volver al que ibas antes.

—No hablas en serio.

—Nos reservamos el derecho de admisión. —Le señalo el cartelito bien expuesto delante del mostrador, muy visible desde nuestra posición al otro lado—. No te quiero en mi gimnasio, punto.

—¿Tu gimnasio? —Se ríe—. ¿Sabe tu padre que me estás echando? Porque, hasta donde yo sé, el gimnasio sigue siendo suyo.

—Mi padre no se mete en mis decisiones. Hemos quedado en que yo formo parte de esto tanto como él ahora que dedico el cien por cien de mi tiempo a trabajar aquí.

Puedo echarte y eso es lo que estoy haciendo.

Y ahora vete, no es plan de montar un numerito.

—Saludo a una chica que pasa por nuestro lado y abre la valla de seguridad.

No me pasa desapercibida la cara de cabreo de Ryder, aún con su tarjeta inservible en la mano.

—¿Todo esto es por montármelo con un tío en los baños? Porque no me lo creo.

—Esto no es una discoteca, no puedes llevarte a alguien a los baños a hacer guarradas; es un centro deportivo decente y a veces vienen niños.

—Yo soy muy decente y a esta hora no hay niños, que no soy tan cerdo, tengo mis límites.

—Bueno es saberlo. Ahora vete.

—Y respecto a lo de hacer guarradas en los baños de una discoteca, ¿te acuerdas cuando hace unos meses tú y yo…?

—Calla; no estás ayudando a tu causa —lo corto, ruborizado, intentando no pensar en el día al que se refiere. Un sinfín de imágenes de Ryder comiéndome la boca con desesperación contra la puerta de un baño me enturbian el cerebro y no me dejan pensar con claridad.

—¿Es que hay algo que pueda hacer que ayude a mi causa?

—La verdad es que no. La decisión está tomada.

—Está bien. No volveré a enrollarme con nadie en los baños. ¿Contento? Ahora déjame pasar.

—Que conste que te puedes liar con cualquiera en cualquier otro baño, pero estos no los vas a volver a usar.

Ryder se quita la diadema del pelo castaño oscuro, casi negro, y enseguida tiene el puñetero flequillo deslizándose por la cara. Joder. Lo que me faltaba. Ponerme cachondo mientras discuto con él .

—¿Qué te pasa? ¿Estás celoso?

—¿Yo? ¿Celoso? —Me río—. Flipas.

No, no estoy celoso, para nada. Que se meta esa lengua larga que tiene por el culo.

«No, no pienses en eso». Por desgracia, mi cuerpo tiene buena memoria y recuerda cada instante en el que esa lengua ha entrado en contacto con él; bueno, menos la última.

Está claro que el alcohol nunca es buen compañero, pero a veces no te das cuenta hasta que tus impulsos desinhibidos están al volante y te conducen directo al orgasmo de tu vida. Muy triste.

—A lo mejor si dejaras de hacerte el duro y admitieras que te pongo, te dedicaría más atenciones.

—A lo mejor te podrías olvidar de mí; y de mi gimnasio; y de todo lo demás.

Uno de sus amiguitos adictos a sacarse fotos que luego suben a redes sociales lo saluda al acercarse a la puerta. Ryder cambia la expresión al instante, se pone un poco recto, saca pecho y compone una sonrisa que le quiero borrar de un mordisco.

—No puedo —murmura cuando el chico desaparece de nuestra visión—. Algunos no somos como tú, que solo necesitas un par de tragos para olvidarte de lo importante.

—¿Vas a recordármelo siempre?

El muy imbécil se ríe.

—No, solo hasta que te acuerdes. Además, te recuerdo que nuestros amigos son almas gemelas que exudan amor y esas cosas. Y que los dos estamos dentro de Soul Finder. Somos almas gemelas —me dice como si a alguno de los dos le importara eso—. No es como si pudiéramos ignorarnos siempre.

—Habla por ti, yo tengo la capacidad perfecta para ignorarte todo lo que quieras.

—Si supieras lo que quiero, dudo mucho que pudieras ignorarme.

Nunca puedes. —Se acerca un poco a mí, tanto que mi estómago sufre una sacudida al reparar en su olor; es el de siempre, uno que debería estar prohibido, una mezcla de vainilla y azúcar derretida.

Puedo pasar semanas sin verlo, incluso meses, pero el olor está siempre presente.

He perdido la cuenta de las veces en las que me he levantado con su olor pegado a la nariz, odiándome por tener que correrme pensando en cómo me estremezco cuando me toca.

Es… frustrante—. Te recuerdo que eres tú quien me suele entrar.

Frotamientos, empujones contra la pared...

—Suspira y su aliento me provoca una descarga que me va directa a las pelotas.

Retrocedo, agobiado—. Tranquilo, me pone todo.

Lo que no me pone es que me impidas la entrada solo porque, oh, vaya, un tío que no eres tú me ha hecho una mamada.

—Mira, se acabó. No tengo por qué discutir esto contigo. No entras y punto. Vuelve al gimnasio donde estabas antes y tírate a quien te dé la gana. A mí déjame en paz.

—¿Estás seguro de esto? Porque no voy a dejarte en paz.

Me encojo de hombros.

—Adiós, Ryder. Te diría que fue un placer. Pero más bien eres un grano en el culo.

—Un grano que te rascas cada vez que puedes hasta que te deja de picar —me recuerda, y puede que suene feo, feísimo, pero también puede que sea verdad. Así que me alegro de que no pueda ver el rubor en mi cara cuando entro. Porque sí, para mi absoluta desgracia, en eso tiene razón.