Capítulo 5
CAPÍTULO
CINCO
RYDER
No me lo puedo creer. Hay tíos gilipollas y luego está James Wilson, que, además de gilipollas, está buenísimo, me pone como nadie, es capaz de mantenerme una conversación sobre superhéroes hasta dejarme sin palabras y sabe tanto de boxeo que puede callarme de pura admiración.
Cosa que nadie ha logrado jamás. Pero también posee el extraño don de convertir todo lo que tenemos en común en barreras insalvables.
Cada vez que descubrimos alguna cosa que nos une, ya sea algo banal que podríamos reducir a simple coincidencia o un aspecto más vital, se calla, se va, huye de forma metafórica amparado por esa pantalla que está a años luz de la mía, de mis aparatos y de mis emociones.
Lo acusaría de cobardía, pero yo también me declaro culpable a ese respecto.
Porque él está enamorado de otro —de su mejor amigo, nada menos—, y eso ya es excusa más que suficiente para que yo huya lo más rápido posible.
Soy Flash en lo que a James respecta. Y llevo meses corriendo en la dirección opuesta.
Hasta donde yo sé, y por lo que pude intuir en la conversación en casa de sus padres, solo ha estado con tías.
Levi también me lo ha contado; de hecho, fue Levi el primero en decirme que James lleva un tiempo saliendo con una chica, aunque no se le vea muy implicado en ello.
Ha tenido «algo» con algún tío —aparte de mí—, pero relaciones, de las serias, de las que puede que un día presentes a tus padres, solo con el sexo opuesto.
Y eso que a los padres en cuestión les parece bien que sea bisexual; y no sé por qué no lo aprovecha, la verdad.
Cuando tienes un padre intolerante como yo, ver estas muestras de respeto y aceptación en otros es como un chute de energía, un rayito de luz al que te aferras para que te caliente la cara.
Y el corazón. Y la intensidad que desbordo cuando pienso en el tema, por lo visto.
El caso de Owen es más complicado. Que esté enamorado de su mejor amigo es jodido de por sí, pero que el mejor amigo y amor platónico sea el perfecto Owen Langston debe de ser el doble de frustrante.
«Te jodes, pequeño aprendiz de boxeador; Owie está pillado».
Me doy cuenta de que estoy frunciendo el ceño cuando veo mi reflejo en uno de los ventanales del gimnasio, donde sigo como un bobo pensando en cómo proceder.
Desde luego, no pienso darle la satisfacción de largarme con el rabo entre las piernas.
Haré algo mejor con mi rabo. De momento, acoplarlo en una de las sillas de la cafetería de al lado.
Desde la mesa de la terraza donde me siento, tengo una visión muy clara de la puerta, por lo que pido un par de cafés que dejo pagados de antemano por si tengo que salir por patas, y me dedico a esperar mientras navego con el móvil por Soul Finder .
Hago un repaso por los foros y leo una de las conversaciones que mantuvimos James y yo hace unos meses en uno de los chats de DC donde discutimos con Jeremy acaloradamente sobre por qué Watchmen es una obra más redonda que V de vendetta que, según el chico más activo de Soul Finder, tiene menos números y menos paja.
Eso dio pie a que James y yo —Detective Marciano y El Espectro, respectivamente, hasta nuestros nombres son compatibles— nos lanzáramos a hablar sobre la narrativa y la construcción de los personajes, el simbolismo o las referencias culturales.
Ni siquiera nos dimos cuenta de que Jeremy se había largado y que nos habíamos quedado solos en el foro, recordando el momento en la película donde Ozymandias entra en el estudio 54 y están David Bowie, Mick Jagger o los Village People, y otras chorradas sobre la adaptación cinematográfica que no le interesaban a nadie.
Nuestro porcentaje de compatibilidad había subido un uno por ciento después de eso.
Fue… raro. Y saqué varias conclusiones entonces.
La primera y la más importante es que, por poco que me gustase la idea, James era mi alma gemela en la aplicación.
También me di cuenta de que leer poesía no era lo mío, por mucho que Alan Moore se hubiese basado en el poema Reír llorando , de un autor mexicano, para el chiste del payaso Pagliacci que cuenta Rorschach.
Mientras espero y vigilo a James como un stalker cualquiera, saco adelante algo de trabajo; cosas sencillas que puedo controlar desde el móvil.
Hablo con Levi para ver si me necesita para algo urgente y me dice que no; le comento que, de todas formas, esta noche me quedaré currando en unas mejoras de Apocalipsis que se me han ocurrido.
Cuando le cuento que estoy acosando al mejor amigo de su novio, no me pregunta por qué.
No sé si porque ya está curado de espanto o porque no quiere ser cómplice de lo que sea que me traigo entre manos, que en realidad no es la más elaborada de las estratagemas, lo único que pretendo es tocarle los huevos hasta que ceda y me admita en su gimnasio de nuevo.
Cuando lo veo salir, me levanto y me dispongo a seguirlo hasta su casa.
A partir de ese momento, me convierto en la sombra de James Wilson.
Estoy ahí para saludarlo cuando entra a trabajar por la mañana y sigo ahí —trabajando en mi pequeña e improvisada mesa de operaciones— cuando se va a media tarde.
Somos como Batman y Robin, o como Green Arrow y Canario Negro.
Qué digo, soy el puñetero Beast Boy arrancándole la risa a Raven; y no pienso separarme de su lado hasta que me deje volver al gimnasio.
Porque lo hará, solo es cuestión de tiempo.
Ganaré esta batalla agotando la voluntad del enemigo; ser pesado es un superpoder en el que uno no suele pensar a la hora de elegir entre otros tan guais como la invisibilidad o el teletransporte, pero te hace igual de héroe.
Requiere voluntad y persistencia, y yo tengo ambas cosas.
El primer día que lo sigo a casa, voy unos pasos por detrás de él; a unos dos metros, más o menos.
Cuando llegamos me niega la entrada, por supuesto.
No esperaba menos; me cierra la puerta en la cara y todo, aunque lo hace con una especie de sonrisilla.
Bueno, quizá es más una mueca. Pero el camino de veinte minutos hasta allí es agradable, un paseo bajo los tímidos rayos del sol que intentan abrirse paso por las pequeñas nubes que salpican el cielo; huele a césped recién cortado, a lo que sea que están cocinando en las casas frente a las que pasamos y a verano; al verano dorado y no demasiado caluroso de Eeriewood.
Es un paseo tranquilo y tenso a la vez, porque está lleno de miradas verde bosque, ceños fruncidos y una carga eléctrica que no está claro si anuncia tormenta o si el momento de arrancarnos la ropa a mordiscos ha llegado.
Al final, no ocurre ni una cosa ni la otra.
El segundo día también me da con la puerta en las narices, pero llevamos todo el día manteniendo unos extraños preliminares consistentes en miraditas a través de las ventanas del gimnasio —las suyas fulminantes e incandescentes como las de un Superman cabreado—, alzamientos de cejas y saluditos con una mano alzada; estos últimos todos míos, por supuesto, Dios lo libre de ser simpático.
Aunque a la hora de comer sale a tomarse un sándwich conmigo.
Coge una silla de mi mesa, la aparta un poco y come mirándome y sin hablarme, creyendo quizá que me molesta.
No lo hace. Si su intención era incomodarme, no lo consigue.
Es más, estoy encantado. Está guapísimo todo rojito por haber hecho ejercicio y con el pelo aún mojado de la ducha.
Ese día, cuando me cierra la puerta de su casa —con tanta fuerza que me peina el flequillo como a un dibujo animado—, yo no me rindo; espero pacientemente a que llegue su padre, que me deja entrar sin problema, me ofrece un poco de agua, un té y charlamos durante veinte minutos mientras él cocina y yo lo miro.
Filosofamos sobre la vida entre risas mientras James gruñe y nos mira mal.
El señor Wilson sabe que pasa algo. Le he caído bien, esas cosas se notan, pero también puede ser que esté exagerando nuestra camaradería para provocar a su hijo y que le cuente qué ocurre entre nosotros; o con su novia, de la que he oído hablar, pero a la que nunca he visto, así que bien podría ser imaginaria.
O una espía, como sugerí cuando supe de su existencia.
Lo cierto es que resulta evidente que entre nosotros ocurre algo.
Parece que nos odiamos —y un poco lo hacemos, supongo; cada uno por sus motivos y a su manera—, pero también es evidente que, si James me quisiera fuera de su casa, me echaría.
Que todo esto de seguirlo y minar su moral y su determinación no deja de ser un juego; cargante, molesto e irritante (puedo ser todo eso), pero un juego, al fin y al cabo.
Y si una o ambas partes decidieran ponerle fin, acabaría.
Como acaban las risas despreocupadas de la infancia o los sueños bonitos.
El tercer día, tardo en seguirlo y parece desconcertado durante unos segundos.
Pero es que Molly —la camarera, que ya es casi íntima mía; hablo casi más con ella que con mi madre— me estaba contando cómo le había ido al pequeño Ben —su hijo mediano— en el dentista; y a mí me ha parecido grosero levantarme e irme, que el pobre niño lleva nervioso semanas.
El caso es que James me espera en la puerta del gimnasio, o eso creo; finge que se ata una zapatilla hasta que estoy a su altura.
Luego apresura el paso —para disimular, supongo—, pero yo le sigo el ritmo como el buen acosador que soy.
Y es que soy muy bueno en esto. Me van a convalidar primero de Acecho de lo bien que se me da; quizá James pueda hablar con su novia la del MI5 y recomendarme.
Ese día, aunque me cierra la puerta como ya es habitual, también me la abre cuando llamo al timbre.
No me dice nada, se limita a dejarme pasar y a lanzarme uno de los cómics que tiene en la mesita del salón.
Él se sienta en una butaca con El hombre que ríe y yo en el sofá contiguo a seguir con la relectura de Crisis en tierras infinitas .
Leemos en silencio hasta que Levi me llama y me voy a mi oficina de verdad a hacer algo de trabajo de verdad.
James no parece tener planes, cosa que me confirma su padre cuando me lo cruzo en el camino de entrada e intercambiamos más palabras en dos minutos que las que he compartido con su hijo en todo el día.
El cuarto día me deja la puerta entreabierta.
El quinto, entramos juntos.
El sexto es un día extrañamente caluroso, el sol brillante se refleja en los tejados de pizarra y en las ventanas de las casas, alargando nuestras sombras, uniéndolas en la acera a medida que nos acercamos a su casa.
James padre ya está allí, ha vuelto en coche y nos sirve un par de vasos enormes de agua.
Hablamos un rato y, cuando digo que tengo que irme, James parece decepcionado.
O puede que el calor me nuble el juicio y me lo haya imaginado, porque cuando se lo comento, me fulmina con la mirada y me echa de su casa con un portazo que hace temblar hasta la casa del vecino.
El séptimo día, cancelo los planes que tenía con unos amigos de la universidad y James el bueno, James el malo y yo nos vamos juntos a su casa, donde Mara se nos une al cabo de un rato.
Es un día importante porque me dejan ayudar a preparar la cena y todo.
Caen rendidos ante mi pastel de pescado y la ensalada de cangrejo con vinagreta casera.
James incluso me deja meterle un poquito de mano cuando nos sentamos a ver el Batman de Tim Burton.
Y con «un poquito» me refiero a dejar caer de forma espontánea la mano en su muslo, muy cerca de su entrepierna, y notar la tensión durante los diez minutos que me permite tenerla ahí, como si no le importara, como si no viera cómo de dura se le pone en la oscuridad de la habitación.
Creo que estoy a punto de lograr mi objetivo; operación Volver al Gimnasio está a punto de finalizar de forma satisfactoria. En dos días, espero subirme de nuevo al ring y la máquina de correr.
Oh, el placer del trabajo bien hecho.