Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Pero es que me pierdo mirando cada imagen que cubre sus paredes color melocotón.

Hay un póster del combate de Muhammad Ali contra Sonny Liston de 1965; no controlo tanto como James, pero es una imagen icónica donde Ali, de pie y triunfante, mira al caído Liston.

Al lado está James de pequeño con unos miniguantes de boxeo; me lo quiero comer de lo tierno que parece; y luego me quiero comer mi propio hígado por pensar algo así.

Junto al minijames hay una foto de los tres Wilson juntos; su madre es guapísima, los tres lo son.

Y justo al lado, un marco enorme con una fotografía de un gimnasio clásico; es una imagen granulada que parece salida de los años cuarenta, con sacos de boxeo de cuero y boxeadores entrenando al fondo.

Casi se puede oler el sudor en las cuerdas del ring .

Voy recorriendo las paredes, los pósteres, las fotos…

, hasta llegar a una donde James y Owen sonríen a la cámara, ambos con un brazo sobre los hombros del otro.

Ahí se me revuelve el estómago, así que dejo de mirar y finjo que todo es estupendo.

Y en realidad lo es. Hablamos y nos reímos.

Los tres. Sobre todo James el bueno y yo, pero el hijo demoníaco también contribuye de vez en cuando.

La familia Wilson es todo lo contrario de la mía.

Mi madre es una ama de casa ejemplar de cara a la galería y yo hace tiempo que decidí vagar por esa galería en silencio sin contradecir la opinión de nadie.

Total, ¿para qué? Mi padre es comercial y pasa temporadas viajando por trabajo.

También es bastante homófobo y no me soporta; detallitos.

Por eso solo estoy en casa cuando él no está cerca; o cuando está de muy buen humor y no le da por meterse conmigo.

Porque eso es lo que hace, atacarme; preguntarme sobre mi trabajo y mi vida hasta derivar siempre en lo mismo: dónde y a quién le meto la polla.

Me cuesta un mundo no decirle que también me gusta que me la metan, y que sigo siendo un hombre después de eso.

Pero mi madre lo quiere y resulta que yo quiero a mi madre, aunque tenga una idea distorsionada de lo que es la familia y de ser madre.

Y aunque empiece a hartarme un poco de todo.

Pero adoro a mis hermanos. A los dos. El pequeño va al instituto y el mayor está en el tercer año de carrera y vive cerca de la universidad.

Eso me calma, porque implica que está lejos de mi padre y puedo ir a verlo y tener conversaciones estúpidas de hermanos sin miedo a que nadie nos reprenda.

Mi padre tiene un don para lograr que me avergüence de mí mismo. Y odio la sensación.

James es hijo único. Se le nota. El niño mimado de mamá y papá.

Tiene una colección enorme de videojuegos y varias consolas.

Y no habla la envidia. No, no. Ni mi necesidad de sacarle pegas.

Bueno, un poco sí. Porque en casa de mis padres nunca nos ha faltado nada material, pero no tiene nada que ver con lo que hay en esta casa; es el aire que se respira, como entrar en otra dimensión.

Y eso es lo que hago cuando pongo un pie en su cuarto: entrar en otro mundo.

Hemos subido porque sus padres —al final he conocido a Mara Wilson y, sí, es tan estupenda como me la habían descrito— lo han animado a que me lo enseñe.

Y James, reticente como es, así, en general, me ha traído hasta aquí con las manos en los bolsillos del pantalón del chándal y el ceño fruncido.

Su cuarto es cálido, acogedor; todo lo que no es él, vaya.

Me encanta. Esta habitación podría ser mía.

Es « yo» a tantos niveles que sigo pensando en lo de la dimensión desconocida.

¿Quizá he entrado en un universo paralelo y este ser del mal me ha quitado mi cuarto?

Puede ser. Lo miro todo, lo toco todo. Con cuidado, con veneración.

Estanterías blancas del suelo al techo llenas de cómics, figuritas, películas…

Una televisión grande, otra consola. Varios pósteres, fotos y algunas páginas de cómic enmarcadas; entre ellas, una de Crisis final donde aparece el Espectro, mi alter ego en Soul Finder.

Lo miro y le dedico una sonrisa de suficiencia. Él mira hacia otro lado después de sacarme el dedo corazón.

Me río. Pero, cuando hablo, mi tono pierde todo sarcasmo. Cuando hablo, lo hago con sinceridad:

—Me gusta tu habitación —admito, un poco cohibido.

No estoy acostumbrado a estar en casas ajenas. Ni siquiera estoy acostumbrado a estar en la mía.

Él ni me contesta. Empieza a preparar ropa que coloca sobre la cama.

—¿Te haces pajas aquí? —pregunto—. ¿Has follado con alguien? Es todo tan bonito y tan yo… Se me hace raro pensar que haces cosas guarras aquí dentro. Es como pervertir un santuario. O pervertir mi mente.

James eleva el rostro y me mira con el ceño fruncido.

—Por Dios.

—¿Qué? No me digas que no sería desagradable.

—Tú sí que eres desagradable.

—Me encanta lo buen anfitrión que eres.

James saca ropa de su mochila, que enseguida va a parar a la cesta de la ropa sucia, y la vuelve a llenar con ropa limpia y una toalla.

—Sabes que no quería que vinieras —me recuerda.

Ya. Nada nuevo bajo el sol .

Nos miramos, él con cara de cabreo, yo con cara de estar por encima de cualquier cosa que me pueda decir. Porque me da lo mismo. Porque James Wilson no significa nada para mí. Solo es un polvo, y ni siquiera es de los mejores.

James se estira y sus músculos se le acoplan como engranajes perfectos. Joder. Pero ¿a quién quiero engañar? Por supuesto que es de los mejores. Si basáramos los porcentajes de Soul Finder solo en nuestra atracción física, hubiéramos alcanzado el cien por cien en el primer polvo.