Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

James bufa en una especie de risa que está entre la incredulidad y la frustración. Es lo que siempre suele emanar cuando coincidimos en el gimnasio.

—El boxeo le da cien mil vueltas al jiu-jitsu , te machacaría —matiza el muy engreído.

—¿Sí? ¿De verdad crees que Wildcat tendría algo que hacer contra Batman? Sigue soñando, pequeño aprendiz de boxeador.

—No me llames así. Y, aunque soy consciente de que Batman ganaría en la mayoría de los escenarios posibles, Wildcat lo entrenó, ¿sabes? Bruce Wayne lo respeta, reconoce su habilidad. Wildcat es el puto amo.

—Sí, lo es. —Tampoco le voy a discutir algo en lo que estamos de acuerdo. Suelo tocarle los huevos por casi todo, pero los cómics para nosotros son tregua. Bandera blanca. Territorio neutro. Lugar feliz y todo eso—. También entrenó a Canario Negro.

—Mira que te gusta Canario Negro. —James menea la cabeza y se le escapa una pequeña sonrisa que corrige en cuanto se da cuenta de lo que está haciendo.

—Hay un número de Aves de presa , creo, en el que sale Wildcat y es la leche.

—Sí es Aves de presa ; volumen ochenta y uno, para ser más exactos.

—Serás friki…

—Como si tú no lo fueras.

Tras decirlo, un silencio extraño se instala entre nosotros.

Pesado, incómodo; porque James y yo no hablamos de superhéroes a la luz del día ni en la vida real.

En la vida real follamos y discutimos. Y no sé cómo manejar esta situación que, a su vez, parece fluir sola y de manera orgánica.

No, no quiero complicaciones. Así que lo mando callar.

—Venga, ahora ponte algo encima o haré que esa boquita tuya haga algo más que soltar borderías.

James resopla.

—Como si me fuera a enrollar contigo otra vez —murmura en tono de burla.

—¿Estás seguro de que no lo harás? Porque te recuerdo que eso fue lo que dijiste las últimas cuatro veces. La quinta fue la mejor. ¿Te digo las veces que me suplicaste que me follara tu culito virginal? Ah, que no te acuerdas, perdona.

Se ruboriza. Mucho. Y yo me río por dentro. «Eso por llamarme nenaza, imbécil». Es cierto que me suplicó que me lo follara, pero no lo hice. Puedo estar pedo y no ser un inconsciente como él.

Me fulmina con la mirada y yo mantengo mi cara de suficiencia sin dejarle ver que su cabreo me la pone durísima.

Repetiremos, de eso no me cabe duda. De la misma forma que sé con absoluta certeza que James no es esa persona con la que hacer planes de pareja.

No cuando está tan pillado por su mejor amigo.

Enamorarse de alguien que está enamorado de otra persona es el summun de la estupidez.

Y puede que James Wilson y yo tengamos muchas cosas en común y una compatibilidad en la cama del infinito por ciento, pero no soy tan tonto.

Y por eso me aparté de él cuando me enteré de que estaba colgado de Owen.

Aunque después de eso haya caído alguna vez más.

Es difícil resistirse al James cachondísimo que te quiere poner a cuatro patas.

Y mucho más a ese otro que te suplica que se lo hagas a él.

No se lo hice, aunque él crea que sí. Sí que jugué con su culo, le hice de todo ahí atrás, menos meterle la polla.

No hubiera estado bien. Los vírgenes deberían recordar su primera vez; para bien o para mal.

Yo solo me he acostado con un virgen, y fue mi pareja un tiempo.

Me gusta el sexo con gente que sabe darme lo que necesito en el momento en que lo necesito.

Gente con la que no tengo por qué volver a repetir.

Es… como rascarse una picazón. Un gustazo muy efectivo.

En fin. Jamás basaré mi vida en la medida del amor.

Todo ese rollo de las almas gemelas es una estupidez, aunque me haga ganar dinero.

Y no tengo nada en contra del amor, nada en absoluto; cuando llegue, llegará.

Pero si puede ser con alguien que no esté ya enamorado de otro, mejor. Almas gemelas, mis cojones.

El móvil de James comienza a sonar y él me mira de soslayo.

—Mi padre está esperando en el coche .

—¿Quieres decirle que me has retirado la invitación? Porque estás a tiempo.

—No, imbécil.

—Bien. —Busco por la diminuta estancia hasta dar con mi mochila, situada sobre una de las banquetas. Luego le toco el pecho, sintiendo cómo la piel se le eriza, y le digo—: Ponte algo, fuera hace frío.

Cuando salgo, su mirada en mi espalda es como un latigazo.

Pica, quema. Me contengo para no girarme y sacarle la lengua, aunque me encantaría.

Estoy seguro de que, si pudiera, volvería a hacer que me desmayara.

Se cortaría un poquito en algún lugar no mortífero y sangraría lo justo para dejarme fuera de combate.

Pero no puede. Porque conmigo es un borde, pero con su padre es un chico muy educado que no parece querer contarle lo que hay (o no hay) entre nosotros.

No me cabe duda de que me lo voy a pasar pipa.

Pero la noche no sale como espero. James padre es encantador, divertido y cocina a ritmo de The Clash con un delantal fucsia mientras finge que la espátula es un micrófono.

No sé qué esperaba. Pero esto no, desde luego.

Nos hace una cena sencilla pero exquisita: rollitos de pollo, rúcula y chilpotle que acompañamos con una ensalada de patatas riquísima que por lo visto preparó la señora Wilson la noche anterior.

Se llama Mara, me dicen. Es médica y trabaja a destajo, pero su presencia en la casa es un ente casi palpable; por cómo hablan de ella, por las risas que parecen pegadas a las paredes y a las fotos en las que aparecen los tres —juntos y por separado—, y que están colgadas por todas partes junto a fotografías míticas de boxeadores y combates varios.

Me encanta todo. Y posiblemente mi cara lo revele, porque James me mira de soslayo todo el rato con una intensidad en la mirada fuera de lo común.