Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 2
5%

Capítulo 2

CAPÍTULO

DOS

RYDER

En mi sueño había dos pares de ojos verdes; oscuros, pero lo bastante claros como para pensar en luz, en sol y en cielos despejados de nubes.

Como si en un bosque se colaran los primeros rayos de sol, pero este aún no hubiera terminado de despuntar.

Justo como estaba cuando salí esta mañana.

Estamos a finales de junio y da gusto pasear por las calles de Eeriewood sin que el cielo amenace con abrirse y que esto parezca el día del juicio final; porque he de decir que esto en invierno parece Gotham.

Y, por muy fan que sea de los cómics en general y de DC en particular, yo soy más de sol. Me da vida.

No puedo evitarlo; he nacido para que el sol me acaricie la piel, para conservar ese tono dorado tan presente en las raíces hispanas de mi padre, lo único bueno que he heredado de él.

Una pena vivir en Inglaterra, y en Eeriewood, ya puestos, donde casi siempre llueve y el sol es una leyenda urbana hasta la llegada del verano, mi estación favorita del año.

Pero no todo es malo. Desde luego, los dos pares de ojos que me observan no tienen nada de malo. No me importaría que estuviera nublado siempre si los puedo ver todos los días.

Los miro con atención, buscando las diferencias. Quizá los de la derecha son más intensos, más vivos, y los de la izquierda tienen ese punto de calidez que te hace pensar en quedarte en la cama un ratito más.

Es ahí donde me quedo. Los de la izquierda me llaman. Los conozco más, me he bañado en ellos; los he venerado hasta que la luz del día los ha hecho inaccesibles. Como un bosque insondable. Como el personaje de Hiedra Venenosa; ese cuya moralidad ambigua tanto atrae a James.

Ay, no. James.

—Está despierto —dice la voz de la derecha. Profunda y alegre a la vez.

—Sigue atontado —declara el de la izquierda.

Y no necesito volver más en mí para saber que conozco esa voz. Me ha gritado, gruñido, y también me ha suplicado justo antes de correrse.

—¿Ryder?

—¿James?

Sonríe. Solo un poco. Y es cuando recuerdo la sangre y el estómago me da un brinco, una voltereta doble, y termina encogiéndose en una bolita de puro miedo.

—Eh, tranquilo.

La voz calmada viene del de la derecha, que resulta ser el padre de James, el dueño del gimnasio, que también se llama James, por cierto, pero que tiene muchísimo mejor carácter que su hijo.

«James el bueno», lo llamo. No a la cara, por supuesto.

Siempre me dirijo a él como «señor Wilson», que yo soy muy respetuoso.

No lo conozco en exceso, pero me cae bien.

Hemos boxeado juntos en un par de ocasiones —bueno, él ha boxeado; yo me he limitado a intentar aprender algo del maestro—, hemos coincidido en la máquina de café y comentado alguna cosa en los vestuarios.

—Sangre. —Es lo único que logro decir; tengo la voz pastosa.

—Sufro hemorragias nasales —explica James—. Me pasaba sobre todo de niño, ahora solo en casos puntuales. Ha sido mala suerte que me pasara contigo.

—Parecía una carnicería.

—Parece más de lo que es. —El señor Wilson me pasa una mano por el hombro—.

Siento que mi hijo te haya asustado. Suele ser debido al estrés o a un esfuerzo físico excesivo.

No le pasa casi nunca. —Se rasca la barbilla con la mano libre—.

Que yo recuerde, hacía años que no le ocurría.

Algo lo habrá alterado mucho o se habrá sobrepasado con el ejercicio —añade, mirando a su hijo con lo que creo que es suspicacia.

Los miro a ambos aún con la cabeza un poco embotada. Se parecen, sobre todo en los ojos. Y, aunque no llevo mucho en este gimnasio, puedo afirmar que James el bueno, o sea, el padre, me cae mejor que el hijo.

Fue Levi quién me hizo cambiarme de gimnasio.

Antes íbamos a uno que estaba por su casa, pero ahora que se ha echado novio mide las distancias según lo lejos o cerca que esté su alma gemela.

Y resulta que su alma gemela está a hora y media de su casa, por lo que este gimnasio le queda mucho más a mano para…

, no sé, verse mientras sudan mucho. No entiendo para qué te apuntas con tu novio al gimnasio.

Si quieren sudar hay formas mucho más placenteras de hacerlo.

A ver, que es cierto que yo me acabo de liar con un tío en un baño público, pero ha sido por puro morbo.

Solo eso. No porque James me estuviera fulminando con la mirada cada do s por tres.

Ni porque estuviera todo el rato rozando el cuerpo sudoroso del amor de su vida; a mí eso me da igual.

Y tengo claro que, si tuviera pareja, no me iría a un puñetero baño a follar.

Lo haría en mi cama, o en cualquier otra superficie que nos permitiera meternos la polla el uno al otro con comodidad, y sin público ni tíos idiotas a los que les sangra la nariz o que amenazan con echarte.

—¿Te puedes levantar? —me pregunta el señor Wilson con mucha amabilidad. Ya podría haber recibido su hijo un poquito de eso.

Asiento y me levanto con cuidado. Me fijo en la camiseta de James, todavía manchada de sangre, y siento que vuelvo a ponerme blanco. Mierda. Odio la puta sangre. Casi puedo percibir su olor metálico.

Aparto la vista e intento que no se me note lo revuelto que estoy por dentro.

—Creo que deberías sentarte otra vez.

—Estoy bien.

—¿Cuándo fue la última vez que comiste? —pregunta el amable señor.

—Te traeré un zumo —propone James.

—No, mejor aún. Nos lo llevamos a casa. Al fin y al cabo, se ha desmayado por tu culpa.

—¡¿Qué dices?! —exclama James, poniéndose pálido él también.

—No es necesario —digo yo casi a la vez.

Solo quiero salir de ahí, dejar de pensar en la sangre que James tiene pegada a la camiseta. Ni siquiera puedo pensar en comida si lo tengo tan cerca.

—No tienes opción. Aviso a Marc de que nos vamos y quedamos en el coche.

Marc debe de ser el chico alto que los ayuda en el gimnasio. Es simpático. Aquí todos son simpáticos menos James.

—Pero papá, a lo mejor Ryder ya tiene planes. ¿Verdad que sí? Tiene una vida y lo más probable es que esté ocupado.

No lo estoy. He terminado todo lo que tenía que hacer hoy antes de venir.

Cosa rara, porque en los últimos tiempos se nos sale el trabajo por las orejas.

Pero el imbécil de James me está mirando como si fuese un gusano asqueroso que le trepa por el cuerpo y del que no puede deshacerse.

Me hierve la sangre de pura rabia. Qué pronto se ha olvidado de lo poco que quería deshacerse de mí cuando me metí su polla hasta la garganta.

Solo por eso, me quedo ahí, mirando a cualquier parte menos a él, eso sí.

No vaya a ser que le vomite encima. Con su padre delante me parece muy feo.

—Mi vida tiene un hueco bastante grande ahora mismo y lleva vuestro nombre. Y mi estómago tiene un hueco aún más grande.

Un hueco que se hará más grande si sigo viéndole la sangre pegada a la camiseta. Dios.

Estoy a nada de potar, así que en cuanto el padre de James se marcha, lo sujeto de los hombros y le doy la vuelta solo para no verle la mancha.

—¿Puedes, por favor, quitarte la puta camiseta?

—¿En serio, Ryder? ¿No eres un poco nenaza con el tema de la sangre?

—Te advierto que te voy a potar encima como no lo hagas.

—¿Y por qué cojones has aceptado venir a mi casa? —El muy imbécil se da la vuelta—. No somos amigos.

—Tu padre me ha invitado .

—Y hubieras mostrado la misma buena educación dando las gracias y diciendo que no.

—Pero da la casualidad de que quiero ir. ¿Quieres que le diga que su querido hijo me ha retirado la invitación? Porque puedo hacerlo.

Aprieta la mandíbula, y yo vuelvo a mirarle el cuello de la camiseta y a sentir otra arcada.

—Quítate la puta camiseta, por favor. Con educación te lo pido.

Me tiene que ver la cara, porque esta vez obedece sin decir ni mu.

Se saca la camiseta y la deja caer al suelo.

Inmediatamente, mi asco se convierte en otra cosa.

Joder. Qué cosa más perfecta. James no es muy alto, le saco al menos diez centímetros, pero su cuerpo parece esculpido músculo a músculo.

Recuerdo lo que se siente al apoyar la barbilla en su brazo mientras me penetra desde atrás, o esa otra vez en la que le mordí el antebrazo porque no quería gritar.

Es… pura perfección. Y me está mirando como si fuese un bicho raro.

—Cuando ves a tu hermano pequeño desangrarse en la carretera después de que un tipo le pase por encima con una moto, ves la sangre de otra manera, ¿sabes?

James abre la boca, pero nada más hacerlo la vuelve a cerrar.

Cómo me toca los huevos este tío. Puede que sea un dios en la cama, pero es gilipollas.

Y yo a los gilipollas me los paso por el culo.

Literalmente en su caso. Sonrío. Sé que no recuerda nuestra última noche, de la misma forma en que sé cuánto lo mortifica que yo sí me acuerde.

Con todo lujo de detalles. Parecía muy apurado con el tema cuando se despertó y vio que estábamos desnudos y que habíamos follado.

Estaba convencido de que aquella noche yo iba más pedo que él.

De hecho, James no parecía ir tan borracho.

Insistente sí. Estuvo muy insistente. Pero cuando se le pasaron los efectos del alcohol, se puso un poco histérico y me dio un sermón sobre las ETS y la importancia de tomar precauciones; como si yo fuera un promiscuo de la vida.

Eso me tocó los huevos. Puede que me guste el sexo, pero soy responsable.

Así que, cuando me di cuenta de que no recordaba nada, me callé la boca.

Y como sé que le molesta muchísimo, nunca le he contado qué pasó.

—Lo siento, yo…

—Billy está bien. Se recuperó sin secuelas. Pero como vuelvas a llamarme nenaza te demostraré que el tuyo no es el primer gimnasio que piso y que el jiu-jitsu no se me da nada mal.

—¿El jiu-jitsu ? —Enarca las cejas—. ¿Como tu querido Batman? Nunca me lo habías dicho.

—No quería presumir, pero ándate con ojo.