Donde tú estés (Soul Finder 2)
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Capítulo 1
CAPÍTULO
UNO
JAMES
—¿Ya no os enrolláis? —me pregunta Owen cuando a duras penas esquiva uno de mis derechazos.
Mi amigo se mueve muy lento. O quizá yo voy demasiado acelerado.
Estoy de puto mal humor, y no ayuda ver a Ryder paseándose por el gimnasio de mi padre como si fuera el escenario de una peli cutre, de esas en las que solo sale gente guapa con muchos musculitos que se limita a liarse entre sí y a tener conversaciones vacías con diálogos acartonados.
Odio esas pelis; y también odio a los tíos que, como él, se dedican a venir al gimnasio para lucirse y hacer amigos más que para lo que es en realidad: sudar la gota gorda.
Jijijajá por aquí; jijijajá por allá. Dios, me enerva.
Y me distrae. Porque, aunque quiera, no puedo parar de mirarlo.
Su cuerpo es como una baliza fluorescente en medio de la oscuridad.
Y yo conozco ese cuerpo, lo conozco muy bien.
Lo he acariciado, besado, lamido y penetrado.
Cuatro veces. Cinco si contamos aquella en la que los dos estábamos demasiado pedo para recordar si nos habíamos puesto el condón.
Sí lo hicimos. Lo encontramos enredado entre las sábanas, con claras señales de haber sido usado.
No recuerdo nada de esa noche. Pero me levanté con dolor de culo, así que supongo que perdí la virginidad nadando entre mareas de alcohol.
James, 4; Ryder, 1. Así está el marcador a día de hoy.
Aunque lo cierto es que no me acuerdo del punto que me metió; ni siquiera recuerdo si me gustó.
En fin. Jamás en la vida lo he hecho sin preservativo y me aseguré de hacerme analíticas el lunes a primera hora, solo por si acaso.
Sé dónde meto mi polla, pero a saber dónde la mete Ryder.
En cualquiera de los que están en este puñetero gimnasio, seguro.
Gancho a la izquierda; un golpe tremendo. Mi mejor amigo se queja.
—Vale, no me respondas si no quieres. Pero relájate un poco, joder. Eso ha dolido.
—Ya no nos enrollamos. Te recuerdo que tengo novia. Se llama Sarah y llevamos tres meses.
—Ah, ¿sí? Como no me la quieres presentar y nunca me hablas de ella, pensé que ya habíais cortado.
—Nos vemos poco.
—Levi y yo hacemos seis meses la semana que viene —murmura como si le hubiese preguntado.
Seguro que lo tiene marcado en el calendario como un día importantísimo. Con corazoncitos rosas alrededor y todo.
—No me lo digas, lo vais a celebrar.
—Pues no, idiota. No somos mis padres.
Enarco las cejas. No me lo creo.
Mi amigo aparta la mirada y, con un poco de consternación, me reconoce:
—Bueno, vale. Ellos sí quieren que lo celebremos. Dicen que los primeros meses son decisivos. Yo intento explicarles que ya sabemos todo lo malo del otro, así que ahora solo nos queda lo bueno.
El siguiente golpe lo deja bien tumbado en el suelo. Lo último que me apetece es que me hable de su maravillosa relación. Joder.
—Lo has hecho a posta.
—Para nada —miento. Sé que sabe lo que siento por él, aunque no se lo haya dicho de forma clara—. Eres más débil. No es ningún secreto.
—Si querías que me callara solo tenías que decirlo.
Una risa estalla en la sala y, por inercia, todos dirigimos la vista hacia el sonido. Mi amigo desde el suelo.
Ahí está Ryder dando la nota, para variar. La camiseta de tirantes se le pega al cuerpo y el tipo al que ayuda a sujetar la barra se le pega incluso más.
—¿Me explicas por qué cojones ha tenido que apuntarse a este gimnasio? ¿Y por qué cojones hay tantos gais a su alrededor?
—No todos son gais. Nosotros somos bi.
—Nosotros no estamos a su alrededor. Es que, en serio…, se supone que somos una minoría. ¿Cuánta gente del colectivo hay en esta ciudad? ¿Y qué pasa, que vienen todos a mi gimnasio? Que esto parece Gaylandia, por Dios. Qué manera de tocarme los huevos.
—Eso es un poco ofensivo, ¿eh? Y no sé, yo creo que, contando a mis padres, unos doce; que yo conozca —replica mi amigo como si de verdad necesitara datos concretos.
Era sarcasmo. Sarcasmo retórico. Pero entiendo que teniendo unos padres gais comprometidos con la comunidad LGTB de Eeriewood es normal que esté al tanto de estas cosas—.
Bisexuales conozco menos. ¿Cinco o seis?
Teniendo en cuenta la población total de Eeriewood, no es nada descabellado.
—¿Y todos vienen a mi gimnasio? Porque déjame que te diga que eso sí me parece descabellado.
—Somos saludables.
—Bueno, algunos solo quieren lucirse, o ligar. Deberían darle más uso a la aplicación esa de almas gemelas que tanto te gusta. Harían menos el ridículo.
—Perdona, pero Ryder entrena; y también boxea, ¿sabes? Y es bueno. Una vez practiqué con él. Tú no estabas.
—Claro. Seguro que los guantes le favorecen —ironizo.
Mi amigo me ignora. Comprende que no estoy en mi mejor momento.
—Además, Soul Finder es una aplicación para encontrar a tu alma gemela, no para ligar. Para eso ya tienes Tinder, Grindr o lo que sea que se use ahora.
—Para mí es lo mismo. —Lo ayudo a levantarse—. Es una app que te facilita la tarea de encontrar a alguien. Míralos, dan vergüenza ajena.
—Pues a mí me parecen sexis. Y nadie entra en una web de almas gemelas si lo que quiere es follar.
—No, para eso vienen a mi gimnasio, por lo visto.
—No, en serio, James. Soul Finder es más que una aplicación de citas. Pueden surgir amistades del alma, no solo parejas. A ver, que conocer a tu otra mitad es lo más, pero no es lo que todo el mundo busca. En tu caso, por ejemplo…
—Ni me lo menciones.
Owen suspira; sabe que cuando me cierro en banda, me cierro y no hay quien me abra. Y a mí no me apetece hablar ni de Ryder ni de compatibilidades.
—Yo solo digo que lo que ha creado Levi con Soul Finder trasciende lo demás, es más… permanente. No supone querer ponerle un anillo a tu alma gemela de inmediato, pero es…
Intento no pensar en mi amigo llevando un anillo de Levi.
Dios. Una vez soñé con cómo sería ponerle uno.
Teníamos quince años y me acababa de dar cuenta de que era bisexual.
Lo había descubierto unos años antes de que él se diera cuenta de que también lo era.
La diferencia es que yo solo lo veía a él, pero cuando él lo descubrió empezó a ver a toda la población masculina salvo a mí.
Después de una vida creyendo que no tenía ninguna posibilidad con mi amigo heterosexual, resultaba que sí la tenía y la perdía en cuestión de segundos.
Porque él nunca me vería de la misma forma.
Nunca sería más que un hermano para Owen Langston.
El mismo Owen que ahora me mira con una tristeza que me retuerce las entrañas. Porque lo sabe. Sabe lo que siento por él; así como también sabe que no puede hacer nada al respecto. Solo dejar pasar el tiempo. Esperar a que lo olvide.
Como si eso fuera posible.
Justo en esos momentos veo a Levi acercarse a nosotros.
Levi Wright, ser perfecto donde los haya y creador de la aplicación Soul Finder, la revolución de las apps de ligue por ir un paso más allá e intentar crear compatibilidades que nada tienen que ver con el físico o con las primeras impresiones.
¿No podía ser superficial y gilipollas? Pues no, resulta que es un tío bueno que se preocupa por cosas tan abstractas como las almas gemelas y, como no podía ser menos, ahora también viene a mi gimnasio.
—Me largo a correr y luego a la ducha. Que te diviertas —le digo a Owen tratando de suavizar el tono, que me sale un poco más borde de lo que quiero .
—Eh, que he venido a sudar. No a divertirme.
—Sí, claro —me burlo al ver cómo se pasa una mano por el pelo para ver si lo tiene en su sitio. Como si a Levi le importara cómo llevara el pelo a estas alturas.
Sonrío. Me queda el consuelo de saber que es feliz, que la bronca que casi lo separa de su alma gemela se quedó en un «felices para siempre, en breve nos damos el anillo».
Saludo a Levi con un gesto de cabeza cuando nos cruzamos.
Al menos viste como una persona normal en un gimnasio: camiseta oscura y pantalón corto.
Todo muy recatado. Nada que ver con su mejor amigo, el tipo que ahora está recibiendo un masaje de gemelos muy pero que muy intenso de uno de sus admiradores. En fin.
Me pongo los auriculares y me subo a la cinta. Apago el mundo y me dejo arrastrar por el ejercicio, la voz de Brandon Flowers cantando Human y el golpeteo controlado de mi respiración.
Un rato después, he terminado de ducharme y procedo a vestirme cuando lo escucho.
Respiración acelerada, gemidos intensos y otro sonido rítmico acompañado de una succión que reconozco a la perfección.
Joder. Me ruborizo con intensidad. No me lo puedo creer.
Estoy tan cabreado y siento tanta vergüenza ajena que doy un golpe seco en la puerta al pasar por delante del cubículo.
Me he criado en este puñetero gimnasio y es la primera vez que veo algo así.
Follas en una discoteca, no en un gimnasio familiar.
Me cruzo de brazos y espero. Susurros entrecortados. Gemidos. Más susurros. Más y más gemidos. ¿De verdad creen que pueden acabar? Mis cojones.
—Voy a contar hasta cinco y, si no salís, tiraré la puerta abajo y luego os denunciaré por escándalo público.
—¿En serio, James? Estamos acabando.
—¿Ryder?
La potencia y el matiz rasgado de su voz resultan inconfundibles.
—Estás asustando al pobre Rob, ¿verdad que sí? Y lo tengo a puntito de caramelo. —Se ríe. El muy capullo se ríe.
—Cinco. Cuatro…
—Venga ya. No puedes ser tan cutre.
—No soy yo quien está follando en un puto gimnasio familiar.
—No estamos follando. Estamos con los preliminares. ¿Verdad, Rob?
Estoy pensando en cual de nuestros clientes se llama Rob, pero no recuerdo a ninguno. Quizá sea de los nuevos.
—Tres…
—¿Te apetece entrar? —me propone a la vez que se escucha cómo quitan el cerrojo—. Podríamos divertirnos los tres. Hace tiempo que no pruebo, venga.
Lo voy a matar. Muy lentamente.
—Dos…
—¿Demasiados hombres para ti? Es verdad, que tienes que dividir tu pasión entre chicos y chicas. Qué estrés. A ver, que puede ser divertido darle a todo así en plan orgía, pero no, yo soy muy gay. Y Rob también.
Empujo la puerta y el tal Rob, que no se llama Rob sino Richard, ya tiene los calzoncillos en su sitio y la polla se le ha encogido al verme.
La de Ryder, en cambio, crece un poquito más al descubrir mi cara de cabreo.
Tiene las mejillas un poco sonrojadas y la diadema elástica que se suele poner en el gimnasio para que el mechón no le estorbe en la cara un poco descolocada .
—Eh —me saluda Richard con timidez.
—¿Lo de Rob es un nombre en clave o algo? —pregunto.
La cara de Ryder me haría reír si no estuviera tan cabreado.
—¿No te llamas Rob?
—Soy Richard.
—Encantado. —Ryder esboza una sonrisa coqueta que el otro le devuelve con timidez.
No me lo puedo creer. ¿En serio? Si es que es pura seducción, le sale por cada poro de su piel. Un puto encantador de serpientes. Y encima sigue acariciándose la polla y suspirando de manera entrecortada.
Le hago un gesto a Richard para que se marche y este desaparece sin decir ni mu.
—Para —le advierto a Ryder en cuanto veo que coge carrerilla. Incluso echa las caderas hacia delante y el cuello hacia atrás, exponiéndose.
Tengo un recuerdo nítido de sus gemidos cuando está a punto de correrse, de lo bien que encaja mi polla en su culo y de lo mucho que le gusta que se lo haga a lo bestia.
—No puedo —suelta un gemido vergonzoso que va directo a mis testículos; como una descarga eléctrica—. Necesito acabar o no podré salir.
—Joder.
Soy incapaz de apartar la vista. Ver cómo una persona se da placer a sí misma es de las cosas más sexis del mundo.
Me pone muchísimo. Es lo que suelo ver si quiero ponerme a tono.
Nada de vídeos de penetraciones exageradas y gemidos fingidos.
A mí lo que me gusta es ver a alguien perder la cabeza sin necesidad de que haya otra persona en la ecuación.
—¿Quieres echarme una mano?
—Sí, una mano al cuello. No volverás a pisar el gimnasio —le advierto, y me voy justo cuando llega al orgasmo.
Una cosa es que me guste y otra muy distinta es que él lo sepa. Y estoy tan seguro de que se me nota, que no me quiero arriesgar.
Hay gente gilipollas y luego está Ryder.
—No puedes echarme —se queja cuando me sigue hasta los lavabos. Tiene la cara rojísima y el cuerpo sudoroso.
—Tenemos reservado el derecho de admisión.
—Venga ya. —Se lava las manos mientras mira en el espejo cómo me visto.
—Tampoco es que hagas mucho. Vienes a ligar y poco más. Nada que no puedas hacer en cualquier pub o en una de esas aplicaciones que tanto os gustan a tu amigo y a ti.
Me sigue por el pasillo.
—Mira, yo no tengo la culpa de que estés enfadado con el mundo. Ni Levi tiene la culpa de haberse enamorado del mismo chico que tú. Owen eligió, ¿sabes? Hay que saber perder.
Me detengo. No sé cuánta gente nos está mirando, pero sé que entre ellos están nuestros amigos.
—¿Algo más que necesites decirme? Porque estoy a nada de darte un puñetazo, y dudo que ninguno de los tíos que lo vea quiera que le hagas una mamada después de eso.
Lo que sucede a continuación me pilla del todo desprevenido. Me sujeta del brazo y me empuja contra la pared del pasillo. Luego me quita la toalla que aún tengo en la mano y me la estampa contra la cara.
—Pero ¿qué…? —es lo único que logro decir.
Está verde. Y blanco. Ambas cosas. Su cara es de todo menos de un tono saludable .
—Tienes sangre en la nariz —dice con un gesto de puro horror—. Oh, Dios. Cuánta sangre.
Lo siguiente que veo es a un tío de metro ochenta y cinco caer redondo al suelo.
Maravilloso todo.