Donde tu corazón me encuentre (Destinadas a las Highlands 1) Capítulo 28
95%

Capítulo 28

Territorio del clan MacKay,

Tres meses después…

Las manos me temblaban mientras observaba mi reflejo en el pequeño espejo de metal pulido que Connie había dejado sobre la cómoda.

Aquella era la primera vez que me veía vestida de novia y jamás habría imaginado que ocurriría de aquella forma.

No en una fortaleza de las Highlands. No rodeada de personas que apenas unos meses antes me resultaban completamente desconocidas.

Y, desde luego, no después de haber viajado en el tiempo.

Aun así, mientras contemplaba mi reflejo, supe que no cambiaría nada.

Porque al final del pasillo me esperaba Brett.

Un suave golpe resonó en la puerta.

Mi corazón dio un salto.

―Adelante.

La puerta se abrió lentamente y apareció Daziel.

Vestía con su kilt confeccionado en los colores de su clan, acompañado por una elegante túnica oscura sobre los hombros y una capa sujetada con un broche de plata.

Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado y llevaba la barba recortada con esmero para la ocasión.

Sonreía ampliamente, mostrándome su dentadura blanca y perfecta.

―¡Dios mío! ―exclamó.

Me puse nerviosa al instante.

―¿Qué?

Daziel negó lentamente con la cabeza.

―Creo que eres la novia más hermosa que he visto jamás.

Una risa emocionada escapó de mis labios.

Entonces volví a mirar mi reflejo.

El vestido había sido confeccionado por las mujeres del castillo durante las últimas semanas.

Era de un suave tono marfil, sencillo y elegante.

Las mangas largas se ajustaban a mis brazos y la falda caía en delicados pliegues hasta rozar el suelo.

Mi cabello descendía en suaves ondas sobre la espalda y Connie había entrelazado pequeñas flores blancas entre los mechones.

Por un instante apenas me reconocí.

―¿Lista? ―preguntó Daziel ofreciéndome el brazo.

Respiré hondo.

―Creo que sí.

―Entonces vayamos a casar a mi hermano antes de que decida derribar la capilla piedra por piedra de los nervios.

Solté una carcajada.

Y juntos abandonamos la habitación.

Las antorchas iluminaban los corredores y todo el mundo sonreía al vernos pasar. Los sirvientes se detenían para desearnos suerte y varias mujeres del clan no consiguieron contener las lágrimas.

Cuando finalmente salimos al exterior, la pequeña capilla de Castle Varrich apareció ante nosotros.

Mi corazón se aceleró en cuanto lo vi esperándome frente al altar.

Vestía el kilt tradicional de los MacKay y una elegante casaca oscura bordada con discretos detalles plateados. Su cabello negro caía ligeramente sobre la frente y sus ojos grises permanecían clavados en mí con una intensidad que consiguió dejarme sin respiración.

Jamás lo había visto tan guapo, y durante unos segundos me olvidé de cómo caminar.

Daziel sonrió a mi lado.

―Tranquila, estoy aquí para sostenerte, hermana.

Y sentí la presión de sus dedos en mi brazo corroborando que así era.

No pude hacer más que sonreírle con gratitud. Estaba segura de que si decía algo me echaría a llorar emocionada.

Comenzamos a avanzar por el pasillo central de la capilla.

Cada paso me acercaba más a él. Y también me alejaba definitivamente de la vida que había dejado atrás.

Mientras caminaba hacia Brett, mi pensamiento voló inevitablemente hacia las dos personas que más había echado de menos desde mi llegada a aquella época. Mi madre y Chloe.

Una punzada de nostalgia se instaló en mi pecho al imaginar sus rostros entre los asistentes. Ojalá hubieran podido verme. Ojalá hubieran sabido que, después de todo el miedo, las pérdidas y la incertidumbre, había encontrado la felicidad donde menos lo esperaba.

Me habría gustado que supieran que estaba bien. Que había sobrevivido. Y que, de algún modo imposible de explicar, había terminado encontrando mi hogar.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.

Pero cuando Brett me sonrió, toda la tristeza desapareció.

Cuando llegué hasta el altar, Daziel depositó mi mano sobre la de su hermano.

―Cuídala o volveré para golpearte.

Brett soltó una pequeña risa.

―Lo haré, hermano.

La ceremonia transcurrió como un hermoso sueño del que no quería despertar.

Las palabras del sacerdote resonaban bajo las viejas bóvedas de piedra de la pequeña capilla mientras la luz de los vitrales coloreaba el suelo a nuestros pies.

Apenas era consciente de nada más. Toda mi atención estaba puesta en Brett.

En la forma en que me miraba. En cómo sostenía mis manos entre las suyas como si temiera que pudiera desaparecer de nuevo.

Escuché sus votos con el corazón desbocado.

Escuché cómo me prometía amor, protección y lealtad ante Dios y ante todo el clan.

Y cuando llegó mi turno, descubrí que no necesitaba pensar ni buscar las palabras adecuadas. Todo cuanto sentía por él estaba ya escrito en mi corazón.

Cuando finalmente pronunciamos nuestros votos y el sacerdote nos declaró marido y mujer, una emoción tan intensa me atravesó que apenas fui capaz de contener las lágrimas.

Brett me atrajo inmediatamente hacia él y me besó delante de todos.

No fue un beso apasionado ni impulsivo como tantos otros que habíamos compartido.

Fue el beso de dos personas que habían luchado contra el tiempo, contra el destino y contra la propia muerte para llegar hasta aquel instante.

La pequeña capilla estalló en vítores, aplausos y carcajadas. Incluso el sacerdote sonreía.

Después llegaron las celebraciones.

Las mesas habían sido colocadas en el gran salón de Castle Varrich y rebosaban comida.

Había enormes fuentes de carne asada, panes recién horneados, quesos, frutas y barriles enteros de cerveza y whisky .

Las gaitas comenzaron a sonar y los músicos del clan llenaron el castillo de melodías alegres que parecían brotar de los propios muros.

Durante horas no existió nada más que felicidad.

Los hombres brindaban una y otra vez por los recién casados. Las mujeres bailaban entre risas. Los niños corrían entre las mesas esquivando a los adultos. Incluso los guerreros más serios terminaron cantando canciones imposibles de entender después de varias jarras de whisky .

Connie lloró durante buena parte de la celebración. Lloró durante la ceremonia. Lloró durante los brindis. Lloró cuando Brett me sacó a bailar. Y terminó haciendo llorar a media fortaleza con ella.

Brett apenas se separó de mi lado en toda la tarde.

Cada vez que nuestras miradas se encontraban volvía a descubrir la misma incredulidad en sus ojos. Como si todavía le costara creer que realmente me había quedado. Como si temiera despertar una mañana y descubrir que todo había sido un sueño.

Y quizá yo sentía algo parecido.

Porque mientras bailaba entre los brazos de mi esposo y contemplaba los rostros sonrientes de las personas que se habían convertido en mi familia, comprendí hasta qué punto había cambiado mi vida.

Meses atrás había aparecido junto a un río desconocido sin comprender dónde estaba. Ahora me encontraba rodeada de personas que me querían. Personas por las que habría dado la vida.

Los MacKay eran mi familia.

Y Brett era el hombre al que amaría durante el resto de mi vida.

La celebración se prolongó hasta bien entrada la tarde, cuando el sol comenzó a descender lentamente tras las montañas. Fue entonces cuando la alegría empezó a mezclarse con cierta melancolía.

Daziel apareció vestido para viajar.

Su caballo aguardaba ensillado frente a las puertas del castillo y varios hombres preparados para acompañarlo ya esperaban junto a él.

Las órdenes de Jacobo III habían llegado pocos días antes. Hasta que la Corona decidiera el destino definitivo de las antiguas tierras Ross, Daziel debía permanecer allí como representante de los MacKay y garante de la paz.

No era una despedida definitiva. Pero seguía siendo una despedida.

Brett fue el primero en abrazarlo.

Los observé intercambiar unas pocas palabras en voz baja antes de estrecharse con la fuerza de dos hermanos que habían sobrevivido juntos a demasiadas cosas.

Después Daziel se acercó a mí.

―Cuida de ese testarudo.

Sonreí.

―Lo intentaré.

Su carcajada resonó por todo el patio.

Y entonces me abrazó.

Durante unos segundos permanecimos así, comprendiendo ambos que nos habíamos convertido en familia mucho antes de que aquella boda lo hiciera oficial.

―Intentad no destruir el castillo mientras estoy fuera.

―No prometo nada ―respondió Brett.

―Eso me temía.

Sonreí.

―Vuelve pronto.

―Lo haré.

Montó sobre su caballo y tomó las riendas.

Durante unos segundos permanecimos observándolo.

Hasta que finalmente espoleó al animal y comenzó a alejarse.

Apoyé la cabeza sobre el hombro de Brett.

―Es curioso.

―¿Qué?

Observé a Daziel desaparecer lentamente por el camino.

―Unos se van. ―Brett giró la cabeza hacia mí―. Y otros llegan.

Frunció ligeramente el ceño.

―¿Qué quieres decir?

Una sonrisa se dibujó lentamente en mis labios.

Entonces tomé una de sus manos y la coloqué sobre mi abdomen. Vi cómo la confusión aparecía primero en sus ojos. Y cómo después comprendía. Poco a poco.

―Rose, dime que esto no es cierto.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.

―¿Crees que se parecerá a mí?

Durante unos segundos fue incapaz de responder.

Simplemente me observó. Completamente inmóvil. Como si acabara de recibir el regalo más grande de toda su vida.

Y entonces ocurrió algo que jamás olvidaré.

Brett MacKay, el hombre al que todos temían, el guerrero que había derrotado a los Ross y el laird más orgulloso de aquellas tierras cayó de rodillas frente a mí.

Lentamente. Con reverencia y con emoción. Apoyó ambas manos sobre mi vientre y después inclinó la cabeza.

―Gracias ―su voz se quebró―. Gracias, Dios mío.

Las lágrimas escaparon finalmente por sus mejillas.

Después besó mi abdomen con una ternura que consiguió romperme el corazón. Y cuando levantó la vista hacia mí, vi en sus ojos exactamente lo mismo que sentía en los míos.

Felicidad. Pura y absoluta felicidad.

Lo ayudé a ponerse en pie. Y él me rodeó con sus brazos.

Las montañas de las Highlands se extendían a nuestro alrededor.

El viento agitaba suavemente los estandartes MacKay.

Y mientras contemplábamos juntos el futuro que acabábamos de construir, comprendí que no habría cambiado ni un solo instante de aquel viaje.

Porque el destino me había llevado exactamente al lugar donde debía estar.