Capítulo 27
Territorio del clan Ross,
Llevaba horas esperando noticias.
Horas.
Aunque la batalla probablemente apenas había durado una parte de la mañana, para mí había parecido una eternidad.
Permanecía de pie junto a una de las hogueras del campamento observando constantemente la fortaleza Ross que se alzaba en la distancia. Desde allí podía distinguir columnas de humo elevándose hacia el cielo y escuchar, de vez en cuando, el eco lejano de los cuernos de guerra.
Cada vez que oía uno sentía que el corazón se detenía.
No sabía quién estaba ganando. No sabía si Brett seguía con vida. Y aquella incertidumbre me estaba destruyendo lentamente.
Las horas fueron pasando, y los heridos comenzaron a llegar.
Muchos venían cubiertos de sangre, y todos traían historias distintas.
Pero ninguno me daba la única noticia que necesitaba escuchar.
Hasta que finalmente ocurrió. Un grupo de jinetes apareció descendiendo por el camino que conducía a la fortaleza.
Me puse en pie inmediatamente, y el corazón comenzó a golpearme con fuerza.
Demasiada fuerza.
Porque entre todos ellos distinguí una figura que habría reconocido incluso entre mil hombres. Era Brett.
Durante un instante me quedé inmóvil. Simplemente observándolo.
Él también me vio. Fui consciente de ello en el mismo instante en que su caballo redujo ligeramente la marcha.
Antes incluso de que el animal se detuviera por completo ya estaba corriendo. Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos mientras atravesaba el campamento.
Brett desmontó prácticamente de un salto. Y entonces él también comenzó a correr. Nunca había visto correr a Brett.
Atravesó a sus propios hombres sin apartar la mirada de mí. Y cuando finalmente nos encontramos en mitad del campamento, me lancé directamente a sus brazos.
Él me atrapó en el aire. Literalmente. Sus brazos me rodearon y me levantaron del suelo mientras yo me aferraba a su cuerpo con todas mis fuerzas. Como si volver a separarnos fuese imposible de soportar. Como si el simple hecho de tocarlo fuese un milagro.
Sentí su respiración contra mi cuello. Sus manos sujetándome. Su corazón latiendo tan deprisa como el mío. Y durante unos segundos ninguno de los dos fue capaz de decir nada. Porque los dos sabíamos exactamente lo cerca que habíamos estado de perderlo todo.
Sus ojos recorrieron mi rostro una y otra vez.
―Te dije que volvería.
Su voz sonó ronca.
Emocionada.
―Y yo te dije que tendría miedo hasta que lo hicieras.
Una sonrisa apareció en sus labios.
Pequeña.
Cansada.
Pero absolutamente hermosa.
Entonces una de sus manos se deslizó hasta mi nuca.
Y antes de que pudiera decir nada más, me besó.
Fue el beso de dos personas que habían pasado toda una mañana convencidas de que podían perderse para siempre.
Un beso desesperado.
Necesario.
Devastador.
Sentí cómo todo mi cuerpo temblaba cuando sus labios encontraron los míos. Sus manos sujetando mi rostro. Su respiración mezclándose con la mía.
La forma en que me besaba como si quisiera recuperar en un solo instante todo el tiempo que habíamos estado separados.
Cuando finalmente nos apartamos, ambos respirábamos con dificultad.
Apoyé la frente contra su pecho, cerré los ojos, y me sentí a salvo. Y mientras sus brazos me rodeaban comprendí que había una verdad de la que ya no podía escapar.
No importaba de qué época procediera, ni cuánto intentara luchar contra ello. Mi hogar ya no era un lugar. Era él. Brett MacKay era todo mi universo y mi alma, y era absolutamente suya.
Levanté lentamente la cabeza para mirarlo. Sus ojos grises seguían clavados en mí con aquella intensidad capaz de hacerme olvidar el mundo entero.
―Te amo ―susurré.
Vi cómo algo se quebraba dentro de él al escuchar aquellas palabras.
―Rose, mo ghràdh .
Su mandíbula se tensó. Durante un instante pareció incapaz de hablar.
Entonces apoyó su frente contra la mía.
―Pues debo ser egoísta.
Parpadeé confundida.
Una sonrisa triste apareció en sus labios.
―Porque ya no quiero hacer lo correcto.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
―Brett, ¿qué quieres decir?
―No voy a dejarte marchar.
Aquellas palabras apenas fueron un susurro.
―Lo he intentado, Rose. Dios sabe que lo he intentado. Me repetí una y otra vez que debía ayudarte a regresar a tu tiempo. Que allí estaba tu hogar. Que allí estaba tu familia.
Sus dedos buscaron los míos y los entrelazaron.
―Pero no puedo hacerlo.
Mi respiración se detuvo.
―No puedo perderte.
Una lágrima descendió por su mejilla y aquello terminó de romperme el corazón.
―Cásate conmigo.
Durante unos segundos fui incapaz de reaccionar.
Simplemente lo observé.
Él tragó saliva.
―Sé que te estoy pidiendo demasiado. Sé que significaría renunciar a todo lo que has conocido. A tu época. A tu familia. A tu mundo.
Su voz se quebró ligeramente.
―Y si aun así decides marcharte, te acompañaré.
Lo miré sin comprender.
―¿Qué?
―Lo haré.
Una sonrisa temblorosa apareció en sus labios.
―Saltaré a ese maldito yacimiento contigo si es preciso.
―Brett, no puedes estar hablando en serio.
―No me importa dónde termine. No me importa si es dentro de cien años o de quinientos. Mientras estés conmigo, encontraré la forma de sobrevivir.
Las lágrimas ya corrían libremente por mis mejillas, porque comprendí que no era la única que estaba dispuesta a sacrificarlo todo.
Él también lo haría.
Por mí.
Le tomé el rostro entre las manos.
―No será necesario.
Brett frunció ligeramente el ceño.
―¿Qué?
Sonreí.
Era una sonrisa llena de lágrimas, de amor y de felicidad.
―Porque no voy a marcharme.
El aire pareció abandonar sus pulmones.
—Rose, mi amor...
Negué suavemente con la cabeza antes de que pudiera seguir hablando.
Aquella ya no era mi vida. Mientras pronunciaba aquellas palabras, mi mirada recorrió las montañas que nos rodeaban, los hombres que celebraban la victoria y el castillo que se alzaba a lo lejos bajo la luz del atardecer.
Durante meses había luchado contra aquella realidad, aferrándome al recuerdo del mundo que había dejado atrás, pero ya no quedaban dudas en mi corazón.
Cuando volví a mirarlo, encontré sus ojos clavados en los míos y sonreí.
—Esta es mi vida ahora.
Sus ojos brillaron.
―¿Estás segura?
―Nunca he estado tan segura de nada.
Me puse de puntillas para besar sus labios una vez más.
―Y estoy deseando convertirme en la señora del laird MacKay.
Durante unos segundos Brett permaneció inmóvil.
Como si no terminara de creérselo.
Después me abrazó con tanta fuerza que acabé riendo entre lágrimas.
Y mientras el sol comenzaba a descender lentamente sobre las Tierras Altas, comprendí que el viaje que había comenzado junto a un río desconocido había llegado por fin a su destino.
No al lugar que había imaginado.
Sino al lugar donde siempre había pertenecido.
Entre los brazos de Brett MacKay.