Capítulo 26 #2
Uno de los capitanes apareció entre la multitud cubierto de sangre hasta los codos.
―¡Las murallas son nuestras!
Asentí brevemente sin apartar la vista de la torre principal.
―¿Albort?
La expresión del hombre cambió.
―No lo hemos encontrado.
Fruncí el ceño.
―¿Qué quieres decir con que no lo habéis encontrado?
―Nadie lo ha visto desde que comenzó la batalla.
Aquellas palabras consiguieron abrir una grieta de inquietud dentro de mí.
Porque aquello no tenía sentido.
Albort Ross llevaba toda la vida esperando esta guerra. Había preparado emboscadas, asesinatos y traiciones durante años para destruirnos. No parecía el tipo de hombre que abandonaría su fortaleza mientras sus hombres morían.
Y, sin embargo, algo dentro de mí comenzó a decirme que eso era exactamente lo que había hecho.
Espoleé nuevamente al caballo.
―Seguid buscándolo.
―Sí, mi señor.
Atravesé el patio y desmonté frente a la torre principal. Los combates continuaban alrededor, pero cada vez resultaba más evidente que la batalla estaba decidida. Los Ross retrocedían y los MacKay avanzaban habitación tras habitación tomando el control de la fortaleza.
Subí los escalones de piedra de dos en dos. No sabía exactamente qué estaba buscando, pero una sensación desagradable se iba instalando en mi pecho a medida que ascendía por la torre.
Algo iba mal.
Lo comprendí en cuanto alcancé las estancias superiores.
Las habitaciones estaban vacías. No había guardias, ni tampoco sirvientes.
Atravesé corredor tras corredor acompañado por varios de mis hombres mientras revisábamos cada rincón de la fortaleza. Registramos despachos, cámaras privadas, almacenes e incluso las antiguas habitaciones familiares de los Ross.
Nada.
Era como si Albort Ross se hubiese desvanecido.
Cuando regresé al patio interior encontré a Daziel esperándome junto a varios capitanes.
Bastó una mirada para que comprendiera la respuesta.
―No está.
Negué lentamente con la cabeza.
―Ha huido.
La rabia recorrió el grupo inmediatamente.
Uno de los capitanes escupió al suelo.
―Maldito cobarde.
―Ha abandonado a los suyos ―añadió otro.
Y era cierto.
Mientras cientos de hombres luchaban y morían defendiendo aquella fortaleza, su laird había escapado. Sin importar las vidas que dejaba atrás.
Levanté la vista hacia las galerías superiores donde varios Ross comenzaban a rendirse.
Muchos ya habían arrojado las armas. Otros permanecían arrodillados en mitad del patio esperando nuestro juicio.
Los observé durante unos segundos, estaban agotados. Heridos. Asustados. Y abandonados por el hombre al que habían jurado servir.
Entonces avancé unos pasos.
―¡Escuchadme!
Mi voz resonó por toda la fortaleza.
Poco a poco el ruido fue desapareciendo.
Los hombres comenzaron a volverse hacia mí.
Tanto MacKay como Ross.
―Albort Ross ha huido.
Un murmullo recorrió inmediatamente el patio.
Vi incredulidad.
Rabia.
Vergüenza.
―Os ha abandonado.
El silencio regresó.
―Mientras vosotros luchabais por él, él pensaba únicamente en salvarse.
Las palabras golpearon a los Ross con más fuerza que cualquier espada. Porque todos sabían que eran ciertas.
―Podría ordenar vuestra ejecución.
Nadie se movió.
―Y muchos pensarían que sería justicia.
Observé aquellos rostros.
Algunos bajaron la cabeza. Otros cerraron los ojos. Esperando la sentencia.
―Pero no lo haré.
La sorpresa apareció inmediatamente.
―No derramaré más sangre por culpa de un hombre que ni siquiera tuvo el valor de quedarse junto a los suyos.
Di un paso más.
―Arrodillaos ante los MacKay, entregad vuestras armas y jurad obedecer las leyes del reino hasta que Su Majestad Jacobo III decida el destino de estas tierras.
Los Ross comenzaron a mirarse unos a otros.
Uno a uno.
Hasta que finalmente un anciano guerrero dejó caer su espada.
Después otro.
Y otro más.
En cuestión de minutos, cientos de armas cubrían el suelo de piedra. La guerra había terminado.
Daziel apareció a mi lado cuando los últimos hombres entregaban sus espadas.
―¿Qué harás ahora?
Contemplé la fortaleza.
Los muertos.
Los heridos.
Los hombres que comenzaban a reconstruir el orden tras años de odio.
―Buscar a Albort.
Mi hermano asintió lentamente.
―Lo imaginaba.
Me volví hacia él.
―Te quedarás aquí.
―¿Aquí?
―Con cien hombres.
Daziel arqueó una ceja.
―¿Y tú?
―Regresaré a Castle Varrich.
Después informaré al rey.
Volví a observar la fortaleza Ross.
―Jacobo no estará satisfecho con cómo han terminado las cosas, pero agradecerá que esta guerra no haya consumido medio reino.
Daziel asintió.
―Mantendré el orden.
―Hazlo.
Mi mirada se endureció.
El viento agitó las banderas MacKay sobre las murallas recién conquistadas.
―Quiero que todos los clanes de estas tierras conozcan su nombre.
―Lo sabrán.
―Cualquier hombre que le dé refugio a Albort Ross será tratado como traidor a la Corona.
Daziel sonrió.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Después levanté la vista hacia las montañas del norte.
Albort Ross había escapado. Pero no para siempre.
Algún día volvería a encontrarlo. Y cuando ese día llegara, no habría murallas, ejércitos ni túneles secretos capaces de salvarlo.