Donde tu corazón me encuentre (Destinadas a las Highlands 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Territorio del clan Ross,

Brett MacKay

Permanecí sentado junto al fuego mientras el resto del campamento descansaba unas pocas horas antes de la batalla, observando cómo las llamas consumían lentamente los troncos y escuchando el sonido lejano del viento entre los árboles.

Apenas podía pensar en otra cosa que no fuera lo que nos esperaba al amanecer.

Y en Rose.

Más de una vez estuve tentado de regresar a su tienda únicamente para comprobar que seguía allí. Que no había desaparecido otra vez. Que no había sido un sueño cruel concedido por Dios para atormentarme aún más.

Pero me obligué a permanecer donde estaba. Porque era el laird . Y porque cientos de hombres dependían de mí.

Cuando el primer resplandor gris comenzó a extenderse por el horizonte, el campamento entero despertó. Las armaduras comenzaron a colocarse, y las espadas abandonaron sus fundas.

Los caballos fueron preparados. Y poco a poco la maquinaria de la guerra comenzó a ponerse en marcha.

Daziel apareció poco después.

―Los arqueros están listos.

Asentí.

―¿La salida del túnel?

―Localizada.

Aquellas palabras consiguieron aliviar una parte de la tensión que llevaba horas oprimiéndome el pecho.

―¿Cuántos hombres has colocado?

―Ochenta arqueros ocultos entre los árboles y más de cien guerreros preparados para cerrarles el paso si intentan retirarse.

Era suficiente. O al menos esperaba que lo fuera.

Daziel me observó unos segundos.

―Hoy será el fin de un legado de guerra entre los Ross y los MacKay.

Mi hermano sonrió levemente.

―Los exterminaremos de una vez por todas, haremos que olviden su nombre.

Después ambos levantamos la vista hacia la fortaleza Ross.

La guerra había llegado.

El avance comenzó poco después del amanecer.

Más de doscientos guerreros MacKay descendieron por el valle bajo nuestros colores mientras el sonido de los cuernos de guerra rompía la tranquilidad de las montañas.

El ejército avanzaba exactamente como Albort Ross esperaba que lo hiciera.

Las filas de escudos descendían ordenadas por el valle mientras los lanceros mantenían la formación y los hombres encargados de transportar las escalas y el ariete avanzaban tras ellos preparados para alcanzar las murallas.

Los arqueros ocupaban sus posiciones y los estandartes MacKay ondeaban sobre las cabezas de los guerreros, ofreciendo la imagen perfecta de un ejército dispuesto a lanzar un asalto frontal contra la fortaleza.

Todo parecía seguir el curso previsto. Todo parecía tan real como cualquier otra batalla que hubiéramos librado.

Y precisamente ahí residía la fuerza de nuestro plan, porque no había nada fingido en aquella carga.

Albort debía creer que tenía el control absoluto de la situación hasta el instante mismo en que la trampa se cerrara sobre sus propios hombres.

La mitad de nuestros guerreros había permanecido oculta en el bosque.

La otra mitad caminaba conmigo hacia las puertas de la fortaleza.

Los Ross aparecieron rápidamente sobre las murallas.

Podía distinguir sus armaduras brillando bajo la luz de la mañana.

Podía ver a sus arqueros ocupando posiciones.

Y también podía imaginar la sonrisa de Albort.

Estaría convencido de que había ganado. Convencido de que dentro de unas horas nuestras cabezas adornarían sus murallas.

Maldito imbécil.

Levanté la espada.

―¡MACKAY!

El rugido de cientos de hombres hizo temblar el valle.

―¡MACKAY!

A medida que nos acercábamos a la fortaleza, las filas comenzaron a acelerar el paso y los tambores de guerra resonaron por todo el valle como el latido de un gigantesco corazón dispuesto a entrar en combate.

La respuesta de los Ross no tardó en llegar.

Desde las murallas descendió una lluvia de flechas que oscureció momentáneamente el cielo.

Muchas impactaron contra los escudos levantados por nuestros hombres, pero otras encontraron huecos entre las defensas y arrancaron los primeros gritos de dolor.

Vi caer a varios guerreros mientras continuábamos avanzando sin detenernos.

Las escalas golpearon la piedra de las murallas y los hombres comenzaron a trepar por ellas mientras los arietes descargaban una y otra vez su fuerza contra las enormes puertas de madera.

El choque del acero llenó el aire cuando los primeros combatientes alcanzaron las almenas y durante unos minutos todo pareció desarrollarse exactamente como Albort Ross había planeado.

Desde las murallas debía estar contemplando la batalla con satisfacción, convencido de que nosotros ignorábamos la verdadera amenaza que se cernía sobre nuestras espaldas.

Sin embargo, aquel momento terminó cuando un cuerno resonó a lo lejos desde el bosque.

Era la señal que llevaba horas esperando.

Mis ojos buscaron inmediatamente la zona donde se encontraba la salida del túnel oculto y allí aparecieron.

Decenas de guerreros Ross comenzaron a emerger entre los árboles exactamente en el lugar que Rose nos había indicado la noche anterior.

Avanzaban armados y preparados para la guerra, convencidos de que iban a sorprendernos por la retaguardia y completar el cerco que Albort había preparado para destruirnos de una vez por todas.

Ignoraban que aquella misma confianza los estaba conduciendo directamente hacia su propia condena.

Preparados para descubrir demasiado tarde que eran ellos quienes caminaban hacia una emboscada.

Las primeras flechas llegaron un instante después.

Ochenta arqueros MacKay surgieron entre los árboles junto a mi hermano Daziel.

El cielo se oscureció.

Y la muerte descendió sobre los Ross.

Los hombres que acababan de abandonar el túnel ni siquiera tuvieron tiempo de comprender lo que estaba ocurriendo.

Los proyectiles atravesaron gargantas, pechos y rostros con una precisión devastadora, derribando a decenas de guerreros en apenas unos instantes.

El orden que habían mantenido al salir del túnel se desintegró de golpe y el caos se extendió por sus filas.

Algunos intentaron reagruparse mientras otros buscaban desesperadamente algún refugio entre los árboles.

Muchos trataron de retroceder hacia la seguridad del pasadizo por el que acababan de emerger, pero para entonces ya era demasiado tarde.

Nuestros guerreros surgieron del bosque como una marea de acero y furia.

Más de un centenar de MacKay cargaron contra ellos lanzando gritos de guerra que resonaron por toda la ladera y terminaron de hundir la moral de los Ross.

La trampa se había cerrado. Sin posibilidad de avanzar y sin posibilidad de retirarse, los hombres de Albort quedaron atrapados entre las flechas y las espadas.

Desde mi posición frente a la fortaleza pude ver cómo la noticia se propagaba por las murallas.

Los soldados Ross comenzaron a señalar frenéticamente hacia el bosque mientras los oficiales corrían de un lado a otro intentando comprender qué estaba sucediendo.

Las órdenes se mezclaban con los gritos y la confusión se extendía cada vez más.

Fue entonces cuando apareció Albort sobre las almenas.

Lo reconocí de inmediato. Incluso desde aquella distancia pude apreciar el cambio en su expresión.

La arrogancia había desaparecido. También la seguridad con la que nos había recibido el día anterior y la confianza de quien se creía dueño de la situación.

Acababa de comprender la verdad. Su secreto había sido descubierto y los hombres que había enviado para destruirnos estaban siendo masacrados ante sus propios ojos.

Una sonrisa feroz se dibujó lentamente en mis labios mientras lo observaba.

Por primera vez desde que comenzó aquella guerra, era Albort Ross quien contemplaba impotente cómo su mundo empezaba a derrumbarse.

Una sonrisa feroz apareció en mis labios.

―Ahora.

Levanté la espada.

―¡ADELANTE!

Los MacKay rugieron.

Aprovechando el caos que se había apoderado de los Ross, ordené redoblar el ataque contra la entrada principal.

El enorme ariete volvió a lanzarse contra las puertas de la fortaleza con una fuerza capaz de hacer temblar las mismas piedras de las murallas.

Cada impacto arrancaba astillas, crujidos y fragmentos de madera que salían despedidos en todas direcciones.

Los hombres rugían mientras empujaban una y otra vez, decididos a abrirse paso a cualquier precio.

Poco a poco comenzaron a aparecer grietas en la estructura y las viejas bisagras protestaron bajo aquella brutal presión hasta que finalmente cedieron.

Con un estruendo ensordecedor, las enormes puertas de la fortaleza Ross se abrieron de golpe.

Un rugido de victoria recorrió nuestras filas y el ejército MacKay irrumpió en el interior como una tormenta imposible de detener.

La batalla acababa de entrar en su fase más sangrienta y, mientras espoleaba mi caballo hacia el patio interior, solo había una cosa ocupando mis pensamientos. Albort Ross seguía allí dentro. Y después de todo lo que había hecho, había llegado el momento de saldar cuentas.

El caos nos envolvió en cuanto atravesamos las puertas.

Los hombres combatían por todas partes. El patio se había convertido en una maraña de acero, sangre y gritos donde resultaba imposible distinguir amigo de enemigo a simple vista.

Los caballos relinchaban aterrados entre los cadáveres, los arqueros disparaban desde las galerías superiores y los últimos defensores Ross intentaban reorganizarse mientras nuestros guerreros avanzaban imparables por la fortaleza.

Mi espada encontró a un hombre que intentó interceptarme. Apenas tuve que frenar el caballo para apartarlo de mi camino. Cayó entre los adoquines sin que llegara siquiera a reconocerme.

No me detuve.

Seguí avanzando.

Porque no había llegado hasta allí para luchar contra soldados. Había ido a por Albort Ross.

―¡Mi señor!