Capítulo 24
Territorio del clan Ross,
Brett MacKay
―¡Brett!
Mi nombre atravesó la noche.
Al principio pensé que había sido una ilusión.
Un truco de mi mente agotada.
Porque durante aquellos tres meses había escuchado su voz demasiadas veces dentro de mi cabeza.
La había recordado en cada amanecer, en cada comida y en cada noche interminable en la que intentaba convencerme de que la estaba ayudando a regresar a su hogar mientras una parte de mí se rompía lentamente con cada día que pasaba.
Por eso no reaccioné inmediatamente.
Me quedé inmóvil junto a la hoguera mientras el sonido parecía perderse entre el viento.
―¿Habéis oído eso? ―preguntó uno de los guerreros.
Daziel levantó la cabeza.
Yo también.
Y entonces volvió a ocurrir.
―¡Brett!
Aquella vez sí la reconocí.
El corazón me dio un vuelco tan violento que durante un instante fui incapaz de respirar.
No.
No podía ser.
Mis ojos recorrieron la oscuridad más allá del campamento mientras una sensación extraña comenzaba a extenderse por todo mi cuerpo.
Fue entonces cuando la vi.
Una figura descendía la colina a toda velocidad atravesando la hierba húmeda y las sombras del bosque, tropezando varias veces mientras intentaba alcanzar el campamento como si llevase horas huyendo.
Durante un instante creí que mi mente me estaba jugando una mala pasada.
Había pensado tanto en ella durante aquellos meses que casi esperaba verla surgir de cualquier rincón de la oscuridad.
Sin embargo, a medida que aquella figura se acercaba, el corazón comenzó a golpearme con una fuerza salvaje dentro del pecho.
Era Rose. Dios mío... era Rose. No recuerdo haber tomado la decisión de moverme.
Un instante permanecía junto a la hoguera y al siguiente ya corría hacia ella sin escuchar nada de cuanto sucedía a mi alrededor.
Daziel gritó algo a mi espalda y varios hombres se volvieron para mirar, pero todo aquello dejó de existir.
Solo podía verla a ella avanzando hacia mí.
Cada vez más cerca. Hasta que por fin llegó a mi altura y se lanzó contra mi pecho con tanta fuerza que estuve a punto de perder el equilibrio.
Sus brazos me rodearon desesperadamente y yo la abracé al instante, sujetándola con una necesidad que ni siquiera intenté ocultar.
Sentir de nuevo su cuerpo entre mis brazos, el calor de su piel y el aroma familiar de su cabello hizo que algo se quebrara dentro de mí.
Durante unos segundos fui incapaz de hablar.
Me limité a sostenerla con fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier momento si la soltaba.
Noté cómo temblaba, cómo sus lágrimas empapaban mi cuello y comprendí entonces el terror que había estado cargando desde el día en que desapareció.
Había intentado convencerme de que la encontraría, de que llegaría a tiempo, de que todo saldría bien, pero la verdad era mucho más sencilla y dolorosa.
Había tenido miedo. Miedo de no volver a verla jamás.
Miedo de llegar demasiado tarde. Miedo de encontrar únicamente su recuerdo.
Cerré los ojos y hundí el rostro entre sus cabellos durante un instante, dejando que aquella certeza me golpeara por completo antes de murmurar su nombre con la voz rota por la emoción.
―Dios mío, Rose...
Ella se aferró todavía más a mí.
―Brett, mi amor.
Escuchar mi nombre en sus labios consiguió que el pecho me ardiera.
Cuando finalmente me obligué a separarla un poco para mirarla, descubrí que estaba llorando.
Su rostro estaba sucio, el cabello escapaba de la cofia de lino y sus ropas parecían las de un muchacho del servicio, pero jamás me había parecido tan hermosa.
Le aparté varios mechones de la cara con manos que ni siquiera conseguía mantener firmes.
―¿Estás herida?
Ella negó inmediatamente.
―No.
―¿Te han hecho daño?
―No.
La observé durante varios segundos, incapaz de apartar los ojos de ella.
Necesitaba convencerme de que aquello estaba sucediendo de verdad, de que no se trataba de otro de los innumerables sueños que habían atormentado mis noches desde su desaparición.
Recorrí su rostro con la mirada, comprobando cada detalle, buscando heridas, cualquier señal de que los Ross le hubieran hecho daño.
El simple hecho de verla allí, respirando entre mis brazos, resultaba casi milagroso.
Sin embargo, aquella breve felicidad apenas duró unos instantes.
Rose tragó saliva y vi cómo la emoción que había iluminado sus ojos al reencontrarnos se desvanecía poco a poco.
La alegría dio paso a algo mucho más oscuro.
El miedo regresó a su expresión acompañado de una urgencia tan evidente que hizo que todas mis alarmas se encendieran al instante. Algo iba mal. Muy mal.
―Brett, escucha.
Algo en su voz hizo que todos mis instintos se pusieran en alerta.
―¿Qué ocurre?
Ella se volvió hacia el campamento como si temiera que alguien pudiera oírla.
Daziel ya se acercaba junto a varios hombres.
―No hay tiempo.
La respiración de Rose seguía siendo irregular.
―Morag me ayudó a escapar.
―¿Morag?
―Una anciana que servía a los Ross. Era MacKay. La capturaron hace décadas.
Vi el dolor cruzar fugazmente por su rostro.
―Ha muerto para que pudiera llegar hasta aquí.
Sentí una punzada de rabia.
Pero Rose continuó antes de que pudiera decir nada.
―Brett, los Ross te están esperando.
Fruncí el ceño.
―Lo sé.
―No.
Negó con fuerza.
―No lo entiendes.
Me agarró ambas manos.
―Han preparado una trampa.
El campamento entero pareció quedar en silencio.
Incluso Daziel se detuvo al escuchar aquellas palabras.
Rose respiró profundamente intentando recuperar el control.
―Existe un túnel secreto bajo la fortaleza. Albort piensa dejar que ataquéis las murallas. Mientras vosotros intentáis entrar por el frente, cientos de hombres saldrán por detrás y os rodearán.
El rostro de Daziel cambió inmediatamente.
Yo también sentí cómo algo se tensaba dentro de mí.
―¿Estás segura?
―Completamente.
Sus ojos se clavaron en los míos.
―Morag escuchó el plan. Por eso me ayudó a escapar. Brett, si atacas al amanecer vais a quedar atrapados.
Durante varios segundos nadie habló.
El crepitar de las hogueras parecía el único sonido existente en todo el valle.
Finalmente Daziel maldijo en voz baja.
―Hijos de puta...
Yo seguía observando a Rose.
Porque acababa de atravesar media noche, escapar de una fortaleza enemiga y correr sola por territorio Ross únicamente para advertirme.
Para salvarme.
Y en aquel instante comprendí algo que ya no podía seguir negando.
No importaba lo que dijera el destino. No importaba el tiempo. No importaba ninguna maldición. Jamás volvería a dejarla marchar sin luchar por ella. Jamás.
Aparté la mirada de Rose por primera vez desde que había aparecido entre las sombras y obligué a mi mente a concentrarse en lo que acababa de decirnos.
Todo mi cuerpo seguía temblando por el alivio de tenerla de nuevo frente a mí, de sentir que estaba viva y de saber que los Ross no habían logrado arrebatarme aquello que más me importaba en el mundo.
Sin embargo, también comprendía que no podía permitirme disfrutar de aquel milagro todavía.
No cuando cientos de hombres dormían a mi alrededor confiando en que los guiara al amanecer.
No cuando una emboscada los esperaba.
Le apreté la mano una última vez antes de volverme hacia mi hermano.
―Daziel.
Mi voz sonó tosca, llena de ira.
Mi hermano comprendió inmediatamente que el momento de la emoción había terminado.
―Hermano.
―Reúne a los capitanes. Ahora.
Daziel no hizo preguntas. Se limitó a asentir antes de alejarse entre las hogueras mientras varios guerreros corrían en distintas direcciones para transmitir la orden.
El campamento entero comenzó a despertar.
Rose permaneció junto a mí. Y esta vez no me aparté de ella. Ni un solo paso.
Mientras esperaba la llegada de los capitanes, observé su rostro iluminado por el resplandor de las hogueras.
Seguía pálida por el cansancio. Cualquier otra persona habría parecido derrotada después de una noche así.
Ella no. Había algo en su forma de mantenerse erguida, en la determinación que brillaba en sus ojos pese al agotamiento, que me obligaba a admirarla cada vez más.
Durante mucho tiempo la había considerado una mujer perdida en un mundo que no comprendía, alguien a quien debía proteger de todo cuanto la rodeaba.
Sin embargo, aquella noche estaba descubriendo algo distinto.
Rose era mucho más fuerte de lo que jamás había imaginado.
Poco después comenzaron a llegar los capitanes.
Hombres curtidos por la guerra, algunos de ellos veteranos que habían combatido junto a mi padre muchos años antes de que yo heredara Castle Varrich. Sus rostros mostraban confusión al ver a Rose junto a mí, aunque ninguno se atrevió a formular preguntas.
Cuando todos estuvieron reunidos desplegué el mapa sobre una mesa improvisada y apoyé ambas manos sobre la madera.
El murmullo cesó inmediatamente.
―El plan cambia.
Las miradas se clavaron en mí.
―Los Ross nos están esperando.
Algunos hombres intercambiaron gestos de sorpresa.
―Eso ya lo suponíamos ―dijo uno de los capitanes.
―No de esta manera. Existe un túnel oculto bajo la fortaleza.
Aquellas palabras consiguieron captar toda su atención.
―¿Cómo lo sabéis?
―Porque Rose acaba de escapar por él.
Las miradas se dirigieron inmediatamente hacia ella.
Sentí cómo algunos hombres fruncían el ceño intentando comprender qué hacía allí o cómo había llegado hasta nosotros, pero no permití que aquello se convirtiera en una discusión.
―Escuchad.
Se hizo el silencio.
―Albort Ross piensa dejarnos atacar las murallas al amanecer. Mientras nosotros concentramos nuestras fuerzas en las puertas principales, sus hombres abandonarán la fortaleza por el túnel y aparecerán a nuestra espalda.
La reacción fue inmediata. Varios guerreros maldijeron mientras que otros intercambiaron miradas tensas. Y algunos comenzaron a comprender la magnitud de lo que aquello significaba.
―Quieren atraparnos entre dos frentes ―aseguró uno de ellos.
―Así es ―contestó Rose―. El túnel atraviesa la montaña que sostiene la fortaleza. No sé exactamente dónde desemboca porque salí corriendo en cuanto alcancé el exterior, pero sí sé desde qué dirección llegué al bosque.
Mientras hablaba señaló una zona concreta del mapa.
Los hombres se inclinaron sobre la mesa.
Daziel fue el primero en comprenderlo.
―Mierda...
Su dedo recorrió la distancia entre el castillo y un pequeño bosque cercano.
―Si salen por aquí, aparecerán justo detrás de nuestro ejército ―terminé.
A medida que examinaban el mapa, la magnitud de lo que Rose acababa de revelar fue haciéndose evidente para todos.
Los Ross no habían preparado aquellas defensas para resistir un asedio ni para proteger su fortaleza durante semanas.
Todo había sido diseñado para atraernos hasta las murallas y atraparnos cuando ya fuera demasiado tarde para reaccionar.
Albort Ross no pretendía defenderse. Pretendía destruirnos de una vez por todas.
La comprensión de aquella realidad fue extendiéndose entre los capitanes mientras intercambiaban miradas sombrías.
Finalmente, uno de ellos escupió sobre la hierba y negó con la cabeza lleno de desprecio.
―¡Maldito bastardo!
Mientras observaba los rostros de los hombres alrededor de la mesa, sentí cómo una parte del peso que llevaba días aplastándome el pecho comenzaba a desaparecer.
Albort Ross seguía convencido de que nos dirigíamos ciegamente hacia la trampa que había preparado para nosotros.
Ignoraba que su secreto acababa de llegar corriendo hasta nuestro campamento en mitad de la noche.
Una sonrisa lenta se dibujó en mis labios al comprender que el juego acababa de cambiar.
Daziel la vio inmediatamente. Mi hermano me conocía demasiado bien y bastó una mirada para que supiera exactamente lo que estaba pasando por mi cabeza.
―Ya se te ha ocurrido algo.
Levanté la vista hacia Daziel.
―Sí.
―¿Qué?
Volví a estudiar el mapa durante unos instantes. Mi dedo recorrió las murallas de la fortaleza, descendió por la ladera y terminó deteniéndose en la zona donde Rose creía que se encontraba la salida del túnel.
Entonces sonreí.
―Atacaremos al amanecer.
Varios capitanes intercambiaron miradas confundidas.
―¿Qué?
―Pero si sabemos que es una trampa.
―Precisamente por eso.
Apoyé ambas manos sobre la mesa.
―Albort espera que ataquemos las murallas. Espera ver a todo nuestro ejército concentrado frente a las puertas mientras sus hombres salen por detrás para atraparnos.
Daziel comenzó a comprenderlo antes que nadie.
―Pero no estarán todos allí.
Asentí.
―Exacto.
Mi hermano sonrió lentamente.
―¿Cuántos hombres?
―La mitad.
Las expresiones de los capitanes cambiaron inmediatamente.
Ahora empezaban a verlo.
―El grueso del ejército avanzará contra las murallas exactamente como Albort espera. Levantaremos escalas. Golpearemos las puertas. Haremos todo el ruido posible.
Mi dedo se desplazó hacia el bosque.
―Mientras tanto, la otra mitad permanecerá oculta aquí.
―Esperando la salida del túnel ―confirmó uno de los hombres.
―Esperando la salida del túnel.
Sentí cómo la excitación de la batalla comenzaba a extenderse alrededor de la mesa.
―Quiero arqueros apostados entre los árboles. Los mejores que tengamos.
―Los atravesarán antes de que comprendan qué está ocurriendo ―dijo uno de los capitanes.
―Eso espero ―advertí.
Daziel soltó una carcajada.
―Y cuando intenten regresar al túnel...
―Nuestros hombres cerrarán la salida ―aseguró el capitán.
Las sonrisas comenzaron a aparecer una tras otra.
Aquello ya no era una defensa.
Era una matanza.
Una trampa dentro de otra trampa.
―Quedarán atrapados entre los arqueros y nuestras espadas ―dijo Daziel.
―Exactamente.
Levanté la vista hacia la fortaleza Ross, visible en la distancia bajo la luz de la luna.
Albort seguía convencido de que todo estaba ocurriendo según sus planes. Mañana vería a los MacKay avanzar hacia sus murallas y pensará que ha ganado. Pensará que nos tiene exactamente donde desea. Y entonces abrirá la boca del lobo por voluntad propia.
―Cuando sus hombres salgan del túnel ―dije con una calma que resultó casi aterradora incluso para mí― descubrirán que llevan horas caminando hacia su propia tumba.
Durante unos instantes nadie habló. Después comenzaron a asentir. Porque todos comprendieron lo mismo. Albort Ross acababa de perder la batalla. Y todavía no lo sabía.