Capítulo 23
Territorio del clan Ross,
No supe cuánto tiempo pasó desde que Morag abandonó la torre.
La oscuridad había terminado envolviendo por completo la fortaleza Ross y yo llevaba horas caminando de un lado a otro de la habitación, incapaz de permanecer quieta.
Cada vez que me acercaba a la estrecha ventana sentía cómo la ansiedad volvía a instalarse en mi pecho.
Más allá de aquellas murallas estaba Brett.
Lo imaginaba en el campamento MacKay, preparando el ataque, organizando a sus hombres o recorriendo las hogueras incapaz de dormir.
Conociéndolo, seguramente estaría consumiéndose por dentro exactamente igual que yo.
La sola idea de que pudiera caer en la trampa preparada por Albort Ross conseguía revolverme el estómago.
Cuando finalmente escuché la cerradura girar al otro lado de la puerta, me incorporé tan deprisa que la silla cayó al suelo.
Morag entró en la habitación y cerró tras de sí con rapidez. Bastó una mirada para comprender que había llegado el momento.
La anciana dejó un pequeño hatillo sobre la cama y comenzó a desenvolverlo mientras me observaba con seriedad.
―Debemos marcharnos ahora. Si esperamos más, será demasiado peligroso.
Sentí que el corazón comenzaba a golpearme con fuerza las costillas mientras observaba el contenido del paquete. Había unas calzas oscuras, un jubón de lana basta, unas botas desgastadas y varias prendas de hombre que seguramente habían pertenecido a algún muchacho del servicio.
―¿Pretendes que me ponga eso?
―Pretendo que salgáis viva de aquí ―respondió sin perder la calma―. Nadie presta atención a un mozo cuando cae la noche.
No discutí.
Me cambié tan deprisa como pude mientras Morag permanecía vigilando la puerta. Cuando terminé, recogí mi cabello y lo oculté bajo una cofia de lino ajustada a la cabeza sobre la que después coloqué una capucha oscura que prácticamente me cubría media frente.
Al mirarme comprendí que apenas quedaba nada de la mujer que había llegado al castillo.
Ya no parecía una dama.
Ni una prisionera.
Solo una figura más entre las sombras.
Morag asintió satisfecha.
―Servirá.
―Estoy aterrada.
La anciana sonrió con tristeza.
―Eso significa que todavía conserváis el sentido común.
Después se acercó y tomó mis manos entre las suyas.
Sus dedos estaban fríos.
Muy fríos.
―Escuchadme bien, Rose. Pase lo que pase ahí fuera, no podéis deteneros. Debéis seguir adelante.
Aquellas palabras consiguieron que una sensación desagradable se instalara dentro de mí.
―Morag...
―Prometédmelo.
Algo en sus ojos me hizo comprender que estaba despidiéndose.
Tragué saliva.
―Lo prometo.
La anciana asintió y entonces abandonamos la habitación.
El castillo parecía completamente distinto durante la noche.
Los mismos pasillos por los que me habían conducido como prisionera se habían transformado en un laberinto de sombras, piedra y silencio donde cada paso parecía resonar demasiado fuerte.
Caminaba detrás de Morag procurando mantener la cabeza baja mientras avanzábamos por corredores iluminados únicamente por algunas antorchas aisladas.
Descendimos una escalera de caracol interminable que parecía internarse cada vez más en las entrañas de la fortaleza. A medida que bajábamos, el aire se volvía más húmedo y frío, impregnado de ese olor característico de la piedra mojada.
Cuando alcanzamos uno de los corredores inferiores escuchamos el sonido de unas botas aproximándose.
Todo mi cuerpo se tensó.
Morag, sin embargo, continuó caminando con absoluta naturalidad.
―Bajad la cabeza ―bisbiseó apenas moviendo los labios.
Obedecí inmediatamente.
Un guardia apareció al doblar una esquina y avanzó directamente hacia nosotras. Durante aquellos segundos sentí que el corazón amenazaba con escapar de mi pecho. Estaba convencida de que se detendría. De que me reconocería. De que todo terminaría allí.
Pero el hombre apenas me dedicó una mirada distraída antes de seguir su camino.
No fui consciente de que había estado conteniendo el aire hasta que desapareció al final del corredor.
Continuamos avanzando durante varios minutos más hasta llegar a una estancia olvidada en uno de los extremos de la fortaleza.
La habitación estaba llena de muebles cubiertos por gruesas capas de polvo, viejos tapices carcomidos por el tiempo, cofres abandonados y herramientas oxidadas que parecían llevar décadas sin utilizarse.
Morag caminó directamente hacia una enorme estantería apoyada contra la pared.
―Ayudadme.
Entre las dos empujamos el pesado mueble. La madera chirrió contra el suelo y poco a poco fue revelando una pequeña puerta oculta entre los bloques de piedra.
Sentí que el corazón volvía a acelerarse mientras observaba a Morag sacar una pequeña llave oculta entre los pliegues de sus ropas.
Sus manos, castigadas por los años, se movieron con sorprendente seguridad al introducirla en la cerradura.
El mecanismo protestó con un leve chirrido antes de ceder finalmente, permitiendo que la puerta se abriera despacio.
Una corriente de aire helado emergió inmediatamente del otro lado, golpeándonos el rostro y trayendo consigo el olor húmedo de la piedra y de la tierra encerrada durante siglos.
Más allá solo había oscuridad. Una oscuridad tan profunda que parecía capaz de engullir cualquier rastro de luz.
Morag encendió una pequeña vela y la llama iluminó tenuemente los contornos del estrecho pasadizo que se abría ante nosotras.
Sin decir una palabra, comenzó a avanzar hacia las sombras y yo la seguí de cerca.
A nuestras espaldas, la puerta volvió a cerrarse lentamente, aislándonos por completo del mundo que dejábamos atrás.
El pasadizo era estrecho y antiguo. Las paredes rezumaban humedad y el techo descendía tanto en algunos puntos que nos obligaba a caminar inclinadas. El eco de nuestros pasos resonaba por aquel túnel olvidado mientras avanzábamos por las entrañas de la montaña.
Avanzamos durante largos minutos por aquel pasadizo olvidado mientras el eco de nuestros pasos se mezclaba con el goteo constante del agua que resbalaba por las paredes de roca.
El silencio era tan absoluto que llegué a escuchar el sonido acelerado de mi propia respiración y el leve roce de nuestras botas sobre la tierra húmeda.
Sin embargo, aquella calma terminó rompiéndose cuando un murmullo lejano comenzó a abrirse paso entre las sombras.
Al principio pensé que se trataba de una ilusión provocada por los nervios, pero la expresión de Morag confirmó inmediatamente mis temores.
La anciana se detuvo en seco y aguzó el oído mientras las voces se hacían cada vez más claras.
Eran hombres. Y se estaban acercando. La cercanía de aquellos sonidos hizo que un escalofrío me recorriera la espalda, pues resultaba evidente que nos encontrábamos mucho más próximas a ellos de lo que cualquiera de las dos había imaginado.
Morag dejó escapar una maldición apenas audible mientras observaba la oscuridad que teníamos delante, comprendiendo igual que yo que algo había salido mal.
―No deberían estar aquí.
El miedo me recorrió como un relámpago.
―¿Qué hacemos?
Morag me observó durante apenas un instante.
Y entonces comprendí que ya había tomado una decisión.
Me empujó suavemente hacia una pequeña abertura natural en la pared.
―Escondeos.
―No.
―Rose.
Su voz sonó firme.
―Escuchadme.
Las antorchas ya iluminaban parte del pasadizo.
Los guardias estaban cerca.
Muy cerca.
―Ven conmigo.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
No era una sonrisa triste.
Era la sonrisa de alguien que, después de toda una vida esperando, finalmente había encontrado la oportunidad de ser libre.
―Hace más de treinta años que sueño con ver caer a los Ross. No desperdiciéis este regalo que me habéis dado.
Sentí que las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos.
―Morag, por favor…
—Mi camino termina aquí, niña. El vuestro todavía no ha hecho más que empezar.
Aquellas palabras me atravesaron el corazón.
Durante un instante quise protestar, negarme a abandonarla, obligarla a venir conmigo, pero la expresión de Morag me hizo comprender que su decisión estaba tomada.
La anciana se volvió entonces y avanzó hacia los hombres justo cuando las primeras sombras comenzaron a aparecer al final del túnel.
Permanecí inmóvil observándola por última vez mientras ella agarraba una de las antorchas que iluminaban el pasadizo.
Con una calma que jamás olvidaré, la lanzó contra varios sacos y barriles almacenados junto a la pared.
Las llamas prendieron de inmediato y comenzaron a extenderse con rapidez, alimentadas por los viejos tejidos y la madera seca.
Los gritos resonaron casi al instante, mezclándose con las órdenes desesperadas de los guardias mientras una espesa nube de humo empezaba a inundar el túnel.
A través de aquella cortina gris vi la silueta de Morag por última vez, firme y desafiante frente a los hombres que se aproximaban, hasta que su voz volvió a alcanzarme con una fuerza que todavía hoy soy capaz de recordar.
—¡Corred!
Aquella vez obedecí.
No porque quisiera hacerlo. No porque desease abandonar a Morag a su suerte. Lo hice porque se lo había prometido y porque comprendí que detenerme significaría convertir su sacrificio en algo inútil.
Corrí mientras los gritos comenzaban a resonar a mi espalda mezclados con el crepitar de las llamas y el estruendo de las voces que llenaban el túnel.
Corrí mientras las lágrimas descendían por mis mejillas y me nublaban la vista, obligándome a avanzar casi a ciegas por aquella oscuridad interminable.
Y lo hice sabiendo que una mujer que había pasado más de treinta años prisionera acababa de entregar su vida para que yo pudiera salvar al hombre que amaba.
Aquella certeza me desgarraba por dentro.
El pecho me ardía. Las piernas comenzaban a dolerme. El aire apenas lograba llenar mis pulmones, pero aun así seguí adelante sin permitirme disminuir el paso ni una sola vez. Morag había esperado décadas una oportunidad para enfrentarse a los Ross y yo no iba a desperdiciarla.
Finalmente, tras lo que me parecieron horas, distinguí una claridad al final del pasadizo.
El túnel desembocó en el exterior de forma tan repentina que estuve a punto de perder el equilibrio. El aire helado de la noche golpeó mi rostro con fuerza y durante unos segundos permanecí inmóvil intentando recuperar el aliento mientras observaba el bosque que se extendía frente a mí.
Los árboles se mecían suavemente bajo el viento y la oscuridad cubría las colinas como un enorme manto negro. Durante un instante el miedo volvió a apoderarse de mí. Era libre, sí, pero seguía sola en mitad de la noche, rodeada de territorio enemigo y con una guerra a punto de estallar.
Entonces los vi.
Al otro lado del valle, dispersas entre las sombras, decenas de pequeñas luces anaranjadas brillaban como estrellas caídas sobre la tierra.
Hogueras.
El campamento MacKay.
Sentí que el corazón daba un vuelco tan violento que tuve que llevarme una mano al pecho.
Había llegado.
Dios mío...
Había llegado.
Sin pensarlo dos veces, comencé a correr colina abajo atravesando la hierba húmeda, las raíces y los arbustos que se interponían en mi camino. Apenas veía por dónde avanzaba. Solo podía pensar en Brett. En advertirle. En impedir que cayera en la trampa que los Ross habían preparado para él.
Cada paso me acercaba más a las hogueras.
Más a los hombres.
Más a él.
Y entonces allí estaba.
Incluso desde la distancia lo reconocí al instante.
Estaba junto a una de las hogueras principales, rodeado de varios guerreros y de su hermano, con los hombros erguidos y la cabeza inclinada sobre algo que parecían estar discutiendo. La luz del fuego iluminaba parcialmente su figura y, durante un breve instante, el mundo entero pareció detenerse.
―¡Brett!