Capítulo 22
Territorio del clan Ross,
Brett MacKay
Conseguí dormir apenas unas horas aquella noche, más por obligación que por verdadero cansancio.
Sabía que necesitaba mantener la mente despejada y el cuerpo descansado si quería dirigir el asalto al amanecer, pero cada vez que cerraba los ojos la imagen de Rose regresaba con una claridad insoportable.
La veía encerrada entre aquellas murallas, asustada, sola y preguntándose si lograría llegar hasta ella a tiempo.
Al final terminé levantándome mucho antes de que saliera el sol, incapaz de permanecer un minuto más bajo las mantas mientras mi cabeza seguía atrapada en los mismos pensamientos.
El campamento permanecía despierto pese a lo avanzado de la hora.
El aire frío descendía de las montañas arrastrando consigo el olor del humo de las hogueras y de la tierra húmeda.
Algunos guerreros afilaban sus espadas sentados junto al fuego, otros revisaban correas, escudos y armaduras mientras varios hombres rezaban en silencio apartados del resto.
No era difícil comprender lo que pasaba por sus cabezas.
Muchos de ellos combatirían al amanecer y algunos no regresarían.
Caminé despacio entre las tiendas saludando con un gesto a varios hombres que se incorporaban al verme pasar.
Muchos pertenecían a familias que llevaban generaciones luchando junto a los MacKay y otros habían combatido junto a mi padre mucho antes de que yo heredara Castle Varrich.
Todos estaban allí por mí, por mi guerra y, aunque pocos lo dirían en voz alta, también por Rose.
Aquella idea consiguió hacerme sentir una responsabilidad todavía mayor.
Continué avanzando hasta una de las hogueras más alejadas, donde encontré a Daziel sentado sobre un tronco mientras bebía de una jarra de cerveza. Al verme aparecer arqueó una ceja.
―Sabía que acabarías levantándote antes del amanecer.
Tomé asiento frente a él.
―Y yo sabía que también te encontraría despierto.
Mi hermano me ofreció la jarra y bebí un largo trago antes de devolvérsela. Permanecimos un momento en silencio observando las llamas, disfrutando de esa tranquilidad que solo existe entre personas que se conocen desde toda la vida.
―¿Qué harás cuando todo termine? ―preguntó finalmente.
Su pregunta me sorprendió.
―¿A qué te refieres?
―A Rose.
Mi mandíbula se tensó inmediatamente.
―La sacaré de esa fortaleza.
―Eso ya lo sé. Me refiero a después.
Bajé la mirada hacia el fuego.
―No lo sé, hermano, dejaré que ella lo decida, aunque si decide intentar marcharse de nuevo… tendré que aceptarlo.
Decir aquellas palabras en voz alta resultó mucho más doloroso de lo que esperaba.
Daziel guardó silencio unos instantes antes de continuar.
―¿Aún crees que podrá hacerlo?
―Lo creo.
―Y si lo consigue...
No necesitó terminar la frase. Ambos sabíamos lo que significaba.
Rose desaparecería de mi vida para siempre.
Mi hermano dejó escapar un largo suspiro.
―Castle Varrich no es el mismo desde que llegó.
No pude evitar una pequeña sonrisa.
―Lo sé.
―Los sirvientes la adoran, Connie no ha dejado de hablar de ella desde que desapareció y los guerreros la respetan. Llegó como una extraña salida de un río y ha terminado formando parte de todo.
La sonrisa desapareció poco a poco porque aquello también era cierto.
Rose se había convertido en parte de Castle Varrich, de mi familia y de mí.
―Hablas de la posibilidad de que regrese a su hogar ―continuó Daziel―, pero nunca te he oído hablar de cómo piensas sobrevivir cuando se marche de nuevo.
Aquellas palabras golpearon exactamente donde más dolía.
Aparté la mirada hacia la oscuridad porque no tenía respuesta.
No sabía cómo volver a despertar cada mañana sin escuchar su voz, ni cómo recorrer los pasillos del castillo sin buscarla.
Cuanto más tiempo pasaba, más imposible me parecía imaginar una vida en la que ella no existiera.
―No importa lo que quiera yo ―murmuré finalmente―. Ella tiene derecho a ser feliz.
―Quizá.
―No hay quizá. Tiene una familia, una madre y una vida entera esperándola.
Daziel no respondió porque sabía que tenía razón.
Permanecimos largo rato contemplando las llamas mientras la noche seguía avanzando sobre el campamento. Cuando finalmente me levanté para regresar a mi tienda, no sentí alivio alguno, solo un cansancio profundo que nada tenía que ver con la guerra.
Antes de entrar, me giré hacia la fortaleza Ross. Las murallas se recortaban oscuras contra el cielo nocturno y varias antorchas brillaban sobre las almenas como pequeñas estrellas anaranjadas suspendidas en la oscuridad. En algún lugar detrás de aquellas piedras estaba Rose.
Quizá dormida.
Quizá llorando.
Quizá preguntándose si lograría llegar hasta ella.
Yo también pensaba en ella.
A cada instante.
Al amanecer la recuperaría, la sacaría de aquella fortaleza y después cumpliría la promesa que le había hecho, aunque aquello terminara rompiéndome el corazón.