Capítulo 21 #2
―Hace más de treinta años los Ross atacaron una pequeña aldea cercana a las tierras MacKay. Mataron a varios hombres y se llevaron a algunas mujeres. Yo era una de ellas.
La observé sin saber qué decir.
De pronto comprendí muchas cosas.
Comprendí la melancolía que había visto en sus ojos desde el primer día. Comprendí por qué había decidido hablar conmigo. Y comprendí que, después de tantos años, aquella mujer seguía sintiéndose una prisionera.
―Lo siento mucho.
Morag negó suavemente con la cabeza.
―No desperdiciéis vuestra compasión conmigo, niña. Mi vida ya está casi consumida. La vuestra todavía puede cambiar.
Aquellas palabras consiguieron ponerme nerviosa.
―¿Qué queréis decir?
La anciana volvió la mirada hacia la puerta cerrada y bajó ligeramente la voz.
―Quiero decir que vuestro laird corre un peligro mucho mayor del que imagina.
Sentí que el estómago se me encogía inmediatamente.
―¿Por qué?
Morag se acercó un poco más y sus ojos se clavaron en los míos.
―Porque Albort Ross no espera resistir un asedio.
Una sensación desagradable comenzó a extenderse por todo mi cuerpo.
―No os entiendo.
La anciana guardó silencio unos segundos antes de responder.
―Porque no piensa luchar la batalla donde Brett cree que va a librarse.
Aquellas palabras bastaron para que una sensación helada me recorriera la espalda. De pronto comprendí que todo lo sucedido desde mi captura podía ser insignificante comparado con lo que estaba a punto de ocurrir.
Observé a Morag sintiendo cómo la ansiedad comenzaba a apoderarse de mí.
―¿Qué queréis decir con que no piensa luchar la batalla aquí?
La anciana se acercó todavía más y bajó la voz hasta convertirla en poco más que un susurro.
―Porque existe una salida secreta bajo esta fortaleza.
Fruncí el ceño inmediatamente.
―¿Una salida secreta?
Morag asintió.
―Un antiguo túnel construido hace generaciones. Los Ross lo han utilizado durante décadas para abandonar el castillo en caso de asedio o para introducir provisiones cuando las murallas estaban rodeadas. Muy pocos conocen su existencia.
Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.
―¿Piensan hacerles una emboscada?
La mujer apoyó ambas manos sobre la mesa y me sostuvo la mirada.
―Albort espera que los MacKay ataquen por el frente. Mientras vuestros hombres intentan derribar las puertas, parte de los guerreros Ross abandonarán la fortaleza por el túnel y rodearán al ejército.
Mi sangre pareció helarse.
―Dios mío...
―Quedarán atrapados entre las murallas y los hombres que aparecerán a su espalda.
Durante unos segundos fui incapaz de hablar. Porque conocía a Brett. Sabía exactamente lo que haría. Atacaría primero. Atacaría con toda su fuerza. Y caería directamente en aquella emboscada.
―Tenemos que avisarlo.
Las palabras escaparon de mi boca antes incluso de pensarlas.
Morag me observó en silencio.
―Por eso he venido.
Comencé a caminar nerviosamente por la habitación mientras intentaba pensar.
―¿Hay alguna forma de enviar un mensaje? ¿Algún hombre de confianza? ¿Alguien que pueda salir del castillo?
La anciana negó lentamente.
―No.
Aquella única palabra terminó de destruir la pequeña esperanza que acababa de surgir.
―Entonces estamos perdidos.
―No.
Me giré hacia ella.
La determinación que vi en sus ojos me sorprendió.
―No mientras sigáis aquí.
Fruncí el ceño.
―¿Qué queréis decir?
Morag respiró profundamente antes de responder.
―Que debéis escapar.
La idea era tan absurda que casi me hizo reír.
―¿Escapar? Estoy encerrada en una torre vigilada por media fortaleza.
―Y aun así es vuestra única opción.
La anciana se acercó a la puerta y apoyó una mano sobre la madera.
―Llevo más de treinta años viviendo aquí, muchacha. He limpiado estos pasillos, he servido a tres lairds Ross y he visto cada rincón de esta fortaleza. Conozco caminos que muchos hombres ignoran.
La esperanza comenzó a abrirse paso lentamente entre mi miedo.
―¿Existe una forma de salir?
Morag asintió.
―Existe.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza las costillas.
―Entonces decidme cuál es.
La anciana guardó silencio unos segundos.
―Antes debéis entender algo.
―¿Qué?
Su expresión se suavizó.
―Cuando os ayude, no habrá vuelta atrás para mí.
Aquellas palabras consiguieron que se me formara un nudo en la garganta.
Porque de pronto comprendí lo que estaba haciendo.
No estaba ayudándome únicamente a escapar.
Estaba traicionando a los Ross.
Y si la descubrían...
No quise ni pensar en lo que le harían.
―Morag...
La anciana sonrió con tristeza.
―No lloréis por mí, niña. Hace mucho tiempo que dejé de pertenecer a este lugar. Lo único que lamento es no haber tenido el valor de hacerlo antes.
Después se acercó a la ventana y contempló las sombras que cubrían el patio.
―Tendrá que ser durante la noche. No sé en qué momento, pero vendré. Ahora hay demasiados hombres vigilando. Os sacaré de esta torre, lo juro.
―¿Y después?
Morag volvió lentamente la cabeza hacia mí.
―Después rezaremos para llegar hasta vuestro laird antes de que comience la matanza.