Capítulo 21
Territorio del clan Ross,
Había perdido la cuenta de los días que llevaba encerrada en aquella habitación.
Al principio intenté llevar un registro observando la posición del sol a través de la estrecha ventana de la torre, pero pronto terminé abandonándolo.
Todas las mañanas parecían iguales y todas las noches terminaban convirtiéndose en una sucesión interminable de pensamientos, preocupaciones y miedos que apenas me dejaban dormir.
La estancia donde me retenían era pequeña, fría y estaba situada en una de las partes más antiguas de la fortaleza Ross.
Una cama estrecha, una mesa de madera y una silla bastaban para amueblarla.
No había lujos ni comodidades, aunque tampoco podía decir que me trataran como a una prisionera común.
Aquello me inquietaba incluso más, porque no sabía exactamente qué pretendían hacer conmigo.
Aquella mañana me encontraba sentada junto a la ventana observando el patio interior cuando algo llamó mi atención.
Había movimiento. Mucho más movimiento del habitual.
Los hombres corrían de un lado para otro transportando armas, revisando carros y subiendo a las murallas con una rapidez que no parecía casual.
Durante varios segundos observé la escena sin comprender qué ocurría hasta que una posibilidad atravesó mi mente con tanta fuerza que el corazón comenzó a latirme violentamente contra las costillas.
Brett.
Dios mío.
Había venido.
Me puse de pie tan deprisa que la silla cayó hacia atrás golpeando el suelo de piedra.
Me acerqué todavía más a la ventana intentando distinguir algo más allá de las murallas, aunque la distancia y la posición de la torre apenas me permitían ver el exterior.
Aun así, algo dentro de mí supo inmediatamente que era él.
Conocía demasiado bien a Brett MacKay para creer que permanecería en Castle Varrich mientras yo estaba cautiva en territorio enemigo.
Aquella certeza debería haberme tranquilizado.
Sin embargo, consiguió exactamente lo contrario.
Porque también conocía la rabia que era capaz de consumirlo cuando alguien dañaba a las personas que amaba.
Un golpe seco en la puerta me hizo sobresaltarme.
Me giré justo cuando la cerradura giraba y dos guerreros Ross entraban en la habitación. Tras ellos apareció Albort Ross.
Su sola presencia consiguió tensarme de inmediato. Había algo profundamente desagradable en aquel hombre. No era solo la forma en que sonreía o la manera en que observaba a los demás como si estuviera calculando constantemente qué utilidad podía sacar de ellos. Era algo más profundo, oscuro.
Albort avanzó lentamente por la habitación mientras me observaba con evidente satisfacción.
―Parece que vuestro laird os aprecia más de lo que imaginaba.
No respondí.
El hombre sonrió todavía más.
―Debo reconocer que me siento halagado. Ha traído un ejército entero hasta mis puertas.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
―¿Brett está aquí?
Albort soltó una pequeña carcajada y caminó hasta la ventana.
―Oh, sí. Está ahí fuera. Y me temo que no parece especialmente dispuesto a conversar.
Mi corazón comenzó a acelerarse todavía más.
Podía imaginarlo perfectamente. Montado sobre su caballo, rodeado por sus hombres y consumido por la rabia.
―No le harás daño.
Las palabras salieron de mi boca antes incluso de pensarlas.
Albort se volvió lentamente hacia mí.
―¿No?
―No podrás.
Aquello pareció divertirle enormemente.
Durante unos segundos permaneció observándome en silencio antes de acercarse despacio.
―Tal vez tengáis razón. O tal vez vuestro laird termine haciendo exactamente lo que espero que haga.
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.
―¿Qué es lo que quieres?
La sonrisa desapareció apenas un instante de su rostro.
―Lo mismo que ha querido mi clan durante generaciones. ―Su mirada se endureció ligeramente―. La destrucción de los MacKay.
Aquellas palabras hicieron que comprendiera algo terrible. No se trataba de mí. Ni siquiera de Brett. Yo era simplemente una pieza más dentro de una guerra mucho más antigua que nosotros dos.
Albort volvió a sonreír.
―Aunque debo admitir que vuestra aparición ha resultado ser una ventaja inesperada.
Me crucé de brazos intentando ocultar el miedo que comenzaba a crecer dentro de mí.
―No soy ninguna ventaja.
―Claro que sí.
Sus ojos se clavaron en los míos.
―Sois la debilidad de Brett MacKay.
Aquella afirmación me golpeó con una fuerza inesperada porque, por mucho que quisiera negarlo, sabía que era cierta.
Y él también era la mía.
Albort pareció leerlo en mi expresión.
Después se dirigió hacia la puerta y apoyó una mano sobre ella antes de mirarme una última vez.
―Mañana descubriremos hasta dónde está dispuesto a llegar Brett MacKay para recuperarla.
La puerta se cerró tras él y volví a quedarme sola.
Durante varios minutos permanecí inmóvil observando la madera mientras intentaba controlar la respiración. Cuando por fin conseguí moverme, regresé lentamente junto a la ventana y apoyé ambas manos sobre la piedra fría del alféizar.
El sol comenzaba a descender sobre las montañas y el cielo se teñía de tonos anaranjados. A lo lejos, más allá de las murallas, apenas podía distinguir algunas columnas de humo elevándose sobre el horizonte.
El campamento MacKay.
Brett estaba allí. Muy cerca. Tan cerca que casi podía imaginarlo recorriendo de un lado a otro el campamento, incapaz de permanecer quieto mientras planeaba cómo rescatarme.
Y fue entonces cuando comprendí algo que me hizo estremecerme. Desde que los Ross me habían capturado, había pasado cada día preocupándome por mi propio destino, pero en aquel instante descubrí que el miedo que sentía por Brett era mucho mayor que cualquier temor por mí misma.
Aquella noche me resultó imposible mantener la calma, y mucho menos dormir.
Esperar encerrada a ver cómo se desarrollaba todo me tenía muy frustrada.
La conversación con Albort Ross no dejaba de repetirse una y otra vez dentro de mi cabeza mientras permanecía sentada junto a la estrecha ventana de la torre observando la oscuridad que envolvía la fortaleza.
Cada vez que cerraba los ojos imaginaba a Brett al otro lado de aquellas murallas, preparando el ataque, consumiéndose de rabia y de preocupación por mi culpa.
Lo conocía demasiado bien para creer que aguardaría pacientemente una negociación o que actuaría con prudencia si pensaba que mi vida corría peligro.
Brett era muchas cosas, pero la paciencia nunca había formado parte de ellas.
La noche avanzaba lentamente sobre las tierras de los Ross y el sueño seguía sin llegar.
Sentada junto a la estrecha ventana de la torre, observaba cómo las antorchas recorrían las murallas con una frecuencia mucho mayor de la habitual.
Los centinelas parecían multiplicarse a medida que las horas transcurrían y, de vez en cuando, distinguía grupos de hombres atravesando el patio interior con paso apresurado antes de desaparecer bajo algún arco o en el interior de las torres.
No alcanzaba a escuchar lo que decían ni podía adivinar qué estaba ocurriendo exactamente, pero algo había cambiado.
Incluso desde la distancia percibía una tensión extraña que parecía haberse apoderado de toda la fortaleza.
Los hombres caminaban más deprisa, las guardias se relevaban con mayor frecuencia y nadie parecía permanecer mucho tiempo quieto en el mismo lugar.
Aunque desconocía cualquier asunto relacionado con la guerra, no hacía falta ser una estratega para comprender que los Ross se estaban preparando para la batalla.
Me encontraba tan absorta en mis pensamientos que el sonido de la cerradura girando al otro lado de la puerta consiguió sobresaltarme.
Me incorporé inmediatamente y observé cómo una figura entraba en la habitación portando una pequeña bandeja de comida.
Durante unos segundos pensé que se trataba simplemente de una de las sirvientas que atendían la torre, pero algo llamó mi atención en cuanto cerró la puerta tras de sí.
La mujer no se marchó.
Permaneció inmóvil junto a la entrada mientras echaba el cerrojo con una tranquilidad que me puso en alerta.
Era una anciana de cabello completamente blanco y rostro surcado por arrugas profundas que hablaban de una vida nada fácil.
La había visto varias veces durante aquellos días, sin embargo, aquella noche había algo diferente en ella.
Algo que hizo que mi instinto me obligara a observarla con atención.
La anciana dejó la bandeja sobre la mesa y después levantó lentamente la mirada hacia mí. Sus ojos grises me estudiaron durante varios segundos antes de que un suspiro escapara de sus labios.
―No deberíais preocuparos tanto por él, muchacha. Los MacKay son demasiado testarudos para morir con facilidad.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
Aquellas palabras consiguieron borrar de golpe todos mis pensamientos.
―¿Conocéis a los MacKay?
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
No era una sonrisa alegre.
Era la sonrisa de alguien que recordaba tiempos mejores.
―Nací entre ellos, muchacha.
Aquella respuesta me dejó completamente inmóvil.
La mujer avanzó despacio hasta la ventana y observó el patio durante unos instantes antes de continuar hablando.
―Mi nombre es Morag. Cuando era joven trabajaba en Castle Varrich. Mi padre servía al clan y yo crecí entre aquellas mismas cocinas donde seguramente vos pasasteis tantas horas junto a las demás muchachas.
Por un instante me pareció escuchar a Connie riéndose en algún rincón del castillo. Aquello hizo que el pecho me doliera.
―Entonces... ¿qué hacéis aquí?
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
―Lo mismo que vos.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre nosotras.
―Me llevaron.
Su voz sonó tranquila, pero había una tristeza tan profunda escondida bajo ella que me resultó imposible no sentir un escalofrío.