Capítulo 20
Territorio del clan Ross,
Brett MacKay
El ejército MacKay avanzó durante dos días a través de las Tierras Altas como una tormenta anunciada.
Más de doscientos guerreros cabalgaban bajo los colores de Castle Varrich mientras el sonido de los cascos retumbaba por los valles y se extendía entre las montañas todavía cubiertas por los últimos restos del invierno.
Nadie cantaba junto a las hogueras cuando acampaban.
Nadie contaba historias. El ambiente estaba cargado de una tensión oscura que todos percibían.
Guerra.
La palabra parecía acompañarlos a cada paso.
Yo cabalgaba en cabeza junto a Daziel sin apartar la vista del horizonte.
Apenas había dormido desde que llegó la carta.
Cada vez que cerraba los ojos veía el mechón de cabello rubio que los Ross habían enviado junto al mensaje.
Y cada vez que lo recordaba sentía cómo la rabia volvía a crecer dentro de mí hasta hacerse insoportable.
Rose estaba en manos de nuestros enemigos. Aquello era lo único que importaba.
Cuando finalmente divisamos la fortaleza Ross al final del segundo día, el ejército entero pareció endurecerse.
El castillo se alzaba sobre una colina rocosa dominando todo el valle, protegido por murallas de piedra negra que parecían surgir directamente de la montaña.
Las banderas de los Ross ondeaban desafiantes sobre las almenas mientras decenas de arqueros vigilaban desde lo alto.
Era una fortaleza construida para resistir asedios.
Y yo estaba dispuesto a derribarla piedra a piedra si era necesario.
―Nos esperan ―murmuró Daziel acercando su caballo al mío.
―Bien.
―Intentarán provocarte.
―Es lo que más deseo ahora mismo.
Continuamos avanzando hasta detenernos frente a las enormes puertas cerradas. Detrás de nosotros los guerreros MacKay comenzaron a desplegarse formando una línea interminable de acero, escudos y lanzas que cubría buena parte del valle.
El viento agitaba las capas.
Los caballos resoplaban nerviosos.
Y yo apenas conseguía contener la furia que me consumía por dentro.
―¡Albort Ross! ―rugí.
Mi voz golpeó las murallas y regresó convertida en eco.
―¡Sal y da la cara como el hombre que dices ser!
Durante unos segundos solo hubo silencio.
Después varias figuras aparecieron sobre las almenas.
Y finalmente él.
Albort Ross.
Ni siquiera tuvo la dignidad de bajar.
Se limitó a observarnos desde las alturas como si aquello le divirtiera.
―¿Qué ocurre, MacKay? ―gritó sonriendo―. ¿Has venido tan rápido porque echabas de menos a tu muchacha?
Las manos se me cerraron alrededor de las riendas.
―Quiero pruebas.
La sonrisa de Albort se ensanchó.
―Claro que sí.
Hizo una señal y uno de sus hombres desapareció tras la muralla.
Un instante después regresó sosteniendo algo entre las manos.
Mi corazón se detuvo.
Era el manto azul de Rose.
El mismo que había llevado durante nuestro viaje a Beinn Eighe.
El mismo que había colocado sobre sus hombros cuando las noches eran demasiado frías. El hombre lo sostuvo unos segundos para que pudiera reconocerlo antes de arrojarlo al vacío.
La tela cayó lentamente sobre el barro.
Y después apareció una cadena de plata. La pequeña cadena que Rose llevaba siempre al cuello.
Sentí que el mundo entero desaparecía bajo mis pies.
Daziel maldijo a mi lado.
Porque ambos comprendimos la verdad en el mismo instante.
La tenían.
No era una mentira. No era una trampa. La tenían de verdad.
Una oscuridad fría comenzó a extenderse dentro de mí. No era rabia. Era algo mucho peor.
―¿Satisfecho? ―preguntó Albort.
Levanté lentamente la mirada hacia él.
Y por primera vez en mi vida comprendí lo que significaba odiar a otro hombre con cada fibra de mi ser.
―Si le has hecho daño...
Albort soltó una carcajada.
―¿Qué harás? ¿Matarme?
Lo observé durante varios segundos.
Después desenvainé lentamente la espada. El acero brilló bajo el cielo gris. Y detrás de mí, más de doscientos guerreros MacKay hicieron exactamente lo mismo.
El sonido fue ensordecedor.
Un rugido de acero.
Una promesa de muerte.
―No ―respondí finalmente.
Mi propia voz sonó extraña.
Vacía.
Helada.
―Os mataré a todos. A cada hombre que lleve vuestro nombre.
Avancé un paso.
―Quemaré vuestra fortaleza.
Otro.
―Arrasaré vuestras tierras.
Otro más.
―Y cuando termine, no quedará un solo Ross vivo para recordar que alguna vez exististeis.
Por primera vez la sonrisa desapareció del rostro de Albort. Porque comprendió que aquello ya no era una amenaza. Era una sentencia.
―Parece que la muchacha significa mucho para ti.
Entonces recordé a Rose. Su sonrisa iluminando los pasillos de Castle Varrich, la forma en que pronunciaba mi nombre, el brillo de sus ojos cuando reía y el calor de su cuerpo entre mis brazos durante las noches más oscuras.
Recordé todo lo que habíamos compartido y todo lo que nos habían arrebatado.
Una furia salvaje y devastadora estalló dentro de mi pecho.
Levanté la espada y señalé directamente hacia la fortaleza Ross.
―Te doy hasta el amanecer para devolverme a Rose. ―Mi voz resonó por todo el valle―. Después de eso, que Dios tenga piedad de vosotros. Porque yo no la tendré.