Capítulo 19
Territorio del clan MacKay,
Brett MacKay
Tres meses. Tres malditos meses habían pasado desde la última vez que vi a Rose desaparecer bajo las aguas del yacimiento de Beinn Eighe. Y cada uno de aquellos días había sido peor que el anterior.
El sonido seco de las espadas chocando resonaba brutalmente por todo el patio de entrenamiento mientras combatía contra dos de mis hombres al mismo tiempo.
El sudor me recorría la espalda bajo el frío de la mañana y apenas escuchaba los gritos o las órdenes alrededor.
Todo mi cuerpo funcionaba únicamente a través de la rabia.
Rabia contra los Ross. Contra aquella maldita montaña. Contra el destino y hasta conmigo mismo.
Porque no había conseguido despedirme de ella como me hubiese gustado.
Cada vez que cerraba los ojos seguía viendo la expresión de Rose justo antes de empujarla al agua. Seguía sintiendo sus manos aferrándose a mí y el sonido de su voz pronunciando mi nombre mientras desaparecía envuelta en aquella luz imposible.
Y desde entonces Castle Varrich se había convertido en un lugar demasiado silencioso.
Demasiado vacío.
El golpe de mi espada lanzó a uno de los guerreros directamente al barro mientras el otro apenas conseguía bloquear mi siguiente ataque.
―¡Mi señor! ―gritó uno de los hombres claramente aterrorizado―. ¡Vais a matarnos!
No respondí.
Ataqué otra vez con más fuerza.
Porque era mucho más sencillo sentir rabia que aceptar el dolor que llevaba meses consumiéndome por dentro.
Daziel apareció finalmente en mitad del patio observándome con expresión cansada.
―Brett.
No le hice caso.
Volví a atacar al guerrero con tanta brutalidad que terminé desarmándolo antes de colocar la espada directamente contra su garganta.
El hombre tragó saliva completamente pálido.
Entonces escuché la voz de mi hermano otra vez.
―¡Ya basta!
Respiré agitadamente varios segundos antes de apartarme finalmente.
El patio entero había quedado en silencio. Todos me observaban. Y sabía perfectamente lo que estaban pensando. Su laird estaba perdiendo la cabeza.
Quizá tenían razón.
Me limpié el sudor del rostro mientras caminaba hacia donde estaba Daziel.
―Necesitas descansar ―gruñó él en voz baja.
Solté una pequeña risa amarga.
―Lo que necesito es arrancarle la cabeza a cada Ross que respire.
La expresión de Daziel se endureció inmediatamente. Porque ambos pensábamos exactamente lo mismo. Después del ataque en Beinn Eighe ya no existía ninguna posibilidad de paz. Los Ross habían intentado impedir que Rose regresara a su hogar y desde entonces solo podía pensar en destruirlos.
Arrasar cada piedra de su fortaleza. Quemarlo todo. Acabar de una vez con aquella guerra que llevaba generaciones devorando a nuestras familias.
―Atacaremos pronto ―dije observando a mis hombres entrenar alrededor―. En cuanto termine de reunir más guerreros del norte.
Daziel asintió lentamente.
―Los hombres están preparados.
Iba a responder cuando escuchamos el sonido de unos caballos aproximándose a toda velocidad.
Un mensajero irrumpió en el patio completamente cubierto de barro y respirando agitadamente.
Todos los hombres se apartaron inmediatamente mientras desmontaba.
―Mi señor…
Se arrodilló frente a mí y me entregó un pergamino sellado.
El símbolo de los Ross.
Sentí cómo algo oscuro me atravesaba inmediatamente el pecho.
Daziel también lo vio.
―¿Qué demonios quieren ahora?
Abrí el sello de inmediato mientras el silencio caía sobre el patio.
Y en cuanto comencé a leer, sentí que el mundo entero desaparecía bajo mis pies.
Al honorable laird Brett MacKay.
Parece que el destino disfruta reuniendo aquello que intenta separar.
Tenemos en nuestro poder a vuestra preciosa Rose.
Debemos reconocer que jamás pensamos encontrar algo tan valioso vagando sola cerca del río. No creí jamás que fuese tan descuidado.
No puede negar que ella os importa. La muchacha habla demasiado vuestro nombre cuando llora.
Os aconsejamos venir pronto si deseáis volver a verla con vida. Aunque quizá esta vez terminemos correctamente lo que nuestros antepasados comenzaron hace siglos.
Laird Albort Ross.
Mis manos comenzaron a temblar violentamente.
No. No. Eso era imposible.
El pergamino cayó parcialmente cuando algo más resbaló junto a él. Un mechón de cabello rubio. Del mismo tono dorado que tantas noches había sostenido entre mis dedos.
Sentí que el corazón dejaba de latirme por completo.
―Brett… ―escuché la voz de Daziel a mi lado.
Pero apenas podía respirar.
No podía ser cierto. Ella se había marchado a su tiempo.
Levanté lentamente la vista hacia mi hermano completamente aturdido.
―¿Es esto posible?
Daziel parecía igual de impactado que yo.
―No… no lo sé.
Me arrebató la carta rápidamente y la leyó varias veces mientras el patio entero permanecía en silencio absoluto.
Después levantó la vista hacia mí.
―Ellos no conocían a Rose.
Y aquella fue exactamente la parte que terminó de convencerme.
Los Ross jamás habían sabido de su existencia.
Nadie fuera de Castle Varrich conocía realmente quién era ella. Por eso aquello no podía ser una trampa inventada.
Tenía que ser real. Rose seguía en aquel mundo.
Y los Ross la tenían.
La rabia me golpeó con tanta fuerza que sentí deseos de matar a alguien allí mismo. Arrugué el pergamino entre mis manos mientras el pecho comenzaba literalmente a arderme.
―Preparad a los hombres.
Daziel me observó fijamente.
―¿Qué estás pensando hacer?
Lo miré directamente a los ojos.
―La guerra. Partiremos en dos días hacia las tierras Ross.
―Brett, ¿crees que podría ser ella?
―Les exigiré pruebas de que sigue viva.
Mi voz sonó tan fría que varios hombres apartaron la mirada inmediatamente.
―Y si no las tienen… tampoco importará.
Sentí cómo la furia volvía a consumirlo todo dentro de mí.
Porque si Rose estaba sufriendo en manos de aquellos hombres, no dejaría una sola piedra en pie de su maldito clan.
―Esta vez terminaremos con ellos para siempre.