Donde tu corazón me encuentre (Destinadas a las Highlands 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Territorio del clan MacKay,

El amanecer llegó demasiado rápido.

Desperté antes incluso de que saliera el sol y permanecí varios segundos inmóvil entre los brazos de Brett escuchando únicamente el sonido de su respiración tranquila junto a mí.

Durante unos instantes fingí que nada iba a cambiar, que aquella no era la mañana en la que debía abandonar Castle Varrich y marcharme hacia una montaña perdida donde quizá conseguiría regresar a mi tiempo… o quizá desaparecería para siempre.

Pero la realidad terminó alcanzándome igual.

El fuego de la chimenea se había consumido casi por completo y una tenue luz gris comenzaba a colarse por las ventanas.

Levanté lentamente la cabeza y observé a Brett dormido junto a mí.

El cabello oscuro le caía desordenado sobre la frente y una de sus manos seguía descansando sobre mi cintura incluso dormido, como si temiera despertarse y descubrir que ya no estaba allí.

El pecho me dolió tanto que tuve que apartar la mirada.

Dios mío.

¿Cómo se suponía que debía dejarlo atrás?

Me moví despacio intentando no despertarlo, pero en cuanto traté de incorporarme, Brett abrió los ojos inmediatamente y me sujetó suavemente la mano.

Durante unos segundos ninguno habló.

Simplemente nos miramos.

Y aquella tristeza silenciosa entre nosotros resultaba casi insoportable.

―Odio este día ―murmuró finalmente con voz ronca por el sueño.

Sentí las lágrimas acumulándose inmediatamente en mis ojos.

―Yo también.

Brett se incorporó lentamente y me atrajo otra vez hacia él para besarme despacio, como si todavía intentara robarle unos minutos más al tiempo.

Después todo ocurrió demasiado deprisa.

Las sirvientas prepararon ropa de viaje, provisiones y mantas mientras varios guerreros ensillaban los caballos en el patio principal.

Daziel había insistido en acompañarnos junto a un pequeño grupo de hombres de confianza, alegando que aquellas montañas seguían siendo peligrosas incluso tras el deshielo y que no pensaba dejar que Brett viajara prácticamente solo sabiendo que los Ross continuaban merodeando cerca de sus tierras.

Nadie en el castillo conocía realmente la verdad.

Para todos, simplemente iba a regresar a mi hogar.

Y aunque aquello no dejaba de ser cierto, la realidad resultaba muchísimo más difícil de explicar.

Cuando bajé finalmente al patio junto a Brett, descubrí que gran parte de Castle Varrich se había reunido allí para despedirse. El aire helado agitaba las capas de los guerreros y el cielo grisáceo apenas comenzaba a iluminar las enormes murallas de piedra.

Connie fue la primera en correr hacia mí abrazándome con fuerza.

―Vais a volver, ¿verdad?

Sentí un nudo enorme formándoseme en la garganta.

―Eso espero.

La muchacha intentó sonreír aunque tenía los ojos claramente húmedos.

―No os olvidéis de mí, realmente os he apreciado como a una amiga.

―Yo también voy a echarte de menos, Connie.

La envolví entre mis brazos hasta que varias mujeres se acercaron también a despedirse y Margot terminó abrazándome con tanta fuerza que casi consigue hacerme llorar allí mismo.

―Que Dios os proteja, niña.

Tuve que tragar saliva varias veces antes de responder.

―Gracias… por todo.

Margot me acarició suavemente el rostro como si realmente fuese alguien importante para ella y aquello terminó de romperme un poco más por dentro.

Porque Castle Varrich ya no se sentía únicamente como el lugar donde había quedado atrapada. Se había convertido en algo parecido a un hogar. Y aquellas personas… en mi familia.

Cuando finalmente montamos los caballos y atravesamos las puertas del castillo, tuve que girarme varias veces para mirar atrás. Las enormes murallas comenzaron a quedar lentamente atrás bajo la luz gris del amanecer mientras las banderas MacKay golpeaban el viento sobre las almenas.

Y entonces comprendí algo terrible. Una parte de mí no quería marcharse.

El viaje hasta Beinn Eighe duró tres días. Tres días que pasaron demasiado rápido y demasiado lentos al mismo tiempo.

Viajábamos junto a Daziel y seis guerreros más, todos armados y atentos constantemente a cualquier movimiento extraño entre los bosques o las montañas.

Varias veces escuché a los hombres hablar en voz baja sobre exploradores Ross vistos semanas atrás cerca de aquellas tierras, y aquello conseguía tensar todavía más el ambiente.

Aun así, durante el día intentábamos fingir cierta normalidad.

Avanzábamos durante horas atravesando bosques inmensos, lagos oscuros y caminos cubiertos todavía por restos de nieve.

A veces el viento descendía desde las montañas con tanta fuerza que terminábamos completamente helados incluso bajo las capas de lana.

La segunda noche acampamos junto a un lago enorme rodeado de montañas cubiertas de niebla. Los guerreros dormían alrededor de varias hogueras mientras Daziel montaba guardia junto a dos hombres más.

Recuerdo haber despertado de madrugada y encontrar a Brett sentado junto al fuego observando las llamas en silencio. Me acerqué envuelta en una manta y me senté junto a él sin decir nada.

Durante varios minutos simplemente contemplamos el fuego.

Después habló.

―A veces deseo ser egoísta.

Giré lentamente la cabeza hacia él.

Brett seguía observando las llamas.

―Deseo llevaros de vuelta a Castle Varrich y no dejaros marchar nunca.

Sentí el corazón rompiéndose lentamente dentro del pecho.

Apoyé la cabeza sobre su hombro mientras él rodeaba mi cintura con un brazo.

―Y una parte de mí desearía que lo hicieras.

Aquella fue probablemente la confesión más dolorosa que había hecho jamás.

Porque era verdad.

Una parte de mí quería quedarse con él. Olvidarme del futuro. Olvidarme de Londres, e incluso de quién había sido antes de llegar allí.

Pero no podía hacerlo.

Y ambos lo sabíamos.

La mañana del tercer día divisamos finalmente Beinn Eighe a lo lejos.

La montaña se alzaba enorme y salvaje bajo el cielo grisáceo, cubierta todavía parcialmente por nieve en las zonas más altas. Parecía antigua. Imponente. Casi irreal.

Y en cuanto la vi, el miedo comenzó a crecerme lentamente dentro del pecho. Porque aquello ya no era una posibilidad; era el final.

El viento golpeaba con fuerza las laderas de Beinn Eighe mientras los caballos avanzaban lentamente entre las rocas cubiertas de escarcha.

Cuanto más ascendíamos, más salvaje y silencioso se volvía el paisaje.

Las montañas parecían interminables bajo el cielo grisáceo y la niebla descendía lentamente entre los picos como si quisiera ocultar lo que aguardaba allí arriba.

Sentía el corazón completamente desbocado dentro del pecho.

Había llegado el momento.

Brett cabalgaba a mi lado en silencio desde hacía rato y, aunque no dejaba de observar el camino y las montañas con atención, podía sentir perfectamente la tensión que lo consumía por dentro.

Daziel avanzaba varios metros delante de nosotros junto a los guerreros cuando de pronto uno de los hombres levantó el brazo bruscamente.

―¡Movimiento!

Todo ocurrió demasiado rápido después de eso.

Un silbido atravesó el aire y una flecha impactó violentamente contra uno de los caballos. El animal relinchó con brutalidad antes de desplomarse sobre la nieve mientras los gritos comenzaban a resonar entre las montañas.

―¡Ross! ―rugió uno de los guerreros.

Sentí cómo el pánico me atravesaba entera cuando varios hombres armados aparecieron entre las rocas y los árboles cubiertos de niebla. Llevaban los colores del clan Ross y descendían hacia nosotros espada en mano como si llevaran días esperando aquel momento.

Nos habían seguido.

El sonido del acero chocando retumbó brutalmente entre las montañas cuando los hombres de Brett se lanzaron al combate. Los caballos relinchaban aterrados mientras la nieve comenzaba a teñirse de sangre.

―¡Rose, escondeos! ―gritó Brett desmontando bruscamente del caballo.

Lo vi sacar la espada mientras otro hombre intentaba atacarlo por el costado. Brett lo esquivó con una rapidez brutal y le atravesó el pecho sin siquiera detenerse.

Retrocedí aterrorizada mientras sacaba la espada que Daziel me había obligado a aprender a utilizar durante aquellos meses.

Mis manos temblaban. Aquello era una terrible pesadilla. Los gritos, el metal, la sangre sobre la nieve… Estaba en medio de una batalla.

Me refugié tras unas enormes rocas intentando no perder de vista a Brett mientras él luchaba junto a sus hombres. Parecía completamente salvaje moviéndose entre los enemigos, rápido, brutal y aterrador. Jamás lo había visto combatir así.

Entonces escuché la voz de Daziel.

―¡Llévala arriba, hermano!

Se abrió paso entre dos guerreros Ross antes de mirar directamente a Brett.

―¡Nosotros los retendremos!

―¡Daziel…!

―¡Ahora, Brett!

Mi corazón dio un vuelco.

Brett dudó apenas un segundo antes de correr hacia mí.

―¡Vamos!

Me agarró bruscamente de la mano y comenzó a tirar de mí montaña arriba mientras el combate seguía resonando a nuestras espaldas.

―¡No podemos dejarlos! ―grité mirando atrás desesperadamente.

―Estarán bien.

―¡Son demasiados!

Brett seguía avanzando tirando de mí entre la nieve y las rocas.

―No son tantos. Daziel podrá contenerlos.

Su voz sonaba firme, pero podía notar perfectamente la tensión que lo atravesaba.

―Rose, debes marcharte ahora.

Aquellas palabras consiguieron llenarme de un miedo insoportable.

Seguimos ascendiendo durante lo que parecieron horas atravesando senderos estrechos cubiertos de hielo y enormes paredes de roca negra. El viento descendía desde las cumbres con tanta fuerza que apenas podía respirar en algunos momentos.

Varias veces estuve a punto de caer.

Y cada vez Brett me sujetaba inmediatamente.

El paisaje se volvió cada vez más salvaje e irreal a medida que ascendíamos. Cascadas heladas caían entre las rocas y la nieve cubría gran parte del terreno alrededor. El sonido del viento resonaba entre las montañas como un lamento antiguo mientras la niebla comenzaba a envolverlo todo.

Hasta que finalmente llegamos.

La entrada de la cueva aparecía oculta entre enormes paredes de piedra cubiertas de musgo y hielo. Desde fuera parecía una grieta oscura abierta en mitad de la montaña, pero en cuanto cruzamos el interior comprendí que aquello era mucho más grande de lo que imaginaba.

La cueva descendía profundamente hacia las entrañas de Beinn Eighe.

El sonido del agua resonaba en todas partes.

Avanzamos entre túneles estrechos iluminados únicamente por las antorchas que Brett había encendido mientras enormes estalactitas colgaban sobre nosotros como colmillos de piedra. El aire allí dentro era frío, húmedo y antiguo.

Como si aquel lugar hubiese existido antes incluso del tiempo.

Y entonces llegamos al yacimiento.

Me quedé completamente paralizada.

El agua surgía directamente desde el corazón de la montaña formando una especie de lago cristalino rodeado de roca negra. Una tenue luz azulada parecía emerger desde las profundidades iluminando toda la cueva de forma casi sobrenatural.

Era hermoso.

Y aterrador.

El agua se movía lentamente emitiendo pequeños destellos de luz bajo la superficie como si estuviera viva.

Sentí el corazón golpeándome violentamente dentro del pecho. Había llegado el momento.

Brett permaneció varios segundos observándome en silencio antes de acercarse lentamente hacia mí.

Sus ojos claros parecían completamente rotos.

―Rose, mi amor. Es la hora.

Las lágrimas comenzaron a resbalarme por el rostro antes incluso de darme cuenta.

―Tengo miedo.

Mi voz tembló completamente.

Brett levantó lentamente las manos y sostuvo mi rostro con una ternura que terminó destrozándome.

―Lo sé.

Negué varias veces intentando contener el llanto.

―¿Y si no funciona?

Él apoyó la frente contra la mía cerrando los ojos apenas un instante.

―Funcionará.

―¿Y si termino perdida en otro lugar?

Sus dedos acariciaron suavemente mi mejilla apartando las lágrimas.

―Entonces deja que tu corazón te guíe.

Lo miré intentando memorizarlo por última vez.

Su rostro. Su voz. La forma en que me miraba.

Dios mío. Lo amaba tanto que dolía respirar.

Brett me besó entonces de una forma lenta y desesperada que consiguió romperme por completo. Y cuando se apartó, comprendí inmediatamente lo que iba a hacer.

―Brett…

Pero no me dejó terminar.

Sus ojos se clavaron profundamente en los míos una última vez.

―Te encontraré en cualquier vida, Rose.

Y antes de que pudiera reaccionar, me empujó al agua.

El frío me golpeó brutalmente mientras caía bajo la superficie cristalina. Abrí los ojos aterrorizada y entonces la luz apareció a mi alrededor.

Una luz cegadora.

Intensa.

Imposible.

Sentí cómo el agua comenzaba a arrastrarme mientras el cuerpo entero me ardía y el sonido de la montaña desaparecía lentamente.

Lo último que vi antes de desaparecer fue a Brett arrodillado junto al agua mirándome completamente destrozado.

Y después todo se volvió luz