Capítulo 16 #2
Porque no existían palabras suficientes para aquello.
Me acerqué despacio hasta ella y acaricié suavemente su rostro con el dorso de los dedos.
―No quiero que esta noche termine nunca.
Su respiración tembló apenas un poco.
―Yo tampoco.
Aquello bastó para romper el poco control que todavía me quedaba.
La besé, intentando memorizar la suavidad de sus labios, la forma en que suspiraba contra mi boca y cómo sus manos subían inmediatamente hasta mi cuello como si temiera perderme incluso antes de marcharse.
Pero el beso terminó volviéndose más intenso.
Más desesperado.
Porque ambos sabíamos lo que significaba aquella noche.
Rose se aferró a mi camisa mientras retrocedíamos lentamente hacia la cama sin dejar de besarnos y sentí cómo todo el miedo, toda la tristeza y toda aquella angustia insoportable se mezclaban con el amor brutal que sentía por ella.
La acosté despacio entre las mantas sin apartar los ojos de su rostro ni un solo instante. El fuego iluminaba tenuemente su piel y su cabello extendido sobre las sábanas, y durante unos segundos me quedé simplemente observándola.
Dios.
Era lo más hermoso que había visto jamás.
Rose levantó lentamente una mano y acarició mi rostro con una ternura que terminó destrozándome por dentro.
―No me mires así ―susurró.
―¿Así cómo?
Sus ojos se humedecieron apenas un poco.
―Como si ya me echaras de menos.
Sentí un dolor insoportable atravesándome el pecho.
Me incliné sobre ella y apoyé la frente contra la suya cerrando los ojos apenas un instante.
―Porque ya lo hago.
Rose soltó una pequeña risa triste antes de besarme otra vez, y después de eso dejamos de hablar.
Solo existieron nuestras manos recorriéndose lentamente como si intentáramos aprendernos de memoria.
La forma en que ella pronunciaba mi nombre. Cómo mi respiración se mezclaba con la suya. El calor de su cuerpo temblando bajo el mío.
Nos amamos despacio aquella noche. Sin prisa.
Como si quisiéramos detener el tiempo unas horas más.
Y quizá aquello era precisamente lo más cruel de todo.
Que después de meses deseando encontrar el modo de devolverla a casa, ahora lo único que quería era aferrarme a ella y suplicarle que se quedara.
Rose terminó abrazada contra mi pecho mucho después, mientras el fuego se consumía lentamente en la chimenea y el amanecer comenzaba a acercarse de forma inevitable.
Sus dedos dibujaban pequeños círculos distraídos sobre mi piel y durante varios minutos permanecimos completamente en silencio.
Hasta que finalmente habló.
―¿Crees que volveré a verte alguna vez?
Aquella pregunta consiguió detenerme el corazón.
Miré el techo varios segundos antes de bajar lentamente la vista hacia ella.
La verdad era que no lo sabía. Y jamás había tenido tanto miedo a una respuesta. Acaricié suavemente su cabello apartándolo de su rostro.
―Creo que te encontraré siempre, Rose. En esta o en cualquier otra vida.
Rose cerró los ojos con fuerza y se aferró todavía más a mí.
La habitación permanecía envuelta en la luz tenue del fuego mientras el viento golpeaba suavemente las ventanas del castillo.
Rose seguía entre mis brazos y yo no dejaba de acariciar lentamente su espalda desnuda, intentando grabar en mi memoria cada uno de sus suspiros, cada pequeña reacción de su cuerpo cuando la tocaba.
Ella levantó la cabeza despacio para mirarme y sentí cómo el pecho volvía a dolerme al encontrar tanta tristeza en sus ojos.
Le aparté varios mechones de cabello del rostro mientras ella se incorporaba apenas un poco sobre mí y me besaba otra vez. Un beso lento, profundo y cargado de una necesidad imposible de ocultar. Mis manos recorrieron lentamente su cintura desnuda mientras Rose se aferraba a mis hombros.
Sentí que el tiempo se nos escapaba demasiado deprisa.
La acosté nuevamente entre las sábanas sin dejar de besarla y ella soltó una pequeña risa temblorosa cuando terminé atrapando sus manos sobre la almohada.
―Brett…
Su voz apenas fue un susurro.
Apoyé la frente contra la suya respirando lentamente mientras nuestros cuerpos seguían buscándose con desesperación.
―Quiero recordar todo de ti ―murmuré.
Rose cerró los ojos unos segundos y sentí cómo sus dedos acariciaban mi rostro con una ternura que conseguía desarmarme por completo.
Después volvió a besarme.
Y durante horas solo existimos nosotros.
Las mantas deshechas. Sus labios recorriendo mi piel. Mis manos aprendiendo cada rincón de ella como si jamás fuera a volver a tocarla.
Nos amamos una y otra vez entre besos y promesas que ninguno sabía si podría cumplir.
Mucho después, cuando el cansancio comenzó finalmente a vencerla, Rose terminó abrazada contra mi pecho mientras yo seguía acariciando lentamente su espalda bajo las mantas.
―No quiero dormirme ―susurró con voz adormilada.
Besé suavemente su cabello.
―Entonces no lo hagas todavía.
Ella levantó apenas la cabeza para mirarme con una pequeña sonrisa triste.
―Prométeme algo.
Sentí el corazón tensarse inmediatamente.
―Lo que sea.
Sus dedos se cerraron suavemente alrededor de los míos.
―No me olvides nunca.
Aquello consiguió destrozarme de una forma silenciosa y brutal.
La abracé todavía más fuerte contra mí antes de cerrar los ojos apenas un instante.
―Jamás podría hacerlo, Rose. Jamás.