Capítulo 16
Territorio del clan MacKay,
Brett MacKay
Los meses comenzaron a pasar demasiado deprisa.
Y cuanto más tiempo transcurría, más difícil se volvía imaginar Castle Varrich sin ella.
Cada mañana despertaba esperando encontrarla todavía dormida entre mis brazos, con el cabello rubio extendido sobre mi pecho y aquella expresión tranquila que solo aparecía cuando olvidaba por unas horas el peso del futuro, de su hogar y de la montaña que terminaría separándonos.
Porque ambos sabíamos que aquel momento llegaría.
Simplemente fingíamos no pensar demasiado en ello.
Rose había cambiado muchísimo desde el día en que apareció medio muerta junto al río. La muchacha aterrorizada y completamente perdida que apenas podía sostenerse en pie había desaparecido poco a poco durante aquellos meses.
Ahora recorría el castillo como si realmente perteneciera a él.
Y quizá ese era precisamente el problema.
Por las mañanas entrenaba con Daziel en el patio igual que cualquiera de mis guerreros.
Al principio apenas lograba mantenerse sobre el caballo sin agarrarse desesperadamente a las riendas, pero terminó aprendiendo a montar con una rapidez sorprendente.
Más de una vez la observé desde las almenas mientras atravesaba el patio al galope riéndose abiertamente cuando Daziel intentaba hacerla reducir la velocidad.
Y Dios… verla feliz se había convertido en mi mayor debilidad.
También comenzó a entrenar con espada, aunque aquello desesperaba constantemente a mi hermano.
―Vais a terminar atravesándome el ojo ―gruñía él cada vez que Rose atacaba sin ninguna técnica.
―Eso significa que voy mejorando.
―Eso significa que sois peligrosa para cualquiera que desee seguir vivo.
Ella simplemente se reía antes de volver a intentarlo.
Y cuando empezó con el arco fue todavía peor.
La primera vez que consiguió acertar en el centro de una diana vino corriendo hacia mí con una sonrisa tan radiante que sentí el pecho ardiéndome exactamente igual que el primer día que la vi.
―¿Lo has visto?
La había levantado del suelo sin pensar siquiera mientras ella reía aferrándose a mi cuello.
Y durante unos segundos olvidé completamente que aquella mujer se iría.
Pero las noches…
Dios.
Las noches eran lo peor.
Porque durante el día todavía conseguía engañarme pensando que aquello podía durar para siempre.
Pero cuando el castillo quedaba en silencio y Rose dormía abrazada contra mi cuerpo, la realidad siempre terminaba alcanzándome otra vez.
La perdería.
Y cuanto más la amaba, más insoportable se volvía aquella idea.
Cada noche era únicamente nuestra. Nos encerrábamos en mis aposentos o en los suyos y desaparecía todo lo demás. Incluso la maldita profecía parecía perder fuerza cuando ella me miraba de aquella manera.
Rose llenaba espacios dentro de mí que ni siquiera sabía vacíos.
A veces despertaba de madrugada y me quedaba observándola dormir mientras el fuego iluminaba tenuemente su rostro. Entonces sentía miedo.
Mucho miedo. Porque nunca había amado así. Ni siquiera creía posible amar así.
Y sabía perfectamente que cuando llegara el momento de llevarla a Beinn Eighe, una parte de mí moriría allí arriba con ella.
El invierno comenzó a retirarse lentamente de las montañas y el deshielo transformó los caminos alrededor de Castle Varrich. Los días se hicieron más largos, el viento dejó de ser tan cruel y el clan entero comenzó a prepararse para la llegada del verano.
Y yo empecé a odiar cada amanecer.
Porque cada día nos acercaba más a la despedida.
Hasta que ocurrió.
Aquella mañana entrenaba con varios hombres en el patio cuando vi a Daziel acercarse hacia mí con expresión seria. Bastó mirarlo para comprender inmediatamente que algo iba mal.
Me aparté de los guerreros mientras el sonido de las espadas seguía resonando detrás de nosotros.
―¿Qué ocurre?
Mi hermano sostuvo mi mirada varios segundos antes de responder.
―Las montañas ya están despejadas.
Sentí que el corazón dejaba de latir durante un instante. El patio entero pareció desaparecer a mi alrededor. El ruido. El viento. Todo.
Porque aquellas palabras significaban una sola cosa.
Había llegado el momento.
Tragué saliva lentamente mientras intentaba mantener el control frente a mis hombres.
―¿Estás seguro?
Daziel asintió despacio.
―Los exploradores regresaron esta mañana. El paso hacia Beinn Eighe vuelve a ser transitable.
No respondí inmediatamente.
No pude. Porque deseé egoístamente que el invierno jamás terminara.
Me quedé inmóvil en mitad del patio observando a Daziel mientras aquellas palabras seguían resonando dentro de mi cabeza.
«Las montañas ya están despejadas».
Había esperado ese momento durante meses. Y al mismo tiempo lo había temido más que ninguna otra cosa. Porque ahora ya no existían excusas. Y Rose debía regresar a su hogar.
Respiré profundamente intentando ignorar aquella sensación insoportable que comenzaba a extenderse lentamente por mi pecho. Después entregué la espada a uno de los guerreros y abandoné el entrenamiento sin decir una sola palabra más.
Necesitaba verla.
La encontré junto a las almenas del lado este del castillo observando el lago. El viento agitaba suavemente su cabello mientras el sol del atardecer teñía las montañas de tonos dorados y anaranjados. Durante unos segundos simplemente me quedé observándola desde lejos.
Dios.
¿Cómo demonios iba a dejarla marchar?
Rose giró ligeramente la cabeza al escuchar mis pasos acercarse y una pequeña sonrisa apareció en sus labios al verme.
Aquella sonrisa terminó destrozándome todavía más.
―¿Qué ocurre? ―preguntó acercándose un poco hacia mí.
No respondí inmediatamente.
Porque no sabía cómo decirlo sin sentir que me arrancaban algo por dentro.
Vi cómo la sonrisa desaparecía poco a poco de su rostro al notar mi expresión.
―Brett…
Tragué saliva lentamente antes de hablar.
―Las montañas ya están despejadas.
El silencio cayó inmediatamente entre nosotros.
Rose permaneció completamente inmóvil varios segundos. Y entonces vi exactamente lo mismo que sentía yo. Miedo. No alivio ni felicidad, solo miedo.
Sus ojos bajaron lentamente hacia el paisaje mientras el viento seguía moviendo su vestido.
―Oh.
Aquella pequeña palabra me atravesó el pecho.
Me acerqué despacio hasta quedar frente a ella.
―Podemos partir mañana al amanecer.
Rose no respondió.
Seguía observando las montañas a lo lejos con expresión ausente, como si de pronto aquello que había deseado durante tanto tiempo hubiese dejado de parecer tan sencillo.
―Rose.
Finalmente levantó la mirada hacia mí.
Y Dios…
Nunca la había visto tan triste.
―Creía que estaría feliz cuando llegara este momento ―admitió con voz baja―. Llevo meses deseando volver a casa… y ahora…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Porque yo también sentía exactamente lo mismo.
Me acerqué todavía más hasta rozar suavemente sus manos con las mías.
―Debéis regresar.
Sus ojos se llenaron lentamente de lágrimas.
―Lo sé.
Aquello consiguió hacerme daño de una forma difícil de explicar.
Porque una parte egoísta y miserable dentro de mí deseaba que dijera que no quería irse. Que prefería quedarse conmigo.
Pero jamás le pediría algo así.
Jamás.
Levanté lentamente una mano y aparté varios mechones de cabello de su rostro.
―Rose… vuestro hogar no está aquí.
Ella cerró los ojos apenas un instante al sentir mi mano sobre su piel.
―Y aun así siento como si una parte de mí sí perteneciera aquí.
Aquellas palabras casi terminaron de destrozarme.
La acerqué lentamente hacia mí hasta abrazarla con fuerza mientras sentía cómo sus manos se aferraban inmediatamente a mi ropa.
Nos quedamos así varios segundos.
O quizá mucho más.
Simplemente respirándonos.
Intentando memorizar el calor del otro.
―Tengo miedo ―susurró finalmente contra mi pecho.
Cerré los ojos con fuerza.
―Yo también.
Sentí cómo soltaba una pequeña risa rota entre lágrimas.
―Eso no me tranquiliza demasiado.
Apoyé la frente sobre su cabello respirando lentamente su aroma.
―Os llevaré hasta Beinn Eighe y me aseguraré de que regreséis sana y salva.
Noté cómo se aferraba todavía más fuerte a mí.
―¿Y si no funciona?
Aquella pregunta llevaba meses persiguiéndome.
Pero no podía permitir que lo viera.
Me obligué a apartarme apenas lo suficiente para mirarla a los ojos.
―Funcionará.
Rose me observó largamente como si intentara descubrir si realmente creía mis propias palabras.
La verdad era que no lo sabía. No sabía absolutamente nada. Solo sabía que estaba dispuesto a atravesar el mismísimo infierno si eso significaba darle una oportunidad de volver a casa.
Ella terminó asintiendo lentamente.
Y aquella pequeña aceptación consiguió desmontarme por dentro. Porque pronto todo se volvería real.
Rose bajó la mirada varios segundos antes de volver a hablar.
―Entonces partiremos mañana.
Asentí lentamente.
―Al amanecer.
Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, ambos comprendimos exactamente lo mismo en aquel instante.
Aquella sería nuestra última noche juntos.
Aquella noche el castillo entero parecía extrañamente silencioso. Como si incluso sus muros supieran que algo estaba a punto de terminar.
Rose y yo apenas hablamos durante la cena.
Daziel intentó mantener cierta normalidad durante un rato, pero terminó marchándose temprano al comprender que ninguno de los dos tenía realmente fuerzas para fingir.
Después de aquello caminamos juntos por los pasillos de Castle Varrich sin rumbo fijo, rozándonos apenas con las manos, como si ambos intentáramos grabar cada pequeño detalle del otro antes de separarnos.
El sonido de nuestros pasos resonaba suavemente sobre la piedra mientras las antorchas iluminaban tenuemente el castillo dormido.
Y cada vez que la miraba sentía el pecho encogerse un poco más.
Cuando finalmente llegamos a mis aposentos, Rose se quedó inmóvil junto a la puerta observándome en silencio. Sus ojos verdes brillaban ligeramente bajo la luz del fuego y durante unos segundos ninguno supo qué decir.