Capítulo 15
Territorio del clan MacKay,
Aquella noche terminé cenando junto a los sirvientes en las cocinas porque simplemente no soportaba seguir encerrada entre las paredes de mi alcoba pensando una y otra vez en Brett, en la visión y en todo lo que estaba ocurriendo.
Necesitaba ruido, conversación y algo que me hiciera sentir mínimamente normal, aunque fuese imposible sentirse normal estando atrapada en el siglo XV.
La enorme mesa de madera estaba llena de platos calientes, pan recién hecho y jarras de cerveza mientras varias muchachas hablaban y reían entre ellas después de una jornada agotadora.
Connie estaba sentada a mi lado y no dejaba de contar historias absurdas sobre algunos guerreros del castillo, logrando arrancarme pequeñas sonrisas de vez en cuando.
Por unos minutos incluso conseguí olvidarme de todo.
Hasta que las puertas de las cocinas se abrieron de golpe, y el silencio se adueñó de la estancia.
No necesité girarme para saber quién acababa de entrar.
Sentí a Brett incluso antes de mirarlo.
Levanté lentamente la cabeza y lo encontré observándome desde la entrada con aquella expresión seria e intimidante que conseguía que todo el mundo en Castle Varrich pareciera contener la respiración a su alrededor.
Dios.
Sus ojos recorrieron lentamente la mesa hasta detenerse en mí.
―Pensaba que te había dicho que este no es tu lugar.
Fruncí inmediatamente el ceño.
―Tú no decides cuál es mi lugar.
Noté varias miradas nerviosas alrededor.
Brett avanzó lentamente hacia la mesa mientras se llevaba ambas manos a la cintura claramente irritado.
―Rose…
―¿Qué? Estoy cenando.
El ambiente se volvió todavía más incómodo.
Algunos sirvientes comenzaron a levantarse lentamente intentando marcharse sin llamar la atención, pero antes de que pudieran hacerlo levanté una mano deteniéndolos.
―No. Vosotros no os vais. Soy yo quien se marcha.
Me puse de pie inmediatamente y salí de las cocinas antes de seguir discutiendo delante de medio castillo. Escuché los pasos de Brett detrás de mí apenas unos segundos después y aceleré el paso por el corredor iluminado por antorchas.
Pero él me alcanzó enseguida.
Su mano rodeó mi brazo obligándome a detenerme.
―¿Se puede saber qué haces? ―espeté girándome bruscamente hacia él.
Brett me observaba claramente frustrado.
―Te esperaba para cenar conmigo, Rose.
La irritación se mezcló inmediatamente con sorpresa dentro de mí.
―Pues podrías habérmelo dicho.
Su mandíbula se tensó ligeramente.
―No entiendo tu actitud.
Solté una pequeña risa incrédula.
―¿Mi actitud? Brett, irrumpes en las cocinas como si fueras a ejecutar a alguien porque estoy cenando con los sirvientes.
Él respiró profundamente intentando calmarse.
―Quiero que estés bien. No deseo verte trabajando como una criada.
―¿Y qué esperas que haga? ―pregunté completamente exasperada―. ¿Qué me siente todo el día junto a una ventana a contemplar el paisaje?
Brett frunció ligeramente el ceño como si aquello le pareciera perfectamente razonable.
―Puedes organizar el trabajo de las empleadas, decorar habitaciones o cualquier otra cosa propia de una dama.
Lo miré completamente perpleja.
―No soy una dama.
Vi cómo algo cambiaba fugazmente en su expresión.
Y aun así continué.
―Y tampoco soy tu esposa. Ni nunca lo seré.
Aquellas palabras parecieron descolocarlo muchísimo más de lo que esperaba.
Porque era verdad.
Yo no era la señora de Castle Varrich. No pertenecía allí. Y por mucho que Brett pareciera empeñado en tratarme como si ya lo hiciera, seguía siendo una mujer atrapada en una época que no era la suya. Acabaría marchándome, y nos tendríamos que hacer a la idea.
Vi cómo bajaba ligeramente la mirada antes de volver a observarme.
Y entonces reparé en que parecía sinceramente avergonzado.
―Perdóname, Rose.
La suavidad de su voz consiguió sorprenderme.
―Es solo que, cuando estoy contigo no sé cómo comportarme.
El corazón me dio un vuelco completamente ridículo.
Brett dio un paso más hacia mí mientras seguía sosteniendo suavemente mi brazo.
―Siento como si me pertenecieras.
Aquellas palabras deberían haberme hecho enfadar. Y, sin embargo, lo único que consiguieron fue acelerar todavía más mi corazón.
―Y también siento como si yo te perteneciera a ti ―continuó mucho más bajo―. No puedo evitarlo.
Lo miré en silencio durante varios segundos.
Y entonces comprendí algo importante.
Brett no estaba intentando controlarme porque me considerara inferior ni porque quisiera hacerme daño. Simplemente era un hombre nacido en el siglo XV, criado para creer que proteger y decidir por la mujer que amaba era su obligación.
Aquello no justificaba su actitud.
Pero conseguía entenderla un poco mejor.
Solté lentamente el aire intentando relajarme.
―Te entiendo.
Vi cómo algo se suavizaba inmediatamente en su mirada.
―Pero no volverás a decirme lo que debo hacer.
Brett permaneció en silencio escuchándome atentamente.
―Y si quieres que haga algo, tendrás que pedírmelo.
Durante unos segundos pensé que volvería a discutir. Pero para mi sorpresa terminó asintiendo lentamente.
―Bien.
Lo observé todavía algo desconfiada.
Entonces la comisura de sus labios se curvó apenas un poco mientras me miraba con aquella intensidad que empezaba a dejarme completamente sin defensas.
―Entonces… ¿cenarás conmigo esta noche?
No pude evitar sentir una pequeña sonrisa escapándoseme.
―Lo haré, Brett MacKay.
Aquella noche cenamos en una de las pequeñas salas privadas del castillo junto a Daziel, lejos del ruido constante del gran salón y de las miradas curiosas de los guerreros.
La estancia estaba iluminada únicamente por varias velas y el fuego encendido en la chimenea, que llenaba el ambiente de una calidez acogedora muy distinta a la solemnidad fría que solía envolver Castle Varrich.
La mesa estaba llena de comida caliente, carne asada, pan recién hecho y varias jarras de vino oscuro que Daziel insistía constantemente en rellenarme cada vez que mi copa quedaba medio vacía.
―¿Intentáis emborracharme? ―pregunté entre risas mientras él volvía a servirme.
―Por supuesto ―respondió completamente serio antes de sonreír apenas un poco―. Sois mucho más agradable cuando dejáis de discutir con mi hermano.
Brett soltó una exhalación cansada desde el otro lado de la mesa.
―Eso es porque llevas toda la noche provocándola para que lo haga.
―Y ella lleva toda la noche respondiendo. Empiezo a comprender por qué te tiene tan desesperado.
Brett negó con la cabeza, pero no dijo nada, en cambio, bebió de su copa mientras no dejaba de observarme.
Como si durante unas horas hubiésemos conseguido olvidar la maldición, el futuro y el hecho de que tarde o temprano tendría que marcharme.
Daziel terminó contándome varias historias sobre la infancia de Brett que claramente él habría preferido mantener enterradas para siempre.
―Miente ―gruñó Brett mientras yo me reía sin poder evitarlo.
―No miento. ¿Queréis saber cómo mi honorable hermano terminó cayendo a un lago helado intentando impresionar a una muchacha?
Abrí los ojos divertida.
―Oh, por favor, sí.
Brett apoyó la copa sobre la mesa con expresión resignada.
―No dejaré que te cuente esa historia.
―Claro que sí ―replicó Daziel completamente satisfecho―. Porque es excelente.
Y antes de que Brett pudiera detenerlo, empezó a narrar cómo, con apenas quince años, había intentado demostrar sus habilidades montando un caballo completamente salvaje delante de varias jóvenes del clan.
―El animal lo lanzó directamente al agua ―terminó diciendo mientras se reía abiertamente―. Padre decía que jamás había escuchado tantos insultos juntos salir de la boca de un solo muchacho.
No pude contener la carcajada.
Brett me observó claramente ofendido.
―No tiene ninguna gracia.
―Claro que la tiene ―respondí todavía riéndome―. Estoy intentando imaginarte cayendo al lago y sinceramente es lo mejor que me ha pasado desde que llegué aquí.
Él negó lentamente con la cabeza, aunque terminé descubriendo una pequeña sonrisa escapándosele también.
Y fue entonces cuando me di cuenta.
Era la primera vez que veía a Brett realmente relajado. No como laird. No como guerrero.
Solo como un hombre compartiendo vino junto a las personas que quería.
El fuego crepitaba suavemente detrás de nosotros mientras las horas parecían pasar sin que ninguno quisiera darse cuenta. Poco a poco el vino fue calentándome el cuerpo y relajando aquella tensión constante que llevaba semanas oprimiéndome el pecho.
En varios momentos nuestras miradas se encontraban por encima de las copas y el corazón se me aceleraba inmediatamente igual que una idiota. Y lo peor era que él tampoco parecía capaz de apartar los ojos de mí demasiado tiempo.
Daziel terminó observándonos a ambos con una mezcla de diversión y resignación.
―Por Dios… sois insoportables.
Fruncí ligeramente el ceño divertida.
―¿Nosotros?
―Sí. Vosotros. Es como ver a dos personas intentando fingir que no se arrancarían la ropa mutuamente ahora mismo.
Sentí que casi me atragantaba con el vino.
―¡Daziel!
Mi protesta solo consiguió hacerlo reír todavía más.
Incluso Brett soltó una pequeña risa grave mientras negaba con la cabeza.
―Creo que has bebido demasiado.
―Creo que vosotros dos no habéis bebido lo suficiente.
Daziel soltó una carcajada satisfecho consigo mismo mientras terminaba el vino de su copa.
Yo todavía notaba el calor subiéndome al rostro por su comentario, y lo peor era que Brett seguía mirándome desde el otro lado de la mesa con aquella intensidad tranquila que me hacía olvidar hasta cómo respirar.
Daziel se levantó entonces de la silla estirándose ligeramente.
―Creo que voy a retirarme antes de que acabéis lanzándoos el uno encima del otro delante de mí y termine perdiendo el apetito para el resto de mi vida.
―¡Daziel! ―protesté completamente avergonzada.
Pero aquello solo consiguió hacerlo reír todavía más.
Brett negó lentamente con la cabeza mientras su hermano caminaba hacia la puerta.