Capítulo 14 #2
―En cuanto termine el invierno llevaré a Rose a Beinn Eighe.
Vi cómo la incredulidad regresaba inmediatamente a su rostro.
―Madre dice que allí existe un antiguo yacimiento dentro de las cuevas de la montaña. Cree que Rose podrá regresar a su tiempo desde ese lugar.
Daziel me observó completamente desconcertado.
―Por Dios… realmente crees todo esto.
―Lo creo.
Mi propia voz sonó extraña al admitirlo en voz alta.
Pero era verdad.
Lo creía.
Más que cualquier otra cosa.
―Creo que Rose y yo hemos regresado para romper esta maldición. Puede que, si la hago regresar, todo esto termine. Sé que no te interesa ninguna mujer por eso, Daziel. Tú también temes a la maldición, aunque no lo digas.
Daziel permaneció inmóvil varios segundos.
―Esto es de locos.
Daziel caminó por la habitación con nerviosismo.
Después levanté la mirada hacia él.
―Somos ellos.
―¿Quiénes?
―Catalina y Malcolm.
El rostro de mi hermano se endureció ligeramente.
―¿Los novios asesinados el día de su boda?
Daziel terminó soltando lentamente el aire antes de negar con la cabeza.
―Si eso es cierto… tendremos que averiguarlo.
Fruncí ligeramente el ceño.
―¿Cómo?
Mi hermano sostuvo mi mirada varios segundos antes de girarse hacia la puerta.
―Ven conmigo.
Y sin añadir nada más comenzó a caminar fuera de la estancia mientras yo lo seguía sintiendo, cómo el peso de todo aquello comenzaba a hacerse cada vez más real.
Daziel no dijo una sola palabra mientras atravesábamos varios pasillos estrechos del castillo iluminados apenas por antorchas moribundas.
Bajamos una escalera de piedra tan antigua que algunas zonas parecían deshacerse bajo nuestros pasos y finalmente llegamos a una parte de Castle Varrich que llevaba años prácticamente abandonada.
El aire allí olía a polvo, humedad y madera envejecida.
Varias telas cubrían muebles antiguos apilados sin orden, cofres medio rotos y objetos olvidados por generaciones enteras de MacKay. Parecía una tumba construida con recuerdos familiares que nadie había querido conservar, pero tampoco destruir.
Observé a mi hermano frunciendo ligeramente el ceño.
―¿Qué demonios hacemos aquí?
Daziel comenzó a apartar varias cajas cubiertas de polvo mientras rebuscaba con evidente prisa.
―Tiene que estar por aquí.
Me crucé de brazos mientras lo observaba mover muebles y apartar telas ennegrecidas por el tiempo.
―¿Qué buscas?
Mi hermano soltó lentamente el aire sin dejar de buscar.
―Cuando encontré aquello era apenas un crío. Padre me descubrió aquí abajo y me dio una paliza descomunal por entrar donde no debía.
Lo miré sorprendido.
―¿Y aun así recuerdas dónde estaba?
Daziel asintió lentamente.
―Porque aquella imagen nunca se borró de mi cabeza.
Apartó otro viejo arcón antes de volver a mirarme.
―Y cuando Rose apareció en el castillo… la recordé inmediatamente.
Sentí cómo el cuerpo comenzaba a tensárseme poco a poco.
―¿Recordaste qué?
Mi hermano sostuvo mi mirada varios segundos.
―Un cuadro. Un retrato de Catalina y Malcolm.
El corazón me golpeó brutalmente contra las costillas.
―Daziel…
―Rose es idéntica a ella, Brett. Cuando la vi llegar cubierta de barro junto al río, supe que ya había visto ese rostro antes. Pero no quería creerlo. No deseo ser como madre, siempre buscando señales y cosas que solo ve ella.
Aquello consiguió erizarme la piel entera.
Durante varios segundos ninguno habló. Después ambos comenzamos a apartar muebles y telas con mucha más rapidez, levantando polvo por toda la estancia mientras el aire se volvía cada vez más irrespirable.
Y entonces lo sentí.
No sé cómo explicarlo.
Fue simplemente… una certeza.
Como si algo me empujara hacia una esquina concreta de aquella vieja habitación.
Caminé lentamente hasta varios muebles enormes cubiertos por una lona gruesa y, sin entender realmente por qué, empecé a moverlos.
Daziel me observó sin decir nada.
Mi respiración comenzó a acelerarse mientras apartaba una pesada mesa carcomida por el tiempo. Después agarré la tela que cubría el objeto escondido detrás y tiré de ella bruscamente.
El polvo se levantó de golpe en el aire.
Y entonces lo vi.
Sentí que las piernas me fallaban inmediatamente. Tuve que apoyarme sobre uno de los muebles para no caer mientras el corazón comenzaba a golpearme con una violencia insoportable dentro del pecho.
Porque éramos nosotros.
¡Señor!
Éramos nosotros.
El retrato mostraba a un hombre y una mujer vestidos con ropas de finales del siglo XIII. Malcolm MacKay aparecía de pie junto a Catalina con una mano apoyada sobre el hombro de ella mientras ambos observaban al pintor con expresiones serenas.
Pero aquello no era lo peor.
Lo peor era que Malcolm tenía exactamente mi rostro.
Y Catalina…
Catalina era Rose.
No un parecido. No unos rasgos similares. Era ella. Sus mismos ojos. La misma boca. El mismo cabello dorado cayendo sobre los hombros. Incluso aquella pequeña forma desafiante de sostener la mirada.
Daziel permanecía completamente inmóvil a mi lado observando el cuadro con la misma incredulidad que sentía yo.
―Dios santo… ―dijo apenas.
Casi no podía respirar.
Me acerqué lentamente hasta el retrato como si temiera que fuera a desaparecer frente a mis ojos y recorrí con la mirada cada detalle del rostro de Catalina.
Rose.
Era Rose.
Sentí un escalofrío brutal recorriéndome entero.
Entonces Daziel giró lentamente el cuadro y apartó el polvo acumulado sobre la madera trasera.
Había una inscripción.
«Pintado el día 12 de mayo del año de Nuestro Señor 1298, una semana antes de la unión de sir Malcolm MacKay y lady Catalina».
Apreté la mandíbula intentando asimilar todo aquello mientras sentía el pecho ardiendo violentamente.
Daziel seguía observando el retrato completamente pálido.
―Puede que tengas razón, hermano.
Levanté lentamente la mirada hacia él.
Mi hermano tragó saliva antes de continuar.
―Puede que realmente estemos malditos.
Volvió a mirar el cuadro otra vez.
―Y puede que vosotros os hayáis encontrado por algo.
Aquellas palabras consiguieron hacerme cerrar los ojos apenas un instante. Porque ya no podía seguir negándolo. Todo aquello comenzaba a tener sentido.
Cuando volví a abrirlos, Daziel seguía observando el retrato con expresión grave.
―Pero ahora estoy seguro de algo.
Fruncí ligeramente el ceño.
―¿De qué?
Me sostuvo la mirada varios segundos antes de responder.
―Rose debe regresar a su tiempo.
Aquello me golpeó con fuerza aun sabiendo que era exactamente lo que yo mismo había decidido.
―¿Entonces me crees?
Daziel asintió lentamente.
―Os creo.
Después volvió a mirar el retrato.
―Y si devolverla a su hogar sirve para romper esta maldición, entonces debemos hacerlo.
El dolor que aquellas palabras provocaron dentro de mí fue casi insoportable.
Aun así terminé asintiendo lentamente.
―Gracias, hermano. No sabes lo que significa esto para mí.
Daziel apoyó una mano sobre mi hombro. Pero yo apenas podía apartar los ojos del cuadro.
De ella.
Porque aunque intentara convencerme de que debía dejarla marchar, una parte salvaje y desesperada dentro de mí seguía negándose a aceptar que Rose hubiese llegado hasta mi vida únicamente para desaparecer de nuevo.