Capítulo 14
Territorio del clan MacKay,
Brett MacKay
El aire frío de la mañana golpeaba con fuerza el patio de entrenamiento mientras las espadas chocaban una y otra vez entre destellos metálicos y respiraciones agitadas.
El suelo seguía húmedo por la escarcha nocturna y varios guerreros entrenaban alrededor bajo las órdenes de Daziel, aunque mi atención llevaba demasiado tiempo lejos de allí.
Volví a bloquear uno de sus ataques casi por puro reflejo.
―Estás distraído ―gruñó mi hermano apartándose unos pasos mientras bajaba la espada.
Fruncí ligeramente el ceño.
―No lo estoy.
Daziel soltó una risa seca claramente poco convencido.
―Claro que sí. Llevo intentando golpearte desde hace un rato y ni siquiera pareces aquí.
Apreté la mandíbula y lancé un ataque rápido que él consiguió detener antes de apartarse otra vez.
―¿Vas a decirme qué demonios te ocurre?
No respondí inmediatamente.
Porque sabía perfectamente qué me ocurría.
Rose.
Todo tenía que ver con ella.
La había sentido entre mis brazos durante toda la noche y aun así seguía deseándola como un maldito condenado. Peor todavía, no dejaba de pensar en sus lágrimas, en la visión y en aquella aterradora posibilidad de que realmente estuviera destinada a morir si permanecía conmigo.
«Maldita fuese».
Bajé lentamente la espada intentando recuperar el control mientras varios guerreros continuaban entrenando alrededor.
Entonces la vi.
Rose atravesaba el patio junto a Connie cargando un enorme barreño lleno de ropa mojada. El viento agitaba varios mechones de su cabello mientras caminaba con evidente esfuerzo intentando sostener el peso.
Y algo dentro de mí reaccionó inmediatamente.
Rabia.
Una rabia irracional y absurda que apareció tan deprisa que apenas tuve tiempo de comprenderla.
Antes de pensarlo siquiera ya caminaba hacia ella.
Sentí las miradas de algunos hombres siguiéndome mientras atravesaba el patio con paso firme hasta detenerme frente a ambas muchachas.
Rose levantó la cabeza sorprendida al verme acercarme.
―¿Qué ocurre?
Ignoré la pregunta y observé el enorme peso que llevaba entre los brazos.
―No quiero que hagas esto, Rose.
Frunció inmediatamente el ceño.
―¿Qué?
―No quiero que trabajes como una criada.
La sorpresa cruzó fugazmente por su rostro antes de transformarse rápidamente en irritación.
―Quiero hacerlo. Me ayuda a no pensar.
Negué con firmeza.
―No. No lo harás.
Antes de que pudiera protestar, tomé el barreño de sus manos y lo dejé bruscamente sobre el suelo de piedra. Rose me observó completamente desconcertada mientras Connie permanecía inmóvil mirando alternativamente entre ambos como si presenciara algo peligrosamente incómodo.
Entonces me giré hacia ella.
―A partir de este momento Rose no realizará trabajos que no correspondan a su posición. Encargaos de ello.
Connie abrió ligeramente los ojos antes de inclinar rápidamente la cabeza.
―Sí, mi señor.
Rose soltó una exhalación incrédula.
―No puedes decirme lo que debo hacer.
Volví a mirarla directamente.
―Claro que puedo. Soy tu laird .
Vi cómo tensaba inmediatamente la mandíbula.
Dios.
Incluso enfadada resultaba insoportablemente hermosa.
―No te entiendo, Brett MacKay.
Y antes de que pudiera responder, se dio media vuelta bruscamente y caminó hacia el interior del castillo con evidente enfado mientras varias personas observaban la escena intentando fingir que no estaban escuchando absolutamente todo.
Me quedé inmóvil observándola desaparecer entre los pasillos hasta que la voz de Daziel sonó detrás de mí.
―Va todo bien, ¿verdad?
Aparté la mirada lentamente de la puerta por la que Rose acababa de marcharse.
―Va bien.
Mi hermano soltó una pequeña risa claramente divertida.
―Sí, eso parece.
Lo fulminé con la mirada.
Daziel levantó ambas manos fingiendo inocencia antes de acercarse a recoger su espada del suelo.
―Acompáñame al salón privado. Necesito hablar contigo.
Aquello consiguió que frunciera ligeramente el ceño.
―¿Ahora?
―Ahora.
Observé una vez más la entrada del castillo antes de entregar mi espada a uno de los guerreros y dar varias órdenes rápidas para continuar el entrenamiento en nuestra ausencia.
Después seguí a mi hermano hacia el interior de Castle Varrich mientras una sensación incómoda comenzaba a instalarse lentamente dentro de mi pecho.
Porque por primera vez en muchos años empezaba a sentir que estaba perdiendo completamente el control de algo. Y ese algo tenía unos enormes ojos verdes y la sonrisa más bonita que había contemplado jamás.
La estancia privada permanecía en silencio cuando cerré la puerta tras nosotros. El fuego ardía suavemente en la chimenea mientras Daziel dejaba la espada sobre una de las mesas y se giraba lentamente hacia mí con expresión seria.
Demasiado seria.
Supe inmediatamente que aquella conversación no iba a gustarme.
―Ahora explícame qué demonios te ocurre.
Fruncí ligeramente el ceño mientras me servía un poco de whisky intentando aparentar una calma que ni siquiera sentía.
―No me ocurre nada.
Daziel soltó una risa seca completamente incrédula.
―Vamos, Brett. Te conozco mejor que nadie.
No respondí.
Porque el maldito tenía razón.
Mi hermano cruzó los brazos observándome fijamente.
―Desde que esa muchacha llegó al castillo estás diferente.
Apreté ligeramente la mandíbula mientras daba un pequeño trago.
―No exageres.
―¿Que no exagere? Todo el jodido castillo ve cómo la miras.
Aquellas palabras consiguieron tensarme inmediatamente.
Daziel dio varios pasos hacia mí sin apartar los ojos de mi rostro.
―Sientes algo por ella.
El silencio fue suficiente respuesta.
Mi hermano soltó lentamente el aire.
―Entonces cásate con ella y deja de comportarte como un hombre al que han golpeado en la cabeza.
Lo miré con incredulidad.
―¿Eso es todo lo que se te ocurre decir?
―No. Lo que se me ocurre decir es que debes centrarte.
Su expresión se endureció ligeramente.
―¿Sabes las amenazas que llegan desde las tierras Ross? Ayer desarmamos un grupo de exploradores cerca de nuestras fronteras. Nos observan, Brett. Nos acechan igual que han hecho durante generaciones y en cualquier momento volverán a atacar.
Me levanté lentamente.
―¿Crees que no lo sé?
―Entonces compórtate como un laird y no como un muchacho cegado por una mujer.
Aquello consiguió enfurecerme.
Pero Daziel no había terminado.
―Creo que ocurre algo más ―continuó observándome atentamente―. Hay algo que no me estás contando.
Respiré profundamente intentando decidir si debía hablar o no.
Después terminé dejándome caer sobre el sillón junto al fuego mientras pasaba una mano por mi cabello.
―Fui a ver a madre.
Daziel se quedó inmóvil.
―¿Qué?
Levanté lentamente la mirada hacia él.
―Y llevé a Rose conmigo.
La expresión de mi hermano pasó inmediatamente del desconcierto a la furia.
―¿Cómo pudiste hacer algo así?
Se acercó varios pasos claramente alterado.
―¿Es que has perdido completamente la cabeza? Madre está muerta para el mundo entero, Brett. Nadie debe conocer el lugar donde vive.
―Lo sé.
―¿Entonces por qué demonios la llevaste?
―Porque debía hacerlo.
Daziel negó con frustración mientras comenzaba a caminar de un lado a otro de la estancia.
―¿Y si alguien os siguió? ¿Y si los Ross descubren dónde está? ¿Quieres que la maten?
Apreté la mandíbula.
―No ocurrió nada.
―Porque tuviste suerte.
El silencio cayó unos segundos entre nosotros antes de que finalmente hablara otra vez.
―¿Por qué la llevaste?
Observé el fuego varios instantes antes de responder.
―¿Recuerdas aquella historia que madre nos contaba cuando éramos niños?
Daziel frunció ligeramente el ceño.
―¿Cuál de todas? Madre siempre nos ha contado demasiadas historias.
―La de las dos almas destinadas a encontrarse a través del tiempo.
Mi hermano soltó inmediatamente una pequeña risa incrédula.
―Por el amor de Dios, Brett. Eso era una fantasía.
No respondí inmediatamente.
Porque hacía apenas unos días yo habría dicho exactamente lo mismo.
―Rose me contó algo extraño.
Daziel me observó sin comprender.
―¿Extraño cómo?
Respiré profundamente antes de decirlo.
―Dice que no pertenece a este tiempo.
Mi hermano arqueó una ceja.
―¿Ah, no? ¿Y entonces de dónde se supone que viene?
Le sostuve la mirada.
―Del futuro.
El silencio que siguió fue absoluto.
Después Daziel soltó una carcajada completamente incrédula.
―Estás bromeando.
Negué lentamente.
―Dice venir del año dos mil veintiséis .
Mi hermano me observó como si acabara de volverme completamente loco.
―¿Te estás escuchando, Brett? Porque yo sí lo estoy haciendo y suenas como un maldito enajenado.
Me puse de pie bruscamente.
―¡Escúchame! Todo coincide, ¿de acuerdo? Todo. La forma en que habla, las cosas que sabe, la ropa con la que apareció… Rose no está loca.
Daziel seguía mirándome con absoluta incredulidad.
―No es una bruja ni una mentirosa ―continué con frustración―. No sé cómo demonios explicarlo, pero sé que dice la verdad.
Me llevé una mano al pecho intentando controlar todo aquello que me estaba consumiendo por dentro.
―Cuando estoy con ella siento… como si ya la conociera. Como si fuese parte de mí.
Daziel guardó silencio varios segundos antes de hablar mucho más despacio.
―Estás hablando exactamente igual que madre.
Aquello consiguió hacerme tensar inmediatamente.
―Debes serenarte, Brett. Es posible que estés confundiendo amor con otra cosa.
Negué lentamente.
―No puedo casarme con ella.
―¿Y por qué no?
Lo miré directamente.
―Porque conoces la maldición de esta familia. Todas las mujeres MacKay terminan muriendo.
La expresión de Daziel cambió apenas un poco.
―Siempre a manos de un Ross ―gruñó él con rabia contenida―. Y hasta que acabemos con ese clan jamás tendremos paz.
Se acercó lentamente hacia la mesa donde descansaba uno de los mapas.
―Tenemos hombres preparados. Un ejército fuerte. En cuanto pase el invierno debemos atacar.
Negué inmediatamente.
―No.
Daziel levantó la mirada hacia mí.
―¿No?