Capítulo 12 #2
―Los Ross atacaron Castle Varrich la misma noche que mi madre se marchó. Yo conseguí esconderme, pero vi cómo el laird Ross atravesaba el pecho de mi padre con su espada.
Su voz no tembló.
Y precisamente por eso dolió todavía más escucharlo.
―Mi propio abuelo lo mató delante de mí.
Cerré los ojos apenas un instante intentando imaginar algo así.
Cuando volví a mirarlo, Brett ya no parecía el hombre frío y dominante que había conocido junto al río. Ahora solo veía a un niño obligado a contemplar cómo destruían su familia mientras lo llenaban de odio.
―Meses después fui a buscar a mi madre y a Daziel ―continuó con voz mucho más baja―. Le pedí que regresara conmigo, pero se negó.
Algo parecido al dolor cruzó fugazmente por su expresión.
―Me hizo decirle al clan que había muerto consumida por la pena tras perder a mi padre. Y desde entonces vive escondida en esa cabaña.
Durante unos segundos ninguno habló.
Después terminé levantando lentamente la mirada hacia él.
―¿Y tú realmente crees que vuestro clan está maldito?
La respuesta llegó inmediatamente.
―Lo está.
La seguridad de su voz consiguió erizarme la piel.
Brett dejó el vaso sobre la mesa y volvió a mirarme fijamente.
―Ninguna de nuestras mujeres sobrevive, Rose. Ninguna.
―Bueno… tu madre sigue con vida.
Brett dejó escapar una pequeña risa amarga que no tenía absolutamente nada de humor.
―Para el resto del mundo no. Y puede que así sea realmente.
Fruncí ligeramente el ceño mientras lo observaba.
―¿Qué quieres decir?
Apartó la mirada hacia el fuego.
―Vive sola en mitad del bosque. Apenas recibe las visitas de mi hermano o las mías. No habla con nadie, no sale de esa cabaña y pasa los días encerrada entre hierbas, visiones y recuerdos.
Algo oscuro cruzó fugazmente por su expresión.
―A veces pienso que habría sido mejor que hubiese muerto junto a mi padre.
―No digas eso.
Las palabras escaparon de mis labios antes incluso de pensarlas.
Brett levantó lentamente la mirada hacia mí, y vi cansancio. Un cansancio profundo y antiguo que parecía llevar demasiado tiempo soportando solo.
No sé exactamente qué me impulsó a hacerlo.
Quizá la tristeza que acababa de escuchar en su voz.
Quizá el dolor que parecía esconder siempre detrás de aquella actitud fría.
O quizá simplemente el hecho de que cada vez me resultaba más imposible mantener distancia con él.
Pero terminé acercándome lentamente hasta quedar frente a donde estaba sentado.
Brett no se movió.
Solo me observó en silencio mientras yo apoyaba cuidadosamente una mano sobre la suya. Su piel estaba caliente. Y el simple contacto hizo que el aire pareciera volverse más espeso entre nosotros.
―Estoy segura de que tu madre te ama ―dije suavemente―. Y también estoy segura de que todo lo que hizo fue para protegerte.
Vi cómo algo se tensaba en su mandíbula.
Después sus dedos terminaron cerrándose lentamente alrededor de mi mano. Y aquel gesto sencillo consiguió alterarme muchísimo más de lo que debería. Porque Brett MacKay no parecía un hombre acostumbrado a tocar con suavidad.
Sus ojos descendieron apenas un instante hacia mis labios antes de volver a mirarme. Sentí inmediatamente el corazón acelerándose dentro de mi pecho. Otra vez aquella tensión. Otra vez esa sensación peligrosa de querer acercarme, de fundirme con él.
―Rose…
Me encantaba escuchar mi nombre entre sus labios.
Respiré profundamente intentando recordar que había ido allí porque estaba confundida y aterrada, no para volver a perder completamente la cabeza por él.
Entonces recordé la visión.
Y el nudo regresó inmediatamente a mi garganta.
Brett debió notarlo.
―¿Qué ocurre?
Bajé lentamente la mirada hacia nuestras manos unidas antes de hablar.
―La visión…
Él permaneció completamente inmóvil.
―¿Qué viste realmente?
Tragué saliva.
Y entonces se lo conté todo. Le hablé de Catalina. De la boda. De Malcolm MacKay. Y de cómo Malcolm tenía exactamente su mismo rostro.
La expresión de Brett se fue endureciendo lentamente conforme hablaba.
Le conté el ataque en mitad de la boda, y de como una flecha atravesó el pecho de Malcon. Y después la promesa de Catalina antes de morir junto a él. Y cuando terminé, la tensión dentro de la habitación se volvió casi insoportable.
Brett soltó lentamente mi mano y se apartó unos pasos de mí. Su rostro había cambiado completamente. Toda la cercanía de hacía apenas unos segundos había desaparecido. Ahora volvía a parecer distante. Frío. Tenso.
―¿Lo veis ahora? ―dijo finalmente con voz grave.
Fruncí ligeramente el ceño.
―¿Qué?
Brett pasó una mano por su cabello claramente alterado.
―La maldición.
Sentí un escalofrío recorriéndome lentamente la espalda.
―Brett…
―No lo entendéis, Rose. Esto es peligroso. ―Se giró bruscamente hacia mí―. Todas las mujeres que han amado a un MacKay han terminado muriendo.
Negué inmediatamente.
―¿Es que no lo entiendes? ―Me tuteó por primera vez―. Te lo he contado. Todo comenzó en aquella boda de hace más de ciento cincuenta años. Mis antepasados son Catalina y Malcon MacKay. Fueron los primeros de todas estas desgracias.
La intensidad de su voz consiguió dejarme completamente inmóvil.
―No lo comprendo ―dije abrumada.
―¿Y si lo que contó mi madre es real, y si estamos unidos por el destino? ¿Y si Catalina y Malcon somos nosotros?
―Pero eso es imposible
―Ah, ¿sí? Y me lo dices tú que has viajado en el tiempo. Piensa Rose. Tú visión podría haber sido solo un recuerdo pasado.
Brett respiraba agitadamente mientras me observaba con una mezcla extraña de miedo.
Después dijo aquello que terminó deteniendo mi corazón por completo.
―¿Entonces por qué siento que te amo desde siempre?
El aire desapareció de mis pulmones.
Brett sostuvo mi mirada sin apartarla ni un segundo.
Y jamás lo había visto tan vulnerable.
―Lo supe casi desde el instante en que te vi salir del río ―continuó con la voz mucho más baja―. Desde entonces siento el pecho ardiendo cada vez que te miro, Rose.
Las lágrimas comenzaron a acumularse lentamente en mis ojos. Porque yo sentía exactamente lo mismo.
―Y precisamente por eso no dejaré que nada malo te ocurra.
Se acercó lentamente hasta quedar frente a mí otra vez.
―Esperaremos a que el invierno termine y entonces te llevaré a Beinn Eighe.
Su mirada se clavó profundamente en la mía.
―Regresarás a tu hogar aunque sea lo último que haga.
Y aquellas palabras deberían haberme tranquilizado. Deberían haber sido exactamente lo que llevaba semanas deseando escuchar.
Entonces ¿por qué sentía que algo dentro de mí acababa de romperse al imaginarme alejándome de él?
―Lo haré Brett, regresaré y será como si nunca hubiese existido. Lo olvidaremos ―dije lo más serena que pude a sabiendas de que era mentira.
No podría olvidarlo, jamás lo haría.
―Será mejor que regrese a mi alcoba.
Caminé hacia la puerta, y mientras lo hice pude sentir su mirada en mi nuca.
―¿Deseas que te acompañe?
Sentí sus pasos acercándose lentamente detrás de mí mientras mi mano seguía apoyada sobre el pomo de la puerta. El corazón me latía con tanta fuerza que apenas podía respirar y, aun así, lo peor era aquella sensación desgarradora creciendo dentro de mi pecho al pensar en marcharme.
En dejarlo.
Cerré los ojos apenas un instante intentando reunir fuerzas.
No pude.
Porque por mucho que intentara convencerme de que regresar era lo correcto, de que mi hogar estaba siglos más adelante y de que todo aquello era imposible, una parte de mí ya sabía que jamás volvería a ser la misma después de Brett MacKay.
No podía evitarlo.
Así que terminé girándome lentamente hacia él. Y fue un error.
Porque Brett seguía observándome con aquella intensidad brutal que conseguía desarmarme por completo.
Permanecía a apenas unos pasos de mí, con los ojos clavados en los míos como si estuviera intentando memorizarme.
―No sé cómo hacer esto ―susurré finalmente sintiendo la voz quebrarse apenas un poco.
Brett frunció ligeramente el ceño.
―¿Hacer qué?
Las lágrimas empezaron a acumularse otra vez en mis ojos.
―Irme… sabiendo lo que siento por ti.
Vi cómo algo se rompía fugazmente dentro de su mirada.
Y antes de que pudiera pensar mejor lo que estaba haciendo, crucé la distancia entre nosotros.
Brett reaccionó inmediatamente.
Sus manos encontraron mi cintura con una necesidad desesperada al mismo tiempo que mi boca buscaba la suya.
El beso fue completamente distinto al primero. Mucho más profundo. Más lento. Más doloroso. Como si ambos supiéramos que aquello podía destruirnos.
Sentí cómo Brett me atraía contra él con fuerza mientras sus labios recorrían los míos de una forma que consiguió hacerme olvidar absolutamente todo lo demás. El castillo. El tiempo. El miedo. Incluso la posibilidad de regresar.
Solo existíamos él y yo. Y el amor imposible que estaba creciendo demasiado deprisa entre nosotros.
Mis dedos se aferraron a su cabello mientras el beso se volvía cada vez más intenso y desesperado. Brett soltó una respiración grave contra mi boca antes de apoyar la frente contra la mía apenas unos segundos.
―Rose, esto acabará con nosotros…
―No deseo pensar en eso ahora. Ahora solo deseo amarte y que tú también me ames con la misma intensidad.
Levanté lentamente la mirada hacia él y vi exactamente el mismo caos que sentía yo reflejado en sus ojos.
Miedo.
Deseo.
Y amor.
Muchísimo amor.
―No pienses en mañana ―dije acariciando suavemente su rostro―. No, esta noche.
Vi cómo la tensión de su mandíbula desaparecía lentamente.
Y después volvió a besarme.
Aquella vez con todavía más necesidad.
Retrocedimos casi sin darnos cuenta hasta el lecho mientras nuestras manos se buscaban constantemente, como si ambos necesitáramos asegurarnos de que el otro seguía allí.
El camisón resbaló lentamente por mis hombros bajo las manos de Brett y sentí cómo contenía el aliento apenas un instante al mirarme.
Aquella expresión en sus ojos consiguió hacerme estremecer entera. Me miró como si fuese lo más hermoso que había visto jamás.
―Eres preciosa ―aseguró con una sinceridad tan profunda que sentí un nudo en el estómago.
El corazón me dolió de amor.
Lo besé otra vez antes de que pudiera seguir hablando porque no quería pensar. No quería recordar el futuro ni la montaña ni el río ni el hecho de que probablemente todo aquello terminaría rompiéndonos.
Solo quería sentirlo.
Las manos de Brett recorrían mi cuerpo con una mezcla extraña de deseo y cuidado que conseguía volverme completamente loca. Como si quisiera memorizar cada parte de mí. Como si llevase toda la vida buscándome.
Y quizá así era.
Terminamos tumbados entre las mantas, y el mundo entero pareció desaparecer alrededor de nosotros. El fuego seguía crepitando suavemente junto al lecho mientras Brett me abrazaba contra su pecho y yo escuchaba el latido firme de su corazón bajo mi mejilla.
Nunca me había sentido así con nadie. Nunca tan querida. Tan deseada y en paz.
Brett apartó lentamente varios mechones de cabello de mi rostro y me observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos.
―Si existiera otra forma… ―aseguró con voz ronca― no dejaría que te fueras jamás.
Sentí un nudo desgarrador formándose en mi garganta. Pero aun así sonreí apenas un poco mientras acariciaba suavemente su pecho.
―No deseo pensar en eso ahora. Solo quiero estar contigo, aunque sea una noche.
Brett me besó con intensidad mientras clavaba los dedos en mi cintura.
Deslizó su mano por mi cadera y la metió entre mis muslos para acariciarme lento, pero de una forma intensa.
Cuando sus dedos ahondaron en mi interior, no pude evitar temblar de placer.
Me arqueé para él al mismo tiempo que abría mis piernas y me dejaba consumir por sus caricias.
―Así Brett, no pares ―jadeé en su boca.
Él, avivado por mis palabras, pasó su lengua juguetona por mis labios.
―Oh, Rose… ¿es posible que haya esperado toda una vida por ti? Siento que contigo estoy completo. Suena absurdo, ¿verdad?
―No… no suena absurdo. Porque yo, aquí y ahora, me siento más completa de lo que lo he estado nunca.
Nuestras bocas se unieron de nuevo, mientras nuestros cuerpos ardían en llamas.
Brett se colocó entre mis piernas y rozó mi sexo con el suyo. Sentir su calor en esa zona que ya estaba demasiado sensible, me hizo estremecer. Lo deseaba en mi interior. Necesitaba sentirlo, que fuésemos solo uno.
Cuando Brett me penetró creí perder la cordura. Sentí un fuego intenso en mi bajo vientre que se expandió por todo mi cuerpo como una ola cuando se rompe contra un espigón.
Comenzó a moverse de forma controlada, pero profunda al principio. Tenía cuidado de no aplastarme, mientras dejaba un reguero de besos por mi cuello y mi escote.
―No sabes cuánto he anhelado esto, mo ghràdh, anam m’anama.
«Mi amor, alma de mi alma»
Las palabras de Brett retumbaron en mi cabeza, tan claras y nítidas como si hubiesen sido dichas en mi mismo idioma. No entendía como de pronto comprendía aquella lengua imposible.
Rodamos sobre la cama, y me situé justo encima de él. Ahora era yo la que tenía el control. Lo cabalgué despacio, disfrutando de aquel momento que me llenaba en todos los sentidos.
Brett me sujetó por la cintura con sus grandes manos, ayudando a intensificar los movimientos. Parecía que estábamos hechos el uno para el otro. De pronto todo encajaba de una forma tan natural que sentí vértigo. Estaba en el lugar correcto, y eso me abrumó por completo.
Nuestras respiraciones se intensificaron, y con ello, los movimientos de nuestros cuerpos. No pude contenerme más. Exploté de una forma tan intensa que me sentí rozar las mismas llamas del infierno. Brett lo hizo segundos después.
Me dejé caer sobre su pecho, y el acarició mi espalda con cuidado. Sus manos fuertes y amplias me hicieron sentir pequeña en comparación. Nos quedamos así unos segundos. Sintiéndonos y amándonos sin restricciones, sin miedos…