Donde tu corazón me encuentre (Destinadas a las Highlands 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Territorio del clan MacKay,

Me desperté sobresaltada en mitad de la noche.

Durante unos segundos permanecí completamente inmóvil bajo las mantas mientras intentaba recuperar el aliento y distinguir dónde estaba realmente.

La habitación permanecía en penumbra, iluminada únicamente por las últimas brasas agonizantes de la chimenea, y el silencio del castillo resultaba casi irreal después de todo lo que había vivido aquel día.

Sentía el corazón latiéndome demasiado rápido.

Y mi cabeza… mi cabeza era un absoluto caos.

La visión seguía allí. Cada detalle. Cada sensación.

Todavía podía verme vestida de novia. Todavía sentía las manos de Malcolm entre las mías. Y todavía podía notar el dolor insoportable de verlo morir frente a mí.

Me incorporé lentamente llevándome una mano al rostro.

No podía dejar de darle vueltas. ¿Y si todo aquello no había sido real?

¿Y si Sienna me había drogado con aquella infusión?

¿Era todo producto de mi imaginación alterada por el miedo, el estrés y el hecho de haber despertado atrapada siglos atrás?

Sí. Tenía que ser eso.

Porque la otra opción era demasiado aterradora.

La ropa me resultaba sofocante sobre el cuerpo, así que terminé levantándome de la cama y quitándome rápidamente aquellas pesadas prendas medievales para ponerme únicamente un camisón ligero de lino claro. El aire frío me erizó la piel inmediatamente, pero al menos conseguí respirar un poco mejor.

Intenté volver a acostarme.

Fue imposible.

No podía dejar de pensar en Brett. En Malcolm. En aquella absurda sensación de reconocerlo incluso antes de conocerlo realmente.

Necesitaba respuestas.

Y, quisiera admitirlo o no, la única persona con la que deseaba hablar en aquel momento era él.

Abrí lentamente la puerta de la alcoba esperando encontrarme a los guardias de siempre vigilando fuera, pero el pasillo estaba vacío. Fruncí ligeramente el ceño. Aquello era extraño. Por primera vez desde que había llegado a Castle Varrich nadie custodiaba mi puerta.

Salí despacio al corredor mientras el silencio del castillo me envolvía completamente. Varias antorchas iluminaban tenuemente los largos pasillos de piedra y el viento nocturno se colaba entre algunas ventanas abiertas agitando los tapices colgados en las paredes.

Y entonces ocurrió algo todavía más extraño. Mis pies comenzaron a avanzar solos. No necesitaba preguntar. No necesitaba buscar. Simplemente sabía dónde estaba la alcoba de Brett. La certeza apareció dentro de mí de una forma tan natural que terminó provocándome un escalofrío.

Atravesé varios pasillos y descendí una escalera estrecha hasta llegar frente a una pesada puerta de madera oscura. Me detuve varios segundos observándola mientras el corazón comenzaba a acelerárseme otra vez. Después levanté la mano y llamé suavemente.

Hubo un breve silencio.

Y entonces escuché su voz desde dentro.

―Pasad.

Abrí lentamente la puerta.

Y el aire pareció atascarse dentro de mis pulmones.

Brett estaba junto al fuego. Sin camisa.

La luz anaranjada de las llamas recorría lentamente cada músculo de su cuerpo mientras permanecía sentado en un enorme sillón de madera sosteniendo un vaso de cristal con un líquido ambarino que olía intensamente a whisky .

El cabello oscuro le caía ligeramente desordenado sobre la frente, acentuando todavía más aquella presencia salvaje que siempre parecía llenar por completo cualquier estancia.

Dios mío.

Aparté la mirada inmediatamente intentando ignorar el efecto devastador que aquel hombre tenía sobre mí incluso en mitad de una crisis existencial.

Brett levantó lentamente los ojos hacia mí. Y noté cómo su mirada descendía apenas un instante por mi camisón antes de volver a mi rostro.

La tensión en la habitación se volvió inmediata.

―Rose, ¿necesitas algo?

Su voz sonó grave.

Tragué saliva intentando recordar por qué había ido hasta allí.

―Dime algo, Brett.

Él dejó lentamente el vaso sobre la mesa.

―¿Qué ocurre?

Lo observé fijamente varios segundos.

―¿Confías en esa mujer? Me refiero a la de la cabaña.

Brett frunció ligeramente el ceño.

―Confío en ella.

―¿Estás seguro?

Su expresión se endureció apenas un poco.

―Tan seguro como de que le confiaría mi propia vida.

Di un paso más hacia él completamente alterada.

―¿Y si me drogó? ¿Y si todo lo que vi fue una mentira? Es posible que jugara con mi cabeza.

Brett se incorporó lentamente del sillón.

―¿Qué pasa, Rose?

El calor del fuego hacía que las sombras se movieran lentamente sobre su piel mientras se acercaba a mí.

―Si no me contáis lo que ocurre, no puedo ayudaros.

Sentí un nudo formándose en mi garganta.

―¿Por qué tú no bebiste la infusión?

Brett me observó unos segundos antes de responder.

―Porque ella no me la ofreció.

Fruncí el ceño inmediatamente.

―¿Y eso no te parece sospechoso?

―No.

―¿Cómo que no? Brett, podría haberme envenenado.

Él negó lentamente con la cabeza.

―Rose, ella jamás haría algo así.

―¿Por qué estás tan seguro?

Entonces Brett dijo algo que consiguió dejarme completamente inmóvil.

―Porque es mi madre.

Parpadeé atónita.

―¿Qué?

Su mirada permaneció clavada en mí.

―Sienna es mi madre. Y jamás nos dañaría ni a mí ni a vos.

Intenté procesar aquella información mientras mi cerebro parecía incapaz de seguir el ritmo de todo lo que estaba ocurriendo.

―¿Tu madre?

Brett asintió lentamente.

―La mayoría del clan cree que murió hace años.

―¿Y por qué vive escondida en mitad del bosque?

Vi cómo algo extraño cruzaba fugazmente por su expresión.

Dolor.

Después señaló el sillón junto al fuego.

―Venid. Sentaos. Os lo contaré todo, pero vos también tendréis que hacerlo.

Me quedé inmóvil varios segundos observándolo mientras el fuego crepitaba suavemente entre nosotros.

Brett permanecía de pie junto a la chimenea con el vaso todavía entre las manos y una expresión mucho más seria de lo habitual.

Había algo extraño en su mirada, algo cansado y oscuro que no le había visto nunca.

Terminé acercándome lentamente al sillón que me había señalado y me senté frente al fuego todavía envuelta en aquel camisón fino que de pronto me hacía sentir demasiado vulnerable.

Brett permaneció unos segundos en silencio antes de hablar.

―Mi madre pertenecía al clan Ross.

Fruncí ligeramente el ceño.

―¿Ross? Pensé que eran vuestros enemigos.

―Y así es desde hace décadas. ―Él asintió lentamente mientras fijaba la mirada en el fuego―. Muchos años atrás, durante una boda entre clanes, los Ross irrumpieron en mitad de la ceremonia y asesinaron a los novios delante de todos los invitados.

Sentí un escalofrío recorriéndome lentamente la espalda. Inmediatamente pensé en mi visión. En Catalina. En Malcolm.

Brett continuó hablando con voz grave.

―Desde entonces existe una vieja creencia entre los MacKay. Una maldición. Dicen que toda mujer que se casa con un hombre de nuestra familia termina muriendo.

Me quedé paralizada tras escuchar aquello.

―Mi padre odiaba profundamente al clan Ross. Los consideraba responsables de la desgracia que perseguía a nuestra sangre desde hacía generaciones.

Levantó lentamente el vaso y dio un pequeño trago antes de continuar.

―Una noche salió junto a varios hombres en busca de venganza. Permanecieron apostados cerca de la fortaleza Ross esperando el momento adecuado para atacar, pero entonces ocurrió algo inesperado. Una joven salió sola por una de las puertas traseras del castillo para recoger hierbas cerca del bosque.

Una pequeña sonrisa amarga cruzó fugazmente el rostro de Brett.

―Mi padre decía que era la mujer más hermosa que había visto jamás.

Sentí una extraña presión en el pecho.

―Y no lo dudó ―continuó―. La secuestró.

Abrí ligeramente los ojos.

―¿Qué?

Brett dejó escapar una pequeña exhalación cansada.

―Mientras se la llevaba descubrió quién era realmente. La hija del laird Ross.

Lo miré completamente sorprendida.

―Dios mío…

―Mi padre creyó que aquello era perfecto. Se vengaría de los Ross y además convertiría a la hija de su enemigo en su esposa.

Parpadeé intentando imaginar algo así.

―Y lo hizo ―aseguró Brett―. Se casó con ella.

―¿Contra su voluntad?

―Al principio sí.

La sinceridad de aquella respuesta me tensó inmediatamente.

Pero después Brett continuó hablando y algo cambió ligeramente en su voz.

―Aunque ninguno de los dos esperaba enamorarse de aquella manera.

Bajé lentamente la mirada hacia mis manos.

Porque aquello se parecía demasiado a nosotros. Demasiado.

―Mi madre terminó amándolo más que a su propio clan ―continuó él―. Y jamás quiso regresar con los Ross.

Vi cómo la mandíbula se le tensaba ligeramente.

―Nos atacaron muchas veces por ello. Murieron hombres de ambos lados, pero mi madre ya no pertenecía a los Ross. Era una MacKay. La esposa de Gordon MacKay.

Su voz se endureció ligeramente al pronunciar el nombre de su padre.

―Aquello enfureció todavía más al clan Ross. Buscaron diferentes formas de vengarse, hasta que un día mi madre vio algo en las runas.

Sentí un pequeño escalofrío.

―¿Qué vio?

Brett permaneció varios segundos observando el fuego antes de responder.

―Una desgracia.

El ambiente pareció volverse más frío dentro de la habitación.

―Dijo que si permanecíamos juntos, todos moriríamos.

Lo observé sin atreverme a interrumpirlo.

―Así que tomaron una decisión. Ella se marcharía con mi hermano Daziel a la cabaña del bosque, y yo me quedaría aquí junto a mi padre.

Fruncí inmediatamente el ceño.

―¿Por qué no te llevó con ella?

Aquella vez Brett tardó más en responder.

―Porque necesitaban que viera lo que ocurriría, y mi madre sabía que no me pasaría nada.

Levantó lentamente los ojos hacia mí.

―Querían asegurarse de que jamás olvidara quién había destruido a nuestra familia durante generaciones.

Sentí un nudo formándose lentamente en mi garganta.

―Alimentaron tu odio ―murmuré.

La expresión de Brett se endureció apenas un poco.

―Lo hicieron.

No podía creer que le hubiesen hecho aquello.