Donde tu corazón me encuentre (Destinadas a las Highlands 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Lo primero que sentí fue el sonido. Música. Una melodía suave de arpas y flautas que parecía escucharse muy lejos y muy cerca al mismo tiempo. Después llegó el olor. Flores. Velas. Hierbas frescas.

Y finalmente abrí los ojos.

Parpadeé varias veces completamente desorientada mientras intentaba comprender qué estaba ocurriendo. Ya no estaba en la cabaña de Sienna. Ni junto al fuego. Ni siquiera sentía el frío de las Tierras Altas. Estaba en una habitación desconocida.

El corazón comenzó a golpearme con fuerza dentro del pecho mientras me incorporaba lentamente. Y entonces me vi reflejada en el espejo. El aire desapareció de mis pulmones.

Era yo. Pero no era yo.

Llevaba un vestido de novia medieval confeccionado con delicadas telas color marfil y bordados plateados que caían elegantemente hasta el suelo.

Mi cabello rubio estaba parcialmente recogido con pequeñas flores blancas entrelazadas en las trenzas y varias velas iluminaban tenuemente la estancia de piedra a mi alrededor.

Me veía hermosa.

Y también feliz. Tan increíblemente feliz que aquella emoción casi me atravesó el pecho.

Me acerqué lentamente al espejo sin entender nada mientras una sensación extraña comenzaba a crecer dentro de mí. No estaba viviendo aquello como un sueño. Lo estaba recordando.

La certeza me golpeó tan fuerte que tuve que apoyarme sobre la mesa para no caerme.

Entonces escuché unos golpes suaves en la puerta.

―Catalina.

El nombre atravesó mi cabeza como un eco lejano.

La puerta se abrió y una muchacha joven del servicio apareció sonriente al otro lado.

―¿Estáis preparada?

Y de pronto supe perfectamente quién era yo.

Catalina.

Tragué saliva mientras sentía el corazón latiéndome cada vez más rápido.

―Lo estoy.

Mi voz sonó distinta. Más suave y segura.

La muchacha sonrió emocionada.

―Nunca os había visto tan feliz.

Y era verdad. Porque estaba a punto de casarme con el hombre al que amaba desde niña. La certeza apareció dentro de mí de una forma tan intensa y dolorosa que me dejó sin respiración.

Lo amaba. Dios… lo amaba tanto.

La muchacha caminó hacia mí mientras arreglaba cuidadosamente parte del vestido.

―Vuestro tío os espera para acompañaros.

Asentí lentamente todavía incapaz de comprender cómo podía sentir recuerdos que no eran míos… o quizá sí.

La puerta volvió a abrirse y un hombre mayor apareció al otro lado vestido con las mejores telas del clan. Sus ojos se llenaron inmediatamente de emoción al verme.

―Eres la novia más hermosa que he visto jamás.

Sentí cómo Catalina ―yo― sonreía emocionada.

El hombre me ofreció el brazo y lo acepté. Después salimos al exterior. Y el mundo entero pareció iluminarse.

Era primavera. Las montañas verdes se extendían bajo un cielo despejado y decenas de personas del clan se habían reunido junto a un pequeño altar adornado con flores y telas ondeando bajo el viento. Todos sonreían. Todos celebraban.

Y entonces lo vi.

Al final del camino. Esperándome.

Mi corazón dejó de latir. Porque era Brett. No. No lo era. Pero sí.

El hombre que esperaba junto al altar tenía otro nombre, otra ropa y pertenecía a otro tiempo… pero su rostro era exactamente el mismo. Los mismos ojos claros. La misma mandíbula dura. La misma presencia salvaje capaz de llenar cualquier lugar.

Malcolm MacKay.

Y lo amaba con toda mi alma.

La emoción fue tan intensa que sentí lágrimas acumulándose en mis ojos mientras avanzaba lentamente hacia él.

Malcolm no apartó la mirada de mí ni un solo instante.

Y cuando finalmente llegué junto a él y nuestras manos se entrelazaron, sentí algo dentro de mi pecho encajar de una forma imposible.

Como si aquella hubiese sido siempre mi verdadera vida.

La ceremonia comenzó.

Escuchaba las palabras del sacerdote lejanas, borrosas, porque lo único que importaba era Malcolm mirándome de aquella manera.

Como si yo fuese lo más importante de su mundo.

―Hasta que la muerte os separe…

Malcolm sonrió apenas un poco antes de besar mis manos.

Y entonces ocurrió.

Un gran estruendo estalló a nuestro alrededor.

Los gritos comenzaron casi inmediatamente después.

El caos explotó entre el altar y los invitados mientras hombres armados aparecían entre los árboles atacando brutalmente al clan.

Todo se volvió confusión. Espadas. Sangre.

Gente corriendo. Los Ross. El clan enemigo.

Malcolm reaccionó al instante soltándome las manos y desenvainando la espada.

―¡Catalina, atrás!

Pero yo no quería apartarme de él.

El miedo me destrozó el pecho mientras observaba cómo empezaba a luchar entre el caos. Los hombres chocaban violentamente a nuestro alrededor y el sonido del acero llenó el aire.

Malcolm peleaba igual que Brett. Con aquella brutalidad salvaje y dominante imposible de detener.

Vi cómo derribaba a varios hombres mientras intentaba abrirse paso hacia mí entre el gentío. Y entonces ocurrió. Una flecha atravesó el aire. El sonido fue seco.

Brutal.

La flecha se clavó directamente en el pecho de Malcolm, y el mundo entero pareció detenerse.

Vi cómo su cuerpo se tensaba violentamente antes de caer de rodillas sobre la hierba.

―¡No!

Corrí hacia él desesperadamente mientras el ruido de la batalla desaparecía completamente a mi alrededor.

Solo existíamos él y yo.

La sangre empezaba a extenderse rápidamente sobre su ropa mientras intentaba respirar.

Me dejé caer de rodillas frente a él sujetándole el rostro entre mis manos.

―No… no… no…

Las lágrimas caían sin control sobre mis mejillas mientras Malcolm intentaba mirarme.

Seguía vivo. Pero se estaba muriendo. Y ambos lo sabíamos.

―Catalina… ―jadeó débilmente.

―No me dejes.

Mi voz se rompió completamente.

―Por favor… no me dejes…

Malcolm levantó una mano temblorosa para acariciar mi rostro.

Y aquello terminó de destrozarme. Porque apenas habíamos sido marido y mujer unos durante unos minutos. Unos malditos minutos.

Miré al cielo completamente rota mientras el dolor me atravesaba el pecho de una forma insoportable.

―¡Maldito Dios! ―grité entre lágrimas―. ¡Me lo has arrebatado! ¡No me has dejado ni unas pocas horas para ser su esposa!

Malcolm agonizaba frente a mí respirando cada vez con más dificultad.

Y entonces algo nació dentro de mí. Una certeza. Una promesa. Lo miré a los ojos mientras sujetaba su rostro con desesperación.

―Te prometo que si nos separan en esta vida… volveremos a encontrarnos.

Las lágrimas caían sobre él mientras mi voz temblaba.

―Porque tú y yo estamos destinados a pertenecernos hoy y siempre.

Después vi la daga en su cinturón. Y supe exactamente lo que iba a hacer.

Malcolm abrió ligeramente los ojos al comprenderlo.

―No…

Pero ya era demasiado tarde.

Arranqué la daga de su cinturón con manos temblorosas. Y me la clavé directamente en el corazón.

El dolor fue instantáneo. Después caí junto a él sobre la hierba. Y lo último que sentí antes de que todo desapareciera fue la mano de Malcolm encontrando la mía.

Abrí los ojos bruscamente con el corazón desbocado y una respiración rota escapó de mis labios. Volvía a estar en la cabaña. Las lágrimas seguían cayendo por mis mejillas mientras intentaba recuperar el aire.

―No puede ser… ―susurré completamente aterrada.

Sienna me observaba en silencio desde el otro lado del fuego.

―Las visiones no mienten.

Giré lentamente la cabeza hacia Brett.

Y esta vez lo vi con otros ojos. No como el hombre que me había secuestrado. Ni como el guerrero medieval que me volvía loca. Sino como él.

Malcolm.

El hombre al que había amado hasta la muerte. El miedo me golpeó con tanta fuerza que me levanté bruscamente de la silla y salí corriendo de la cabaña.

Necesitaba aire. Necesitaba escapar.

El bosque me envolvió inmediatamente con su frío y su silencio mientras avanzaba sin mirar atrás. Apenas podía respirar. El corazón seguía golpeándome dolorosamente dentro del pecho y las imágenes de la visión continuaban repitiéndose una y otra vez en mi cabeza.

Malcolm muriendo. Mi promesa. La daga atravesándome el corazón.

Dios mío.

Mis piernas terminaron fallándome varios metros más adelante y caí de rodillas sobre la hierba húmeda. Apoyé ambas manos contra la tierra mientras el llanto escapaba finalmente de mi pecho con una fuerza desgarradora.

El bosque se volvió borroso alrededor de mí.

Y lloré.

Lloré como jamás había llorado en toda mi vida.

No sé cuánto tiempo permanecí allí arrodillada sobre la hierba húmeda mientras el llanto seguía desgarrándome por dentro.

Apenas podía respirar. Las imágenes continuaban golpeándome una y otra vez con una fuerza insoportable: Malcolm cayendo atravesado por la flecha, sus ojos buscándome entre el caos, mis manos llenas de sangre, la daga hundiéndose en mi pecho.

Y lo peor de todo era la sensación.

Aquel amor.

Seguía sintiéndolo dentro de mí con una intensidad brutal, como si nunca hubiese desaparecido realmente. Como si hubiese permanecido dormido durante siglos esperando volver a despertar.

Escuché pasos acercándose detrás de mí.

Sentí cómo se arrodillaban junto a mí sobre la tierra húmeda y durante unos segundos ninguno habló. El bosque permanecía completamente en silencio a nuestro alrededor, como si incluso el mundo hubiese decidido dejarme derrumbarme en paz.

Entonces Brett me rodeó suavemente con ambos brazos.

Y aquello terminó de romperme.

Me aferré a él desesperadamente, enterrando el rostro contra su pecho mientras las lágrimas seguían cayendo sin control. El calor de su cuerpo, el sonido firme de su respiración y la forma en que me sostenía hicieron que algo dentro de mí terminara encajando de la manera más dolorosa posible.

Lo amaba.

Dios mío.

Lo amaba.

Igual que aquella muchacha de la visión había amado a Malcolm. Con la misma intensidad. Con la misma necesidad devastadora. Y eso me aterraba más que cualquier otra cosa que hubiese vivido desde que llegué al siglo XV.

Porque no sabía quién era yo ya.

No sabía si aquellos sentimientos pertenecían a Rose… o a Catalina. Ni sabía qué se suponía que debía hacer con todo aquello.

Brett apoyó lentamente una mano en mi cabello intentando tranquilizarme.

―¿Qué habéis visto?

Su voz sonó mucho más suave de lo habitual.

Pero yo no podía hablar. ¿Cómo iba a explicarle algo así? ¿Cómo decirle que acababa de verme morir por él siglos atrás?

Sentí un nuevo nudo formándose en mi garganta y terminé negando débilmente con la cabeza mientras seguía aferrada a él.

―Rose…

―Quiero regresar ―logré susurrar finalmente con la voz completamente rota―. Por favor… solo quiero regresar a la fortaleza.

―Te llevaré de vuelta, Rose. Pero debes tranquilizarte.

Asentí consciente de que no sería fácil.

Finalmente me ayudó a levantarme y regresamos en silencio hacia el lugar donde aguardaban los caballos. Apenas fui consciente del camino de vuelta. Todo dentro de mí seguía siendo un caos imposible de ordenar.

Cuando llegamos junto al carro, Brett me ayudó a subir sin decir una sola palabra. Después montó junto a mí y el viaje de regreso a Castle Varrich transcurrió en un silencio extraño y pesado que ninguno parecía saber romper.

Yo permanecí mirando el paisaje todo el tiempo fingiendo que no sentía constantemente su presencia junto a mí.

Porque ahora todo era peor. Mucho peor.

Ya no podía convencerme de que aquella atracción era solo deseo o tensión. La visión había dejado algo demasiado profundo dentro de mí. Algo antiguo, doloroso y completamente inevitable. Y eso hacía que marcharme resultara todavía más necesario.

Cuando finalmente las murallas de Castle Varrich aparecieron entre la niebla del atardecer, sentí un agotamiento tan profundo que apenas conseguía mantener los ojos abiertos.

En cuanto el carro se detuvo, bajé rápidamente sin esperar ayuda. Necesitaba estar sola. Pensar.

Subí las escaleras del castillo casi corriendo mientras varios sirvientes y guerreros se apartaban a mi paso. Apenas escuché a Margot llamándome desde el pasillo.

Lo único que quería era desaparecer.

Cuando llegué a mi alcoba, cerré la puerta apresuradamente detrás de mí y me dejé caer sobre la cama todavía vestida. Después me cubrí completamente con las mantas como si aquello pudiera protegerme de todo lo que acababa de descubrir.

Pero no funcionó.

Porque incluso escondida bajo las sábanas seguía viendo los ojos de Malcolm. Los ojos de Brett. Y seguía sintiendo aquella certeza devastadora latiendo dentro de mi pecho.

Ese amor tan profundo que te devora por dentro. Y precisamente por eso necesitaba regresar a casa antes de que fuese demasiado tarde.