Capítulo 10 #2
―Mi nombre es Sienna Ross ―dijo mientras removía lentamente el contenido―. Y sé que debes de estar muy asustada, niña, pero no tienes nada que temer aquí.
Yo seguía demasiado desconcertada para reaccionar con normalidad.
―¿Cómo puede saber quién soy?
Sienna levantó lentamente la mirada hacia mí.
―Porque estás aquí por algo. Tu llegada no es casualidad.
Negué inmediatamente.
―No. No puede ser que usted supiera que yo iba a aparecer aquí.
―Lo sé desde hace mucho tiempo.
Después miró a Brett.
―Y tú también lo sabes, muchacho.
Vi cómo Brett tensaba ligeramente la mandíbula antes de hablar.
―No creía que fuese real ―su voz sonó extrañamente grave―. Ella me lo contó cuando era niño. Dijo que un día encontraría junto al río a una mujer llegada de otro tiempo, pero nunca pensé que pudiera ocurrir realmente.
Sentí cómo el corazón comenzaba a golpearme con fuerza dentro del pecho.
―¿Qué?
Brett seguía mirando el fuego.
―No recordé aquellas palabras hasta ayer, cuando me confesaste la verdad junto al río. Entonces todo volvió de golpe a mi cabeza.
Levantó lentamente la mirada hacia mí.
―Y supe que tenía que traerte aquí.
El silencio se volvió pesado dentro de la cabaña. El fuego crepitaba suavemente mientras intentaba procesar todo aquello. No tenía sentido. Nada tenía sentido.
Miré rápidamente a Sienna.
―¿Por qué estoy aquí? ―Mi voz salió mucho más débil de lo que esperaba―. Y lo más importante… ¿cómo puedo regresar?
La mujer soltó un pequeño suspiro antes de sentarse finalmente frente a nosotros.
―No es tan sencillo, pequeña. He podido intuir tu llegada y también el propósito de esa llegada, pero no sé exactamente cómo puedes regresar. Las hadas no vuelven tan fácilmente una vez cruzan entre mundos.
―No soy un hada ―repliqué inmediatamente.
Sienna sonrió con calma.
―Claro que sí. Todas las mujeres que viajan desde otros mundos hasta aquí son hadas.
―No. Soy un ser humano normal que ha tenido la desgracia de viajar en el tiempo. Y ni siquiera yo consigo creerlo del todo cuando lo digo en voz alta.
Me pasé nerviosamente una mano por el cabello.
―Suena absurdo. Fantasioso. Irreal.
La anciana me sonrió.
―Y aun así aquí estás. Y eres su destino.
Parpadeé confundida.
―¿Qué?
La mujer clavó sus grandes ojos en los míos.
―Eres el destino de Brett MacKay.
Sentí el corazón desbocarse inmediatamente.
―No… espere…
―Has venido por y para él. Sois dos almas que un día se perdieron y que ahora vuelven a encontrarse.
La miré completamente horrorizada.
―No. No, eso no puede ser.
Sienna sonrió apenas un poco.
―Por eso sientes esa atracción tan intensa hacia él. Por eso tu corazón se acelera cuando te mira o te habla. Y a él le ocurre exactamente lo mismo.
Noté el calor subiéndome inmediatamente al rostro.
―No… eso…
―Es inevitable ―continuó ella con tranquilidad―. Vuestras almas están ligadas.
―No, no, no… esto tiene que ser una broma.
Me levanté abruptamente y empecé a caminar nerviosa por la pequeña cabaña mientras intentaba recuperar el aire. Aquello era demasiado. Demasiado absurdo. Demasiado imposible.
―Necesito regresar ―aseguré sintiendo el pánico creciendo otra vez dentro de mi pecho―. Mi madre debe de estar desesperada buscándome.
Entonces Sienna dijo algo que consiguió detenerme en seco.
―Tu madre ya perdió a su hija en el río.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
―¿Qué?
La anciana me observó con una mezcla de tristeza y calma insoportable.
―Ya te han llorado, niña. En tu mundo creen que estás muerta. Ahora están aprendiendo a vivir sin ti.
Negué rápidamente sintiendo las lágrimas acumulándose en mis ojos.
―No.
Mi voz se quebró.
―No quiero olvidarme de mi familia. No quiero olvidar mi mundo. Tengo miedo, no quiero estar aquí.
Sentí una desesperación profunda.
Entonces Sienna levantó lentamente la mirada hacia Brett.
―¿Tienes algo que decir, muchacho?
Brett permaneció varios segundos completamente inmóvil antes de responder.
―Si ella no desea estar aquí, debemos ayudarla a regresar.
Aquello me hizo girarme inmediatamente hacia él.
―Quizá las piedras se equivocaron ―continuó con voz grave―. Puede que ella y yo no estemos destinados a nada.
Sienna lo observó con una expresión casi divertida.
―Yo no me equivoco nunca, Brett MacKay. Y lo sabes.
La mandíbula de Brett volvió a tensarse.
―La estás escuchando. Ella no quiere quedarse aquí.
Sus ojos se clavaron entonces en los míos apenas un instante.
―Y quiero ayudarla a regresar.
Sienna guardó silencio varios segundos. Después asintió lentamente.
―Está bien. Os ayudaré.
Sentí una oleada inmediata de alivio.
Pero la anciana no parecía tranquila.
―Aunque no será fácil.
Sienna permaneció varios segundos observando el fuego en silencio antes de volver a hablar.
La luz anaranjada de las llamas hacía que las sombras de la pequeña cabaña parecieran moverse lentamente a nuestro alrededor, y el olor intenso de las hierbas hirviendo en la olla empezaba a resultarme casi mareante.
―Solo existe un lugar desde el que puede revertirse algo así.
―¿Dónde? ―pregunté nerviosa.
―En las montañas de Beinn Eighe.
El nombre no significaba nada para mí, pero Brett sí reaccionó. Vi cómo fruncía ligeramente el ceño mientras apoyaba ambos antebrazos sobre las piernas.
―Eso está demasiado al norte ―aseguró.
Sienna asintió lentamente.
―Y precisamente por eso el lugar sigue intacto. En las mismas entrañas de esa montaña existe una cueva muy profunda. Deberéis atravesarla hasta llegar al corazón de la roca. Allí nace el río. Todo comienza allí.
No podía creer lo que nos estaba contando.
La mujer continuó hablando mientras removía despacio las plantas dentro de la olla.
―En el centro de la cueva existe un pequeño yacimiento de agua. Ese es el origen. El lugar donde los mundos se rozan entre sí. Solo debes entrar en el agua, mantener la mente serena y pensar en el lugar al que deseas regresar.
Mi corazón empezó a acelerarse.
―Entonces sí puedo volver.
Sienna no respondió inmediatamente.
Y aquello me hizo tensarme otra vez.
―¿Qué ocurre?
La anciana soltó lentamente el aire.
―Las aguas nunca te llevan donde deseas ir. Os llevan donde vuestro destino os reclama.
El miedo me atravesó el pecho.
―¿Qué significa eso?
―Que quizá regreses a tu época, o quizá no. También es posible perderse entre tiempos distintos.
Abrí los ojos horrorizada.
―¿Qué?
―Las aguas son antiguas, niña. Nadie controla realmente su voluntad.
Me pasé una mano nerviosa por el rostro intentando procesar aquello.
―Dios mío, o sea, que haga lo que haga, puedo terminar perdida igualmente.
―Es lo único que puedo decirte con certeza.
No importaba.
Tenía que intentarlo igualmente.
―¿Debo hacer algo especial cuando entre en el agua?
Sienna negó lentamente.
―No. Solo debes dejar que tu mente se concentre en aquello que deseas con más fuerza.
Asentí despacio.
―Tengo que hacerlo.
Giré inmediatamente hacia Brett.
―Lo intentaré.
Él me observó varios segundos en silencio antes de responder.
―Ahora mismo no.
Fruncí el ceño.
―¿Qué?
―Beinn Eighe está completamente helada en esta época del año. Subir hasta allí sería una locura.
―No me importa.
―A mí sí ―contestó tajante―. Podríamos morir antes siquiera de alcanzar la montaña.
―No puedo seguir aquí.
Brett se levantó lentamente y caminó hasta quedar frente a mí. Después apoyó una mano firme sobre mi hombro y me obligó a mirarlo directamente.
―Escuchadme, Rose.
Su voz era grave, tranquila y peligrosamente sincera.
―Voy a ayudaros. Haré todo lo posible para que regreséis a vuestro hogar. Pero ahora mismo no podemos subir a esa montaña. Las nieves cubren los pasos y el frío mata hombres cada invierno allí arriba.
Resoplé.
―Entonces ¿qué hago?
Vi cómo algo se tensaba fugazmente en su expresión antes de responder.
―Esperar.
La palabra me golpeó como una sentencia.
―¿Esperar cuánto?
Brett guardó silencio apenas un instante.
―Hasta verano.
Noté cómo el aire desaparecía de mis pulmones.
―¿Verano?
―Unos tres meses, quizá algo menos si las nieves desaparecen antes.
Me aparté inmediatamente de él completamente alterada.
―¡¿Tres meses?!
La sola idea me resultaba insoportable.
Tres meses atrapada en el siglo XV. Tres meses lejos de mi madre y fingiendo que aquello podía convertirse en mi vida.
Las lágrimas se acumularon de nuevo en mis ojos.
―Dios mío…
Brett seguía observándome en silencio.
―Tendréis que soportarlo.
Me cubrí el rostro unos segundos intentando contener el miedo.
―Lo sé. ―Mi voz salió rota―. Y agradezco que quieras ayudarme. De verdad. No sabes lo importante que es para mí que alguien por fin me crea.
Algo extraño cruzó fugazmente por la mirada de Brett al escuchar aquello.
Entonces Sienna se levantó lentamente y tomó una pequeña taza de barro antes de servir parte de la infusión que había estado preparando. El líquido desprendía un fuerte olor a hierbas.
La anciana se acercó hasta mí y me ofreció la taza.
―Puedes beber esto si deseas conocer la verdad.
Fruncí ligeramente el ceño.
―¿Qué verdad?
Sienna sonrió apenas un poco.
―La verdad que buscas. Las respuestas.
Miré la taza con desconfianza.
―¿Y qué ocurrirá si la bebo?
―Verás aquello que necesitas ver.
La observé varios segundos intentando decidir si aquello era una idea absolutamente horrible.
Probablemente lo era. Pero siendo honesta, ¿qué otra opción tenía ya?
Había viajado siglos en el tiempo. Y una anciana acababa de decirme que existían aguas mágicas capaces de arrastrarme entre mundos.
Mi concepto de normalidad hacía tiempo que había muerto.
Así que tomé la taza lentamente entre las manos.
El líquido estaba caliente.
Soplé suavemente sobre él intentando enfriarlo un poco mientras Brett me observaba con evidente tensión desde el otro lado de la estancia.
Después respiré profundamente. Y bebí. Solo fue un sorbo.
Uno pequeño. Pero en cuanto el líquido descendió por mi garganta sentí algo extraño atravesándome el cuerpo entero.
El aire pareció desaparecer alrededor. El fuego comenzó a distorsionarse frente a mis ojos. Y una presión brutal me golpeó la cabeza.
La taza resbaló de mis dedos.
Escuché a Brett levantarse bruscamente.
―¡Rose!
Pero ya era demasiado tarde.
Todo empezó a desvanecerse a mi alrededor mientras una oscuridad extraña me arrastraba lentamente hacia algún lugar que no comprendía.