Capítulo 10
Territorio del clan MacKay,
A la mañana siguiente apenas fui capaz de probar bocado durante el desayuno.
Cada vez que intentaba concentrarme en cualquier cosa, mi mente regresaba inevitablemente al beso de la noche anterior.
A la forma en que Brett me había sujetado contra él.
A la intensidad brutal con la que me había besado, como si hubiese estado conteniéndose demasiado tiempo.
Y lo peor era que yo había respondido igual.
Aquello me aterraba.
Porque jamás había sentido algo así con nadie de mi época. Nunca. Ni siquiera en mis relaciones más serias había experimentado aquella mezcla tan salvaje de tensión, deseo y peligro que Brett despertaba en mí constantemente.
Quizá porque Brett MacKay era de otro mundo.
Todo en él era excesivo. La forma en que caminaba, la autoridad natural que desprendía incluso cuando guardaba silencio, la brutalidad física de su cuerpo, aquella mirada fría que conseguía atravesarme por dentro cada vez que se clavaba en mí.
Era tan varonil, tan rudo y salvaje, que a veces me dejaba sin aliento tan solo con mantenerme la mirada.
Y eso era un problema enorme.
Porque no podía tener nada con él. No debía ilusionarme, ni mucho menos dejarme seducir. Antes o después encontraría la forma de regresar a mi época y todo aquello acabaría. Brett MacKay dejaría de existir para convertirse en un recuerdo.
Connie no dejó de observarme durante todo el desayuno con una sonrisa sospechosa.
―Parecéis distraída hoy.
Le lancé una mirada rápida.
―No he dormido mucho.
―Ya.
Aquella respuesta sonó peligrosamente burlona.
Fruncí el ceño inmediatamente.
―¿Qué significa ese «ya»?
Connie disimuló una sonrisa mientras removía una enorme olla sobre el fuego.
―Nada.
Mentira.
Definitivamente significaba algo.
Antes de que pudiera insistir, una de las sirvientas apareció apresuradamente en las cocinas.
―Rose, el laird os reclama.
Mi corazón dio un vuelco completamente innecesario.
«Perfecto».
Connie intentó ocultar otra sonrisa al verme levantarme rápidamente.
―Que os divirtáis.
―No voy a divertirme.
―Claro que no.
La ignoré completamente y abandoné las cocinas intentando convencerme a mí misma de que podía comportarme como una persona normal delante de Brett después de lo ocurrido la noche anterior.
Cuando llegué al patio principal, Brett ya me estaba esperando. Y el simple hecho de verlo hizo que el recuerdo del beso regresara con tanta fuerza que tuve que apartar inmediatamente la mirada.
Junto a él había un carro de madera cubierto parcialmente con pieles gruesas y tirado por dos caballos oscuros. Varios guerreros permanecían cerca preparando provisiones antes de partir.
Brett me observó unos segundos.
Y por la tensión de su mandíbula supe inmediatamente que él tampoco había olvidado nada.
―Partimos ahora ―dijo con voz grave.
Asentí intentando parecer tranquila.
―¿Adónde vamos?
―Lo descubriréis pronto.
Por supuesto.
Siempre tan enigmático y distante.
Subí al carro intentando ignorar el hecho de que Brett terminó sentándose justo frente a mí bajo el reducido espacio cubierto por las telas y pieles. Aquello dejaba muy poca distancia entre ambos.
El carro comenzó a avanzar lentamente fuera de Castle Varrich mientras los caballos atravesaban los senderos húmedos de las Tierras Altas.
Intenté concentrarme en el paisaje. En las montañas cubiertas de niebla.
En los enormes bosques oscuros, y en el sonido constante de las ruedas sobre el barro.
Pero resultaba bastante difícil ignorar a Brett sentado frente a mí observándome en silencio.
El balanceo constante del carro hacía que nuestras piernas rozaran de vez en cuando y cada pequeño contacto conseguía tensarme todavía más. Maldito beso. Desde entonces todo parecía distinto entre nosotros. Más incómodo.
En un momento especialmente brusco del camino, el carro dio un fuerte salto sobre varias piedras y terminé perdiendo ligeramente el equilibrio hacia delante.
Brett reaccionó inmediatamente sujetándome por un brazo antes de que chocara contra la madera.
El problema fue que no me soltó enseguida.
Y otra vez volvió aquella sensación. Ese calor absurdo extendiéndose lentamente por mi cuerpo cada vez que me tocaba. Levanté lentamente la vista hacia él. Error. Porque Brett ya me estaba mirando. Y había algo en sus ojos que hizo que el aire pareciera atascarse en mis pulmones.
Deseo. Claro e intenso.
Sentí cómo el pulso empezaba a acelerarse inmediatamente.
Brett debió notarlo también, porque apartó la mano de mi brazo lentamente, aunque su mirada permaneció fija sobre mí unos segundos más.
―Debéis dejar de mirarme así ―dijo de pronto con voz más grave de lo habitual.
Parpadeé confundida.
―¿Así cómo?
Una sombra parecida a una sonrisa apareció apenas un instante en su boca.
―Como si estuvieseis pensando en repetir lo de anoche.
El calor me subió directamente al rostro.
―No estaba pensando eso.
―Claro.
Lo odiaba.
Odiaba muchísimo que pareciera capaz de leerme tan fácilmente.
―Lo de anoche fue una tontería. Algo impulsivo que no debió de suceder nunca.
―Exacto ―confirmó.
Y el hecho de que él estuviese de acuerdo, me molestó profundamente. Y no puedo explicar por qué, pues yo deseaba olvidarlo y centrarme en encontrar una solución a mi problema.
El trayecto continuó durante horas atravesando senderos cada vez más estrechos y salvajes hasta que finalmente el bosque comenzó a espesarse alrededor de nosotros. Los árboles eran tan altos que apenas dejaban pasar la luz entre sus ramas y el ambiente empezó a volverse más frío y silencioso.
Finalmente el carro se detuvo. Brett bajó primero y después me tendió una mano. Esta vez no discutí. La estreché y me dejé ayudar por él.
El suelo estaba húmedo bajo mis botas cuando descendí del carro y observé el enorme bosque que se extendía frente a nosotros.
―¿Dónde estamos?
―Cerca.
Eso fue todo lo que respondió.
Los guerreros permanecieron junto al carro mientras Brett comenzaba a avanzar entre los árboles.
―Debemos continuar andando.
El sendero se volvió cada vez más estrecho conforme nos adentrábamos en el bosque. Las ramas húmedas rozaban constantemente mi ropa y el suelo estaba cubierto de hojas mojadas, raíces y piedras resbaladizas. El aire olía intensamente a tierra húmeda, madera y musgo.
Caminamos durante más de una hora.
A veces Brett avanzaba delante de mí apartando ramas bajas para que pudiera pasar y otras veces reducía ligeramente el ritmo cuando el terreno se volvía demasiado complicado. Apenas hablamos durante el trayecto, pero el silencio entre nosotros ya no era hostil.
Ahora estaba lleno de algo mucho más difícil de controlar.
Cada vez que nuestras manos se rozaban accidentalmente al caminar demasiado cerca, sentía aquella tensión volver a apretarme el pecho. Y cuanto más tiempo pasaba junto a él, más peligroso empezaba a resultar recordar que debía mantenerme alejada.
Finalmente, los árboles comenzaron a abrirse lentamente.
Y entonces vi una pequeña cabaña de piedra y madera escondida en mitad del bosque, parcialmente cubierta por musgo y rodeada de enormes árboles antiguos.
Una fina columna de humo salía desde la chimenea y varias hierbas secándose colgaban junto a las ventanas.
El lugar parecía sacado de otro mundo.
Brett se detuvo a mi lado.
―Hemos llegado.
Brett avanzó hasta la pequeña cabaña y golpeó la puerta de madera varias veces con los nudillos. El sonido apenas tuvo tiempo de apagarse cuando escuché movimiento al otro lado y, unos segundos después, la puerta se abrió lentamente.
La mujer que apareció tendría unos cincuenta años, aunque había algo en ella difícil de calcular.
Su largo cabello gris estaba recogido en una gruesa trenza que caía sobre uno de sus hombros y sus ojos claros parecían demasiado vivos, demasiado conscientes de todo.
Vestía varias capas de telas oscuras y llevaba colgados del cuello pequeños colgantes hechos de piedra y hueso.
En cuanto vio a Brett, su rostro se iluminó inmediatamente.
―Por fin habéis llegado.
Después su mirada se desplazó hacia mí.
Y sonrió. No era una sonrisa normal. Era la de alguien que llevaba mucho tiempo esperando.
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.
―Pasad ―dijo apartándose de la entrada―. Sabía que vendríais.
Fruncí el ceño automáticamente.
―¿Me esperabas a mí?
Incluso me señalé el pecho con incredulidad.
La mujer asintió con total naturalidad.
―Claro.
Después añadió aquello que consiguió helarme la sangre.
―No todos los días llega un hada del futuro.
Abrí los ojos completamente atónita.
―¿Perdón?
La mujer sonrió un poco más.
―Sabía de tu llegada desde hace muchos años.
Mi respiración se entrecortó inmediatamente.
―Eso no es posible.
Entonces ella miró directamente a Brett.
―Y él también lo sabía, ¿verdad, Brett? Por eso estás aquí.
Giré rápidamente la cabeza hacia él completamente desconcertada.
Brett permanecía inmóvil junto a la puerta con la mandíbula tensa y los ojos clavados en la mujer.
―Pasad ―repitió ella con calma―. Os lo explicaré todo.
Entré lentamente sin apartar la mirada de ninguno de los dos.
El interior de la cabaña parecía sacado de una leyenda.
El aire olía intensamente a hierbas, humo y flores secas.
Decenas de plantas colgaban del techo atadas boca abajo junto a pequeños amuletos hechos con ramas, piedras y huesos pulidos.
Varias velas iluminaban tenuemente la estancia y sus llamas proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de madera oscura.
Había frascos llenos de líquidos extraños colocados sobre estanterías, montones de libros antiguos apilados junto a una mesa y pequeños símbolos tallados alrededor de las ventanas.
Todo parecía mágico.
La mujer nos hizo un gesto para que nos sentáramos junto al fuego mientras ella colocaba una pequeña olla sobre las llamas y comenzaba a echar dentro varias plantas secas.