Donde tu corazón me encuentre (Destinadas a las Highlands 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Territorio del clan MacKay,

Brett MacKay

Aquella noche fui incapaz de concentrarme en absolutamente nada.

Intenté escuchar a Daziel mientras hablaba sobre unos problemas con el ganado al norte de las tierras del clan, traté de revisar varios asuntos pendientes con los hombres encargados de las patrullas e incluso intenté entrenar un rato en el patio para despejarme, pero todo terminaba llevándome de nuevo al mismo lugar.

Rose.

A su voz temblando junto al río. A sus lágrimas. A la desesperación real que había visto en sus ojos cuando me suplicó que la creyera…

Y aquello me irritaba profundamente. Porque una parte de mí seguía diciendo que todo era imposible, que ninguna mujer podía atravesar siglos enteros simplemente cayendo a un río, pero otra parte…

otra parte no lograba dejar de recordar todas aquellas cosas extrañas sobre ella.

Su forma de hablar. Sus conocimientos imposibles.

La ropa con la que apareció. Aquel extraño objeto del que me había hablado antes de regresar al castillo.

«Tengo algo que pertenece a mi época.»

La frase llevaba horas resonando dentro de mi cabeza. Y por algún motivo que ni yo mismo comprendía, deseaba desesperadamente que estuviera diciendo la verdad.

La noche ya había caído completamente sobre Castle Varrich cuando terminé recorriendo los pasillos en dirección a sus aposentos. Apenas había antorchas encendidas y el castillo entero parecía mucho más silencioso a aquellas horas.

Los guardias que vigilaban su puerta se incorporaron inmediatamente al verme. Les hice una seña para que se apartaran. Después golpeé la puerta suavemente con los nudillos.

Escuché movimiento dentro de la habitación y unos segundos más tarde la puerta se abrió lentamente. Y durante un instante olvidé por completo lo que había venido a decir.

Rose me observó desde el umbral todavía algo sonrojada por el calor de la habitación.

Llevaba únicamente un camisón largo de lino claro que caía suavemente sobre su cuerpo y el cabello rubio completamente suelto alrededor de los hombros.

Sin las gruesas ropas del castillo ni aquella expresión desafiante que solía utilizar conmigo, parecía distinta.

Más joven. Más delicada. Y peligrosamente hermosa.

Sentí una tensión inmediata atravesándome el pecho. Porque verla así, descalza y con el cabello revuelto por el sueño, provocaba pensamientos que definitivamente no debería tener.

Rose debió notar mi silencio, porque frunció ligeramente el ceño.

―¿Qué haces aquí?

Me obligué a apartar la mirada de ella.

―He venido a ver cómo os encontráis.

Aquello no era del todo mentira.

Sus ojos verdes permanecieron clavados en mí varios segundos antes de responder.

―Estoy bien.

Después pareció recordar algo.

―Y también has venido por lo otro, ¿verdad?

La observé en silencio.

―No he podido dejar de pensar en lo que me dijisteis junto al río.

Rose tragó saliva lentamente.

―¿Entonces me crees?

Aquella pregunta quedó suspendida entre nosotros.

Entré finalmente en la habitación y cerré la puerta detrás de mí antes de responder.

―Creo… que deseo creer que decís la verdad.

Vi algo romperse dentro de su expresión.

Esperanza.

Rose caminó rápidamente hasta el viejo armario de madera donde guardaba sus pertenencias y comenzó a rebuscar entre varias telas dobladas hasta sacar finalmente un pequeño objeto oscuro que colocó entre sus manos.

Después se giró hacia mí.

―Esto es un teléfono.

Fruncí el ceño inmediatamente.

El objeto no se parecía a nada que hubiese visto jamás. Era pequeño, completamente liso y oscuro, con una superficie extraña que reflejaba parcialmente la luz del fuego. Parecía hecho de algún tipo de material desconocido y no tenía ningún mecanismo visible.

Lo tomé lentamente entre mis manos. Y cuanto más lo observaba, menos sentido tenía.

―¿Qué demonios es esto?

Rose se acercó un poco más.

―En mi época sirve para comunicarnos incluso estando a grandes distancias. También almacena información, imágenes, libros…

La miré completamente desconcertado.

―Eso es imposible.

―Lo mismo pensé yo cuando desperté en el siglo XV.

Giré el extraño objeto entre mis dedos intentando comprender qué clase de artefacto podía ser aquello. No había runas. Ni piezas móviles. Ni nada que pareciera lógico. Y, sin embargo, tampoco parecía algo fabricado por ningún herrero o artesano que conociera.

Sentí un escalofrío extraño recorriéndome la espalda. Porque por primera vez comenzaba a preguntarme seriamente si Rose podría estar diciendo la verdad.

Ella debió verlo reflejado en mi rostro.

―Conozco a alguien ―dije lentamente sin apartar la vista del teléfono―. Alguien que quizá pueda ayudarnos a entender qué sois, o cómo habéis llegado aquí.

Rose dio un pequeño paso hacia mí.

―¿Entonces me crees?

La miré a los ojos, y descubrí que aquellas esmeraldas verdes volvían a llenarse de lágrimas.

―Creo que me estáis diciendo la verdad.

Aquello bastó para romperla por completo.

Rose soltó una especie de respiración entrecortada y, antes de que pudiera reaccionar, se lanzó directamente hacia mí abrazándome con fuerza. Todo mi cuerpo se tensó al instante. Porque sentirla así contra mí era muchísimo peor de lo que había imaginado. Muchísimo.

Sus manos se aferraron a mi espalda mientras enterraba el rostro contra mi pecho, entonces comencé a sentir cómo todo mi autocontrol comenzaba a resquebrajarse peligrosamente.

―Gracias… ―susurró con la voz rota―. Dios… gracias…

Bajé lentamente la mirada hacia ella.

Y fue un error.

Porque cuando Rose levantó la cabeza y nuestros rostros quedaron apenas separados uno del otro, todo desapareció alrededor. El castillo. El río. La lógica. Solo quedaron sus labios. Y el deseo brutal que llevaba días intentando ignorar.

No recuerdo quién se movió primero.

Solo sé que un instante después mi mano ya estaba sujetándole el rostro y mi boca había encontrado la suya con una intensidad salvaje que me arrancó el aire de los pulmones.

Rose respondió inmediatamente. Y aquello terminó de destruirme.

El beso fue brusco, desesperado y completamente impropio de un hombre que llevaba días intentando convencerse de que aquella mujer era un peligro.

Sentí sus dedos aferrándose a mi ropa mientras la acercaba todavía más contra mí, y el sabor de sus labios consiguió hacerme perder completamente el sentido común.

La deseaba. Dios sabía cuánto la deseaba.

Rose soltó una pequeña respiración temblorosa contra mis labios y me agarró con todavía más fuerza como si llevara días conteniéndose igual que yo. Y eso fue precisamente lo que consiguió hacerme reaccionar.

Me aparté bruscamente de ella. Ambos respirábamos agitadamente. Rose seguía mirándome completamente alterada mientras yo intentaba recordar cómo demonios se respiraba con normalidad.

Esto estaba mal.

Muy mal.

―No… ―murmuré pasando una mano por mi cabello―. Esto no es correcto.

Vi cómo algo parecido al dolor cruzaba fugazmente el rostro de Rose.

Apreté la mandíbula obligándome a recuperar el control.

―Tienes razón. No debería haber ocurrido ―confirmó ella.

Di varios pasos hacia atrás antes de abrir la puerta. Pero antes de salir volví a mirarla una última vez. Y aquella imagen ―Rose descalza, despeinada y todavía temblando después de besarme― probablemente me perseguiría durante mucho tiempo.

―Mañana os llevaré ante alguien que creo que podrá ayudaros.

Después salí de la habitación antes de cometer la estupidez de volver a besarla otra vez, porque sabía que si lo hacía no podría detenerme de nuevo.