Capítulo 8 #2
Sentí un nudo formándose en mi garganta.
―Es la verdad.
―¿La verdad? ―repitió acercándose un paso―. ¿Pensáis que soy estúpido?
―No te estoy mintiendo.
―Me habéis traído hasta aquí para contarme una historia absurda sobre magia y viajes imposibles.
―¡Porque es verdad!
Brett negó lentamente con la cabeza mientras pasaba una mano por su barba claramente frustrado.
―He tenido suficiente.
Noté el miedo atravesándome el pecho.
―Brett…
―Regresaremos al castillo. Y esta vez permaneceréis encerrada hasta que decidáis confesar quién sois realmente.
La desesperación me golpeó con tanta fuerza que apenas pude respirar.
No. No podía volver allí. No podía perder aquella oportunidad.
Miré el río otra vez. La corriente seguía avanzando salvaje entre las rocas exactamente igual que el día en que aparecí allí. Tenía que funcionar. Tenía que hacerlo. Y antes de que Brett pudiera reaccionar, corrí directamente hacia el agua.
―¡Rose!
Escuché su voz detrás de mí apenas un segundo antes de lanzarme al río.
El impacto helado me atravesó el cuerpo entero como una cuchillada brutal. La corriente me golpeó inmediatamente arrastrándome hacia abajo con muchísima más fuerza de la que recordaba.
Durante un instante el pánico explotó dentro de mí. Porque no estaba ocurriendo nada. No había luces. Ni cambios. Ni ningún milagro imposible. Solo agua helada intentando tragarme otra vez.
Intenté salir a la superficie jadeando mientras la corriente me arrastraba violentamente río abajo. Entonces escuché otro chapoteo detrás de mí. Brett. El muy maldito se había lanzado al río.
―¡¿Estáis loca?! ―rugió entre el agua mientras intentaba alcanzarme.
Quise responder, pero una ola me golpeó la cara y terminé tragando agua helada.
Tosí desesperadamente mientras intentaba mantenerme a flote.
La corriente era demasiado fuerte. Muchísimo más fuerte de lo que recordaba.
El miedo empezó a transformarse en auténtico terror cuando comprendí que apenas podía controlar hacia dónde me arrastraba el río.
―¡Rose!
Vi a Brett abrirse paso entre la corriente nadando hacia mí con una fuerza brutal. El agua golpeaba constantemente su cuerpo contra las rocas, pero aun así seguía acercándose.
Yo ya empezaba a agotarme.
Intenté nadar hacia él, pero otra corriente me arrastró bruscamente hacia un lado y terminé hundiéndome unos segundos bajo el agua. El pánico me destrozó por dentro. No quería morir. No así.
Un brazo me rodeó entonces violentamente por la cintura y tiró de mí hacia la superficie.
Lo siguiente que recuerdo es la orilla. Toser.
Vomitar agua. Y sentir el pecho ardiéndome mientras apenas lograba respirar.
Estaba medio tumbada sobre unas piedras y empapada cuando escuché la voz furiosa de Brett sobre mí.
―¡Estáis completamente loca!
Levanté apenas la cabeza entre jadeos y vi el agua escurriendo por su rostro mientras me observaba lleno de rabia y algo mucho peor.
Miedo.
―¿Cómo demonios habéis podido hacer algo así?
Las lágrimas empezaron a mezclarse con el agua sobre mis mejillas.
―Porque solo quiero regresar a casa ―logré decir entre sollozos―. No lo entiendes… solo quiero volver a mi hogar.
Mi voz terminó rompiéndose completamente.
―No pertenezco a este mundo, Brett MacKay. Soy de otra época. Tienes que creerme. Fue el río quien me trajo aquí, y pensé que el río me devolvería a mi tiempo.
Brett seguía inclinado junto a mí respirando agitadamente.
El río rugía detrás de nosotros mientras el viento helado atravesaba el bosque.
―¿Realmente creéis que eso fue lo que os ocurrió? ―preguntó finalmente con voz mucho más baja―. Probablemente os golpeasteis la cabeza en el río y todo esto es producto de vuestra imaginación.
Negué rápidamente mientras las lágrimas seguían cayendo.
―No me golpeé la cabeza. Me pasó de verdad.
Intenté incorporarme un poco.
―Y puedo demostrarlo.
Brett frunció el ceño.
―¿Cómo?
―En el castillo tengo algo escondido que pertenece a mi época. Algo que no existe aquí. Te lo enseñaré cuando regresemos.
Lo miré desesperadamente.
―Pero, por favor, tienes que creerme.
Brett permaneció varios segundos observándome en silencio. Y por un instante parecía perdido. No sabía qué pensar. Podía verlo en sus ojos.
Las lágrimas seguían cayendo sin control por mi rostro cuando Brett hizo algo completamente inesperado. Alzó lentamente una mano y apartó un mechón mojado de mi cabello pegado a la mejilla. El gesto fue tan suave que me dejó inmóvil. Después me atrajo lentamente hacia él. Y me abrazó.
Me quedé completamente paralizada entre sus brazos mientras el calor de su cuerpo me envolvía.
―No tengáis miedo ―murmuró junto a mi cabeza con una voz mucho más suave de lo habitual―. Averiguaremos qué os ocurrió.
Aquello terminó de romperme.
Porque desde que había llegado allí nadie me había abrazado.
Nadie me había consolado. Nadie había intentado aliviar mi miedo.
Me derrumbé completamente entre los brazos de Brett MacKay mientras me sostenía con fuerza contra su pecho.
Permanecí aferrada a él varios segundos más, incapaz de detener el llanto.
El frío me calaba hasta los huesos y todo mi cuerpo temblaba sin control, aunque ya no sabía si era por el agua helada del río, por el miedo, o por el agotamiento emocional de las últimas semanas.
Brett seguía sujetándome con firmeza contra su pecho mientras una de sus manos permanecía apoyada en mi espalda, transmitiéndome un calor extraño y peligroso que jamás habría esperado encontrar precisamente en él.
El sonido del agua golpeando las rocas llenaba el bosque entero. A nuestro alrededor, el viento agitaba las ramas desnudas de los árboles y el cielo gris seguía extendiéndose sobre las montañas como una amenaza silenciosa.
Durante unos instantes ninguno habló. Y aquello resultaba todavía más desconcertante. Porque Brett MacKay no parecía saber qué hacer conmigo cuando dejaba de desafiarlo.
Respiré profundamente intentando calmarme poco a poco y terminé apartándome ligeramente de él. Me sentía avergonzada por haberme derrumbado de aquella manera delante suya, pero al mismo tiempo una parte de mí seguía necesitando aquel abrazo desesperadamente.
Brett me observó. Parecía agotado.
―Podríais haber muerto ―dijo finalmente con voz grave.
Bajé la mirada hacia el río.
―Pensé que funcionaría.
―¿Lanzándoos a una corriente helada en mitad del invierno?
―No tenía otra opción.
Aquello hizo que volviera a tensar la mandíbula.
―Siempre tenéis otra opción que no implique intentar mataros.
Levanté lentamente la cabeza hacia él.
―Tú no entiendes lo que significa para mí estar atrapada aquí.
Sus ojos claros permanecieron clavados en los míos durante varios segundos.
―Entonces haced que lo entienda.
La respuesta me dejó momentáneamente sin palabras. Porque no había sonado fría. Ni autoritaria. Ni siquiera desconfiada. Había sonado sincera.
El problema era que ni yo misma sabía cómo explicar algo así. ¿Cómo podía hacerle comprender lo que se sentía al despertar siglos atrás sabiendo que probablemente jamás volverías a ver a las personas que amas?
El viento volvió a soplar entre los árboles y Brett apartó finalmente la mirada hacia el bosque.
―Debemos regresar antes de que anochezca.
Asentí lentamente.
Intenté ponerme en pie, pero las piernas me fallaron y estuve a punto de volver a caer al suelo. Brett reaccionó antes de que pudiera siquiera protestar y me sostuvo rápidamente por la cintura.
Otra vez aquella cercanía. Otra vez aquella sensación. Y otra vez aquella tensión absurda apareciendo incluso en mitad de todo aquel desastre.
―Puedo caminar sola ―aseguré intentando ignorar el efecto que sus manos tenían sobre mí.
―Claro. Lo habéis demostrado hace un momento lanzándoos a un río embravecido.
Le lancé una mirada fulminante.
Y, para mi absoluta sorpresa, Brett soltó una pequeña risa grave. Me quedé tan desconcertada que terminé mirándolo fijamente. Él debió darse cuenta inmediatamente, porque la expresión volvió a endurecérsele casi al instante.
―Jamás imaginé que tuvieras sentido del humor.
―No os acostumbréis ―gruñó apartándose ligeramente―. Seguís siendo un problema.
―Tú tampoco me caes bien. Así que es mutuo.
Puse los ojos en blanco mientras intentaba recuperar algo de estabilidad sobre las piernas.
A varios metros de distancia, los guerreros del clan seguían esperando junto a los caballos completamente ajenos a lo que había ocurrido río abajo.
Probablemente solo nos habían visto desaparecer siguiendo la corriente y regresar empapados varios minutos después, pero aun así sus expresiones de desconcierto resultaban evidentes al observar el estado en el que volvíamos ambos.
Genial.
Aquello seguramente tampoco ayudaría a que dejaran de circular rumores extraños sobre mí dentro de Castle Varrich.
Brett debió pensar algo parecido al ver las miradas de sus hombres, porque la expresión de su rostro volvió a endurecerse casi al instante y recuperó aquella actitud fría y dominante que parecía acompañarlo constantemente.
―Preparad los caballos ―ordenó con voz seca.
Los guerreros reaccionaron inmediatamente sin hacer preguntas.
Yo seguía tiritando cuando Brett volvió a acercarse.
―Es hora de regresar.
Miré el caballo y después a él.
Antes de que pudiera responder, volvió a sujetarme por la cintura y me levantó con facilidad hasta sentarme sobre el caballo.
Esta vez el trayecto fue distinto.
Quizá porque seguía emocionalmente destrozada. Quizá porque estaba agotada. O quizá porque después de aquel abrazo algo había cambiado entre nosotros. El caso era que ya no conseguía sentir el mismo odio hacia él. Y aquello era peligrosísimo.
El caballo comenzó a avanzar hacia el bosque, y Brett terminó acomodando parte de su pesada capa sobre mis hombros sin decir absolutamente nada. El gesto fue tan inesperado que me giré ligeramente hacia él.
―¿Por qué haces eso?
Brett evitó mirarme directamente.
―Porque si enfermáis otra vez, el médico volverá a llenaros de sanguijuelas y no soportaría escucharos gritar durante horas.
No pude evitar soltar una pequeña risa cansada. Y el simple sonido pareció alterar algo en él, porque sentí cómo se tensaba apenas un instante detrás de mí.
El resto del camino transcurrió en silencio. Pero ya no era el mismo silencio hostil de antes. Ahora estaba lleno de preguntas, tensión y algo mucho más peligroso que ambos parecíamos incapaces de detener.