Capítulo 8
Territorio del clan MacKay,
Apenas dormí aquella noche. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el río, la corriente arrastrándome sin piedad y aquel instante imposible en el que desperté siglos atrás rodeada de hombres armados y castillos medievales.
Sin embargo, por primera vez desde que había llegado a Castle Varrich, el miedo convivía con algo distinto.
Esperanza.
Porque si el río me había llevado hasta allí… quizá también podía devolverme a casa.
La idea no dejó de girar dentro de mi cabeza durante toda la noche mientras escuchaba el viento golpeando las estrechas ventanas del castillo y las brasas crepitando lentamente en la chimenea.
Intenté convencerme varias veces de que aquello era absurdo, de que probablemente me estaba aferrando a una locura porque necesitaba desesperadamente creer que existía una salida, pero aun así no podía dejar de pensar en ello.
Necesitaba volver a aquel lugar. Necesitaba verlo de nuevo.
Todavía era completamente de noche cuando me levanté de la cama.
El aire helado me erizó la piel en cuanto aparté las mantas y empecé a vestirme rápidamente con aquellas incómodas prendas de lana que me habían dado las mujeres del castillo.
Mientras trenzaba mi cabello frente al pequeño espejo de metal pulido que descansaba sobre la mesa, sentí el corazón latiéndome con tanta fuerza que casi me dolía el pecho.
¿Y si funcionaba? ¿Y si realmente conseguía regresar? La sola idea de volver a ver a mi madre, de despertar en mi propia época y dejar atrás aquella pesadilla medieval, hizo que se me humedecieran los ojos.
Bajé al patio mucho antes del amanecer y el frío de la madrugada me golpeó inmediatamente en cuanto crucé las enormes puertas del castillo.
Una fina niebla cubría parcialmente Castle Varrich mientras el cielo empezaba apenas a aclararse sobre las montañas de Torridon.
Todo olía a humedad, tierra mojada y humo de leña.
Brett ya me estaba esperando.
Permanecía junto a dos enormes caballos negros mientras varios guerreros ajustaban monturas y revisaban armas antes de partir.
Incluso envuelto en aquella penumbra grisácea imponía de una forma casi salvaje.
Llevaba una gruesa capa oscura sobre los hombros marcando su gran envergadura.
Sus ojos claros se clavaron inmediatamente en mí en cuanto aparecí en el patio.
Y sentí aquella tensión incómoda atravesándome el cuerpo otra vez.
―Llegáis tarde ―dijo con voz grave.
Lo miré incrédula.
―Es literalmente de noche.
Por supuesto, ignoró el comentario.
―Montad.
Seguí la dirección de su mirada hasta el enorme caballo que esperaba junto a él y noté cómo toda mi seguridad desaparecía de golpe.
El animal era gigantesco.
―¿Qué ocurre? ―preguntó Brett al notar mi expresión.
Me aclaré la garganta intentando no sentirme ridícula.
―No sé montar.
Brett pareció quedarse desconcertado.
―¿Cómo que no sabéis montar?
―Pues exactamente eso. No sé montar.
Frunció ligeramente el ceño, como si estuviera intentando comprender cómo alguien podía llegar a adulta sin haber subido jamás a un caballo.
―¿Entonces cómo viajabais?
―En coche.
El silencio que siguió me recordó inmediatamente que aquella palabra no significaba absolutamente nada allí.
Cerré los ojos un segundo y corregí rápidamente.
―En carruaje. Bueno, más o menos.
Brett siguió mirándome con abierta desconfianza.
―Nunca había conocido a nadie incapaz de montar.
―En mi defensa, diré que siempre me dieron miedo los caballos. Además, odio que los monten. Los caballos nacieron para ser libres.
―Volvéis a hablar de forma extraña.
―Y tú sigues siendo insoportable. Todos conservamos nuestras costumbres.
Vi algo parecido a una sonrisa fugaz tensando apenas la comisura de sus labios antes de desaparecer.
―No tengo tiempo para enseñaros ―gruñó finalmente―. Montaréis conmigo.
Mi corazón dio un pequeño vuelco completamente innecesario.
―Ah.
Brett se acercó al caballo y montó con una facilidad insultante antes de tenderme una mano.
Lo miré unos segundos.
Después el caballo.
Y después otra vez a él.
―Como me caiga y me rompa algo, juro que te perseguiré hasta el infierno.
―No dejéis de hablar nunca, Rose. El castillo se vuelve insoportablemente tranquilo sin vos.
Puse los ojos en blanco antes de aceptar finalmente su mano.
El problema fue que Brett prácticamente me levantó del suelo sin ningún esfuerzo, y un segundo después, ya estaba sentada delante de él sobre el caballo completamente rígida mientras intentaba no pensar en el hecho de que tenía su pecho pegado a mi espalda.
Brett sujetó las riendas a ambos lados de mi cuerpo y el caballo comenzó a avanzar lentamente junto al resto de guerreros.
Intenté concentrarme en el paisaje. En la niebla. En las montañas. En cualquier cosa que no fuese la cercanía insoportable de aquel hombre. Pero resultaba bastante difícil ignorarlo cuando cada movimiento del caballo hacía que mi cuerpo rozara ligeramente el suyo.
El trayecto se volvió todavía peor cuando el terreno empezó a descender por caminos estrechos y embarrados cerca del bosque. El caballo resopló inquieto al atravesar varias rocas húmedas y yo me tensé inmediatamente.
―Relajaos ―murmuró Brett junto a mi oído―. El animal nota vuestro miedo.
―Perfecto. Ahora el caballo también sabe que estoy aterrada.
Brett soltó una pequeña exhalación que sonó peligrosamente parecida a una risa.
Entonces el caballo descendió bruscamente por una pendiente y solté un pequeño grito ahogado antes de agarrarme instintivamente a las manos de Brett sobre las riendas.
El contacto me recorrió el cuerpo entero como un escalofrío.
Porque sus manos eran enormes, cálidas y fuertes bajo las mías.
Y porque durante un instante él también se quedó completamente inmóvil detrás de mí.
Noté cómo el aire parecía tensarse entre los dos.
Demasiado.
Retiré las manos rápidamente y me aclaré la garganta intentando ignorar el calor que me había subido al rostro. Probablemente mis mejillas se habrían sonrosado. Por suerte, Brett no podía verlo.
El trayecto hasta el río duró bastante menos de lo que esperaba. El bosque empezó a despejarse lentamente y el sonido de la corriente llegó hasta nosotros incluso antes de verlo.
En cuanto atravesamos los últimos árboles reconocí inmediatamente la orilla pedregosa, las enormes rocas cubiertas de musgo y el tramo salvaje del río donde había despertado.
La respiración empezó a volverse irregular dentro de mi pecho.
Brett debió notarlo.
―¿Estáis bien?
Asentí lentamente sin apartar la vista del agua.
―¿Estás seguro de que fue aquí donde me encontraste?
―Conozco cada palmo de mis tierras. Este es el lugar.
Brett se giró entonces hacia sus guerreros.
―Quedaos aquí.
Los hombres obedecieron inmediatamente.
Después él desmontó del caballo y, antes de que pudiera protestar, rodeó mi cintura con ambas manos para bajarme también a mí. El problema fue que, durante apenas un instante, terminé demasiado cerca de él.
Mis botas tocaron el suelo húmedo, pero Brett no me soltó inmediatamente y sentí cómo aquella tensión insoportable volvía a crecer entre nosotros mientras sus ojos permanecían clavados en los míos.
El sonido del río rugía alrededor. El viento agitaba mi cabello. Y aun así lo único que conseguía escuchar era mi propio corazón latiendo demasiado rápido.
Brett terminó apartándose finalmente y comenzó a caminar hacia la orilla. Yo lo seguí en silencio.
Cuando llegamos junto al agua me quedé completamente inmóvil observando la corriente avanzar con violencia entre las rocas. El mismo miedo helado del día en que aparecí allí regresó de golpe.
No sabía qué hacer. ¿Debía entrar otra vez? ¿Esperar? ¿Y si no ocurría nada?
―Está bien ―dijo Brett detrás de mí con voz grave―. He cumplido mi parte del trato. Ahora vos cumpliréis la vuestra.
Me giré lentamente hacia él.
El viento frío agitaba la capa oscura sobre sus hombros mientras me observaba con aquella intensidad constante que me desmontaba por dentro.
―Te lo contaré todo ―dije finalmente―. Te lo prometí.
Brett permaneció en silencio.
Respiré profundamente antes de continuar.
―Pero antes debes prometerme algo tú también.
Frunció ligeramente el ceño.
―¿Qué cosa?
Lo miré fijamente a los ojos.
―Que no pensarás que estoy loca. Ni que soy una bruja. Ni que te estoy mintiendo. Porque voy a contarte la verdad, y necesito que me creas.
El rostro de Brett no mostró ninguna emoción.
Solo siguió observándome en silencio mientras el sonido salvaje del río llenaba el bosque alrededor de nosotros.
―Hablad ―dijo muy serio.
Y el miedo que sentí en aquel instante fue todavía peor que lanzarme al río.
Respiré profundamente varias veces mientras observaba el agua avanzar con violencia entre las rocas. El ruido del río llenaba todo el bosque y, aun así, sentía el corazón latiéndome tan fuerte que apenas lograba pensar con claridad.
Era ahora o nunca.
Si Brett no me creía después de aquello, probablemente jamás volvería a tener una oportunidad.
Levanté lentamente la mirada hacia él.
―Yo no pertenezco a esta época.
Brett ni siquiera pestañeó, así que seguí hablando antes de perder el valor.
―Vengo del futuro. Del año dos mil veintiséis. Yo… yo estaba en Inglaterra. Cerca de Stratford-upon-Avon. Una niña cayó al río y salté para salvarla. La corriente me arrastró y cuando salí del agua… estaba aquí.
La expresión de Brett permanecía completamente inmóvil.
Demasiado inmóvil.
―Por eso no entiendo muchas de vuestras costumbres. Por eso hablo diferente. Por eso mi ropa os parecía extraña. Todo lo que te he contado es verdad.
El viento agitó mi cabello húmedo mientras lo observaba esperando alguna reacción. Cualquier reacción. Pero lo único que apareció lentamente en sus ojos fue incredulidad. Y después rabia. Una rabia fría y contenida que hizo que se me encogiera el estómago.
Brett soltó una pequeña risa seca, completamente incrédula.
―¿Eso es lo que esperáis que crea?