Donde tu corazón me encuentre (Destinadas a las Highlands 1) Capítulo7
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Capítulo7

Territorio del clan MacKay,

Brett MacKay

El sonoro portazo todavía resonaba en la estancia cuando el silencio terminó cayendo entre nosotros.

Permanecí inmóvil varios segundos con la mirada fija sobre la puerta por la que Rose acababa de desaparecer mientras una sensación extraña y desagradable me oprimía el pecho.

Hacía mucho tiempo que nadie se atrevía a hablarme de aquella manera.

Muchísimo tiempo. Y, sin embargo, lo peor no era su insolencia.

Lo peor era la forma en que sus lágrimas me habían afectado.

―Te estás propasando con ella, hermano ―dijo Daziel finalmente detrás de mí.

Apreté la mandíbula.

―No hables de lo que no sabes.

―Claro que lo sé. Es una muchacha asustada, Brett, no un enemigo armado.

Me giré lentamente hacia él.

―Y esa es exactamente la diferencia entre nosotros dos. Tú ves a una muchacha. Yo veo un peligro que todavía no comprendo.

Daziel soltó un suspiro cansado.

―¿Qué daño podría hacernos? Apenas sabe sostener un cubo de agua sin terminar agotada.

Aparté la mirada hacia el fuego.

―Todavía no lo sé.

Y aquello era precisamente lo que más me inquietaba. Nada en ella tenía sentido. Ni su forma de hablar. Ni la ropa con la que llegó. Ni las cosas que sabía hacer.

Y ahora tampoco podía dejar de pensar en lo ocurrido en las cocinas.

Había salvado la vida de un niño utilizando una técnica que jamás había visto. Ni siquiera el médico del clan habría sabido reaccionar así. Todo en Rose resultaba extraño, y aun así no lograba verla como una amenaza real.

Ese era el problema.

Porque cuanto más tiempo pasaba observándola, más difícil se volvía mantener la distancia.

«Maldita mujer».

Sin decir nada más abandoné la estancia bruscamente y recorrí los pasillos del castillo con paso rápido hasta llegar frente a sus aposentos. Los dos guerreros que custodiaban la puerta se incorporaron inmediatamente al verme.

Les hice una seña seca para que se apartaran. Después abrí la puerta sin molestarme en llamar. Pensaba descargar toda mi furia contra ella, exigirle respuestas, hacerla hablar de una vez, romper aquella absurda muralla de mentiras que seguía levantando a mi alrededor.

Pero en cuanto entré en la habitación, todo desapareció. Rose estaba tumbada sobre la cama. Llorando.

Al escuchar la puerta levantó rápidamente la cabeza y clavó en mí aquellos enormes ojos verdes cargados de rabia, dolor y agotamiento. Y algo golpeó mi pecho con una fuerza brutal. No pude evitarlo.

Desde el instante en que la vi aparecer empapada junto al río había sentido aquella atracción salvaje y completamente inapropiada hacia ella.

Lo había reprimido con todas mis fuerzas, disfrazándolo de desconfianza, rabia y desprecio, porque desear a una desconocida encontrada en mitad del bosque era una estupidez peligrosa incluso para mí.

Pero verla así, tan vulnerable y rota sobre aquella cama, consiguió desarmarme de una forma que detesté al instante.

¿Qué demonios me estaba ocurriendo?

Ni siquiera comprendía por qué seguía pensando constantemente en ella. En su voz. En su mirada desafiante. En la forma en que me enfrentaba sin miedo incluso sabiendo perfectamente quién era yo.

A veces llegaba a preguntarme si realmente sería una bruja. Quizá lo era. Porque de algún modo se había adueñado incluso de mis pensamientos. Y después de lo que había hecho aquel día con el niño, empezaba a entender por qué algunos hombres del castillo comenzaban a mirarla con supersticioso temor.

Rose se secó rápidamente las lágrimas al verme y tensó la mandíbula.

―¿Vienes a seguir torturándome? ―preguntó con evidente resentimiento.

Cerré la puerta tras de mí lentamente.

―No sabes lo que estoy pasando ―dijo con aparente sinceridad.

La observé unos segundos antes de responder.

―No, no lo sé. Porque os negáis a contarme la verdad. ¿Cómo esperáis que confíe en vos si vos no hacéis lo mismo?

Ella me miró como si acabara de perder completamente la cabeza.

―¿Confiar en ti? ―repitió incrédula―. Me secuestraste.

Aquellas palabras golpearon más fuerte de lo esperado. Y por primera vez desde que la conocía bajé ligeramente la mirada. Porque tenía razón. Era difícil pedir confianza cuando la había arrastrado hasta Castle Varrich prácticamente por la fuerza.

―Tendréis que hacerlo igualmente ―dije finalmente, aunque mi voz sonó menos dura de lo habitual.

Rose respiró profundamente varias veces antes de hablar otra vez.

―Está bien.

La observé en silencio.

―Te lo contaré todo ―aseguró finalmente―. Pero antes debes llevarme al lugar donde me encontraste.

Fruncí el ceño inmediatamente.

―¿Para qué?

―Porque necesito verlo otra vez.

―Eso no responde a mi pregunta.

Rose tragó saliva.

―Después de que te lo cuente todo, me dejarás marchar. Solo quiero irme.

La intensidad desesperada de aquellas palabras me hizo tensar la mandíbula.

―¿Irte adónde?

Ella negó lentamente con la cabeza.

―Te lo contaré todo, te lo juro… pero debes dejarme marchar después.

La observé largo rato intentando decidir si aquello era otra mentira más, pero entonces vi algo en sus ojos que consiguió hacerme dudar.

No era miedo hacia mí ni el temor nervioso de una espía descubierta, sino algo mucho más profundo y desgarrador, una desesperación tan real que terminé soltando lentamente el aire.

¿Qué daño podía hacerme llevarla de nuevo al río?

Tal vez allí finalmente hablaría y descubriría de una vez quién demonios era realmente Rose, y por qué había aparecido en mis tierras como si hubiese surgido de la nada.

Así que finalmente asentí.

―Partiremos mañana al amanecer.

Y aunque ella no podía saberlo, una parte de mí ya tenía claro que después de escuchar su historia sería yo quien decidiría si la dejaba marchar o no.