Capítulo 6
Territorio del clan MacKay,
Aquella mañana desperté antes del amanecer y permanecí varios segundos inmóvil bajo las mantas, observando el techo de piedra apenas iluminado por las últimas brasas de la chimenea.
Poco a poco, una sensación de angustia comenzó a crecer dentro de mi pecho al pensar en mi madre y en Chloe.
Me pregunté si me estarían buscando, si alguien habría encontrado mi coche cerca del río o si la policía habría dado ya por hecho que me había ahogado.
La idea me hizo sentir un nudo doloroso en el estómago.
Nunca había pasado tantos días sin hablar con mi madre.
Ni siquiera en nuestras peores discusiones habíamos dejado de enviarnos mensajes durante tanto tiempo.
Ahora probablemente estaría desesperada pensando que había desaparecido o, peor aún, que estaba muerta.
Cerré los ojos un instante e intenté contener aquella presión que empezaba a asfixiarme por dentro. No podía derrumbarme. Debía ser fuerte.
Finalmente aparté las mantas y caminé descalza hasta la ventana.
El aire frío me golpeó el rostro en cuanto la abrí y me quedé contemplando el paisaje que se extendía frente a mí.
Las montañas cubiertas de niebla seguían allí, igual que los bosques interminables y el enorme lago oscuro bajo el cielo grisáceo.
No había carreteras, ni coches, ni postes eléctricos, ni ninguna señal de civilización moderna.
Todo seguía exactamente igual que el primer día.
Una parte de mí continuaba esperando despertar en cualquier momento en una cama de hospital o en mi apartamento de Londres, pero aquella pesadilla se empeñaba en seguir, en atormentarme.
Poco después del amanecer me hicieron bajar nuevamente a trabajar.
Aquel día me enviaron a las cocinas junto a una muchacha bastante joven que no tendría más de dieciséis años.
Era pelirroja, estaba llena de pecas y hablaba prácticamente sin respirar mientras amasábamos enormes cantidades de pan junto a otras mujeres.
Me recordó a mi amiga Chloe, físicamente se parecía mucho a ella.
―Yo soy Connie ―me dijo sonriendo mientras se limpiaba harina de las manos.
No pude evitar sonreír un poco.
―Yo soy Rose.
―Ya lo sé. Todo el castillo habla de vos.
Solté un suspiro resignado.
―Fantástico.
Connie dejó escapar una pequeña risa divertida antes de inclinarse un poco hacia mí con aire conspirador.
―No os preocupéis. Aquí la gente se aburre muchísimo y cualquier novedad se convierte en tema de conversación durante semanas.
Había algo agradable en ella, algo sencillo y cálido que conseguía relajarme ligeramente. Mientras trabajábamos me habló de su familia, de sus hermanos pequeños y de cómo había empezado a servir en el castillo siendo apenas una niña porque su padre trabajaba como herrero para el clan MacKay.
―Castle Varrich es prácticamente una pequeña ciudad ―explicó con cierto orgullo―. Todos dependemos unos de otros aquí.
La escuchaba mientras amasaba sin dejar de pensar en lo extraño que resultaba todo aquello. Aquellas personas hablaban de aquel castillo y de aquellas tierras como si fueran el centro del mundo, mientras yo seguía sintiéndome atrapada allí.
Después Connie me observó con curiosidad.
―¿De verdad venís del sur?
Ahí estaba otra vez la mentira que me veía obligada a repetir constantemente.
Asentí despacio.
―Sí. Mi familia viajaba mucho por trabajo.
―Debéis echarlos muchísimo de menos.
La pregunta me golpeó más fuerte de lo esperado. Bajé la mirada hacia la masa entre mis manos y sentí una punzada dolorosa en el pecho.
―La verdad es que sí.
Y aquella vez no hacía falta mentir.
El ambiente en las cocinas era cálido y ruidoso.
Varias mujeres removían enormes ollas sobre el fuego mientras algunos niños pequeños corrían entre las mesas robando trozos de pan cuando creían que nadie los veía.
Durante unos minutos incluso conseguí distraerme lo suficiente como para olvidar dónde estaba.
Entonces escuché un golpe seco.
Levanté la cabeza rápidamente y vi a uno de los niños llevándose ambas manos al cuello mientras intentaba respirar desesperadamente.
Al principio nadie pareció entender lo que ocurría.
Varias mujeres pensaron que estaba jugando o haciendo una rabieta, pero yo reconocí aquella expresión inmediatamente. El pequeño se estaba atragantando.
El niño apenas tendría cinco años y su rostro empezaba a ponerse rojo mientras intentaba coger aire sin conseguirlo.
―¡Apartaos! ―grité soltando la masa y corriendo hacia él.
El pequeño ya no podía hablar. Intentaba respirar desesperadamente mientras empezaba a doblarse hacia delante. Una mujer lanzó un grito aterrorizado y varias personas comenzaron a ponerse nerviosas alrededor sin saber qué hacer.
―¡Rose! ―escuché a Connie detrás de mí.
No tenía tiempo para explicar nada.
Sujeté rápidamente al niño por detrás y me arrodillé ligeramente para colocarlo bien mientras intentaba tranquilizarlo.
―Tranquilo… tranquilo…
El pequeño estaba completamente aterrorizado y los demás parecían a punto de entrar en pánico también.
En ese momento escuché varios pasos entrando bruscamente en las cocinas y, al levantar apenas la vista, vi aparecer a varios guerreros junto a Brett MacKay. Sin embargo, apenas les presté atención.
Coloqué el puño bajo las costillas del niño y presioné con fuerza hacia dentro y hacia arriba.
Una vez.
Nada.
Volví a hacerlo mientras el pequeño seguía sin poder respirar.
―Vamos… vamos…
Apreté los dientes y empujé una tercera vez con toda la fuerza que pude.
Entonces el trozo de comida salió despedido y el niño comenzó a toser violentamente antes de romper a llorar mientras recuperaba el aire.
Toda la cocina quedó en absoluto silencio.
El alivio me golpeó tan fuerte que sentí las piernas temblándome ligeramente. Una mujer, probablemente su madre, corrió inmediatamente hacia él llorando mientras lo abrazaba con desesperación.
―¡Mi niño! ¡Mi niño!
Yo seguía arrodillada intentando recuperar el aliento cuando sentí aquella mirada sobre mí.
Levanté lentamente la cabeza.
Brett MacKay me observaba desde el otro extremo de la cocina con una expresión completamente distinta a cualquiera que le hubiese visto hasta entonces.
Por primera vez desde que había llegado a Castle Varrich parecía verdaderamente sorprendido.
Sus ojos claros permanecían clavados en mí con una intensidad desconcertante, como si acabara de presenciar algo que no encajaba en absoluto con la idea que se había formado sobre mí.
Uno de los guerreros miró al niño, parecía confundido.
―¿Qué demonios habéis hecho?
Me puse de pie lentamente sin apartar la mirada de Brett.
―Salvarle la vida.
El silencio se volvió incómodo dentro de las cocinas.
Varias mujeres seguían mirando al niño como si acabaran de presenciar un milagro, mientras otras se persignaban en voz baja murmurando oraciones apresuradas. El pequeño continuaba llorando abrazado a su madre, aunque ya respiraba con normalidad.
Yo todavía tenía el corazón desbocado.
Y Brett seguía observándome.
No decía nada. No se movía. Simplemente me miraba con aquella intensidad fría que conseguía ponerme nerviosa incluso cuando no parecía enfadado.
Daziel apareció unos segundos después detrás de él y frunció ligeramente el ceño al ver el caos dentro de la cocina.
―¿Qué ha ocurrido?
Uno de los guerreros respondió todavía con la incredulidad en el rostro.
―El niño dejó de respirar… y ella… ―me señaló como si no supiera muy bien cómo explicarlo― hizo algo y logró salvarlo.
Daziel me observó con interés.
―¿Cómo?
Me mordí el labio inferior. Aquella era una pregunta complicada. Porque explicar la maniobra de Heimlich en el siglo XV probablemente sonaría a brujería.
―Solo le ayudé a expulsar lo que le impedía respirar.
Varias personas seguían mirándome con mezcla de miedo y fascinación. Una de las mujeres murmuró algo sobre dones extraños y otra volvió a persignarse rápidamente.
Genial. Exactamente lo que necesitaba.
Brett avanzó finalmente unos pasos hacia mí. El ambiente entero pareció tensarse cuando lo hizo.
―Venid conmigo.
No fue una petición.
Solté un suspiro interno.
Perfecto. Ahora probablemente decidirían quemarme por bruja.
Lo seguí fuera de las cocinas mientras sentía las miradas clavadas en mi espalda. Daziel caminó también junto a nosotros en silencio, aunque había cierta curiosidad evidente en su expresión.
Atravesamos varios pasillos hasta salir a una galería de piedra mucho más tranquila y apartada del ruido del castillo. El viento frío se colaba entre los arcos abiertos y agitaba ligeramente mi cabello.
Brett se detuvo finalmente.
Yo también.
―¿Dónde aprendisteis eso? ―preguntó sin rodeos.
―¿Salvar a alguien que se atraganta?
―Sí.
Lo miré unos segundos intentando pensar qué responder.
―En el lugar del que vengo la gente aprende ciertas cosas básicas para ayudar a otros.
Daziel arqueó una ceja.
―¿Todos saben hacer eso?
―Muchísima gente sí.
Ambos hermanos intercambiaron una mirada rápida. Y fue suficiente para que comprendiera que aquello les parecía completamente extraño.
Brett volvió a mirarme lentamente.
―Cada vez resultáis más sospechosa.
Puse los ojos en blanco.
―Claro. Porque salvarle la vida a un niño es claramente algo maligno.
―No he dicho eso.
―Pero lo estás pensando.
Él dio un paso hacia mí. Solo uno. Pero bastó para que volviera esa tensión insoportable entre nosotros.
―No sé qué sois, Rose ―dijo con voz grave―, y eso me convierte en un hombre peligroso para vos.
El viento helado atravesó la galería, pero aun así sentí calor.
Mucho calor. Porque estaba demasiado cerca otra vez. Y porque sus ojos no dejaban de bajar hacia mi boca de aquella manera que empezaba a alterarme muchísimo más de lo normal.
―No soy tu enemiga ―aseguré.
―Aún no lo sé.
―Pues quizá deberías empezar a creer que no todo el mundo quiere traicionarte.
Algo cambió fugazmente en su expresión.
―Hermano ―interrumpió Daziel―, no crees que si hubiese querido hacer daño al niño habría dejado que muriera.
Brett no respondió inmediatamente.
Seguía mirándome de esa forma intensa y desconcertante que me hacía imposible apartar los ojos de él.
Después habló sin dejar de observarme.
―Volved a vuestro trabajo, y recordad que os observo.
Fruncí el ceño.
―Lo sé. Siento tu mirada en el cogote todo el tiempo.
―Sois tan extraña e insoportable al mismo tiempo... ¿Estáis segura de que vuestra familia no os perdió a propósito?
Lo miré perpleja. Después sentí una pequeña punzada en el pecho.
―Mi familia me ama, y estoy segura de que me están buscando por todas partes.
Sentí como los ojos se me humedecieron al instante. Estaba muy sensible con el tema. Tan solo con pensar que mi madre estaría desesperada por encontrarme me alteraba demasiado.
―¡Eres el peor ser humano que he conocido en la vida! ―le dije alterada mientras las lágrimas ya recorrían mi rostro―. No tienes empatía alguna. Eres autoritario, dictador y arrogante. No sabes lo que te detesto ahora mismo.
Comencé a caminar hacia la puerta con la clara intención de retirarme.
―¡Todavía no os he dado permiso para marcharos!
―¡Haz el favor de tutearme! ¡No ves que yo no te tengo ningún respeto! Se me hace complicado mandarte a la mierda así.
―¡Maldita deslenguada!
Brett fue a dar un paso hacia mí, pero Daziel se lo impidió.
―Hermano, deja que se marche. ¿No ves lo dolida que está?
Brett me sostuvo la mirada con una mezcla de rabia y tensión contenida antes de respirar profundamente, como si estuviera obligándose a conservar el control.
No me quedé para averiguar qué más pensaba decirme.
Me di la vuelta de inmediato, abrí la puerta y caminé hacia mi alcoba a paso rápido, plenamente consciente de que los dos guerreros volverían a seguirme como si fuese una prisionera peligrosa.
―¡¿Es que pensáis perseguirme a todas partes?! ―grité desesperada al escuchar sus pasos detrás de mí, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.
Ninguno contestó.
Cuando por fin llegué a mi habitación, empujé la puerta con fuerza, entré y la cerré de un sonoro portazo que resonó por toda la estancia.
Después corrí hasta la cama y me dejé caer sobre ella mientras todo lo que había estado conteniendo desde mi llegada terminaba derrumbándose dentro de mí.
Empecé a llorar con una desesperación silenciosa y agotada, dejando salir por fin todos mis miedos, toda la frustración y aquella insoportable sensación de no pertenecer a ningún lugar.
La incertidumbre sobre mi futuro, el terror a no volver a casa y la angustia de sentirme atrapada en una época que no era la mía me habían acompañado desde el instante en que desperté junto al río, pero hasta entonces me había obligado a mantenerme fuerte para sobrevivir.
Sin embargo, allí, sola por primera vez en días, ya no me quedaban fuerzas para seguir fingiendo que podía soportarlo todo.