Capítulo 5
Territorio del clan MacKay,
Aquella misma tarde me quitaron el vestido elegante. Por supuesto, por orden del laird .
Margot intentó suavizar la situación diciendo que aquellas prendas eran demasiado valiosas para alguien «bajo sospecha», pero ambas sabíamos perfectamente que Brett MacKay simplemente quería dejar claro cuál era mi lugar dentro del castillo. O más bien cuál no era.
Las sirvientas me entregaron ropa mucho más sencilla: un vestido marrón áspero de lana gruesa, un delantal descolorido y unas botas gastadas varios números más grandes que mis pies. El tejido rascaba tanto que terminé echando de menos el vestido incómodo del día anterior.
―Ahora parecéis una mujer corriente ―comentó una de las muchachas mientras me recogía el cabello en una trenza sencilla.
No sonó precisamente como un cumplido.
A partir de entonces comenzaron a darme trabajos. Y no precisamente fáciles.
Primero me hicieron cargar cubos de agua helada desde el patio hasta las cocinas.
Después pelar verduras durante horas junto a otras mujeres que apenas hablaban conmigo.
Más tarde tuve que limpiar mesas, barrer ceniza, ordenar pieles y transportar cestos tan pesados que terminé con los brazos temblando.
Y aun así no me quejé. Porque entendía perfectamente lo que Brett estaba haciendo.
Quería humillarme. Agotarme. Romperme poco a poco.
Quizá esperaba que terminara confesando algo que ni siquiera existía.
O quizá simplemente disfrutaba demostrando que tenía poder sobre mí.
Pero no iba a darle esa satisfacción. Mientras trabajaba intentaba pensar.
Necesitaba un plan. Necesitaba entender qué demonios había ocurrido.
Y cuanto más lo pensaba, más acababa regresando al mismo lugar: el río.
El río me había traído allí. No había otra posibilidad, y si había sido así, quizá también podía devolverme.
Era posible que si lograba regresar exactamente al mismo punto donde me encontraron y volvía a entrar en el agua, algo ocurriría otra vez.
Sonaba absurdo, y también ridículo. Pero desde luego que despertarse en la Escocia del siglo XV rodeada de hombres armados y médicos que utilizaban sanguijuelas, también era del todo ridículo.
Empezaba a aceptar que las reglas normales ya no servían para explicar mi situación.
Tenía que ser algo más místico, puede que mágico o sobrenatural.
Solo tenía la certeza de algo; tenía que sobrevivir.
No podía confiar en nadie. Y aunque no sabía cómo regresar a casa, no podía permitirme perder la cabeza.
Aunque empezaba a sentir que estaba peligrosamente cerca de hacerlo.
Además, había algo que me ponía constantemente nerviosa. La sensación de estar vigilada.
Siempre.
Al principio pensé que era paranoia, pero no tardé en darme cuenta de que no estaba imaginándolo.
Los guerreros de Brett aparecían cerca cada vez que me movía por el castillo.
En las cocinas, en el patio y en los pasillos.
Nunca demasiado cerca, pero sí lo suficiente para que entendiera el mensaje.
No me quitaban los ojos de encima. Y él era el peor de todos.
Parecía saber en todo momento dónde estaba.
Varias veces levanté la vista mientras trabajaba y lo descubrí observándome desde el otro extremo del patio o desde alguna galería elevada del castillo.
Nunca sonreía. Nunca hablaba. Simplemente me miraba con esa expresión fría e inescrutable que conseguía ponerme los pelos de punta.
Como si siguiera intentando decidir qué hacer conmigo.
Y lo peor era que yo también empezaba a fijarme demasiado en él.
Lo veía entrenando con sus hombres al amanecer bajo la lluvia helada, moviéndose con una fuerza brutal que daba miedo observar.
O entrando en el gran salón mientras todos guardaban silencio automáticamente a su paso.
Incluso agotado o cubierto de barro seguía desprendiendo aquella autoridad salvaje que hacía imposible ignorarlo.
Lo odiaba.
Porque seguía siendo el hombre que me había secuestrado y amenazado de muerte. Y aun así, cada vez que sentía sus ojos sobre mí, una extraña tensión me recorría el cuerpo entero de una forma inquietante.
Los días comenzaron a mezclarse unos con otros dentro de Castle Varrich. Trabajo, frío, y vigilancia. Y Brett MacKay observándolo todo como una sombra imposible de ignorar.
Aquella mañana me habían enviado al patio interior para ayudar a colgar varias pieles mojadas que apestaban a humedad y sangre. El viento era tan fuerte que las telas golpeaban constantemente mi rostro mientras intentaba sujetarlas con unas manos completamente entumecidas.
Llevaba más de una hora allí fuera cuando escuché pasos detrás de mí. No necesitaba girarme para saber quién era. Lo sentía antes incluso de verlo.
Brett.
Continué trabajando fingiendo indiferencia mientras él se detenía a pocos pasos de distancia.
―Sujetáis esa cuerda como si estuvierais intentando estrangularla.
Puse los ojos en blanco.
―Y tú me observas demasiado para ser alguien tan ocupado.
Escuché una especie de resoplido detrás de mí. ¿Había sido una risa? «Imposible».
Me giré finalmente.
Brett llevaba ropa de entrenamiento y varias gotas de lluvia oscurecían su cabello negro. Tenía los antebrazos descubiertos y una espada colgada a la espalda. Acababa de entrenar; podía verlo en la ligera tensión de sus músculos y en la respiración todavía algo acelerada.
Y odié notar aquello. Odié fijarme. Pero es que era imposible.
―Mis hombres dicen que trabajáis sin quejaros ―comentó cruzándose de brazos.
―¿Eso te decepciona?
Sus ojos claros se clavaron en los míos.
―Me desconcierta.
―Tal vez porque no soy lo que tú crees.
El viento agitó mi falda y una de las enormes pieles cayó al suelo mojado justo en ese instante. Solté un bufido frustrado y me agaché rápidamente para recogerla, pero el barro resbaló bajo mis botas.
Todo ocurrió demasiado deprisa.
Perdí el equilibrio hacia atrás y habría terminado completamente en el suelo si una mano enorme no me hubiera sujetado bruscamente por la cintura.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones, pues Brett me sostuvo con una facilidad insultante, pegándome contra su pecho apenas un instante.
Pero ese instante bastó para que sintiera el calor de su cuerpo atravesando la ropa, el olor a cuero, humo y lluvia.
La fuerza brutal de la mano rodeándome la cintura.
Y aquellos ojos. Demasiado cerca y envolventes.
Durante un segundo el mundo entero pareció quedarse en silencio.
Noté cómo su mirada descendía involuntariamente hacia mi boca antes de volver a subir lentamente.
Mi corazón empezó a latir tan fuerte que me dio rabia.
¿Por qué causaba ese efecto en mí? ¿Es que acaso estaba sufriendo el síndrome de Estocolmo?
Tenía que serlo, por supuesto, porque nadie en su sano juicio podría sentir atracción por su secuestrador.
Aunque este no era un secuestrador cualquiera.
Era un pedazo de tiarrón como de metro noventa, con una espalda inmensa, unos antebrazos con los que podría partir nueces fácilmente y unas enormes manos que podrían manejarte a su antojo.
Me aparté inmediatamente tratando de alejar mis pensamientos.
―No necesito tu ayuda ―contesté de mala gana.
―Pues no es lo que parece.
―Si realmente quisieras ayudarme, me dejarías marchar.
―Puede que lo haga si me decís la verdad.
―Sigues creyendo que soy una espía, ¿verdad? ―pregunté intentando recuperar la compostura.
―Sigo creyendo que ocultáis algo.
―Es ridículo. Toda esta situación es ridícula. Ya te he dicho la verdad, y es lo único que diré. Tan solo deseo marcharme y no volver a verte en mi vida.
Me percaté de que su mandíbula se tensó tras mis palabras.
―Tened cuidado, muchacha. Un día vuestra lengua os meterá en problemas.
―¿Más todavía?
Brett dio un paso hacia mí. Solo uno. Pero bastó para que el aire volviera a desaparecer alrededor.
―No jugáis con ventaja aquí, Rose.
Mi nombre en su boca sonó peligrosamente distinto.
―Es cierto. ―levanté el mentón con chulería―. No es necesario que me recuerdes que estoy aquí en contra de mi voluntad y rodeada de guerreros que me vigilan constantemente ―dije antes de apartarme definitivamente.
Vi algo cruzar fugazmente por su expresión. Algo intenso, pero que desapareció casi al instante.
―Volved al trabajo ―ordenó finalmente recuperando su frialdad habitual.
Y se marchó.
Yo me quedé inmóvil varios segundos intentando entender por qué demonios me temblaban las piernas.
Aquello era un desastre. Un absoluto desastre.
Esa misma noche tomé una decisión. Tenía que escapar. Ya no podía seguir esperando a entender qué ocurría. Nadie iba a ayudarme y Brett jamás pensaría dejarme marchar voluntariamente.
Llegar hasta el río era mi única opción.
Si realmente había viajado hasta allí a través del agua, entonces debía regresar al mismo lugar donde me habían encontrado.
Quizá necesitaba repetir exactamente lo mismo.
Entrar otra vez en la corriente. Volver al punto exacto.
Y esperar que ocurriera algún milagro imposible.
Era una locura. Pero también lo era todo lo demás.
Así que empecé a observar. Las rondas de los guardias.
Los cambios de vigilancia. Las puertas que permanecían abiertas durante la noche.
Los caminos que descendían desde Castle Varrich hacia el bosque.
Y cuanto más planeaba mi huida, más tenía la incómoda sensación de que Brett empezaba a sospechar algo.