Capítulo 4 #2
El sonido de mis pasos resonaba bajo las altas bóvedas de madera mientras las antorchas iluminaban las paredes cubiertas de tapices, armas y estandartes del clan MacKay.
Cada vez que veía todo aquello, el miedo regresaba un poco más. Porque nada parecía falso. Nada.
Seguimos avanzando hasta llegar frente a unas enormes puertas dobles reforzadas con hierro. Dos guerreros custodiaban la entrada. Uno de ellos golpeó la puerta varias veces y después la abrió lentamente.
Sentí como todo mi cuerpo se tensaba.
Margot apoyó suavemente una mano en mi brazo.
―Tranquila, niña ―susurró―. Si os comportáis con respeto, todo irá bien.
No estaba nada convencida de eso.
La mujer me dedicó una pequeña sonrisa tranquilizadora antes de empujarme suavemente hacia el interior.
―Os esperaré aquí fuera.
Tragué saliva. Y entré despacio en la estancia.
La sala era enorme. Mucho más grande que el resto de las habitaciones que había visto hasta entonces.
Era amplia y solemne, con altos ventanales estrechos por los que apenas se colaba la luz gris del exterior.
Varias mesas de madera ocupaban parte de la estancia y, sobre una tarima elevada al fondo, destacaba un enorme sillón tallado que dejaba claro quién tenía el poder allí dentro.
Las paredes estaban cubiertas por ricos tapices, y el aire cálido contrastaba con el frío húmedo que seguía impregnando el castillo.
Y allí, sentado en ese mismo enorme sillón de madera, y cubierto con pieles, estaba él. Brett MacKay. Incluso sentado imponía.
Tenía las piernas separadas, un brazo apoyado sobre el reposabrazos y la mirada fija en mí desde el mismo instante en que crucé la puerta. Vestía completamente de negro aquella vez, salvo por algunos detalles plateados en el cinturón y el broche que sujetaba la pesada capa sobre uno de sus hombros.
Parecía un rey salvaje. O un verdugo según lo mirases.
A su lado permanecía otro hombre casi tan corpulento como él. Tenía el cabello algo más claro y varias cicatrices atravesándole el rostro, pero compartía los mismos ojos fríos y esa presencia intimidante que hacía que la habitación pareciera demasiado pequeña.
Ambos me observaban en silencio. Como si estuvieran evaluándome. Y eso me hizo hiperventilar. Era inevitable, me ponían muy nerviosa.
Brett no se levantó. Ni siquiera hizo ademán alguno de recibirme.
―Acercaos ―ordenó con aquella voz grave que conseguía erizarme la piel.
Tragué saliva y avancé lentamente hasta detenerme frente a ellos. Ninguno habló durante unos segundos, y eso aumentó la tensión.
―Así que ya os habéis recuperado ―dijo finalmente Brett sin apartar los ojos de mí.
―Estoy perfectamente. Y me gustaría marcharme.
La mandíbula de Brett se tensó ligeramente.
―No os he dado permiso para hablarme de esa manera.
Fruncí el ceño.
―¿Perdón?
―Os dirigiréis a mí como corresponde ―continuó él con fría autoridad―. Soy el laird de estas tierras. Me llamaréis «mi señor».
Sentí ganas de reírme.
O de tirarle algo a la cabeza.
―Jamás llamaré señor a alguien que me secuestró en mitad de un bosque.
El ambiente se tensó inmediatamente.
El hombre sentado junto a él soltó una pequeña exhalación divertida, casi como si estuviera sorprendido de que me atreviera a responderle así.
Brett, en cambio, no parecía divertido en absoluto. Sus ojos claros se endurecieron todavía más.
―Tened cuidado con vuestra lengua.
―¿O qué? ¿Volverás a subirme a un caballo a la fuerza?
Vi algo peligroso cruzar fugazmente por su mirada.
El otro hombre intervino antes de que Brett respondiera.
―Hermano, quizá deberías dejar de intentar intimidarla durante un instante. Parece más asustada que peligrosa.
Así que eran familia.
Eso explicaba el parecido.
Brett ni siquiera apartó la vista de mí.
―Las mujeres nobles saben fingir inocencia tan bien como los espías.
Negué con incredulidad.
―No soy una espía.
―Entonces explicadme quién sois.
Sabía que no podía decir la verdad. Ni siquiera yo misma entendía lo que estaba ocurriendo.
―Mi familia viajaba hacia el norte y nos atacaron unos hombres cerca del río. Yo hui y acabé separándome de ellos, y mientras lo hacía, caí al río y fui arrastrada por él. Creí que iba a morir.
―Mentís.
La respuesta fue tan seca y contundente que me quedé callada unos segundos.
―No estoy mintiendo.
―Vuestras ropas no pertenecen a ninguna mujer de estas tierras. Habláis de forma extraña. No conocéis costumbres básicas y, aun así, tenéis modales de alta cuna.
―No tengo modales de alta cuna.
El otro hombre arqueó una ceja.
―En eso quizá tenga razón.
―No la defiendas, Daziel, todo el mundo sabe tu debilidad por las mujeres bonitas ―lo reprendió, y después volvió a mirarme―. ¿Quién os envía?
―¡Nadie me envía! ¡No pertenezco a ningún clan!
―Entonces decidme a qué familia pertenecéis.
Apreté los dientes.
―Mi apellido es Foster. Rose Foster, y mi familia son comerciantes, ya te lo he dicho.
El silencio volvió a caer sobre la estancia.
Brett se incorporó lentamente del sillón. Y entendí demasiado tarde lo enorme que era realmente. Tuve que alzar la cabeza para mirarlo cuando se acercó hasta quedar frente a mí.
Demasiado cerca.
―¿Sois una sassenach ?
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.
―No sé lo que es ser un sassenach de esas, aunque por tu forma de decirlo no debe de ser algo bueno. Lo que sí sé es que no puedes retenerme aquí.
―Puedo hacer cuanto desee en mis tierras.
―Eso es ilegal.
Brett frunció ligeramente el ceño.
―Permaneceréis en Castle Varrich hasta que descubra quién sois realmente.
―¡Eso es una locura! ―exclamé.
―Mientras tanto trabajaréis como cualquier otra mujer del castillo.
Lo miré horrorizada.
―¿Perdón?
―Seréis vigilada día y noche por mis hombres. Y si intentáis escapar… ―su voz descendió de una forma amenazante― Os mataré.
El miedo me golpeó con tanta fuerza que durante un instante fui incapaz de respirar. No parecía una amenaza vacía. Estaba segura de que lo decía completamente en serio. Su mirada y su pose corporal así me lo corroboraban.
Daziel observó a su hermano unos segundos antes de volver la vista hacia mí.
―Será mejor que hagáis caso, muchacha ―dijo con calma―. Mi hermano no tiene paciencia para las mentiras.
Brett dio un paso atrás.
―Lleváosla.
La puerta se abrió inmediatamente detrás de mí.
Ni siquiera me había dado cuenta de que los guardias seguían allí.
Salí de la estancia intentando mantener la poca dignidad que me quedaba mientras el corazón seguía golpeándome con violencia dentro del pecho.
Margot continuaba esperándome al otro lado, y extrañamente eso me reconfortó. La mujer me miró rápidamente al ver mi expresión pálida.
―Venid conmigo, niña.
No dije nada mientras me conducía otra vez por los largos pasillos del castillo.
Me era imposible. Me sentía atrapada y completamente sola.
Pero por dentro empezaba a comprender algo aterrador.
Aquello no era un juego. Era real, y hasta que no comprendiese que estaba en una época muy diferente a la mía, correría peligro constante.
Debía adaptarme, y debía hacerlo rápido.