Donde tu corazón me encuentre (Destinadas a las Highlands 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Territorio del clan MacKay,

No sabía cuánto tiempo había pasado encerrada en aquella habitación.

A ratos me acercaba a la chimenea para calentarme las manos porque, aunque las mantas y el fuego ayudaban un poco, seguía sintiéndome helada por dentro y había empezado a aparecer una pequeña tos seca que me preocupaba bastante más de lo que quería admitir.

Solo podía rezar por no ponerme enferma.

Si realmente había viajado en el tiempo y estaba atrapada en el siglo XV, no pensaba permitir que ningún médico volviera a ponerme una sanguijuela encima.

La medicina medieval era prácticamente una condena de muerte y, por lo poco que recordaba de historia, la mayoría de tratamientos de aquella época terminaban empeorando a los pacientes mucho más de lo que los ayudaban.

Cuando la puerta volvió a abrirse y Margot entró en la habitación, sentí un alivio inesperado. No quería quedarme sola.

―¿Qué hacéis levantada? ―preguntó al verme junto al fuego.

―Solo quería estirar un poco las piernas.

La mujer llevaba una bandeja cargada de comida y el olor caliente que llenó la habitación hizo que mi estómago reaccionara al instante.

―Debéis tomar esto, muchacha ―dijo dejando la bandeja sobre la mesa―. Entraréis en calor enseguida y recuperaréis fuerzas.

Me acerqué despacio.

Había una sopa humeante, un enorme trozo de pan oscuro y varios pedazos de pollo asado que olían increíblemente bien.

―Margot, necesito irme. No puedo seguir encerrada aquí.

Ella suspiró con paciencia.

―Lo siento, niña, pero mi laird así lo ha ordenado. Debéis permanecer en estos aposentos.

―¿Pero por qué? ¿Para qué?

Margot dudó un instante antes de responder.

―Porque sois una extranjera en tierras MacKay. Y además… ―me miró de arriba abajo― se nota que sois una joven de buena cuna.

No pude evitar soltar una pequeña risa nerviosa.

―Creedme, no lo soy.

―Pero es lo que parece. Vuestras manos no muestran el trabajo duro de los campos ni de las cocinas, y vuestra forma de hablar tampoco es la de una campesina.

Tragué saliva.

―Bueno, sí he trabajado.

―¿Ah, sí?

Asentí rápidamente, aunque enseguida me quedé callada intentando encontrar la forma de explicarle que trabajaba sentada frente a un ordenador editando manuscritos y respondiendo correos electrónicos.

Si casi le daba un infarto al ver el móvil, aquello iba a ser todavía peor.

―Digamos que… mis trabajos son más delicados.

Margot sonrió con cierta diversión.

―Sí, ya veo que muy delicados.

Tomé asiento frente a la bandeja mientras ella seguía hablando.

―Mi laird seguramente querrá interrogaros cuando considere oportuno saber quién sois y de dónde venís. Algunos podrían pensar incluso que sois una espía.

La miré como si hubiese perdido la cabeza.

―¿Una espía? ¿En serio?

―El clan MacKay lleva meses teniendo conflictos con el clan Ross de Kinlochewe ―explicó en voz más baja―. Han existido disputas por tierras, ganado y pasos comerciales cerca de Torridon. Si aparecéis sola y de forma tan extraña en nuestras tierras… algunos hombres podrían desconfiar.

―Pero eso es del todo absurdo.

―Tal vez ―admitió ella encogiéndose de hombros―, pero mi laird no deja nada al azar. Podría pensar que el clan enemigo os envió aquí fingiendo ser una joven inocente para descubrir secretos del castillo.

La miré atónita.

―Sabe que eso que acaba de decir suena increíblemente enrevesado, ¿verdad?

Margot soltó una pequeña risa.

―Yo solo os digo lo que quizá esté pensando mi laird .

Negué lentamente con la cabeza mientras cogía la cuchara.

La verdad era que olía demasiado bien como para seguir desconfiando. Mi estómago rugió justo en ese instante, haciéndome sentir bastante ridícula.

Margot sonrió satisfecha.

―Eso pensaba yo. Comed.

Probé la sopa con cautela, y casi gemí de alivio.

Estaba deliciosa. Un poco sosa para mi gusto, porque claramente necesitaba sal, pero el caldo caliente me recorrió el cuerpo entero como si devolviera la vida a cada músculo congelado.

Empecé a comer con más ganas, alternando cucharadas de sopa con pequeños trozos de pan y pollo asado.

―Está buenísimo ―admití sorprendida―. Gracias, Margot.

Ella pareció complacida.

―Dad las gracias a nuestros cocineros.

Levanté la vista sorprendida.

―¿Tenéis cocineros?

Margot soltó una carcajada suave.

―Por supuesto. Esto es Castle Varrich, muchacha. El clan MacKay es poderoso. Tenemos cocineros, sirvientes, guerreros, herreros, criados y decenas de personas trabajando para el castillo.

Miré alrededor otra vez. Seguía costándome creer que aquello no era producto de mi imaginación.

―Vaya… es impresionante.

Margot me observó unos segundos mientras yo seguía comiendo.

―¿No queréis contarme de dónde venís?

La pregunta me hizo tensarme de inmediato.

Tuve que pensar rápido. Muy rápido. Porque decir la verdad no era una opción. Bajé la mirada hacia la sopa fingiendo tranquilidad mientras intentaba recordar cualquier serie histórica que hubiese visto últimamente.

―Vengo del sur ―mentí finalmente―. Mi padre comerciaba con telas y lana cerca de la frontera inglesa. Hace unas semanas viajábamos hacia el norte cuando nos atacaron unos hombres en el camino.

Margot frunció el ceño.

―¿Bandidos?

Asentí.

―Sí. Hubo un enfrentamiento y me separé del resto durante la huida. Intenté llegar hasta un pueblo, pero terminé cayendo al río.

La mujer me observó con evidente pena.

―Pobre criatura…

Seguí adelante antes de que empezara a hacer más preguntas.

―No sé si mi familia sigue buscándome o si creen que estoy muerta.

Y técnicamente no era una mentira completa.

Margot suspiró.

―Entonces habéis tenido mucha suerte de llegar hasta aquí con vida.

O quizá muchísima mala suerte, pensé para mí.

La mujer recogió algunos platos vacíos y volvió a mirarme con amabilidad.

―Ahora debéis descansar. Volveré dentro de un rato para comprobar cómo seguís. Cuanto más descanséis, antes recuperaréis las fuerzas.

Asentí lentamente.

Margot me dedicó una última sonrisa tranquila antes de abandonar la habitación, dejándome sola de nuevo.

Tres días completos fueron los que permanecí encerrada. Tres días sin poder salir, sin entender qué demonios estaba ocurriendo y empezando a cuestionarme seriamente mi propia cordura.

Lo peor ni siquiera era el encierro. Era tener que hacer mis necesidades en un recipiente lleno de paja escondido bajo la cama, algo que varias muchachas retiraban y limpiaban cada cierto tiempo.

Aquello me parecía humillante, antihigiénico e inhumano.

Cada vez que alguna de ellas entraba para llevárselo, quería morirme de vergüenza.

Y, sin embargo, para ellas parecía lo más normal del mundo.

A esas alturas empezaba a comprender que realmente estaba atrapada en una época completamente distinta a la mía.

Cuando Margot apareció aquella mañana acompañada por varias sirvientas cargadas con cubos de agua humeante y montones de telas dobladas, supe de forma inmediata que algo ocurría.

―Mi laird ha pedido vuestra presencia ―anunció mientras las muchachas dejaban todo sobre la cama.

Sentí un vuelco desagradable en el estómago. No sabía si alegrarme por abandonar por fin aquella habitación o asustarme por tener que volver a ver al hombre que me había secuestrado junto al río.

Las sirvientas comenzaron a moverse rápidamente a mi alrededor mientras Margot organizaba todo con sorprendente autoridad.

―Vamos, muchacha. Debéis asearos y vestiros adecuadamente.

Durante la última semana había llevado únicamente el camisón áspero que me habían puesto tras desmayarme, así que el agua caliente fue un alivio casi celestial.

Aun así, me sentía profundamente incómoda mientras varias mujeres me ayudaban a lavarme y desenredaban mi cabello como si yo fuese incapaz de hacerlo sola.

Después llegó la ropa. Y aquello fue todavía peor.

Primero me colocaron una especie de túnica interior de lino grueso que me rozaba la piel de forma incómoda.

Encima vinieron varias capas más de tela pesada hasta terminar ajustándome un vestido de lana color verde oscuro bordado en las mangas y el escote con pequeños hilos dorados.

La prenda me apretaba la cintura y los pechos de una forma insoportable.

Después añadieron un cinturón fino de cuero, unas medias gruesas y una sobrecapa larga que casi rozaba el suelo. Sentía que apenas podía moverme.

―Dios mío, ¿cómo podéis respirar con esto puesto? ―pregunté intentando aflojarme discretamente la cintura.

Una de las muchachas soltó una pequeña risa.

Margot negó con la cabeza mientras me recolocaba las mangas.

―Lo que yo no comprendo son las ropas que vos llevabais cuando llegasteis aquí. Parecían prendas de muchacho.

Bajé la vista hacia el vestido con resignación.

―De donde yo vengo, esa ropa es mucho más cómoda para viajar.

―Pues vuestro laird considera que debéis vestir acorde a vuestro estatus ―respondió Margot con naturalidad―. Y así es como lo haremos.

«Mi laird» .

Cada vez que alguien pronunciaba aquellas palabras me daban ganas de discutir. Aunque algo me decía que no serviría de nada.

Las mujeres terminaron peinándome después de un largo rato.

Cepillaron mi cabello hasta dejarlo completamente suave y comenzaron a trenzar parte de él detrás de mi cabeza mientras dejaban algunos mechones rubios cayendo sobre mis hombros.

Cuando terminaron, apenas me reconocí. Parecía una mujer salida de una serie medieval.

O mejor dicho, de una pesadilla histórica.

Margot me observó satisfecha.

―Ahora sí que parecéis una dama.

Yo me sentía más bien como alguien disfrazado para un carnaval extremadamente incómodo.

Dos guerreros aparecieron poco después para escoltarnos.

Salimos finalmente de la habitación y avancé junto a Margot por los enormes pasillos de piedra del castillo mientras varias personas se apartaban a nuestro paso para observarme con abierta curiosidad.