Donde tu corazón me encuentre (Destinadas a las Highlands 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Territorio del clan MacKay,

Lo primero que escuché fueron voces.

Lejanas. Borrosas. Como si estuvieran atravesando una espesa capa de agua antes de llegar hasta mí.

―¿Sobrevivirá? ―preguntó una mujer con evidente preocupación.

―Seguramente sí ―respondió una voz masculina mucho más grave y calmada―. Es joven y fuerte.

Un dolor insoportable me atravesó la cabeza.

Gemí suavemente y traté de moverme, pero el cuerpo entero me pesaba como si estuviera hecho de piedra. Poco a poco fui recuperando la conciencia mientras el calor de una chimenea cercana comenzaba a envolverme.

Parpadeé varias veces antes de conseguir abrir los ojos del todo.

La habitación apareció borrosa al principio.

Después las formas empezaron a definirse lentamente hasta que distinguí a Margot junto a la cama y a un hombre mayor inclinado sobre mí.

Tendría unos sesenta años, quizá más. Llevaba barba gris y el cabello recogido detrás de la nuca.

Vestía una túnica oscura cubierta por otra especie de capa gruesa y sostenía una pequeña bolsa de cuero llena de frascos y utensilios extraños.

Intenté incorporarme ligeramente y entonces sentí algo moviéndose sobre mis brazos.

Fruncí el ceño confundida. Miré hacia abajo. Y grité…

―¡¿Qué demonios es eso?!

Me incorporé de golpe en la cama mientras empezaba a arrancarme frenéticamente los pequeños cuerpos negros adheridos a mi piel.

―¡Quítamelos! ¡Quítamelos!

El anciano abrió los ojos horrorizado.

―¡No! ¡Tranquila! ¡No os las arranquéis!

―¡¿Qué coño son estas cosas?!

―¡Sanguijuelas! ―exclamó él intentando sujetarme las muñecas―. ¡Os las he puesto por vuestro bien!

Lo miré como si hubiese perdido la cabeza por completo.

―¿Sanguijuelas? ¡¿Está loco?!

Margot se acercó rápidamente.

―Calma, muchacha, calma…

―¡No quiero bichos pegados al cuerpo!

Mi corazón latía tan rápido que sentía que iba a explotar. Seguía arrancándomelas entre jadeos mientras el anciano suspiraba profundamente resignado.

―Soy vuestro médico ―dijo intentando conservar la paciencia―. Y estoy intentando ayudaros.

―Pues deje de ayudarme inmediatamente.

Margot me observaba con mezcla de preocupación y desconcierto.

―Os habíais desvanecido ―explicó suavemente―. Pensábamos que quizá habíais enfermado tras permanecer tanto tiempo en el agua.

Mi respiración seguía descontrolada.

El médico negó lentamente con la cabeza mientras empezaba a retirar él mismo las sanguijuelas restantes.

―Tumbaros y relajaos. Yo os las quitaré todas.

Obedecí a medias, todavía temblando.

Las últimas palabras de Margot regresaron entonces a mi cabeza como un golpe brutal. «Año 1467».

Aquello era imposible. Completamente imposible.

Miré a ambos en silencio mientras intentaba recuperar la respiración.

Por un instante estuve a punto de decirles que aquello no tenía sentido, que yo venía de Londres, del año dos mil veintiséis, que debía de estar soñando o haber sufrido algún tipo de daño cerebral.

Pero me contuve. Porque la forma en que me miraban ya era suficientemente extraña.

Si decía algo así, probablemente me tomarían por loca.

Cada vez estaba más nerviosa.

El médico terminó de retirar la última sanguijuela y se levantó lentamente.

―Sus pulmones están sorprendentemente limpios para alguien que pasó tanto tiempo sumergida en agua helada ―comentó mientras guardaba sus utensilios―. Habéis tenido suerte, muchacha. Otra persona habría muerto por la fiebre del pecho o habría empezado a escupir sangre antes del amanecer.

Sentí un escalofrío.

El anciano tomó varios pequeños frascos de su bolsa y se los entregó a Margot.

―Preparadle estos brebajes dos veces al día. El agua helada debilita el cuerpo y puede hacer que la humedad se asiente en los pulmones. Si aparece fiebre o tos oscura, mandadme llamar de inmediato.

Margot asintió.

―Así lo haré.

El hombre volvió a mirarme.

―Descansad y mantened el cuerpo caliente. Volveré dentro de dos días para comprobar cómo seguís.

Y dicho eso, abandonó la habitación.

Esperé apenas unos segundos antes de mirar a Margot con indignación.

―No vuelva a dejar que ese señor me toque jamás.

Ella pareció sorprendida.

―El doctor Fergus es quien atiende al clan MacKay desde hace muchos años. Es un buen hombre, y uno de los mejores médicos de toda Escocia.

«¡Escocia! ¿Supuestamente estaba en Escocia?»

Eso no tenía ningún sentido.

La miré fijamente.

¿Cómo demonios podía estar en Escocia?

―Iré a buscaros algo caliente ―continuó Margot sin notar mi expresión―. El médico dice que vuestro cuerpo necesita entrar en calor cuanto antes. Haced el favor de permanecer en la cama y no os destapéis.

Asentí lentamente.

Margot salió de la habitación cerrando la puerta con firmeza tras ella.

Esperé unos segundos inmóvil, después aparté las mantas y me levanté de la cama.

El camisón áspero me rozaba las piernas mientras avanzaba descalza sobre el frío suelo de piedra.

Caminé despacio hasta la puerta y la abrí apenas unos centímetros.

Dos hombres armados permanecían justo al otro lado. Uno de ellos levantó la cabeza al verme. Sus expresiones eran cualquier cosa menos amables.

Cerré la puerta de golpe.

Estaba atrapada, y no entendía nada. Mejor dicho, prisionera.

Giré rápidamente hacia la ventana y corrí hasta ella. Las pesadas cortinas parecían hechas de lana gruesa y soltaron polvo al apartarlas. Empujé la ventana con fuerza y, para mi alivio, terminó abriéndose.

El aire helado entró inmediatamente en la habitación.

Asomé la cabeza y me quedé paralizada al descubrir que no había absolutamente nada de lo que esperaba encontrar.

No se veía ninguna carretera, ni coches, ni edificios, ni postes eléctricos, ni una sola señal de civilización moderna.

Frente a mí únicamente se extendían montañas cubiertas de niebla, bosques salvajes y un paisaje tan antiguo y aislado que parecía pertenecer a otro mundo.

Sentí que el estómago se me encogía lentamente mientras el viento frío agitaba mi cabello.

¿Era posible que hubiese viajado realmente en el tiempo, o es que seguía inconsciente en algún hospital de Londres mientras mi mente construía aquella locura imposible?

No lo sabía, pero lo que sí sabía es que estaba perdiendo la cordura a medida que avanzaban las horas.